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Acomodos ideológicos en la encrucijada aún viva de Averroes
Es conveniente retener dos polos actitudinales para clarificar el complejo, ambiguo y nebuloso ámbito ideológico del mundo árabe y musulmán. El legendario Al-Ghazali simbolizaría el teísmo irracionalista, la intuición sufí, el Noûs hermético y el empeño de explicar el todo cuanto racional por efecto de dios, así como también paradójicamente el literalismo coránico anti-hermenéutico de los más radicales islamistas. Ibn Rushd (Averroes) en cambio es el eje antitético de Al-Ghazali en el camino intermedio entre la teología de éste último y el materialismo racionalista laico; su empirismo racionalista estableciéndose en plena armonía con los preceptos religiosos, que, en su perspectiva, la razón demostrativa constata de modo metafórico cuando literalmente chocan con la evidencia.
En Averroes la razón explica la religión, incluso por motivos prácticos y sociológicos además de por el carácter material-divino del alma humana: su filosofía está orientada al panteísmo y al deísmo. La tesis de la doble verdad (a lo Siger de Brabante) fue una solución que los intelectuales medievales elaboraron para conciliar el averroísmo con la religión como teodicea dogmática e idealista. Hay dos verdades, una científica y otra religiosa, distintas e incluso opuestas. Pero Averroes da a entender mucho más que esa dialéctica sin solución. Quizá su interés por comprender los universales, su percepción de que no se pueden apercibir de otra forma que a través de los específicos, la realidad concreta, señalan otros rumbos de su pensamiento, y no precisamente propicios a dios o la religión. Un buen conocedor y apreciador de Averroes fue Giordano Bruno (quemado en la hoguera por el cristianismo de la época), cuyo panteísmo es la consecuencia lógica de la sendas abiertas por el gran filósofo protomaterialista cordobés.
Las preciosas aportaciones de Ibn Rushd a la formación de una psicología social moderna emergen en unas circunstancias históricas medievales en las que el expansionismo árabe suscita más popularidad entre las poblaciones llanas sometidas al feudalismo comparativamente más opresor de otras regiones del mundo, como es el visigodo en la Hispania del siglo VIII, pero particularmente por los posteriores progresos civilizadores que se concretan en el Califato de Córdoba. El retroceso del fanatismo religioso acuciado por el refuerzo de la influencia de las capas más populares y de líderes o representantes políticos más democráticos, es el resultado de las concesiones que los gobernantes árabes están obligados a invertir para asegurarse la adhesión y la unidad frente a la concurrencia de los reinos cristianos, hasta ulteriores invasiones musulmanas integristas. Algunos historiadores incluso, opinan que el régimen campesino de la España musulmana está tan socializado que en la práctica es comunista (En cierto grado y desdichadamente la tenencia rústica comunitaria es residual a causa de la desamortización de Madoz de 1855 primero y después por la reciente especulación liberal inmobiliaria desde los 90 del siglo pasado; “el común”, las comunalezas, o los “bienes comunes” aún constituyen un legado histórico de muchos ayuntamientos españoles con origen en el feudalismo musulmán y después cristiano, mientras que los coloni del bajo Imperio romano tendieron a transformarse en siervos de la gleba.) En esta situación, la alta cultura de la corte califal es extraordinariamente sensible a ideologías epistémicas, utilizando la expresión de Gellner, basadas en la persuasión demostrativa, la ética de la responsabilidad weberiana, a la eficiencia y más bien desfavorables al absolutismo religioso y al control alienante ideológico.
Averroes sin embargo indica que las masas incultas no pueden acceder a un conocimiento epistémico, racionalista, y que deben contentarse con la religión, también por cuestiones de orden social. No obstante y simultáneamente, aclara que el ignorante y el campesino que obedece la religión también participa de la verdad racional y demostrativa, la que conocen los sabios, que curiosa y originalmente, es aquella realidad que en el orden social y político, debe ser desarrollada por legisladores formados en la filosofía racional y no únicamente en la teología... Esto es, las masas deben obedecer una religión infiltrada de racionalismo secularizante, una religión vaciada de contenido teocrático, lo que es un salto inaudito. La conceptualización de Averroes es sublime en significado dialéctico y en tretas penetrantes para eludir a los dogmáticos y acérrimos beatos del estado en el que vive y, en argumentos, de todos los tiempos, incluido Al-Ghazali. Creo que el filósofo es un auténtico enlace entre baja cultura demótica y alta cultura hierática, en el sentido de lo que aprecia Antonio Gramsci para aquellos no pocos iniciados o intelectuales como Erasmo, que durante el Renacimiento y la Reforma intentaron un circuito de intercambio de valores y cuyo arrojo pagaron caro con la tortura y el fuego hasta retrasar varios siglos el avance de la psicología colectiva de masas en Europa; Averroes pagó también con el destierro y la quema de sus libros en idioma árabe (gracias al hebreo y al latín se conservaron).
La tesis de la doble verdad sin embargo es la que parece informar a los “averroístas” musulmanes contemporáneos como M. Abdel Al-Jabri (v. M. Tozi, 1999: 144-151) que, sin embargo, introducen un componente mucho más propio del fundamentalismo de Al-Ghazali, según las enseñanzas de Al-Chatibi, por las cuales la intencionalidad y la virtud del legislador, son el equivalente de las causas naturales y la certitud de las ciencias teóricas, “la “causa final” que ordena la racionalidad de la ley” (Al-Chatibi apud M. Tozi, p. 150). En relación a esta perspectiva de la izquierda islamista, aparentemente mucho más conservadora y mojigata que la de Averroes en mi opinión, M. Tozi ( ib .: 150) comenta: “paradójicamente, los promotores de este racionalismo “salvador” son también reivindicados por una buena parte de los islamistas”, y que “al-Jabri verifica una gran proximidad con el individualismo metodológico de los nuevos intelectuales islamistas”. Es decir, “el derecho a la exégesis” hermética de todo liberalismo que rehuye la obligatoriedad de la validez de la epistémé y la disciplina racionalista de la phronesis y por el cual se infiltra la fe y el pensamiento abstracto, voluntarista, subjetivista e idealista, la primacía de la divinidad sobre la racionalidad.
Si Averroes lleva el empirismo al rescate de dios y en el camino este se transforma en un contenido o relación y a poco desaparece, los pseudo-averroístas se limitan a reconocer que hay una verdad científica y otra religiosa independientes entre sí, esta última la cual subroga a la ciencia social o antropológica. Pero la exégesis fenomenológica “individualista” no viene a solucionar el problema de la incoherencia y la falta de significado de la teodicea en lo que afecta a otros individuos.