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UNION SOVIETICA EUROPEA


Actualizado: 25.04.2006· Año IV
Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.
(U. S. E)

¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!


 

 

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Antropología aplicada, neoliberales contristados

VICTORIAS ANTI-LIBERALES Y CIENCIA SOCIAL

Desmoralizados, los liberales y procapitalista han asistido en estas últimas semanas a la experiencia de cómo la clase obrera de Francia ha vuelto a descarrilar el tren de la desregulación libremercantil tras su rechazo al proyecto de constitución europea. Además, para remate, un firme valuarte del liberalismo acérrimo y sobre todo del conservadurismo anticomunista, el magnate capitalista Silvio Berlusconi, ha sido revocado del poder por las urnas en Italia. Esto ocurre tras la formación meses atrás de un gobierno de urgencia para intentar detener la nítida tendencia hacia la izquierda socialista en Alemania, y el éxito del Partido Socialista en Hungría frente a los radicales conservadores y neoliberales, así como tras el patético aislamiento del gobierno neofascista polaco en la “vieja Europa” . Editoriales y observadores de periódicos tan “moderados” como “Le Monde” o “El País”, o tan conservadores como “The Times”, no acaban de conectar, como es frecuente, con las actitudes predominantes del electorado europeo a pesar de su constante llamamiento a las reformas liberales y en contradicción con su principio de acomodo de la oferta informativa a la demanda “centrada” y mayoritaria, la tenida por más lucrativa para maximizar los intereses mercantiles al margen de ideologías “políticamente impuestas”...

Es patético escuchar los lamentos desconsolados de los analistas libremercantiles, de los propagandistas de las patrañas neoliberales anglosajones angustiados por una deriva contraria a sus ensoñaciones; de los ideólogos reaccionarios liberales en general y de toda una corte movilizada de catedráticos, “sociólogos”, demógrafos e inevitables economistas dispuestos a persuadir desde sus púlpitos a diestro y siniestro de que la aberración abortiva del liberalismo nos está conduciendo a un mundo aún más “feliz” en medio de la pauperización ajena y contra la obviedad de que cualquier brizna de nivel de vida superior alcanzado por la gran masa de la población europea occidental hasta hoy es el resultado de más de un siglo de luchas obreras y socializaciones de los medios de producción, y para nada en absoluto el rescoldo de la avaricia criminal y enfermiza de los empresarios en su antro liberal.

Es un espectáculo aleccionador el de los ruines pregoneros y divulgadores de las ventajas utópicas de una desregulación, también llamada con insolencia “normalización”, que sacude hasta la médula los más valiosos cimientos de la sociedad humana. Alzan desconsolados y enrabietados su queja ante la “apocalíptica” para ellos, visión de una ciudadanía que les vuelve la espalda, que no les da crédito, que resiste y “osa” revolverse política y económicamente contra la ideología de las oligarquías burguesas detentadoras del poder. Sus llantos inconsolables, y sus enfados, están motivados por la incapacidad para comprender sus dogmas insensatos sobre la fantástica necesariedad de las reformas neoliberales radicales, la flexibilización y moderación salarial del mercado laboral, para alcanzar el Nirvana del progreso. Hasta el pérfido Konh Bendit (cuya inmerecida fama se la debe a los planteamientos teóricos revolucionarios del movimiento socialista y comunista del 68), irrumpió en el escenario político francés para denigrar a una generación de jóvenes que según este tiparraco se revuelven por una causa “retrógrada” contra una medida “progresista” como es la imposición antidemocrática de regímenes laborales manchesterianos de comienzos del siglo XIX, y para desvincular estas protestas de las de mayo del 68, en las que su generación luchaba por principios vanguardistas... (semejante catadura de traidores explican indefectiblemente el componente de fracaso del mayo francés y la manera por la cual los burgueses se hacen con la dirección de las reivindicaciones obreras). Los neoliberales, en su autoatribuido papel de soberanos lúcidos y patriarcales, verdaderamente creen que están en la vanguardia de la historia, que su modelo es lo más depurado y eficiente en las relaciones sociales conocidas, que el estado social y el socialismo ciertamente son cosas del pasado. Estos neoliberales están influidos todavía, no cabe duda, por las “decisiones blancas” (bajo el efecto de la cocaína) que los especuladores bolsistas y yuppies de Nueva York pusieron de moda entre la morralla ejecutiva reaccionaria reaganista a finales de los 70. Según los “lúcidos” neoliberales, literalmente, “por más que se les explica” a las muchedumbres las “bondades” de precarizar sus vidas al máximo, no alcanzan a comprender las recompensas y la necesidad profunda de tales remodelaciones sobre el “anacrónico estado protector”. Es el fin del mundo en su deleznable opinión: plagas inauditas, inundaciones exterminadoras, maldiciones divinas, recaerán sobre una Europa occidental cuya población mayoritaria se reafirma en el “pecado” y se resiste arcaica a adentrarse por la senda de la bienaventuranza liberalizadora.

Un editorial del diario “Le Monde” afirmaba que es conveniente el soporte de la mayoría, pero que con la democracia no era suficiente, que entre los políticos se precisaba además “coraje”... La insistencia de lo “imprescindible” de una reforma del mercado laboral en la zona euro por parte de organizaciones como el FMI, la negativa de Berlusconi a reconocer la victoria electoral de sus oponentes y la proliferación de declaraciones antidemocráticas en los medios de comunicación neoliberales deben inspirar al abandono de la ingenuidad de la ciudadanía asalariada europea, pues es muy probable que se esté fraguando un estado de opinión entre las oligarquías favorable a la toma del poder por la fuerza en los estados de Europa con el fin de imponer las reformas liberales capitalistas y abolir los aún existentes ribetes del estado social democrático y de derecho; puesto que la negativa a la constitución reaccionaria de Giscard no ha sentado nada bien a estos déspotas explotadores. En el aspecto propagandístico e ideológico hay que prepararse para las más obscenas operaciones de confusión. “El capitalismo está hecho por el bien de los asalariados”, remachan sin cese estos energúmenos liberales, como ya lo recogió C. Marx y F. Engels en 1848 pero refiriéndose a los “socialistas burgueses”; en la actualidad, ni siquiera se disfrazan de socialistas estos neoliberales contemporáneos (¡qué modernos!), los cuales sólo se distinguen de los fascistas por la única cualidad de que estos últimos aspiran a sobornar a los trabajadores de un país para cometer sus fechorías más infames contra el mismo proletariado, mientras que los liberales pretenden delusivamente obediencia de sus subalternos porque sí . Por esta misma ilusa pretensión que acaba en frustración de su utopía acaban generando el fascismo siempre falaz y violento.

Cierto periodista neoliberal y conservador, anglófilo y proyanqui (alto traidor español), tras innumerables intervenciones despreciando el sistema político republicano y latino frente al anglosajón, repentinamente se escandalizaba ante un estado y una república franceses hipócritamente glorificados que concebía como asediados por “hordas callejeras” descontroladas. Lanzaba al público la pregunta sobre qué pensarían los revolucionarios republicanos franceses de 1789 si su régimen se viera secuestrado por las “revueltas callejeras” de subversivos... Y por supuesto, después insertaba su desaprobación acerca de los modos con que se ha derribado la iniciativa del contrato primer empleo (CPE) en Francia, mediante la movilización popular “extra-institucional”, contraria según él, a la democracia y una conculcación de la legitimidad del gobierno representativo surgido de las urnas. No obstante, ese lacayo a sueldo de la administración Bush para difundir embustes propagandísticos (como la mismísima administración norteamericana ha explicado desvergonzadamente que reimpulsaría), pasó por alto en sus deformantes interpretaciones de la historia de la Revolución de 1789 que, las masas populares más humildes y marginales de París y luego las provincias, ajenas a la Asamblea Constituyente y privados de sufragio desde siempre, fueron el auténtico motor de la Revolución francesa, ulteriormente acaparada por el tercer estado mediante violencia militar. Primero el 14 de julio, la toma de la Bastilla (cárcel-fortaleza de la que recientemente algunos neoliberales de la Cadena COPE han explicado que sirvió para internar a unos pocos asesinos y violadores antisociales peligrosos), que forzó a la burguesía emboscada en la Asamblea a abolir inmediatamente privilegios aristocráticos y el régimen feudal, y más decretos (Declaración de los Derechos del Hombre por ejemplo) que intentó impedir la monarquía y que finalmente se promulgaron impuestos por una marcha a Versalles (detención del rey) otra vez y de nuevo protagonizada por el pueblo más modesto de París en los días 5 y 6 de octubre; monarca que finalmente fuera guillotinado gracias a las exigencias, otra vez más, del proletariado de Francia en situación insurreccional en respuesta a la contraofensiva de los monárquicos y girondinos. Este es el verdadero “espíritu”, el más genuino de la Revolución y la República de Francia: todas las supercherías de legitimidad de la democracia representativa y de prerrogativa del poder del estado no son más que desvirtuaciones neoliberales reaccionarias de los hechos auténticos históricos que sí tuvieron pleno significado democrático y que no dejan de situar en el centro de los avances globales al pueblo llano .

Por si fuera poco, no cabe incertidumbre alguna sobre la legalidad de las acciones políticas de protesta contra las iniciativas desreguladoras y procapitalistas del impopular gobierno francés actual: la Constitución francesa reconoce la libertad de reunión, de expresión, manifestación y... huelga . La “huelga”, esa palabra tan sublime además de económicamente eficiente en la lucha contra el salvajismo capitalista, auténtico antídoto de la burguesía y que se debe administrar con suma sutileza para obtener los mejores resultados para el pueblo asalariado. ¿Qué tienen en contra los neoliberales contra una Constitución de libertades públicas y unos ciudadanos libres que la ejercen? Exactamente eso : la libertad pública que colisiona con la libertad oligárquica de sus privilegios y su célebre libertad mercantil para exprimir a quien pueden.

Muchos neoliberales han argumentado acerca del destino imposible de esos 300,000 estudiantes con fracaso académico y de los 170,000 estudiantes de humanidades o “lettres” (52% de abandonos) que salen al mercado laboral cada año siendo incapaces de acomodarse a las exigencias del mercado laboral “real”. (Las carreras “científicas” suman un 68%.) Algún preocupado mercenario neoliberal rudamente los describía como “gente que no sabe hacer nada”, a pesar de que muchos licenciados de cualquier disciplina han experimentado desmoralizados el horror de los empleadores ante un currículum bien granado e intensivamente adaptado al puesto solicitado. Otros voceros del capital reprochaban con mordacidad a esta población estudiantil la intención de situar su futuro profesional en la función pública, ante la evidencia de que sus estudios no tenían cabida en la industria “privada”, que por principio es rotundamente “más competitiva” para estos zoquetes, a pesar de los avatares desastrosos sin fin del modelo decadente de producción privada, desastres que por cierto sólo el sistema de socialización parcial de Europa occidental ha paliado un tanto, simultáneamente a haber salvado al capital privado. En opinión de los neoliberales, las protestas han sido menos furibundas y sostenidas en los centros universitarios de formación técnica (que sólo posee un 15% de éxito académico, por lo que para la minoría de sus diplomados hay más oportunidades de empleo), lo que vendría a evidenciar cómo el fallo no es del sistema de economía de mercado libre sino de la incapacidad de los individuos para optar “racionalmente” por una vida conveniente y realista, a causa de la falta de información o por la interferencia que supone el estado o “la política” en el juego competitivo de méritos (preferencia por vías fáciles, protectoras pero ineficientes de subsistencia): y ante este panorama de “disolución social y de vagancia”, claro está, el “viril” capitalista (véase Berlusconi o Aznar y sus poses; unos “viriles” capitalistas que no obstante precisan de asalariados mal pagados para medrar en su avaricia), triunfador y liberal, competitivo, alza su autoridad ética por encima de los demás mortales confundidos erigiéndose en fiel defensor del orden productivo y de la racionalidad, repartiendo consejos y soluciones libremercantiles a diestro y siniestro, instruyendo a los muchos ignorantes, condenando la maldad absoluta del “cáncer” del estado regulador, social, democrático y de derecho que se inmiscuye en los sutiles, naturales y precisos engranajes del “mercado perfecto”.

Pero no hay que devaluar con semejante verborrea, en primer lugar, la preferencia de una gran parte de la juventud y de la población general asalariada, más allá de las fuertes desigualdades que presionan por esa vía de movilidad social, por la función pública. Este segmento de la población europea es la heredera natural de siglos de avances sociales de la clase obrera europea confrontada a la monstruosidad capitalista mercantil. Es lógico y benéfico que esta población no desee ni oír hablar de un sector privado que se precariza a marchas forzadas, mal organizado, aislado, sin horizonte profesional, lleno de nepotismos, ineficiente, arbitrario y sometido al oscurantismo maniático de los patrones propietarios absortos por la ganancia. Lo peor es que la empresa privada se fundamenta en el crudo beneficio a costa de sus trabajadores, pero también en el cicateo de la modernización productiva, está a merced del caos absurdo del mercado y la competencia más perversa y destructiva, se resiste a invertir a expensas de su expansión todo cuanto puede para maximizar ganancias. Por otra parte, las empresas privadas sólo son recomendables de corazón o por vocación para trabajadores psicópatas y descerebrados capaces de soportar todas las indignidades y desprecios o trampas, al ser el campo de batalla, cada día más degradante, de capataces y encargados “taylorianos”, de empleados litigando entre sí al borde del despido y por tanto de la ruina crónica. Sólo un masoquista con el cerebro lavado por la propaganda neoliberal no querría escapar de esta batalla precaria sin futuro para la mayoría de los que no se han convertido en jefes o supervisores. La empresa privada sólo se soporta por necesidad para los empleados corrientes que no se someten a las vejaciones aberrantes de los más dóciles, o que disfrutan de cierto grado de protección y ventajas por el contrabalance de sindicatos o corporativismos vigorosos. Y es normal y lógico subsecuentemente que precisamente en las escuelas de negocios, en las escuelas técnicas y en las facultades de derecho y ciencias políticas de esta era de neoliberalización (instituciones remodeladas en consonancia con la filosofía del sector privado y a la ideología capitalista) de Francia la protesta no cale más profundamente, para empezar porque, en estas escuelas se enseña y se imparte “cualificación” o entrenamiento, ante todo para soportar y reproducir como ejecutivo o cuadro, el sistema inmundo arriba descrito de la organización productiva privada. Rememorando lo que Ricardo Petrella solía imputar a ese tipo de centros de domesticación, las escuelas de negocios son “escuelas de muerte”.

Es consecuente para las inteligencias más sanas también, el acabar descubriendo la farsa de la superabundante propaganda neoliberal que intenta persuadir de forma vehemente de la viabilidad de constituir una “empresa propia” para darse al juego de la libre competencia y alcanzar con duro trabajo y denuedo unas ganancias satisfactorias y “abundantes”, en justa correspondencia al esfuerzo invertido, lo cual es una contradicción con el sistema general... pero tras décadas de ofuscación propagandística el milagro no se produce más que para los especuladores capitalistas que siguen acumulando capital y propiedades a costa de los ahorros de “innovadores” ingenuos, y para los vástagos de los burgueses, los cuales son los beneficiarios principales de las subvenciones a la creación empresarial que los estados en manos del capital conceden y que hacen bombear de la cotización impositiva a los asalariados, únicos pagadores honestos o verificables en términos generales, además de constituir una abrumadora mayoría: en el ejercicio fiscal de 2003 en España, los asalariados declararon una media de 18,000 euros frente a la media de 9,000 de los empresarios. La opción de la pequeña empresa no engaña (ni puede) a los trabajadores conscientes, ni aún cuando dan el paso intermedio forzados por la precariedad para constituirse en autónomos. El esfuerzo que supone para un asalariado común el obligado ahorro y el coste de la conversión en empresario o incluso cooperativista es inviable en relación a las ganancias: la pequeña empresa se convierte en esfuerzo baldío caracterizado por la incompetencia por escala, la inestabilidad constante y el aislamiento improductivo del trabajo en comparación con instituciones sociales de mayor organización, entidad y eficiencia. El capitalismo no puede escapar de que el planteamiento de su discurso persuasivo se traduzca objetivamente en la renuncia al desarrollo profesional de vanguardia y a la tecnología punta que los grandes grupos productivos sí pueden permitirse mucho más eficientemente (externalizan para explotar a la pequeña empresa y sus asalariados, liberando así recursos) y que convierten a la pequeña empresa en una miserable, mediocre, entelequia. El motivo más convincente siempre es el de la autonomía personal, el individualismo redimido de jerarquías, manías y regímenes disciplinarios ajenos; pero esta incierta expectativa de liberación personal no hace más que reincidir sin tregua en el carácter opresor de las relaciones laborales que imperan en el sistema capitalista global: fuera de la empresa personal subsiste el asedio de otros competidores capaces de hacerse con el negocio propio cada momento y erradicar la autonomía, la contradicción de depender de la protección del estado burgués que a la vez es un agente fiscalizador; y dentro de la empresa se produce el constante choque beneficio-salario y disciplinario con los asalariados, inexcusables para el afianzamiento de la empresa.

Parte del proletariado más inquieto busca denodadamente la manera de redimirse de la explotación por esta vía pequeño burguesa, para descubrir que tras la ilusionante expectativa y desgaste sólo hay propaganda y nepotismo de proporciones de clase propietaria y estado, y un final solitario y cicatero de artesano o anodino profesional subdesarrollado. No son pocos los pequeño burgueses que retornan hastiados de tanta mezquindad ilusa a las angustias del proletariado. Parte del proletariado más pesimista concentra sus esfuerzos y aspiraciones profesionales en la función pública, a pesar del desconocimiento de la situación laboral concreta del personal funcionario. Y este mito se genera, en lo que se refiere a los asalariados provenientes de familias sin privilegio alguno, por el anhelo de eximirse de las relaciones laborales destructivas que impone la empresa privada en casi todos los órdenes vitales y profesionales. La función pública y el estado como empresa se idealizan, aunque sólo sea sobre la base de la inamovilidad, la cual es trasunto de participación en la institución productiva y de una mínima autoridad asegurados, garantía de supervivencia y autodefensa que el capital no puede ofrecer si no es bajo el fuerte control de trabajadores y del control del estado mismo. Desgraciadamente, la administración pública contemporánea en Europa se ha resentido de las modificaciones inspiradas en los procedimientos de gestión de la empresa privada, propiciándose conscientemente el enrarecimiento acusado del clima laboral, la proliferación del acoso y la competitividad individualista neoliberal. Sin embargo, la función pública continúa ofreciendo ventajas comparativas de estabilidad y desarrollo profesional para la clase obrera que el sector privado difícilmente podrá emular en su desbarajuste y extrañamiento connaturales.

Por otra parte y por añadidura, si algo hay que reformar o suprimir del modelo académico de “humanidades” es, al contrario de lo que se suele opinar, la impronta “aristocrática” de unos programas académicos diseñados para mayor gloria del elitismo ocioso burgués. Si para los comentaristas neoliberales, los estudiantes y las facultades de humanidades y la mayoría de ciencias sociales, no se adaptan al mercado laboral ni a la industria lucrativa, la causa es la futilidad de unos contenidos o materias básicamente “improductivos” que tan sólo hallan consecuente acomodo en el despilfarro también improductivo de la inflación funcionarial, del subsidio arbitrario y de las políticas artificiales redistributivas pero nulamente competitivas económicamente. Esta es la explicación más racional aportada por el neoliberalismo; la más excéntrica y fundamental, la que sostiene la médula del pensamiento conservador y liberal, es la explicación prejuiciosa que resumió M. Thacher: “la sociedad no existe; existen los individuos”, que descubre descarnadamente en plena orgía neoliberal de hace lustros, la tendencia nociva latente en el academicismo burgués de todos los tiempos y latitudes para menoscabar de facto toda ciencia que se ocupe del avance en la gestión de lo colectivo, siendo lo colectivo el equivalente al ser humano en los paradigmas más desarrollados y de alcance en las ciencias sociales.

Sin embargo, la razón de que las facultades y generaciones de licenciados en humanidades sean vulnerables a estas críticas neoliberales exageradas, es que dicha razón encuentra el apoyo en el hecho cierto por el cual se percibe con facilidad que las humanidades son una rama científica estancada y excluida por el sistema mercantil capitalista, la clase burguesa que medra a través de este sistema y por el estado erigido para combatir cualquier oposición alternativa de calado, incluida ideológica. Al igual que la empresa pública es constantemente agredida y minada por la burguesía dueña del estado con el fin de afirmar el subdesarrollo y la dependencia productiva del sector público marginándolo así del juego competitivo según las necesidades de los patrones, la misma actitud se mantiene con respecto a las disciplinas humanas, las cuales se someten a un control constante, a su enervación presupuestaria y a embotamiento intelectual calculados, según las necesidades propagandísticas, políticas y mercantiles del estado y la clase burguesas. Una ilustración muy actual es el auge que han tomado la rama sociológica de la comunicación en Italia particularmente a la par que la ascensión política y los mandatos del régimen de Berlusconi; el presidente de Italia es también el “ciudadano Kane” latino, magnate capitalista que monopoliza el 80% de los medios de comunicación del país. Su aparato propagandístico es espectacular y está hipertrofiado. La consecuencia son los 57,000 estudiantes de ciencias de la comunicación en el país que han sido seducidos por el resplandor mediático, mientras que comparativamente sólo se cuentan unos 6,000 universitarios de ciencias físicas y matemáticas. Esto debiera chocar a unos neoliberales italianos y europeos en general, representados por las consignas de T. Blair relativas a la urgencia de inversión en innovación tecnológica e investigación, y que en la práctica optan por políticas radicalmente inversas. Sin embargo, únicamente se ofertan unas 1,000 plazas anuales en el sector de las ciencias de la información, provocando desempleo y precariedad en el sector de la comunicación. La razón es el alto grado de prestigio y altos salarios que el eje capital-estado ha concedido a todo el entramado de propagandistas y doctrinos de elite convertidos en modelo axiológico de “triunfador”, mientras que ha desincentivado las ramas físicotecnológicas indirectamente a través de políticas de estancamiento industrial supeditadas a la consecución del poder político a toda costa, aún a costa del endeudamiento y la ruina del sistema público . Y lo mismo es lo que han venido reproduciendo los muy variados regímenes capitalistas en relación a las humanidades desde que son el sistema dominante y los dueños principales del estado: desincentivación de las ciencias sociales, paralización y desprestigio de las ramas de estudio del ser humano y de la sociedad con que marchitar la tendencia democrática de la ciudadanía a la emergencia de un orden socializado productivo para el que se precisa una ciencia social o humana de neto rendimiento. Siendo uno de los instrumentos de perversión de las ciencias sociales productivas y del impulso espontáneo popular a favor de la generación de economía socializada justamente el uso de las ciencias sociales aplicadas a la perpetuación del poder conservador, de la ideología neoliberal y la economía capitalista, esto es, de las ciencias de la comunicación orientadas a la defensa propagandística del régimen Berlusconi. Mientras que otra de las estrategias a largo plazo de perversión se ha fundamentado en la postración de las ciencias sociales, humanidades, en el ámbito manipulador y castrador del academicismo burgués hoy dominante. Así, de las facultades de ciencias humanas y sociales, apenas ha salido ciencia y técnica que no fuese válida para la propaganda política capitalista y comercial, bastante descripción tautológica y platónica del mundo, y mucho empeño por desvirtuar y aniquilar la ciencia social pragmática que la clase trabajadora ha compuesto por sí misma y ha vehiculado consigo a la universidad cuando esa clase asalariada escaló someras posiciones ideológicas en sus entrañas.

Mientras los organizadores académicos burgueses en todo momento han invertido con rapidez y voluntad en el desarrollo de paradigmas de ciencias humanas y sociales útiles para sus transacciones y para sus proselitismos alienantes, en facultades de derecho, filosofía, economía, comercio y negocios, y han llegado a concebir incluso una “ciencia” teológica muy en boga estos últimos años, y no sólo eso sino que además han potenciado dichas ciencias sociales, también humanísticas “paralelas” con fines antagónicos desde los momentos en que las “otras” ciencias sociales y humanas nacían con inusitada fuerza crítica hostil al capital y la burguesía a comenzar por el siglo XVIII, por otro lado y muy marcadamente, se han empeñado con todos sus recursos en relegar al exilio improductivo a las ciencias sociales o humanas que detalladamente encuadradas en corpus especializados e identificables, les resultaban subversivas , o simplemente superfluas, al sistema de intercambio mercantil y de ordenación político-ideológica vigente. Estas ciencias sociales o humanidades entonces han estado tradicionalmente cultivadas y en posesión de las mentes de aquellas elites burguesas pudientes como para costearse arduos esfuerzos intelectuales y científicos inocuos (política y económicamente) sin el apremio de una recompensa o beneficio proveniente de la venta de servicios profesionales liberales o de la puesta en valor aplicado de sus productos “científicos”, por lo general, puesto que cierta diligencia pragmática les ha resultado ineludible por el riesgo constante de que la ciencia social se focalizara inmensamente más fuera de las cátedras. La flor y nata de la burguesía, los individuos con más lealtad a la clase burguesa, se han hecho cargo hasta hoy , de estas disciplinas con el despropósito radical de controlar, desviar y postrar el avance aplicado de los conocimientos de las disciplinas humanas, que el mismo celo revolucionario burgués contra el antiguo régimen tan sólo al principio generaba, y que poco después desbordó y se desplazó a la clase trabajadora asalariada en la función de revolucionaria. La clase burguesa, el capital, el estado y la iglesia, se han ocupado sin escrúpulo alguno, en la destrucción de la aplicabilidad técnica de las humanidades y de más de la mitad de todas las disciplinas de las ciencias sociales como reacción vengativa hacia las ciencias que para las clases obreras revolucionarias del siglo XIX y XX sí estaban adecuadamente encuadradas y conexionadas como para ser concebidas en tanto que expectativa de valor productivo real.

En estos dos siglos, gran parte de la lucha ideológica en el ámbito académico, universitario, científico e investigador, tecnológico y mercantil, ha sido la de desacreditar y persuadir al público de que las humanidades son pseudociencias, “ciencias blandas ”, idiolécticas, “arte subjetivo”, “poco viriles” incluso, ocupaciones de parásitos y ociosos, de burgueses bohemios, desocupados y diletantes. Desde siempre se ha amenazado y castigado con la frustración profesional y con la exclusión del mundo laboral, con el ostracismo reservado al “loco” iluso, con el hambre y el escarnio del zafio mercantilista, a quién osaba argumentar con razonamientos extraídos de las ciencias sociales y humanas, superlativamente en el caso de las críticas, materialistas y socialistas; pero, inevitablemente y como consecuencia deseada, también se ha estigmatizado a quien interpolaba datos de las humanidades burguesas en círculos ajenos a las elites burguesas mismas especializadas en mantener descoyuntadas y esterilizadas a las potenciales ciencias humanas pragmáticas. Y con toda esta labor devastadora reaccionaria se iba por el desagüe una parte monumental de la obra de crítica de la sociedad capitalista, de instrucción de generaciones, junto con los “planos” y cimientos específicos para la construcción de una sociedad más humana y más justa, aunque sobre todo superior competitivamente, más eficiente en la producción . Porque el desbaratamiento de las ciencias sociales y humanas por parte de la burguesía no ha sido una victoria absoluta, es más bien parcial .

Tras dos siglos de reivindicaciones, revoluciones obreras, guerras capitalistas y avances democráticos, la burguesía se ha visto forzada a ceder parte de su poder en las instituciones económicas y políticas nacionales; se han erigido “estados de bienestar” mínimos, se ha socializado parte de la ganancia y hasta una porción notable de la industria y la propiedad, se han creado servicios públicos gigantescos con la popularización de los concursos de acceso al funcionariado; y se ha tenido que educar a gran escala a la población inserta en la espiral de movilidad social. Las universidades acabaron por abrirse a las clases asalariadas aunque fuera más que nada como clientes, y con la generalización de la educación pública superior se incorporaron más profesores, algunos de extracción más modesta, con raíces en la clase trabajadora, y con ellos el estado no pudo evitar la infiltración de las ciencias sociales y las humanidades cortadas según el patrón alternativo y revolucionario del socialismo y el marxismo. Adicionalmente, como se ha adelantado arriba, puesto que los partidos políticos y las clases trabajadoras habían impulsado un nuevo dechado de integración y praxeología de las humanidades, la burguesía tuvo que esmerarse más en ofrecer una respuesta “competitiva”, paliativa en las mentes más inquietas y no obstante atrasadas y reaccionarias, pero que a la vez perpetuase la inoperancia técnica de las ciencias sociales. La solución armónica se encontró en la reorientación de las ciencias sociales y las humanidades a los esfuerzos bélicos de las naciones e imperios capitalistas (p. ej. cultura y personalidad, análisis de contenido y sociosemiótica, psicosociología,...), en la fusión moderadora con las ciencias empresariales en la competencia mercantil publicitaria (mercadotecnia), y en la opresión disciplinaria de los “recursos humanos”; pero sobre todo, a la difusión de propaganda y persuasión política, donde uno de los fines permanentes fundamentales y contradictorios es el continuar desprestigiando la utilidad técnica productiva y la capacidad de generar valor añadido de unas ciencias sociales que sólo podrán rescatarse de su esclerosis artificial y de su privación del pueblo asalariado, cuando estén liberadas por el afán democrático organizado y coordinado de la clase obrera, imbuida de una ciencia social o humana industrialmente eficiente y comprometida en la administración pública dueña de los medios de producción socializados. Esto es, una ciencia social y humana congruente con las necesidades de una industria socializada que implique el complejo panorama social global, eficientemente planificado.

Una ciencia que por esencia no duda en incorporar datos del conjunto de las disciplinas que tienen por objeto alguna de las actividades o aspectos del ser humano es la antropología. Su primer impulso en la era moderna se originó en la España del siglo XVI, en sintonía con la formación de un imperio planetario que convirtió en urgente el uso de la racionalidad política y mercantil en las interacciones con la multiplicidad profundamente altérica casi inabarcable de grupos sociales dentro de los territorios en progresiva anexión. Un imperialismo incipientemente capitalista fue el embrión de la etnología en Europa. El siglo XVIII elaboró los métodos y unificó los numerosos datos llegados de todos los rincones del mundo descubierto, descrito y analizado por los etnólogos pioneros, hasta constituir la base de la antropología, que pasaría a beneficiarse de los avances de la sociología y la economía durante el mismo siglo y el XIX. En esta coyuntura alentadora para la antropología científica integradora y sintetizadora de los conocimientos sobre el ser humano o la sociedad, se produce sin embargo el hecho contradictorio de la convulsa decadencia mantenida hasta hoy, propiciada por la resistencia del poder y de la burguesía hegemónicos que comienzan a desconfiar de una ciencia que prístina, expresa paulatinamente con elocuencia las contradicciones sistemáticas del conjunto de la sociedad doméstica y ya no sólo en exóticas poblaciones allende los océanos a las que sojuzgar y aculturar concienzudamente con total impunidad. La antropología además es un sistema de asesoramiento político y económico que induce al estado y a los poderosos a una contradicción íntima, puesto que si bien aumenta la capacidad de intervención social eficaz por parte de los administradores de la sociedad, esta intervención muestra soluciones que implican la asunción de iniciativas próximas a los intereses de la contraparte grupal que se quiere mantener oprimida; además, la clase dominante, si bien ha construido un estado para su propia defensa, no puede admitir el reforzamiento ilimitado del poder del estado y su capacidad interventora, su autonomización sobre la extensión de su base a terceros; finalmente, en una sociedad europea supeditada a la propiedad privada y a la rivalidad caótica libremercantil, la inversión en el estudio de la planificación del conjunto de la sociedad es anatema. Se acaba por concebir a la antropología, en el plano oficial, como amenaza al sistema, iniciándose el proceso de dispersión o dilución de la ciencia antropológica desde su intimidad infectada de detractores obstruccionistas, su marginalización de la educación modélica, con la consecuencia de que sólo se mantendrá encasillada en “clubes” y sociedades reales y benéficas dedicadas a las curiosidades anecdóticas nada subversivas; también se mantendrá protegida en cierto grado entre el movimiento socialista europeo. Asimismo, la antropología se relega marcadamente en su faceta aplicada, la más temida para la burguesía, al instrumento de subyugación de sociedades exóticas (recibe un nuevo impulso en las colonizaciones del siglo XIX y XX), o se circunscribe por los sistemas académicos al análisis de la historia y el folclore, donde su impacto no causa excesivo daño en una Europa cuyo capital encuentra cada vez más plenas resistencias. Las zancadillas a la antropología no han dejado de perpetrarse por el poder instalado, e incluso volvió a boicotearse durante las décadas de descolonización, porque había trascendido como instrumento operativo a los movimientos de descolonización que luchaban contra el imperialismo metropolitano.

Pero las obstrucciones han tomado muy diversas formas: en España, aventajada en un principio en lo relativo a esta disciplina marcadamente pragmática, la opción escogida desde hace siglos fue la de llevar dicha ciencia a la casi erradicación, de lo cual es testigo la situación académica desastrosa de esta rama del saber que no cuenta con facultad alguna y que el alcalde de Madrid, Sr. Gallardón, recientemente describió como ciencia de los festejos y otros eventos folclóricos incapaz de dar razón alguna de lo importante; también el reaccionario gobierno del Sr. José Mª Aznar, suprimió en 2003 la mitad del Museo de Antropología para consagrarlo a las tendencias de la “moda” vestimentaria (la industria del diseño, la envuelta en la ruin expansión de la anorexia nerviosa y la paidofilia misógina entre la población infantil y juvenil más vulnerable). Por supuesto, estos gobernantes se han formado en la ideología del conservadurismo español del siglo XX, el cual se extendió con toda su crudeza durante la etapa fascista de 40 años del generalísimo Franco, y que ilustra muy bien la actitud del poder reaccionario del capital y sus valores religiosos hacia una ciencia que incluso en sus formulaciones más doctrinariamente afines, es considerada un atentado al orden inmutable e infalible impuesto por dios y explicado por la teología como única herramienta “analítica”. La contradicción de un estado reaccionario interesado en administrar sus colonias del norte de Africa hasta 1958 con conocimiento de causa, emerge cuando se revisan las deplorables incursiones pseudoantropológicas de la mayoría de los oficiales y académicos que han publicado sus trabajos sobre sociedades árabes en aquellos años no muy lejanos. España ha minado la ciencia “desarrollando” una antropología filológica, folclórica, muy aislada del resto de la ciencia antropológica mundial, un método el del aislamiento, que es una sentencia de muerte para cualquier ciencia.

Pero hay otros medios más sutiles de degradar una ciencia y mantenerla en el subdesarrollo para luego destinar la mofa más vil y la calumnia más infame sobre la presunta inutilidad o improductividad de la antropología. Como se ha indicado, desde el siglo XIX se ha minado la antropología, en los países más industrializados de Europa y Norteamérica, además de enviando esta ciencia al ostracismo de los museos y lo exótico, imponiendo el alejamiento de la sociedad viva y más influyente de cada momento, también mediante la fragmentación en disciplinas y paradigmas en el aspecto de la ciencia que es más decisivo y determinante, esto es, su vocación de integración de los saberes acerca de lo humano o lo social, como objeto de estudio específico, compacto y original. De esta manera, se ha construido una pobre antropología económica sobre todo de las sociedades primitivas , otra política (de gran riqueza gracias a las necesidades de dominación colonial y diplomacia), otra de la religión, de la historia, psicológica, médica, física, filosófica, del lenguaje y un sinfín añadido de subdisciplinas desterradas a lo más raro y extravagante de la existencia humana del planeta y lo más alejadas de las sociedades imperialistas metropolitanas amenazadas constantemente por traumas estructurales, revoluciones y por el socialismo, casualmente. Cuando la antropología inevitablemente calaba en la sociedad como apoyo científico-social de la mano de paradigmas unificadores y pragmáticos, el poder dominante contrarrestaba esa influencia construyendo contraparadigmas generales coservadores y reaccionarios, como ejemplifica la utilización desviada de sus propósitos iniciales del funcionalismo (generado por Radcliffe-Brown precisamente en su rastreo del comunismo en las sociedades primitivas para ser aplicado a las sociedades occidentales en evolución a modos de socialización) y el positivismo comptiano. No se ahorraron esfuerzos en confeccionar una antropología antimarxista y, o antimaterialista, que tuviese como virtud principal la incapacidad de ser aplicada a los problemas más acuciantes y dramáticos del orden productivo y político contemporáneo porque una hazaña contraria se saboteaba y desguazaba desde su misma concepción: frente a pragmatismo materialista, simbolismo, interaccionismo simbólico, cognitivismo idealista, idealismo subjetivista, culturalismo, mitopoyesis, folclorismo y mitología; frente a “modernización”, universalismo y difusionismo, “postmodernismo”, particularismo, localismo; contra evolucionismo y procesos históricos que planificar, relativismo, sincronismo. Y cada embate se acompañaba de purgas académicas y presupuestos selectivos. A través de la fragmentación y el ostracismo de la antropología se ha acabado por insuflar hoy una impresión generalizada que es la de una ciencia irrelevante sólo de interés para hijos ociosos de burgueses, turistas, engreídos periodistas, soberbios profesores atolondrados; ciencia “blanda” sin objeto bien definido, incapaz de dar cuenta de la condición sustancial humana que acaba siendo pasto del experto “ultraespecializado” en un terreno particular, por lo que todo el que lo desee se convierte en “antropólogo” a la moda, puesto que especialista de “su” propia parcela “individual” y psicótica de experiencia, una actitud muy acorde con la utopía impostora del neoliberalismo positivista, y que ha hecho rebosar la actividad antropológica de cretinos pedantes formados en las ciencias físicas pánfilos de pretender “salvar” con sus mentes matemáticas y empiristas a los “confundidos” y “vagos” antropólogos. En coherencia con la fragmentación es frecuente la abultada literatura que se ocupa de la “antropología de...” la cuestión más peregrina o concreta, cuando al contrario, un corpus racional antropológico unificado debiera conducir a invertir el orden de los factores: no se trata de hacer una subdisciplina antropológica sistematizada de cualquier futilidad, casuística o palabra del diccionario para lucrarse en el mercado, sino de aplicar la epistemología, el acervo y la teoría antropológica integrados a cualquier aspecto humano de interés con resultados competentes.

La pena de encarcelamiento unidireccional de la antropología en la fenomenología superestructural, del espíritu, de la noesis, o de los esquemas mentales, ha hecho que esta ciencia se convirtiera a los ojos del común en un arte de charlatanes sobre insustancialidades metafísicas. No es extraño que los autoproclamados “antropólogos” abunden en los círculos esotéricos y ufológicos e incluso dentro de las sectas satánicas y orientalistas, y que los irracionalistas de extrema derecha, los nacionalistas racistas y el clero, los empresarios pedantes y hasta los periodistas propagandistas a la búsqueda de autoridad científica, se hayan infiltrado en el caótico imaginario de esta ciencia exhausta tras las agresiones del sistema académico burgués y la revolución neoconservadora mundial. La antropología es, en gran medida, contemplada hoy por las mayorías con una formación mediocre como una cuasi-ciencia de tribus marginales; una disciplina verdaderamente desconocida por habérsele arrebatado su prestigio y consecuencia, y que se ha alejado de los asuntos vitales para la subsistencia y de los núcleos sociales cruciales más influyentes de la sociedad mundial, de fenómenos relevantes los cuales han sido apropiados para su manipulación artera y antisocial por rivales microeconomistas, por leguleyos y por los administradores al estilo empresarial, para aplicar sus métodos de maximización de la explotación y destrucción del ser humano sobre la base despilfarradora de la brutal ignorancia anti-antropológica.

La antropología ha experimentado cierto auge paliativo con la globalización , en especial entre el personal vinculado a la explotación del Tercer Mundo y a la expansión del modelo neoliberal, incluyendo las organizaciones humanitarias, ong o las empresas de la caridad (la cual empieza por uno mismo como es sabido). De nuevo es el imperialismo un impulsor de la antropología, pero también los procesos unificadores/segmentadores de entes como la UE o movimientos etnonacionalistas. De aquí se puede aprender mucho; en verdad se ha verificado un gran acopio de material empírico y teórico de gran valor, pero no es suficiente. Todo ese material permanece custodiado y sepultado en los almacenes universitarios y en las mentes de unos académicos indolentes para con su entorno y para la ciudadanía que sufraga sus canonjías y nepotismos expoliantes. Los académicos y universitarios de humanidades y ciencias sociales son los guardianes de la perpetua desactivación de los relativos avances teóricos y descriptivos de la antropología, para los que la mera mención de “utilidad” se convierte en un insulto o en una afrenta al mito aristocrático de la “cultura como objetivo en sí mismo”, como si no existiera algo trascendentalmente más importante y genuinamente “cultural”: el ser humano y sus necesidades de todo tipo . De hecho estos académicos parásitos de la sociedad y las ciencias humanas actúan de manera que recuerda en cierto modo a los nazis pirómanos de libros, aunque por medios más de tramoya, por medio del secuestro subrepticio de la ciencia social para la privación de sus réditos a la sociedad.

En los años 70, la antropología fue rescatada en parte de su postración crónica universitaria por la iniciativa de instituciones internacionales líderes de desarrollo en el Tercer Mundo, como el Banco Mundial, USAID en EEUU y otras, acuciadas por combatir los efectos ruinosos del neocolonialismo y la competencia del socialismo en el Tercer Mundo, lo que indujo a un mayor interés por las ciencias sociales proclamadas “blandas” más que por las ciencias (sociales) de la “economía” positiva. Los grupos locales, marginales, pobres, aislados, exóticos, alejados geográficamente de las sociedades desarrolladas e influyentes, siempre habían sido el objeto reservado para la antropología, y lo siguen siendo en gran parte a pesar de la adhesión a las actividades de desarrollo local en las sociedades occidentales industrializadas y la resistencia de la antropología crítica materialista y marxista. La experiencia de la antropología en esos años es dilucidadora. Las teorías de la dependencia y la crítica de la “modernización” y del relativismo cultural por parte de los neo-marxistas durante los años 60 y 70 habían mantenido la antropología vital y científicamente productiva, además de haberla dotado de prestigio renovado entre la opinión pública contemporánea. El renovado entusiasmo de la población culta y universitaria por una antropología capaz de asistir utilitariamente en los esfuerzos contra el subdesarrollo, condujo a numerosos estudiosos a involucrarse en las organizaciones de lucha contra la pobreza que proliferaban entonces en paralelo con el auge de la perspectiva crítica neo-marxista. Una antropología al servicio de la sociedad y el progreso social se esbozaba, una antropología aplicada y eficiente distinta y superior, moral e instrumentalmente, a la antropología aplicada asociada a la administración colonialista. El resultado no obstante fue paradójico: en pocos años, el proyecto entusiasta de antropología aplicada o “antropología del desarrollo” se transformó en la subdisciplina más decadente y más vulgar, teóricamente irrelevante y disociada de la crítica y el método científico. Las grandes ambiciones ubicadas en el proyecto aplicado al desarrollo fracasaron bajo la losa opresiva de la burocracia y de los objetivos e intereses impuestos por los grupos de poder que dirigían las organizaciones empleadoras de antropólogos del desarrollo. Las estrategias políticas y económicas de desarrollo de los administradores políticos, los empresarios y burócratas se impusieron a expensas de la validez metodológica, de la inteligencia científica, y de la crítica.

Una vez más, el intento de transformar en praxis una ciencia encorsetada y coartada, había sucumbido bajo el peso del régimen político imperante, que desde entonces, y a rebufo de la revolución conservadora de finales de los 70, exacerbó el sarcasmo despreciativo a una ciencia marcadamente holística de la sociedad humana, sospechosa de preconizar una praxis en la administración macrológica de las relaciones humanas, y que además se había interesado por los motivos del subdesarrollo provocado por los inefables capital, intercambio mercantil monopolista y los estados imperialistas. Una consecuencia directa de este fiasco sugirió que la curiosidad de los antropólogos se enfocase en el estudio de las relaciones del entramado institucional destinado a la ayuda al desarrollo como objeto etnológico en sí mismo y base de una asfixia acrítica e infructuosa de la antropología aplicada. Y esta es la cuestión fundamental de esta reflexión: no puede haber una antropología aplicada y administrativa con rendimiento superior a las ciencias de la administración ya reconocidas como tales y desarrolladas en cuarentena respecto de las ciencias sociales en general, si antes no se instrumentaliza la antropología a modo de soporte de la disolución del régimen capitalista y del orden político existente. O, los réditos a obtener de una antropología aplicada dependerán del grado en que esta se utiliza por quien la precisa como instrumento de redención y supervivencia según sus normas y circunstancias emulando, sobrepasando al orden burgués; v. gr. la clase asalariada en un orden socializador. De ello se infiere que la antropología no puede prosperar como ciencia ni como disciplina epistemológica, globalmente y por encima de su fragilidad actual, si se empeña en administrar los negocios del régimen capitalista sin aprender la manera de recomponerlos para auspiciar tácticas de corrosión, superación y demolición de dicho régimen. La cuestión planteada puede ser interpretada como una invitación a la evasión de la actividad industrial, de la administración de la producción y la riqueza, a la vez que una reconducción de la disciplina al área política. Se trata muy por el contrario de politizar las relaciones cotidianas de gestión y producción a través del embrión antropológico para conferir a esta disciplina sentido pragmático vigente, sin esperar a “mejores tiempos”.

¿Cómo se puede lograr tan siquiera un ápice de estas pías intenciones si el sistema impuesto vigila y sanciona cualquier desviación doctrinal? La solución es simple, temeraria incluso, pero mayormente parece provenir de la actitud de insuflar un comportamiento aún más competitivo en paralelo a los medios y objetivos que el orden hegemónico crudamente expone: la antropología y todos sus profesionales comprometidos con la praxis, y sobre todo con el socialismo, deben hacer uso calculado de sus métodos con el fin de demostrar que su ciencia (la antropología y sus potencialidades) eventualmente o fácticamente afianzada puede recabar más éxitos productivos, más acumulación de capital, más beneficio y más valor añadido en procedimientos y objetivos, que las demás ciencias gestoras de la economía capitalista, a pesar de las numerosas contradicciones; porque una antropología aplicada capaz de sobreponerse competitivamente a las ciencias de la administración capitalista está infiltrado irreductiblemente y haciendo imprescindible la gestión de toda la sociedad como sistema, y la participación de todos los avatares humanos de la sociedad por compleja que sea. La táctica es la del caballo de Troya, también la del jaque mate, y de los expertos depende el saber conducir la emulación sin sospechas y sin derivas. El solo acto de envolver en la producción capitalista a progresivamente más estratos aprovechables de la sociedad para sobresalir en la rivalidad mercantil homicida que impone el capital está atentando a las bases mismas del capital y la propiedad privada al no poder estos renunciar al beneficio creciente, y erige los puntales de una compleja maquinaria que es literalmente indisociable del apoyo del estado y de la coordinación cooperativa paulatinamente más allá de la propiedad privada. De esta manera, a través de sus propias metas insaciables, los capitalistas enconan su politización y participación de la sociedad, en los mercados o en las instituciones públicas, y pueden ser espoleados por el método y la ingeniería social antropológicas adaptados a las claves de las sociedades más avanzadas y vanguardistas. La consigna no es otra que incorporar el saber antropológico a la discordia ingénita del capitalismo; con la ayuda de una nueva generación de técnicos revolucionarios: “ellos mismos fabricarán la soga con la que serán ahorcados”.

El filósofo y antropólogo Edgar Morin coincide en explicitar el problema de la multidisciplinariedad y los efectos negativos de la fragmentación de las ciencias sociales. De pretender desarrollar la ciencia social en consonancia con las urgencias de una sociedad contemporánea compleja crecientemente más correlacionada en sus dimensiones, no es posible mantener paradigmas epistemológicos que alientan las divisiones y el especialismo disciplinario, puesto que tomado en su forma elemental, esta tendencia segmentarista lleva al reduccionismo, al falseamiento de unas realidades empíricas que no se ven representadas con fiabilidad por el relato científico-social. El filósofo recurre a una “paradigmatología” con la que revisa los diferentes modelos de coordinación de las disciplinas de la sociedad para la elaboración de una ciencia más unificada que dé cuenta eficaz de la amplitud contemporánea de los hechos humanos, con el fin de contrarrestar el reduccionismo; se trata de una actitud noológica de ajuste y perfeccionamiento de la inteligencia epistemológica con que fusionar adecuadamente saberes. Sus detractores, conservadores y pro-liberales, le reprueban, curiosamente, su arcaísmo “post-marxista”, y contrargumentan que la creación de una ciencia social omnicomprensiva, o focalizada en el escrutinio del sistema general circunstancial de las entidades humanas, fuerza a una lógica de nuevo reduccionismo, subsecuente al ergotismo que la síntesis de grandes objetos de estudio y “teorías de gran alcance” conllevan... Con lo cual actúan como reaccionarios postergando cualquier intento de desarrollo de la ciencia social, comprendida la antropológica, a la que se le impide el reconocimiento de lo que sin embargo es fundamental en ella, a saber, su condición etnorregimental, holística, macroestructural . Pero además, sobre motivos falsos. Mientras que las ciencias naturales o físicas no encuentran obstáculos internos cruciales para ir agrupando y sintetizando conocimientos de especialidades de muy diversa coherencia, como es el caso de la medicina o de la arquitectura, y ¡hasta la física! (que para sus objetivos acaparadores integran disciplinas físicas y humanas, en frecuentes ocasiones de manera intrusista y aprovechándose del poder de sus gremios en la industria y por ende en la política), en sus progresivamente más complejos productos, a las ciencias sociales se las mantiene infiltradas en su interior, desmembradas hasta de las subespecialidades propias a su campo.

Es falaz la proposición según la cual una ciencia social sea incapaz de abarcar grupos sociales de tamaño y complejidad máxima. La única diferencia entre una ciencia arruinada por su dislocación fragmentaria y otra vigorosa en su unificación, reside en el paradigma que se aplica: los neoliberales y conservadores, aterrorizados por una ciencia capaz de administrar exitosamente una sociedad bien coaligada y eficiente en la resolución de sus crisis, imponen el paradigma hostil y diluyente sobre la realidad social o humana por medio del especialismo, la incomunicación, las epistemologías del “caldero del Caos” y la incongruencia radical anticausal, la “autoemergencia” de los hechos sociales, el sinsentido aleatorio de todo tipo de particulares como posibles ya dados, y la larga serie de principios que se ha convertido en la doctrina filosófica de cretinos economistas y estetas post-modernos, de pseudopolitólogos universitarios sobornados y de aquellos que pretenden haber vencido al determinismo y haber encontrado un socaire del que guarecerse de una metodología productiva, válida, fiable y con algo útil que ofrecer a los contribuyentes asalariados, los que realmente aportan los recursos para la cosa pública y la cohesión social. En el lado opuesto, la actitud cooperativa, flexible, participativa, de los que contribuyen a la construcción del edificio de una ciencia social o humana desarrollada sólo sobre la condición de un compromiso colectivo justo y amplio, de interés en pasar el testigo de sus obras para articular un complejo instrumento de síntesis, rebosante de sentido, y a sostener con el indispensable pero disponible, vasto esfuerzo, de una sociedad avanzada y con excelentes recursos para la instrucción y comunicación.

Si los científicos sociales críticos para los que el avance de su ciencia les reporta honestamente un rédito aparte de su salario como universitario o de las prebendas con que el capital compra sus favores de técnicos y propagandistas, entonces se verán encaminados a rehusar la ponzoña con que el régimen burgués y sus archimandritas académicos inoculan a las ciencias sociales para mantenerlas inservibles y desautorizadas. La iniciativa más elemental con que declinar la complicidad en el estancamiento de las ciencias sociales-humanidades es la de desplazar su valor contemporáneo logrado al centro del interés productivo; situar la relevancia de las ciencias sociales o humanas en el vértice y no en la “complementariedad” a otras ciencias y técnicas, como se propone por defecto o por activa desde una burocracia universitaria acomplejada y culpable. La “antropología” no podrá seguir ocupando una función “complementaria”, ni puede ser la ornamental “guinda del pastel” respecto a otras ocupaciones profesionales ejecutivas. De modo opuesto, las técnicas y los demás cuerpos teóricos disciplinares deben supeditarse a la nuclearidad epistemológica, informativa, analítica y sintética del objeto específico de la ciencia antropológica, reordenando si es preciso todas las ciencias administrativas desde los diversos paradigmas generados por la antropología y potencialmente factibles; debe ser así porque es un inexorabilidad histórica de supervivencia competitiva racional verificada por la constante integración de la sociedad planetaria, cada vez más confrontada a los estragos causados por el déficit siempre creciente según se expande el modelo librecambista, de planificación centralizada. De tal manera que el producto resultante sea de valor superior al de los técnicos y administradores ya instalados por el poder hegemónico actual.

Respecto a la antropología marxista, no se puede recaer en costosos errores en el largo trecho que de combate científico y político aún queda. Los esfuerzos racionales y empíricos por demostrar la legitimidad y superioridad del socialismo y el comunismo han servido a la iniciativa política y a la difusión ideológica de la causa del proletariado y en parte así tendrá que ser en el futuro; pero desafortunadamente para los marxistas, también han servido dichos frutos a la causa del capitalismo y de la reacción, que con los productos intelectuales de los científicos marxistas y materialistas han alimentado la salud de su ciencia decrépita y se han aplicado en la resolución de lo que ellos han denominado “disfunciones” sociales, contradicciones, que por otras vías no hubiesen compensado con relativo éxito; esto se realiza indefectiblemente por la absorción o compra y desvirtuación de los valores creados por los científicos marxistas. Un ejemplo modélico es el que delata el destino del Instituto de Estudios Sociales, la famosa “Escuela de Frankfurt”. Fundada en 1923 como academia independiente de los partidos comunistas e integrada en la universidad alemana, con un honesto afán de validez y crítica en el desarrollo del marxismo, acaba con el transcurrir de las décadas, por acoger a una barahúnda de intelectuales burgueses que arrinconan a los pocos profesionales marxistas a un departamento ridículo en su propio instituto. En ese tiempo el marxismo ha servido para la cristalización de un proyecto de edulcoración reformista, de añadidura a la autodestrucción intelectual dentro del movimiento obrero y, de erradicación final de todas las corrientes marxistas reconocibles. Los académicos burgueses que heredan el Instituto se han apropiado de las aportaciones marxistas y han construido su propia visión torcida de los hechos en los que el análisis marxista se instrumenta para el reformismo socializante, la cohesión nacionalista social-demócrata alemana, y como objeto de estudio para su desmantelamiento como teoría. Recíprocamente, la teoría social y la ideología burguesas se enriquecen con esos materiales marxistas, y reorientan los contenidos en favor del capital y contra la clase proletaria (el mismo vocablo “proletariado” es torpedeado hasta la erradicación). La Escuela de Frankfurt es un recuerdo que explotar, y en los pabellones universitarios asociados los funcionarios engreídos, patrioteros y satisfechos abundan. Esta provisión al rival es lo que los científicos y técnicos marxistas deben empeñarse en remediar. Y al contrario, utilizar sin escrúpulos la ciencia y los procedimientos burgueses para instrumentalizarlos en un orden vertebrador marxista, sin temer la exhaustiva recomposición, reorientación, desecho implacable y filtro de materiales válidos para el avance de la ciencia materialista marxista pragmática. [Portada.][Antropología-sumario.]

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