¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
El tiempo no pasa en balde. Lejos de diluirse en el olvido, la gesta revolucionaria del 6 de noviembre de 1917 se reafirma año tras año. Los sistemas sociales puestos en pie como antídoto de la “marea roja” del comunismo durante el siglo XX están desapareciendo, sin apenas resistencia eficaz, entre la maraña de reformas espurias, populismo de baratillo y privatizaciones de servicios del Estado, sin que nada se pueda hacer en una situación de cuasi aniquilación del impulso organizado de los partidos proletarios y sus vanguardias dispersas, sistemáticamente excluidas de los medios de comunicación y el empleo, o simplemente coaccionadas, desprestigiadas por una horda colosal de injuriadores. Los partidos comunistas son los únicos garantes del avance decidido por el camino del socialismo, en buena lógica. Aunque los herederos (despreciables detentadores, simples burócratas funcionariales en muchos casos) de las organizaciones "proletarias" de Europa, en general, no son más que logistas de almacenes comerciales de quincalla pseudomarxista y “comunismo” reificado, útil para la estafa y tergiversación ideológica y electoral de la burguesía sobre la clase asalariada, más numerosa hoy que nunca jamás. Y los partidos autoproclamados “socialistas” en Europa, están cercanos a enterrar esta denominación para rebautizarse abiertamente como neoliberales. En efecto, su meta es la emulación del sistema político norteamericano, pero “sin pasar por caja”: olvidando convertir la economía del Viejo continente en la más productiva, fordista, competitiva e innovadora, e incapaces de conquistar mercados exteriores como el imperio yanqui sí es capaz. No valen ni como capitalistas ni como social-traidores. Los socialistas burgueses o social-liberales alevosos, están pretendiendo emular el americanismo que tanto admiran, sin entender que Europa está en otra fase histórica en la que el modo de producción industrial y capitalista está envejecido y decrépito, y que es imposible reanimar al enfermo asimilándolo imaginariamente a un capitalismo joven y expansivo como el norteamericano. Sus reformas imitativas, típica reedición de todo conservadurismo ahuyentado por lo que se barrunta en el futuro, no hacen más que desbarajustar aún más la realidad europea autóctona. La infancia capitalista en Europa ya pasó, hace más de un siglo, y la única salida es el socialismo. Aquellos crédulos o no, de las fantasías y saña propagandística del capitalismo, están descubriendo en carne propia, y en países desarrollados, que la realidad del capitalismo cortado por el patrón anglosajón, el librecambismo, es una trampa absolutamente nefasta, y que el cinismo de los defensores del capital y los privilegios propietarios, no se detiene ante nada, ni ante la evidencia de la historia. No es por este cinismo, sin embargo, que el neoliberalismo no avanza y está sujeto a la prudencia interventora del monetarismo, una auténtica dictadura capitalista erigida para asegurar la impunidad de los fanáticos del librecambismo más radical cuando conducen a la crisis, con sus desmanes financieros, sus deudas imposibles y burbujas desindustrializadoras, a las economías más fuertes del planeta. Esto ha quedado bien patente con la crisis de las “subprimes” y la acción correctora de los Estados, mediando el dinero público. Esta ha sido el último gran capítulo en el que el dinero público ha apuntalado los experimentos del neoliberalismo hipócrita, originado en ese dechado de virtudes cívicas que es EEUU. Gracias a la intervención pública con fondos públicos de la institución pública del Banco Central Europeo, los facinerosos y atracadores capitalistas no han recibido, una vez más, su merecido castigo, que por cierto, tanto proclaman en su utopía neoliberal basado en el argumento darvinista de la eficiencia competitiva.
Desde la revolución neoconservadora hace tres décadas, Europa no ha hecho más que hundirse más en el marasmo social y el estancamiento económico, mientras que el experimento neoliberal iba convirtiendo en ricos a una minoría de salvajes inmorales, de yuppies , especuladores, expoliadores ecológicos, empresarios de la seguridad y el armamento, políticos corruptos, usureros, jefecillos energúmenos a comisión, y de lumpen y traficantes de todo género. Por no hablar de la experiencia de los países “ex-socialistas”, en los cuales las privatizaciones se han tenido que ralentizar hasta por sujetos tan atrabiliarios para el socialismo como los hermanos Kazinsky (el partido que les releva en el poder ahora, bastante más a la izquierda, se apresta a nuevas privatizaciones...). Europa sólo se ha mantenido en pie, a duras penas, gracias al dinero público, a las ayudas institucionales al desarrollo, a los programas de cohesión. El “socialismo” de hoy, el que se pretende con las mentiras de los políticos pro-burgueses y “social-liberales”, es una semidictadura paulatinamente más totalitaria y fraudulenta, en la que el esfuerzo de la mayoría asalariada se pone sustancialmente a disposición del gran casino capitalista en el que se comercia con el bienestar de la mayoría expropiada de Europa.
Tras 90 años desde que obreros, soldados y campesinos se lanzaran a desamortizar la casi totalidad de los bienes producto del trabajo en manos del 10% de la población oligarca, capitalista o feudal en Rusia, los capitalistas en sus distintas variantes, ultrarreaccionarios, neocón o sabandijas social-liberales no han desaprovechado un minuto para difamar la Revolución Socialista. Es curiosa esta fijación permanente sin provocación aparente alguna. El motivo tiene que estar en algo más que paranoia psicótica, en algún mecanismo de retroalimentación que hace de dicha fijación, la parte visible de todo un engranaje destinado a que justamente, no se observen expresiones de simpatía pro-revolucionarias. Pero esta reacción no ha impedido que muchos pueblos del mundo impulsaran su revolución ni tampoco, con el tiempo, fueran aplastados por la contrarrevolución mundial. Sin embargo, tras la aparente “victoria universal” y “fin de la historia” del capital hay un ribete que no escapa al observador, que es posible percibir gracias a la acción misma propagandística de todos los ultrarreaccionarios del planeta, sean cristianos o musulmanes, hindúes o laicos. Y es que tras décadas de ingente y despilfarradora propaganda con la que calumniar al comunismo y al socialismo, y aún tras la desaparición de la URSS, la insidia anticomunista no ha disminuido, es más, todavía se ha reforzado. Los capitalistas hoy viven obsesionados por el comunismo, por la presencia espectral, difusa, del comunismo en todo el mundo. Desde los talibanes de Afganistán, hasta los petroleros tejanos, pasando por el Vaticano y por el mismísimo Partido Comunista Chino, el mayor enemigo, real o simbólico, es el comunismo . Y toda la rivalidad entre facciones y antagonistas que puede observarse en la arena política contemporánea, está centrada en el eje del comunismo, del problema de la socialización de los medios de producción: ya sea para denunciar la mínima veleidad socializante del contrario, ya sea para derivar votos aludiendo a connotaciones pro-comunistas con que persuadir a los millones de votantes que hoy en día en Europa se ven privados de la alternativa de un Partido Comunista operativo. Los burgueses y colaboradores sufren la omnipresencia del fantasma europeo (y mundial) del comunismo, que sólo han conjurado a distancia con unos esfuerzos enormes e intensivos, sin un solo instante de respiro. El régimen contemporáneo no es quizá otra cosa que un inmenso lastre sobre el comunismo para que no despegue de modo natural. Sólo con los esfuerzos de privatización totalitaria, liberalización mercantil, de externalización de los servicios, de deslocalización, importación masiva de mano de obra a saldo, de explotación de mano de obra extranjera esclava en países como India o China, de propaganda extensiva e intensiva, de entrenamiento y educación ideológica, de activismo religioso, de soborno generalizado, imperialismo, etnonacionalismo, confrontación para el abuso, coacción y difamación, y de terror , se ha podido socavar la marcha del socialismo en Europa.
Así, no es de extrañar que el burgués esté bastante amargado, su personalidad se vea afectada caracterizada por grandes dosis de exasperación, neurosis que transmite al resto de la población. El burgués, y sus lacayos, sufren psicopatologías casi en tan alto grado como sus víctimas. Toda su “civilización” es violencia y abyección, abuso y avaricia, desengaño y felonía, confusión de valor y precio. Es el precio que han tenido que pagar para detener el avance del socialismo en Europa. En este abuso generalizado (que los burgueses llaman la “sociedad del riesgo”) las clases trabajadoras que son diariamente expropiadas y oprimidas, cada vez con más descaro y violencia, están aprendiendo el lenguaje de la agresión. Desgraciadamente, porque avocando sus vidas a la competitividad caótica y expoliante, se asimilan al odioso y miserable burgués, experimentan la ruindad de unas relaciones inhumanas, nauseabundas y solitarias (mal menor), poco recomendables para la salud y el desarrollo de sus capacidades, aparte de aquellas capacidades destructivas, sádicas, a la vez que serviles. Empero, si algo útil hay en tal sistema de “valores” y forma de ser, es que las gentes, en grupo o individualmente, siempre están a punto de volverse con igual saña letal contra la burguesía...
En este sentido (la espectral presencia del comunismo) hay que señalar lo desafortunado de algunos “marxistas” que plantean la permanencia del marxismo como un ideal estético, preservado de las transformaciones objetivas en el seno oculto y reservado de la mente. Qué desfachatez la de los burgueses “marxistas”. Su idealismo es incurable, su distancia de la realidad asalariada, su utopismo liberal, su clasismo remilgado, siempre les convertirá en rémoras del movimiento socialista y comunista. Estos “marxistas” que olvidaron leer a Marx, pretenden que el comunismo pueda algún día desarrollarse sobre preceptos y realidades completamente ajenas y aún incompatibles, con el comunismo científico, o si se prefiere, el marxismo. El neoliberalismo ha supuesto en los últimos 30 años, una involución a situaciones comparables a las del siglo XIX. Es normal que, como en el XIX, el socialismo o comunismo utópicos, resuciten de modo visible. Esta vez sin embargo, la situación es distinta: los pseudomarxistas idealistas no quieren renunciar al apelativo marxista que los utópicos decimonónicos no conocieron hasta la segunda mitad de ese siglo. Puesto que la obra marxista es un fetiche, un valor que hay que explotar aún más, como bien manda la ética formal neoliberal. Los utópicos idealistas en realidad intuyen, como los burgueses en general, que bajo las baldosas de su mansión hay un hormiguero bullendo, o como diría el Carlos, el “viejo topo”.
El comunismo se intuye poderoso y vital por la burguesía, no sólo porque Bill Gates acuse literalmente de comunistas a los que amenazan su acumulación capitalista, o porque los voceros neonazis “culpen”, en los medios de comunicación de masas, a la dictadura birmana de “comunista” (tal es el nivel informativo de los neocón), o los social-liberales callen avergonzados o transidos, mentalmente ausentes, cuando se habla de comunismo, como si fuera un tabú, y un pecado mortal el sólo hecho de mencionar el vocablo de marras. Nada hay más revelador y evocador del comunismo que algunos mutismos histéricos. Pero también hay alusiones reveladoras por grotescas.
Una revistilla de historia de gran tirada en España (“La aventura de la Historia”) consagraba un reportaje especial a la Revolución de Octubre (en octubre pasado, probablemente ignaros de que se celebra en realidad en noviembre por el calendario en vigor), dedicando plenamente su portada al evento con un retrato épico de Lenin rodeado de banderas rojas. El reportaje era de una banalidad insultante para el lector, en términos históricos, ni siquiera daba la talla para la educación básica: una sarta de nimiedades malintencionadas; ni un libelo panfletario escrito por una secta destructiva hubiera podido ser tan chato intelectualmente. Sólo hay que señalar que el mismísimo director, en su editorial en la página 3, afirmaba cosas como que el logro culminante de la URSS no era otro que la puesta en órbita del Sputnik . Este director de una de las revistas especializadas en supuesta divulgación histórica más populares de España, era incapaz de comprender nada de historia contemporánea: simplemente, en su mente no había nada que decir sobre el significado de más de 70 años de la URSS en el mundo. Se me pasó por la cabeza que quizá ese sujeto fuera capaz, realmente, de establecer un vínculo lejano entre los servicios sociales públicos (cada vez más exiguos en España), y el socialismo y el movimiento obrero europeo, etc., etc. hasta llegar a la Revolución del 17 y las demás revoluciones que se desencadenaron casi simultáneamente en toda Europa, y cuyos aires soplaron en España con fuerza, conduciendo a huelgas generales políticas que, después, motivaron el golpe de estado de Primo de Rivera; que más tarde condujeron a la división del PSOE y la creación del PCE, y una larga sucesión de consecuencias que llevan a la Transición y posteriór triunfo del PSOE en 1982, con varios millones de votos útiles transvasados del electorado comunista al PSOE y, pocos años más adelante, el proceso culmina en la modernización, aumento de prestaciones y universalización por los ejecutivos social-demócratas, de la seguridad social y la sanidad pública. Escéptico, se me ocurrió que no había motivo aparente aquí para sospechar que los nepotes de la chusma burguesa son, más probablemente, beneficiarios de asistencia sanitaria privada, con lo que su valoración de las conquistas sociales sanitarias, de los servicios públicos del estado democrático, social y de derecho, para la clase asalariada, es nula o inaudita...
El título del reportaje de dicha revista, u órgano de la desalfabetización histórica de la población, rezaba: “Marea roja: hoy sólo quedan sus ruinas”. No es que yo tenga algún interés en promocionar este tipo de agresiones a la inteligencia humana, ni tan siquiera aprovechar los razonamientos de los más insignificantes propagandistas del capital, para resaltar sin esfuerzo los argumentos a favor del comunismo. El comunismo no lo necesita, como es obvio. Pero de lo que se trata es de reseñar una corriente actitudinal imperante, por intelectualmente rastrera e infame que sea. Los burgueses tienen que invertir tantos esfuerzos en la represión del comunismo, en este caso ideológica e informativamente, que empeñan todos los recursos disponibles, hasta las mentes más ineptas. Todo esfuerzo es válido para cubrir, como se pueda, las áreas de la población más atrasada y crédula.
No obstante, también es particularmente llamativo el titular , a falta de verdadero contenido interior. La función estética está significada en el titular y en el retrato de Lenin. Y lo más interesante del contenido filosófico, ideológico, y sociológico e histórico, también se concentra en ese titular. Subyacente a esa portada, al retrato de Lenin y las banderas rojas, a la idea de “marea”, no hay otra cosa que vigencia . La susodicha revista, en medio de las chanzas y las descalificaciones, el ninguneo del comunismo y la URSS, lo que delata con una fuerza imponente, es el interés que todavía suscita en la psicología colectiva y en la acción política contemporáneas el comunismo. Los editores lo intuyen, si bien no muestran explícitamente su sospecha, y actúan en consecuencia, como buenos burgueses, a la busca de lectores y pagadores de lo que vende con seguridad y sin excesivos problemas (sólo hay que ultrajar y deformar a discreción). Esta promoción indirecta del comunismo a la que contribuyen con su ánimo de lucro, está basada en la expectación de amplios estratos de la población por el comunismo, sea en la forma de temor, odio y desprecio, sea en forma de anhelo y máxima simpatía. Puesto que la burguesía percibe este interés, lo comercializa; pero con el suplemento del ritual difamador, el ritual mágico más que racional, con que degradar y destruir idealmente aquello que, de todos modos, difunden y contribuyen a mantener vivo . “Hoy sólo quedan las ruinas”, es la otra parte, el principio activo “medicinal” con el que pretenden sujetar sus propias percepciones de la obviedad, apaciguar sus sospechas, disimular su desazón ante el testimonio indeseado de la vigencia, tácita, invisible, pendiente, del comunismo. Pero, ¿cuáles son las ruinas del comunismo?
No hay que olvidar que el sistema capitalista engendra sus contradicciones, y que una de sus mayores contradicciones es la que se da entre capital y trabajo. En esta última parte es donde constantemente aparecen tendencias, conatos hacia el comunismo. Pero no es la única fuente de comunismo. El mismo Estado burgués, sus recursos socializados, y algunas de sus formas de alianza, son literalmente comunistas , si bien se constituyen como herramienta de opresión contra la clase trabajadora y otros capitalistas. Las ruinas del comunismo son menos ruinosas de lo que se quiere hacer pensar, y son irrevocables en su función para el modo de producción dominante. Son funcionales en forma de materia sólida, dinámica y tangible en la economía mundial, y en estricta correlación con la sociedad contemporánea, en forma de movimiento psicosocial, es decir, de actitudes y valores, planes y proyectos positivamente comunistas. No es necesario aquí explicar lo que significó la Revolución de 1917 para el desarrollo de los derechos sociales de todos los países avanzados del planeta. M. Keynes llegó a decir ante la situación insurreccional de entreguerras que, de no reorganizar la economía capitalista de un modo más eficaz, la civilización como se había conocido estaba al borde de la desaparición. Entre las dos guerras mundiales, después de 1917, los estados de bienestar, los salarios, la seguridad social, y demás conquistas socialistas, que ya habían asomado a finales del siglo XIX con la presión del movimiento obrero, comenzaron a extenderse abiertamente como objetivos de Estado y programas políticos, incluyendo la Norteamérica del New Deal , y convertirse en pilares del PIB de cada estado-nación. La Revolución alemana sólo pudo detenerse, además de con ejecuciones en masa, con la creación de uno de los primeros estados de bienestar modernos, la República de Weimar, la cual era un salto cualitativo desde la Alemania de Bismarck. El bismarckiano fue un régimen que combatió a los partidos obreros (entonces agrupados en torno a socialdemócratas mucho más combativos que hoy, y en algunas facciones abiertamente marxistas) con, entre otras armas, las concesiones en forma de seguridad social, pensiones, subsidios, etc. Pero esta presión anticapitalista estuvo a punto de culminar con el movimiento revolucionario desencadenado en Petrogrado en 1917, ya que se entendió entonces como la evidencia de la precipitación de una nueva etapa histórica, inmediatamente (en el mismo 17) en el país germano. Esta tendencia a la ruptura final con la burguesía, a su vez, sólo se pudo frenar con la profunda reconstitución republicana, social y democrática de Weimar, además de con la violencia radical, como se ha dicho. Esta mezcla de anticomunismo y socialismo interclasista, acabaría en el naufragio de toda Europa, con la creación del nacional-socialismo...
Sin embargo, entre las ruinas del comunismo, además del estado de bienestar y otras reformas progresistas laborales, y además del anticomunismo nazifascista, también se cuenta la extensión del derecho al sufragio a las mujeres: desde y por 1917, la situación de las mujeres comenzó a cambiar sin pausa, y en los años 20 muchos de estados de Europa occidental aprobaban leyes que reconocían el derecho al voto femenino, siendo el Reino Unido uno de los estados más rezagados (años 30) o la filonazi Suiza (años 70, donde estuvieron hasta hace pocos años proscritos los ex–combatientes de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española). Se puede concluir esta etapa de convulsiones, que hoy subsisten en la forma de “ruina del comunismo”, señalando que el reformismo social-demócrata de los años anteriores a la Revolución del 17 sufrió un golpe del que no se hubiera recuperado sin la ayuda de la burguesía (para después de la desaparición de comunismo organizado, retirarle esa ayuda): en el Reino Unido el Partido Laborista, ascendente en la segunda década del siglo XX, optó abiertamente por el socialismo, mientras que el ala fabiana caía en el desprecio desde entonces (a pesar de que ha resucitado ideológicamente, en parte quizá, con el nombre de Tercera Vía de Blair décadas después). La burguesía sostuvo a la social-democracia como mal menor y la puso a gestionar las ruinas del comunismo, unas ruinas sin las que Europa hoy no sería más que un lodazal inhumano parecido a los campos de batalla de la Gran Guerra.
J. E. Stiglitz, premio Nóbel de economía, debería meditar sobre ello cuando atribuye el bienestar comparativo de Malasia en la zona del Sureste asiático, a políticas socializantes que desviaron el apoyo de la población al comunismo. La guerrilla comunista se diluyó en 1989 por un acuerdo que implicaba a Tailandia, Malasia y a la guerrilla comunista maoísta, tras una larga historia de lucha sin cuartel contra el imperialismo japonés y británico, y el feudalismo rural. Sin embargo, no sólo los partidos comunistas están prohibidos en Malasia, también los socialistas y social-demócratas, o, al menos, deben autocensurar su ideología lo suficiente como para no aludir al socialismo. Lo que no es otra cosa que el indicio del verdadero motor de las reformas sociales: una tensión arrolladora que sólo puede ser retenida mediante la consabida combinación de represión y concesiones limitadas a la clase trabajadora y campesina. Es decir, sin la permanencia de la tensión que aporta el comunismo, el Sr. Stiglitz no podría alabar los avances sociales de Malasia y se quedaría sin arquetipo de bienestar social anticomunista, i.e., sin comunismo.
Tal y como se ha sugerido, las ruinas del comunismo, de la “marea roja” del 17, también son otra cosa, su opuesto: el capitalismo . Si un sistema social remite, otro toma auge en su lugar. Ese sistema es el capitalismo, y su variante actual es el neoliberalismo. Tras la II Guerra Mundial, los estados de todo el mundo, hasta los más fascistas, oligárquicos y reaccionarios, se volcaron en la nacionalización de los medios de producción. Hasta tal punto que parecía entonces descabellada la idea del librecambismo, de excluir al Estado del control central de la economía. G. Ponpidou, el “gaulista” y conservador que formó Ejecutivo tras sortear a duras penas Mayo del 68, proclamó sin rubor que el Estado debía ser el centro de la economía del país. Pero también EEUU consagraba casi un 50% de su PIB al Estado por entonces. Regímenes como el de Franco y su Instituto Nacional de Industria representaban el “capitalismo de estado”, como el del fascista Perón... Pero todo ese socialismo de salvación capitalista que las sociedades civiles, exhaustas tras la experiencia de la violencia anticomunista del capital imperialista, obligaron a erigir, bajo la amenaza de abrirle las puertas a la URSS, esa cosa surgida en 1917 e inquietante recordatorio de un plan sin desenlace, se ha “esfumado” dejando muchos rastros , demasiados. Entre los rastros motivos de desdicha, el peor y más abominable es el neoliberalismo tal cual. La gangrena de la humanidad enferma, el retorno del librecambismo y la capitalización, alcanzó su éxtasis en 1989, con la desaparición de la URSS bajo imperativo de Yeltsin y contra la voluntad del 77% de la población que voto por su mantenimiento. En 1993, ese pobre borracho al servicio de las potencias occidentales capitalistas e imperialistas, se ocupó de aniquilar el Parlamento de la Federación Rusa con sus diputados electos, porque constituía un obstáculo para sus políticas de privatización y desmantelamiento de los bienes públicos del procomún, y en coherencia y especialmente, se resistía a la eliminación del estado de bienestar legado por la URSS. El neoliberal Yeltsin y sus matones impusieron un estado de terror blanco en todo el país. (No obstante, hoy en Rusia y otros países que compusieron la URSS, el comunismo está en fuerte ascenso; véanse los resultados de las últimas elecciones legislativas, en algunas ciudades importantes doblando los resultados precedentes.)
La devastación involutiva del capital en las últimas décadas es el quid pro quo del movimiento comunista amordazado. ¿Qué características tiene la era postsoviética y su sustitución por el neoliberalismo? Fundamentalmente tres: 1) la pauperización de la mayoría de la población del planeta, incluida la de los asalariados del Primer Mundo, a pesar del optimismo de finales de los años 90, en los que se daba una aparente recuperación del subdesarrollo, en paralelo con la novedad globalizadora y el flujo de capitales, así como la venta de las joyas de la corona de cada Estado, la privatización; unas circunstancias que las instituciones internacionales, como el BM, han descrito ahora como breves repuntes, ante el empeoramiento generalizado posterior. 2) El esclavismo , que aumenta sin recato alguno en todo el mundo, de forma clandestina en los países desarrollados (mafias chinas, trata de blancas, inmigración ilegal, etc.) o encubierto a través de las organizaciones mafiosas oenegistas, por ejemplo en el caso de “Arca de Zoe” en Francia, con la importación esclavista de 103 niños, o las redes pederastas, de adopción, etc. Y en el Tercer Mundo, con los ejemplos masivos de India, con más de 50 millones de niños esclavos, o los millones que no se contabilizan en China, donde la esclavitud de adultos es también una lacra impune. Ni que decir tiene que los grandes y pequeños, nacionales e transnacionales, capitalistas se lucran en estos paraísos esclavistas. Nótese además, cómo uno de los valores fundamentales de los que el liberalismo hace gala, “la libertad”, es precisamente el principio o ideal que más deficitario se muestra, en progresión geométrica a la proliferación de la “libertad” de mercado, del capitalismo neoliberal, que sin embargo es consecuencia lógica del reforzamiento de los derechos de propiedad privada y su “libre” disposición. 3) El terrorismo . Lo que se suele denominar eufemística o ignorantemente por los muchos sociólogos neoliberales o posmodernos, por los Beck del mundo, como “sociedad del riesgo”, no es otra cosa que la sociedad de la superexplotación en ciernes, y de la represión terrorista sobre las masas sociales descontentas con la ruina de los estados de bienestar que se han ido gestando y extendiendo desde 1917. Una ruina del comunismo, el terrorismo neoliberal, se instrumenta para demoler aún más a la, ya casi en estos momentos, otra ruina , la socialización alcanzada tras la II Guerra Mundial.
El terrorismo es el fenómeno sustancial neoliberal más reciente, y su función represora forma parte de la lógica de la expansión de tal capitalismo de forma global: las décadas transcurridas desde las revoluciones neoliberales de Reagan y Thatcher han tenido un impacto social tan catastrófico para la civilización humana que, no ha quedado más remedio que ahogar la resistencia creciente, casi inconsciente, de las poblaciones, en la coerción y en la advertencia contundente del terror, ya sea directamente de Estado, o de organizaciones civiles capitalistas (sectas, guerrillas religiosas, milicias neofascistas, mafias, partidos políticos, empresas de seguridad y pinkertons , cárteles de la droga, gremios de sicarios). No es casualidad que básicamente, el terrorismo contemporáneo es ideológicamente ultraconservador, dimanante de las facciones de la sociedad planetaria históricamente más implicadas en la represión del comunismo (Bin Laden o los neocón norteamericanos en Afganistán, por poner un solo ejemplo en gran parte seminal), y más empeñadas en la imposición del capitalismo salvaje y el reparto imperial en todo el orbe y a cualquier precio.
En septiembre de 1918, el gobierno de los soviets decretaba el “Terror rojo”, como respuesta a las persecuciones anticomunistas y antisocialistas, progroms y ejecuciones en masa que los zaristas y demás contrarrevolucionarios apoyados por el dinero, armas y tropas de las potencias occidentales, acometieron en Rusia desde marzo de 1918. Ni siquiera Lenin había escapado, en aquel verano, a lo que se dio en llamar “Terror blanco”. El blanco es el color de las banderas monárquicas. El terrorismo blanco ha sido una constante de Europa a lo largo de su historia moderna: desde las matanzas en las guerras interreligiosas, a las represiones de las revoluciones inglesa o comunera en Castilla, hasta llegar a la contrarrevolución francesa (con la consiguiente proclamación del Terror autodefensivo por la República), o a la matanza de la Comuna de París, o las matanzas feudales, clasistas, antinacionalistas y contrarrevolucionarias del zarismo desde Iván el Terrible hasta Alejandro II y Nicolás II, el terror blanco no ha cesado un instante con el fin de imponer la exacción sobre las clases productivas. En España, además del aplastamiento de la rebelión comunera de 1521, el terror se ha aplicado sistemáticamente durante siglos por la Inquisición al servicio de los Reyes católicos. Víctimas pertenecientes a minorías étnicas y religiosas, campesinos y artesanos, sabios y líderes justicieros, fueron inmoladas en la pira con el fin de preservar el orden y la voluntad de las noblezas ociosas y la superstición popular. Abolida la Inquisión, tardíamente en España en el primer cuarto del siglo XIX, su función terrorista es retomada por el Estado. El mismo héroe independentista y revolucionario, Juan Martín Diez, El Empecinado , o Rafael de Riego, fueron asesinados por el terrorismo generalizado sobre España por un bochornoso Fernando VII, en una campaña masiva de sometimiento del liberalismo constitucional, por entonces una fuerza progresista comprometida con la justicia social y opuesta a las tinieblas feudales de la época.
Ese mismo monarca, “El Deseado”, sólo se sostendría en el trono con la ayuda de la Santa Alianza y el envío de los 100 000 hijos de San Luís (132 000 soldados multinacionales), lo que terminó con la oposición constitucionalista, el parlamentarismo y el Trienio Liberal, y en la persecución homicida de los constitucionalistas. Dicho sea de paso, esa máquina de terror blanco continental, la Santa Alianza, compuesta por las mayores potencias de la Vieja Europa (Francia, Austria, Rusia, etc. Esa misma Vieja Europa que tan afín le es a los ultraconsevadores norteamericanos que ahora la reivindican como “Nueva Europa”) condujeron al marasmo de por siglos a España, frenando su modernización hasta hoy. Pero ni mucho menos, el terrorismo blanco finalizó ahí en España. Durante todo el siglo XIX no cesan las asonadas militares y reaccionarismo carlista, las ejecuciones de revolucionarios, liberales o después demócratas, y finalmente contra el socialismo, según maduraba la débil clase trabajadora industrial. Cuando no matanzas y represiones, pronunciamientos tanto para someter la Revolución del 68 (La Gloriosa), como disolver la I República. Y décadas más tarde la Huelga General del 17 (UGT, CNT), el socialismo de Pablo Iglesias y el marxismo, represión que culmina en el golpe de Estado (1923) y dictadura del general Primo de Rivera y su estado de guerra durante años. El terrorismo blanco, más o menos mortífero, continúa sin pausa, pocas veces concurrido por el “terror rojo” de una clase trabajadora apenas organizada (cuando más en la Guerra Civil, y en la Revolución de 1934, si a esto último se le puede denominar “terror rojo”). La Sanjurjada de 1931 es un primer intento de lo que vendrá después, el régimen de terror de 40 años de duración del general Franco, que hasta el año de su defunción firmó condenas de muerte ejecutadas. El terrorismo nacionalista de ETA, autoproclamado sin principio doctrinal alguno como “marxista”, se sostiene gracias al fuerte sentimiento separatista vasco y no por la inminencia de una revolución comunista; esta organización, ante todo dedicada a la difamación del comunismo (sólo hay que atestiguar la charada del PCTV), no ha inducido más que el beneficio del nacionalismo burgués sea vasco o españolista, pues muchas de las políticas fundamentales de los partidos burgueses, separatistas o centralistas, extraen su éxito electoral justamente del miedo de la ciudadanía a las carnicerías etarras.
No se ha dado apenas terrorismo “marxista” en Europa occidental, primero porque el terrorismo no se prescribe por una ideología que pretende la manumisión de toda una clase inmensamente mayoritaria de la sociedad, organizada en un partido de masas. Casos como el grupo Baader-Mainhoff, no tuvieron gran efecto revolucionario, y en algunos aspectos contribuyó a la contrarrevolución, aunque surgieran como reacción a la brutalidad policial y política del Estado alemán (asesinatos de Benno Ohnesorg, Rudi el rojo, muerte de Meins por huelga de hambre por las condiciones en las que estaba encarcelado el grupo en una prisión de máxima seguridad, a pesar de no ser convictos de ningún asesinato en esa primera etapa). Como las Brigadas Rojas, que además ejemplifica cómo estos grupos esconden más tácticas secretas del poder capitalista (Operación Gladio) para impedir la participación del comunismo democráticamente electo en la administración suprema del Estado (asesinato del democristiano Aldo Moro). Tampoco hay que olvidar la versión de Negri relativa a las causas del terrorismo italiano marxista de los años 70 y 80: la proliferación del terrorismo de la extrema derecha contra los representantes políticos y sindicalistas de la clase trabajadora.
Menos cruentos, el terrorismo político sobre la población general se sucede con las matanzas fascistas de sindicalistas en la Transición, con el Tejerazo de 1981, y (excluyendo la extraña matanza del aceite de colza adulterado), alcanza su paroxismo con la explosión de Atocha de 2004, el mayor atentado terrorista de Europa, atribuido a grupos islamistas pero que, sin embargo, beneficia políticamente al social-liberalismo del PSOE, el partido del difunto magnate filofranquista Polanco, que declarara en algún momento que era preciso expulsar al PP del poder “a toda costa”. Esto no quiere ni mucho menos decir que la derecha española del PP no haya utilizado el terrorismo: su participación en la guerra de Iraq no sólo confirió valor estratégico en la política española el atentado del 11-M, sino que comprometió literalmente la seguridad de los españoles, precisamente bajo el argumento de contribuir a su seguridad y con la interminable y omnipresente letanía que alertaba de la inminente amenaza del islamismo. De nuevo, terrorismo para gobernar. Esa es también la actual estrategia electoral del PP, basada casi exclusiva y obsesivamente en la amenaza terrorista de ETA. Más allá de la amenaza del terrorismo de ETA, parece que la razón de ser del PP apenas exista.
El terrorismo no es un hecho nuevo. La única novedad es su cada vez más cotidiano e intensivo uso como herramienta disuasoria para el control de masas , en los regímenes neoliberales y anticomunistas del mundo contemporáneo altamente tecnificado. Terror blanco neoliberal, un neoliberalismo completamente ajeno al liberalismo progresista, revolucionario y antimonárquico de los siglos XVIII y XIX, el cual intentó beneficiar a las masas más humildes para arrastrarlas en su lucha contra el feudalismo. Los esclarecidos liberales se acercaron a los intereses de los trabajadores, campesinos y manufactureros oprimidos, sin quizá imaginar que, con su triunfo burgués a largo plazo, conducían al pueblo llano a la explotación capitalista más feroz y terrorífica; esta bajo el látigo de otros liberales mucho menos idealistas y generosos, mucho más maltusianos . Puesto que el capitalismo coherente (sin la muleta socializante) y descarnado que hoy se predica, es bastante difícil de preservar sin terror.
Sin embargo, el terrorismo neoliberal no es fundamentalmente un fenómeno espectacular, eventual y simbólico. Más que su uso anejo al desarrollo de las ciencias sociológicas de la comunicación y manipulación mediática, tan en auge hoy (uno de cada tres aspirantes a cursar estudios universitarios en España opta por la carrera de periodista, aún cuando está entre las últimas profesiones en la valoración popular; también por ejemplo en la Italia neofascista de Berlusconi, las ciencias de la información eran las predilectas de los estudiantes universitarios), el terrorismo neoliberal opera en las “bajas políticas”, en la economía, en el tejido productivo y en las relaciones sociales cotidianas. Así, a través de la eliminación o erosión progresiva y tácita, pero constante, de los presupuestos y bienes públicos que sustentan el nivel de vida de las clases trabajadoras en el mundo desarrollado. Privatizaciones de los bienes y rentas públicos, conversión de servicios públicos en mercantiles, y de derechos universales en excepcionales o sectoriales, restricción y disminución de ayudas, que además se utilizan como instrumento electoralista para dividir a la población trabajadora: estas y otras muchas técnicas de arquitectura social destructiva (de la clase asalariada) son permanentes en el régimen neoliberal, un terrorismo económico de baja intensidad cuyo fin es poner en manos del patrón capitalista una fuerza de trabajo más sumisa y desesperada, obligada así a transigir con la coacción del sistema disciplinario y explotador de los propietarios de los medios de producción (y cada vez más, de la vasta mayoría de los bienes de consumo), y las condiciones insalubres y la siniestralidad del trabajo. En este ambiente, el sociólogo neoliberal santigua el status quo impuesto, pretendiendo explicarlo como “sociedad del riesgo”. El Estado en manos de los neoliberales, sean neocón o social-liberales, se convierte en un formidable torno de liquidación a escala “microdimensional” del conjunto de los avances sociales del último siglo. Paulatinamente, el neoliberalismo está reintroduciendo terrores elementales y masivos: el terror a la hambruna (subidas especulativas del pan o la leche en España, 2007, en algunos artículos de primera necesidad del 50%, y sólo es el principio), a la falta de techo (especulación inmobiliaria, “subprimes”, varias generaciones de adultos españoles sin vivienda ni posibilidad de emancipación), a la brutalidad del encargado ( mobbing , suicidios laborales en Francia, masivos en China), recurso a la prostitución y explotación sexual (un millón de prostitutas en España, pederastia generalizada),...
Una forma de terrorismo muy llamativa y soterrada bajo el discurso altruista, aparentemente de “baja intensidad”, pero en cualquier caso extensivo y constante es la inmigración salvaje , tal y como en su forma más abyecta la practica el social-liberalismo del Gobierno español actual, pero también conservadores como Aznar o Berlusconi en el pasado reciente, o el Gobierno Laborista en Reino Unido, todas las administraciones en Norteamérica (a pesar de que en éste último país la inmigración es un fenómeno más natural por las características continentales y el fuerte crecimiento de la gran potencia). La inmigración, tal y como se practica en los países desarrollados de la UE, está fomentada como parte esencial de prioridades políticas centradas en la desindustrialización y abandono de la productividad (cuyo fin es el beneficio rápido, descualificado y especulativo). En parte, la masa laboral profesionalizada y tecnificada de Occidente desarrollado está siendo sustituida por una industria que sólo puede obtener altos réditos, que satisfagan la avaricia del sistema financiero y especulador, a través de la sobreexplotación simple y descarnada del trabajo. Sin máquinas ni herramientas, sin peritaje administrador ni planificador (que no tenga un fin de maximización explotadora del empleado), con una fuerza de trabajo sobreabundante y devaluada, el beneficio sólo es extraíble de la integridad física y mental del trabajador De ahí que las tasas de siniestralidad se hayan disparado en el mundo, particularmente en España, donde los resortes políticos que velan por los intereses de los asalariados, desde siempre se han inscrito entre los más frágiles de Europa.
Pero contra los sectores y empresas cuyos asalariados resisten el embate de la liberalización del mercado laboral y la entrada de mano de obra a saldo, desinformada, descualificada, sobreabundante y dispuesta a competir con la mano de obra nacional (o establecida desde hace muchos más años) a costa de sus propias condiciones de existencia, se pretende erigir una producción paralela libre de las “ataduras” de los convenios, sindicatos y capacidad de resistencia de la clase obrera de esos sectores organizados. Incluso es una opción abundante el soborno a los empleados con derechos laborales y sujetos a contratos “fuertes” legados por otros períodos menos liberales, mediante su promoción a una casta supervisora o “de mando”, sobre los nuevos inmigrantes y trabajadores nacionales que no gozan de semejantes prebendas. Algunos trabajadores se han visto así “halagados” y recompensados, integrándose plenamente en la maquinaria represiva. Y no sólo en los tajos o a pie de obra, sino en el conjunto del sistema político, como defensores de las políticas neoliberales de importación masiva de inmigrantes, y liberalización del mercado laboral. Unas políticas que, además de explotar a los extranjeros, en su condición de “espada de doble filo”, se vuelve contra sí mismos, porque empuja irremisiblemente a la precariedad a los hijos de esos mismos trabajadores nacionales falsamente “privilegiados”, y convierte en un caos (neoliberal), aún más si cabe, los mecanismos de resistencia asalariada que hicieron posibles sus contratos.
Pero el terror blanco indirecto y cotidiano que conllevan las políticas de importación de un Tercer Mundo que explotar, como hasta 50 años atrás se hizo en ultramar bajo los imperios coloniales, no se detiene en esa coacción artera. Puesto que el beneficio capitalista se nutre de la depredación de la fuerza de trabajo a través de la minimización de su precio, le es vital para ello la multiplicación de la mano de obra excedente, es decir, del desempleo. Pero el desempleo significa falta de recursos básicos de subsistencia, esto es, significa delincuencia. Por supuesto, la delincuencia plantea el problema de la disminución de los beneficios del capitalista, sea porque éste pierde directamente valor con la violencia y robo del atraco y los motines, en sus instalaciones o en sus moradas, sea por la inversión en seguridad preventiva, o subsidios sociales por desempleo. El burgués afronta entonces las rémoras que conlleva la implantación de exceso de fuerza de trabajo, mediante el desvío de recursos de la mano de obra asalariada activa (nacional y extranjera) colectados por el Estado por la vía fiscal. Sin embargo, esta malversación, que se disfraza de ayuda solidaria y que no es más que el saqueo alevoso a la ciudadanía mayoritaria, congrega el riesgo de protestas y disfunciones de los servicios sociales, llegados a un límite insoportable, lo que también pone en riesgo la elección de partidos burgueses. La solución entonces, de nuevo, está inspirada en la filosofía ultraliberal contemporánea: minimizar los gastos del Estado en seguridad pública y protección social al desempleo y pauperidad de una población excedente, y forzar a los inmigrantes a que organicen sus sistemas de autoayuda y... compensar la supresión de los servicios públicos sociales, con la tolerancia hacia el ejercicio de la delincuencia, principalmente sobre la clase trabajadora y los pequeños empresarios más vulnerables. Así, una parte no despreciable de la inmigración, que grosso modo no se ha filtrado, y a la que no se ha asegurado un empleo, o cuyos medios de supervivencia y formación jamás se han verificado, subsiste del crimen ejercido sobre las clases modestas del país. Son estas últimas las que sustentan por consiguiente, los beneficios de la desindustrialización y la liberalización del mercado laboral. La delincuencia toma el carácter de socialmente funcional, una funcionalidad instigada por los poderes públicos y la burguesía dominante para su provecho. Una función social de supervivencia destructiva que alientan con cada vez menos secretismo y más descaro despótico.
Pero además, ese provecho simultáneamente se realiza por otras vías, calificables como “terrorismo”. No sólo se trata de que la presencia de inmigrantes más dóciles y agresivos en la competencia, por lo que respecta a los asalariados españoles, están más predispuestos (por necesidad e ideología) a sabotear la lucha laboral contra el patrón con iniciativa en los compañeros más política y laboralmente activos y conscientes (salvo en situaciones de máxima explotación laboral, como es el caso de El Ejido, donde los marroquíes, más conscientes de sus derechos y de sus intereses fueron expulsados, sustituidos por otros inmigrantes más dóciles y “cristianos”)... Tampoco se trata de que un sistema productivo paralelo, y preferente para el empresario, de explotación tercermundista desemboque directamente en la destrucción del mediocre estado de bienestar logrado. Se trata más bien de que la aculturación de las relaciones políticas y comunitarias de los asalariados anteriores a la avalancha migratoria inducida, se rompen y se sustituyen por confrontación intercomunitaria en lucha por recursos en disminución, y por la marginación, la proliferación de guetos y, principalmente, por la exaltación de la violencia, con una grave e importante consecuencia , que obra en la dirección de los intereses políticos y lucrativos de la burguesía y su burocracia. Esta consecuencia viene dada por la necesidad, cada vez más urgente para la clase trabajadora, por obtener seguridad contra el terror que implica la situación de aculturación y abuso delincuente que genera la inmigración sin control (o con sobrado control implícito de un poder que se fija esa meta concreta, la importación de crimen coactivo). La clase trabajadora, vulnerable al estar separada de los medios públicos de autodefensa, y sin medios para sufragar la privada, exige al Estado más seguridad, al menos frente a la delincuencia violenta. Pero el Estado, fiel a su truculenta estrategia, sólo parcialmente accede a solventar esta delincuencia, no sólo porque su política liberal tiende al déficit cero y al superávit traducible en ayudas empresariales e infraestructuras para disfrute principal de la burguesía, y porque la delincuencia le supone ahorro neto en servicios sociales que de otro modo debería cargar en impuestos... Sino porque, además, con esta delincuencia extranjera, las burocracias y poderes fácticos son capaces de ejercer un chantaje político constante sobre la población y determinar el voto de las mayorías, del partido que gobierna el país.
La inmigración descontrolada, muy conspicuamente, incorpora contingentes humanos provenientes de zonas del mundo en estado de guerra, anomia y crisis total. El sistema de valores de estos sujetos es bastante diferente al de la ciudadanía de los países desarrollados y civilizados por décadas de respeto generalizado a la vida y al derecho, de aleccionamiento cívico, educación e ideología socialista, además de por sistemas mínimamente democráticos y eficazmente solidarios y socializantes, con los que se han podido relegar un tanto, hasta la hecatombe neoliberal de los tiempos presentes, la sevicia inhumana de la competencia ciega por la subsistencia y la opresión brutal de los amos. Los habitantes que escapan de los infiernos que ha provocado el capitalismo imperialista, no necesariamente conciben la vida humana con el mismo valor que la ciudadanía europea occidental. Ciertamente, por el contrario, la solidaridad de las poblaciones trabajadoras y campesinas de Tercer Mundo podrían dar lecciones de solidaridad a los europeos individualistas y alienados por el consumismo más superfluo y mezquino, precisamente en virtud del comunitarismo y el cooperativismo, el mutualismo y el auxilio vecinal con que alcanzan a sostener su dignidad humana frente al despojo de los empresarios expropiadores y delincuentes en expansión. Si muchos regímenes socialistas han sucumbido desde la revolución conservadora, no es menos cierto que sus núcleos poblacionales más “sanos” han permanecido adeptos al socialismo por necesidad. Pero también es cierto que gran parte del tejido social del Tercer Mundo se ha visto tan deteriorado por la explotación, que el comunitarismo tampoco ha podido prevalecer ni compensar las condiciones de competencia neoliberal extrema. Esta es la explicación resumida y simplificada de la lumpenproletarización del Tercer Mundo y otros países “ex-socialistas”. Tanto en los países balcánicos, como en el Africa subsahariana, como en Argelia, Colombia o Perú, etc. miles de ex-combatientes, irregulares o educados como militares, bandidos de todo tipo, torturadores, sicarios, terroristas profesionales y suicidas, fanáticos religiosos, traficantes, violadores, proxenetas, prófugos, ex-presidiarios, rateros de la más variada calaña, lumpen del peor género amamantado al calor de la leche más venenosa y perniciosa del bestialismo capitalista, apenas alcanzan a disimular o contener sus pulsiones en la Europa a la que son importados por los Gobiernos neoliberales, una Europa que se ahoga como civilización progresista bajo el neoliberalismo.
Las burocracias europeas al servicio del capital, incluida la UE (ver la canallada antihumanitaria de la “tarjeta azul”), y la burguesía en general, planifican, ensalzan, cooperan y aplauden la realización de estos objetivos migratorios, con sus políticas de Estado, o con sus decisiones empresariales. España es radical en este fenómeno de procacidad neoliberal. Así, cuando EEUU cuenta con 5 puntos por cada proporción de habitantes, España arroja una tasa de delincuencia violenta que ronda los 3 puntos, a medio camino entre EEUU y Europa, la media de esta última situándose en la unidad.
Este aprovechamiento terrorista de la inmigración de los países más desgraciados y despojados por la clase burguesa cosmopolita y sus sórdidos negocios allende los mares, con el fin de aplastar la civilización de connotaciones socialistas en Europa, es nítido en Francia. En 2005, las periferias más marginales acumuladas durante décadas por la silenciosa emergencia del neoliberalismo, se amotinaron contra la sociedad que les había condenado a la miseria, desempleo, exclusión y delincuencia, a la función de excedente laboral. Aterrorizaron a la sociedad francesa, tanto por las quemas de automóviles de particulares como por la destrucción de infraestructuras y la tensión de la violencia. El partido neofascista de Sarkozy, quizá inductor expreso de las revueltas ( quid prodest ), prometió a la ciudadanía paz, seguridad y solución al problema migratorio, así como una reforma del abuso fiscal institucionalizado con que se mantenía una extensa franja de población en precario, pero alejada del trabajo (alejamiento con que asegurar la productividad del país y el reparto del trabajo digno), pero en definitiva, a costa de los demás contribuyentes laboralmente en activo. Sin embargo, el Sr. Presidente de la República ya hoy, también incluyó entonces en el mismo paquete sus condiciones. Estas no eran otras que las típicas de un partido neoliberal : reducción de impuestos a los ricos, más horas de trabajo por menos salario, más desindustrialización, menos derechos laborales. El ofrecimiento de Sarkozy y la alternativa social-liberal han constituido un auténtico dilema , cuya premisa y conclusión se basan en el liberalismo y, las proposiciones menores, una en la contención de la inmigración, otra en la integración de la misma. La conclusión siendo igualmente odiosa: en ambos casos, los asalariados pierden, porque prevalece el liberalismo, la premisa de la que siempre se parte. Sin embargo, parece que el terror ha impresionado más al electorado y Sarkozy copa el poder. El triunfo de los social-liberales (PS-PCF) hubiera incidido igual pero por vías no tan distintas, en la ruina de los asalariados vía impuestos y empleo precario, más contingentes de excedente laboral y, finalmente, nuevos amotinamientos y consiguiente radicalización de la población, con el consiguiente fortalecimiento de la derecha.
Podía decirse que, los partidos liberales, neocón o social-liberales (que en incluyen a la extrema izquierda en algunos casos), se complementan en la articulación de la política terrorista inmigratoria. Véanse los casos de Suiza, Austria, Holanda, etc. Todos los partidos nacionalistas y racistas exitosos en la consecución del poder, se han empleado a fondo en la degradación de los derechos laborales de la clase obrera, y se han empeñado efusivamente en la exención fiscal de, justamente, los menos afectados por la inmigración, a saber, los grandes burgueses que ni siquiera residen en sus países de origen, o lo hacen en fortificaciones militarizadas; y por supuesto, no tienen que competir con la mano de obra extranjera, ni con la delincuencia inmigrante, ni soportan la desindustrialización, la caridad de la vivienda, etc. Es más, se benefician directamente de ella, y son ellos los que finalmente acaban tolerando la inmigración bajo la comedia represiva policial y la persecución de los derechos de los trabajadores inmigrantes que tratan de defenderse del capital. La extrema derecha es el teatro más cínico, el epílogo y el epítome más grotesco, del sistema. En realidad, la burguesía instalada como neofascismo, liberal y racista, en Europa, a quien más va a beneficiar es a una categoría de inmigrantes: el lumpenproletariado. No sólo porque surte a dicha burguesía, a buen precio, de estupefacientes para sus orgías depravadas, o de prostitutas y menores, o de servicio doméstico esclavo, o de sicarios para sus ajustes de cuentas... Sino que además componen su milicia terrorista dirigida a controlar la sociedad civil de sus países.
España es particularmente ejemplarizante. El 40% de toda la inmigración europea está fluyendo en los últimos años a dicho Estado. No existe apenas control aduanero de las fronteras, ni por mar ni por aire, ni por los Pirineos, ni por Canarias. Delincuentes homicidas y violadores como el “monstruo de Machala”, conocido por sus masacres en su país de origen (Ecuador), han sido capaces de repetir sus atrocidades en Lérida, sin excesivo escándalo por unos medios de comunicación volcados a la promoción de la libre inmigración y al amedrentamiento de la ciudadanía soberana, frente a los nuevos protegidos de los políticos autoproclamados amos del país (contra un 80% de ciudadanos que expresan su disgusto o su prudencia por la inmigración [CIS, 2005]). Las bandas latinoamericanas han violado, robado y matado sin piedad, y en Madrid, uno de sus verdugos ha confesado que violaba por “odio a los españoles”. Un ejército de marroquíes (25% de la población carcelaria total) y colombianos (12%) asola con crímenes grandes y pequeños la sociedad. Algunos delincuentes inmigrados a España, llamados “cogoteros”, se han dedicado a aplastar el cráneo de sus víctimas por la espalda, pensionistas, sin mediar palabra, a la salida de las entidades bancarias. Otros delincuentes inmigrantes se especializan en ahogar por la espalada al transeúnte desprevenido mientras que dos compinches azotan severamente a la víctima hasta dejarla inconsciente. Las bandas paramilitares albanokosovares se han reservado el allanamiento de morada y la tortura de los habitantes de casas solariegas y adosadas, o el atraco organizado a sucursales bancarias en pueblos pequeños, lo que incluye el corte de electricidad general, etc. Según fuentes policiales, el número de yihadistas instalados en España a través de la inmigración descontrolada, dispuestos a movilizarse en actos terroristas, es del orden de decenas de miles. Lejos de prevenir la conculcación de los derechos y la soberanía de la ciudadanía (e inmigrantes decentes) la máxima preocupación de las autoridades y el entramado empresarial-altruista-políticos, es censurar la información todo lo que pueden, tergiversarla y hacer aparecer a la ciudadanía atónita como los culpables, por su supuesto “racismo”, y por no solidarizarse más aún con las políticas de inmigración masiva fomentada, con dinero público, por el Gobierno social-liberal, directamente en perjuicio de los derechos, seguridad y futuro de los asalariados todos . El Gobierno amenaza, censura, enturbia, calumnia, sanciona y reprime, vilipendia, con todos sus medios disponibles incluyendo el ejército de periodistas-propagandistas, académicos y asociaciones civiles compradas con el dinero público y las donaciones capitalistas, a toda persona, sea funcionario, científico, político o simple ciudadano agredido por la violencia extranjera, que se atreve a poner en duda la política inmigratoria masiva y a difundir datos del malestar de la población, y de los vínculos innegables de la inmigración con el crimen. Es más, el dogma tiránico del Gobierno y de los poderes fácticos reza explícitamente: “no asociar inmigración con delincuencia”. De lo demás se puede hablar, porque lo demás toca la médula del asunto. Es decir, exactamente se trata de encubrir o acallar lo que es uno de los factores claves del problema migratorio y de las intenciones anticonstitucionales e inconfesables del poder: el gobierno antidemocrático por el terror.
El terrorismo extranjero, sin embargo, es un modo indirecto de controlar y teledirigir a la población. Sólo hay algo que haría más feliz al social-liberalismo español (PSOE-IU), el cual en realidad es la tapadera de una colusión de empresas y emporios capitalistas neoliberales, en competencia con el capital coaligado con la Iglesia Católica española... y ese algo no es que la inmigración, y el terror que su gestión concreta lleva aparejado (la migración en sí no es ni mala ni buena), puedan concitar la emergencia de una extrema derecha que aseguraría la perpetuación electoral o política del capital dueño del PSOE; sino que, la población exhausta de temor, se arrodillara directamente ante el capital neoliberal y renunciase motu propio a cualquier tipo de noción calificable como socialista, cualquier aspiración al estado de bienestar, a la protección de sus intereses laborales, a su identidad personal, a las necesidades vitales mismas. En Radio 5 Todo Noticias (2 de noviembre), Radio Nacional de España, un órgano propagandista del Estado social-liberal (y de los liberal-católicos del PP cuando se turnan en el Gobierno), un programa consagrado a seguir la actualidad del teatro en el país, promocionaba hace unos días, una comedia cuyo leitmotiv planteaba la relación de dos mujeres presidiarias condenadas a compartir celda. Una es de clase alta, una ejecutiva burguesa amargada, dominante y agresiva, la otra es campechana, simple y proletaria. Tras un primer choque “brutal”, relata la responsable de la comedia, las dos mujeres llegan a enamorarse y a compenetrarse, y a enamorarse con amor homosexual. La comediante que relata dichos extremos de la obra, con emoción, recita una frase de algún listillo neoliberal que abundan en nuestra época, adagio que le ha hecho reflexionar y que considera completamente real: “no se quiere a quién se quiere, sino a quien se puede”. Sublime. Este es el tipo de bestias y mastuerzos que sintetizan el “terror blanco”; terror que, con (cada vez menos) subterfugios y a través de la imposición librecambista, se inocula a la sociedad Europea contemporánea y a la clase trabajadora. Esta misma clase trabajadora sobre cuyas espaldas se ha erigido la civilización más avanzada de la historia de la Humanidad y que se ha fogueado en mil insurrecciones contra la opresión, se pretende encerrar en una celda con un montón de basura burguesa pervertida, con toda impunidad y pretendida legitimidad moral. La filosofía terrorista neoliberal no sólo acaba (o comienza) por negar la posibilidad de libertad, sino que, a través de un sofisma intragable, suplanta la necesidad más elemental del ser humano, el deseo, la pulsión sexual, por el poder y la dominación: ¡el mundo es un penal en el que el proletario tiene que doblegarse sin escape alguno, completamente alienado por un sistema injusto que le conduce a la cárcel, a la depravación del burgués degenerado y culmina dictándole cuáles son sus más profundos deseos! (Nosotros los comunistas albergamos un anhelo bastante diferente al inspirado por el terrorismo neoliberal y las cárceles capitalistas: la estrangulación de la burguesía por medio de la dictadura democrática del proletariado.) Para el neoliberal, el deseo es el deseo de quien puede dominar a los demás por medios mercantiles y violentos, maltusianos y socio-darvinistas, es el deseo de los poderosos, de los amos y señores feudales, transferidos a sus vasallos, concebidos en tanto que animales domésticos que devorar en un calabozo. No es siquiera el poder de la inteligencia, porque no es muy inteligente destruir y explotar al prójimo si se aspira a prolongar la existencia, y si el prójimo también comparte la misma idea despótica. Y por supuesto, si el deseo es lo que se puede desear, será justo aspirar a desarmar y eliminar a estos déspotas reaccionarios de nuestro tiempo, en legítima defensa, si es que se llega a contar con los medios para ello. ¿Qué hubieran hecho los liberales revolucionarios de 1789 con los promotores de una comedia mundial similar? Lo mismo que la Revolución del 17 en legítima defensa de la democracia de la clase ciudadana mayoritaria, formada por obreros, campesinos y soldados.
No hay nada más repudiable para el comunismo que el terror político. Lenin concebía el terrorismo como una estrategia inhumana e injusta, propia del sadismo de los autócratas, y afín a la ideología individualista de la pequeña burguesía, incapaz de coordinarse con el resto del pueblo maltratado. El “terrorismo rojo” consistió en responder militarmente a las atrocidades de los Kornilov, Denikyn, Kolchak, dedicados a quemar vivos a los soldados del Ejército Rojo en ejecuciones masivas (Irkutsk); consistió en campesinos, obreros y soldados en armas por no ser devorados por amos coléricos sin escrúpulos, fanáticamente convencidos de la inmensa legitimidad de su derecho de casta y raza a sojuzgar y decidir respecto de las vidas de sus mujiks . Esos verdugos estaban ciegos de obsesión por recuperar el 90% de los bienes y recursos del país que entonces la Revolución intentaba socializar, en una primera fase, entregando la tierra al campesinado en pequeñas parcelas. Ninguno de los dirigentes bolcheviques principales fue un magnate o un terrateniente. Fueron, al contrario, componentes de las clases trabajadoras desheredadas. Hasta que la clase trabajadora no restituya en su liderazgo a personas de su propia clase social, capaces de no sucumbir al soborno capitalista, no se podrá hablar de madurez democrática ni sociedad con igualdad de oportunidades. La mayor parte de los líderes bolcheviques no sucumbieron al soborno capitalista, como lo prueba que tuvo que ser el régimen estalinista lo que reemplazara por la fuerza a la “vieja guardia” revolucionaria. Y esta maduración y consiguiente conquista de la democracia y autonomía social de clase, no pueden alcanzarse por un grupo de iluminados violentos, sino por una cohesión social y conciencia de clase y acción de masa como la que se tuvo lugar en el primer cuarto de siglo XX. Situación que a su vez vino dada por el librecambismo triunfante que pisoteó al proletariado. Es decir, por un librecambismo que cabalga de nuevo.
Los asalariados de todo el mundo detestan el terrorismo, puesto que no se lucran, por lo común y a pesar de las bolsas de proletariado privilegiado de Europa, de la opresión de otros humanos. Son los capitalistas, los aristócratas, los burócratas y los poderosos en general, en todas partes y a lo largo de toda la historia, los que han reclutado lejos de sus tierras natales y súbditos, a contingentes de extraños como manu militari sin escrúpulos, en razón de la ausencia de lazos familiares, y particularmente por la falta de comprensión de la realidad social de los paisanos, de los explotados autóctonos, por falta de destino común y solidaridad de clase con lo mejor de la sociedad, lo más honrado y productivo, la clase trabajadora de cada momento histórico en cada lugar concreto. Los capitalistas se han visto obligados a echar mano de grupos humanos exóticos y alienados para reprimir el descontento social, porque los capitalistas estaban solos y aislados, porque la población autóctona no podía ser movilizada para sus intereses ni mediando fuertes recompensas, y porque no había acuerdo posible para incorporar a la mayoría de la sociedad en un proyecto de prosperidad al que no los capitalistas se resistían. Los mercenarios, los agentes privados de seguridad, los soldados de fortuna, los fanáticos religiosos anticomunistas y neocón o neoliberales, la inmigración en tanto que delincuencia, expresamente importada, son los ingredientes del terrorismo neoliberal de hoy, al servicio de unas clases de la gran burguesía que paulatinamente van aislándose de la población y cuyo destino se desgaja del de la clase proletaria, por confundida y aleccionada que esté por el poder.
Fueron precisas tropas y legiones extranjeras de una decena de potencias capitalistas, también cosacos y otras etnias guerreras privilegiadas y militarizadas, para intentar doblegar el inmenso apoyo democrático (una de las mayores calumnias es que los bolcheviques no fueron votados democráticamente por la inmensa mayoría de la población: para ello se oculta sistemáticamente la existencia del Segundo Congreso de Soviets de Todas las Rusias de Diputados Campesinos de 1917 , en el que Lenin, tras varios días agotadores, convence a los mencheviques mayoritarios de apoyar la Revolución) concedido sin ambages a la Revolución Soviética. El “terror blanco” contrarrevolucionario no consiguió sus fines, de modo inmediato, pero con su masacre de 900 000 revolucionarios, restó fuerza al movimiento democrático comunista lo suficiente como para que las facciones más represivas y totalitarias antepusieran el interés de Estado al socialismo, y readmitieran militancia no comunista. Años más tarde, las facciones más pragmáticas y eficaces, pero menos socialistas, elevarían a Stalin al poder, lo cual constituyó una tragedia para los 5 millones más de comunistas revolucionarios que sucumbieron bajo el terrorismo de Estado. ¿Se puede llamar “terrorismo rojo” al que se ejerce sobre los mejores comunistas por otros que sólo pretenden pasar por “comunistas” para aprovechar el prestigio ideológico democrático del comunismo tras la Revolución? La razón es tajante respecto a esto: No. La URSS jamás se recuperó de la intervención militar extranjera y las oleadas terroristas blancas zaristas, capitalistas, y estalinistas. El terrorismo estalinista se extendió a toda la Europa del este, para desgracia tanto de los simples nacionalistas que se negaban a la dominación de la URSS, como de los comunistas que fueron ejecutados en la horca con la acusación de “titistas”, “nacional-comunistas”, “trotskistas”, “izquierdistas”, etc. Pero el comunismo no es sólo un ideal o una fantasía, un proyecto o ideología, un estado de conciencia identitaria, es también y ante todo una necesidad de supervivencia, una condición natural y material bastante sólida. Y la vida se abre camino a toda costa. La URSS no se recuperó del terrorismo en sus variadas formas; pero la URSS y la Revolución Soviética de 1917 habrán cumplido su función histórica para que el comunismo finalmente salga reforzado por el terrorismo capitalista relativamente triunfante. Pues el gran inconveniente del terror es que la gente abomina de él.____[Portada.][Memoria de Comunística.]