¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
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El aniversario de la primera revolución comunista exitosa y abrumadoramente trascendente en el mundo posterior y hasta ahora es motivo de regocijo, sólo 89 años después, y a pesar de los retrocesos acontecidos en el socialismo mundial desde la desaparición de la URSS.
Aún perviven, particularmente en la Unión Europea (y menos en Norteamérica por razones evolutivas), algunas de las consecuencias más celebradas de la socialización limitada de los medios de producción y de acceso democrático a los recursos de la industria y de la destrucción del capital que el movimiento revolucionario soviético impulsó como nunca en el mundo, hasta como consecuencia dignificar a millones de personas en la mayor parte de las sociedades planetarias por generaciones. Pero esta inercia revolucionaria y el ánimo con que se ha preservado la obra de liberación, progreso y justicia social han perdido a todas luces potencia. La población modesta de las regiones más avanzadas de la tierra comienza a percibir cómo los fundamentos instituidos que han permitido el avance de los niveles de vida a través de muchos sacrificios y resistencias de masas, ya no están en desarrollo activo. Lo que las gentes más conscientes de los países salidos del yugo de la colonización y aplastados bajo el rodillo del imperialismo han percibido mucho antes que los resistentes núcleos del socialismo europeo, la destrucción de regímenes basados en programas planificados de inversión, protección y desarrollo sociales, se está evidenciando por las mayorías hasta más obtusas en los países del ya erosionado estado de bienestar europeo.
Los expertos propagandistas a sueldo del capital y los estados capitalistas avanzados pretenden introducir confusión y desorientación a estas evidencias popularizadas con el sofisma absurdo de la falsa percepción del vulgo, percepción que por supuesto evitan explicar con tópicos irrisorios; para estos sofocadores litúrgicos del malestar social, la ingenuidad popular crea una falsa impresión producto de la ignorancia que contradice los hechos empíricos por los que, efectivamente, jamás las condiciones de subsistencia en educación, alimentación, sanidad, trabajo, y demás factores de desarrollo social han sido tan deslumbrantes en promedio . Ignorancia atribuible al exceso de información sin articular en la sociedad digital de la libre información, y sobre todo, por las nuevas condiciones de interacción social basadas en la extensión a gran escala del libre mercado y de la iniciativa particular que, cómo no, son al contrario de las percepciones comunes, la fuente del dinámico crecimiento económico.
Estos especialistas paternalistas del fraude y el engatusamiento masivos eluden escandalosamente el detalle clave por el cual estos datos empíricos son hasta el grado observado óptimos en razón de décadas acumuladas de régimen de socialización y de contribución a los programas públicos de desarrollo social en los países desarrollados, de intervención económica y expansión del estado social, en contraposición a los rendimientos supuestos y a los intereses muy diferentes del capital y la propiedad privada productiva; asimismo callan que los frutos de este régimen mantenido por la necesidad y la voluntad de millones de seres humanos comprometidos con el socialismo han acabado culminando en los frutos que hoy con descaro se atribuyen al neoliberalismo, a pesar de este mismo viraje, y a pesar de haberse conseguido en medio de décadas de propaganda y zapa generalizada por parte del capital neoliberal en fase de contraofensiva reaccionaria creciente desde 1917. Los parabienes de la socialización de posguerra subsisten en medio de la renuencia de los asalariados a ser expoliados y engañados, pero decaen, no se renuevan, se desgastan y agotan en la marea corrosiva de la “normalización” capitalista, y este fenómeno lógico de agotamiento de las fuentes que sirven a la prosperidad de la sociedad en su mayoría y que sucede en toda economía que no se reproduce, de nuevo es atribuido por los gerifaltes del capital al “obstáculo” para el desarrollo “social” que supone el mantener “políticamente” instituciones “anacrónicas” como, precisamente el estado de bienestar y medios de producción socializados y nacionalizados, o reservar recursos públicos para rescatar modestamente a la sociedad civil de la saña empresarial y las desventuras de la especulación mercantil.
El régimen de producción capitalista que lentamente se reintroduce hasta en los países donde el estado público ha sido el más firme principio, viene desde hace décadas obstruyendo y derruyendo las iniciativas de ahondamiento en la economía pública, multiplicando las privatizaciones de los bienes generados por la sociedad, e instalando su modelo de gestión por beneficio y no por efectividad social generalizada. No es de extrañar que en el pulso mantenido entre socialización y privatización, una vez que en su apogeo el relativo socialismo alcanzado da muestra de sofoco frente a la capitalización, los elementos de bienestar generalizados obtenidos inician su merma en adelante en el tiempo, y no inmediatamente con la introducción de las relaciones mercantiles y de la imposición casi totalitaria de una perspectiva que correlaciona con falsedad el progreso social hasta aquí alcanzado a la imposición instantánea del neoliberalismo. Generaciones bien alimentadas y vestidas, educadas y tecnificadas, saludables y solventes, se enfrentan a una depresión del entorno muy amenazante, previsible hasta para las mentes más obtusas, y que procede de unas relaciones de producción en transición imparable a otro modelo casi completamente distinto y dispuesto en su perjuicio, pero que se adorna y humaniza con los fines del socialismo .
La inercia social del comunismo que transformó el mundo desde la Revolución del 17 está llegando a término, y en adelante será cuestión de comprobar si se da una continuidad cíclica acompasada a la penosa y sanguinaria evolución del capital, o si entrará en letargo hasta renacer en el futuro disloque del capital. Es preciso recalcar, que muchos detalles del socialismo activados por el movimiento comunista permanecen y van a ser difícilmente prescindibles por el mercantilismo en emergencia, a pesar de los esfuerzos en su contra: la misma desaparición de algunos resortes intervencionistas, socializadores y moderadores del Estado supondrían un contundente y rápido menoscabo para el capitalismo. Pero se está trabajando para sustituirlos y encuadrarlos quizá en regímenes de explotación que a cambio del mantenimiento de lenitivos sociales semejantes, amplíen otras formas de apropiación de plusvalía. Las nuevas tecnologías podrían muy bien complementar a las experiencias fascistas en este sentido pero con mucha más eficacia, por ejemplo en los aspectos de control de la subversión por moderada que se está configurando, o en el refuerzo de la cohesión de la burguesía y la cooperación productiva capitalista, en sus monopolios en crecimiento desenfrenado. Un socialismo para apuntalar la profundización en el neoliberalismo, que sólo puede significar la fragilidad del socialismo en todas sus expresiones, la exacerbación de las tensiones sociales y la resurgencia del movimiento comunista sin obstáculos asfixiantes.
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La Revolución soviética socialista de 1917 es un hecho trascendental en la historia de la humanidad, y sus consecuencias son de la mayor repercusión, durante todo el siglo XX y 89 años después y por mucho tiempo en el siglo XXI, independientemente de que se produzcan o no restauraciones revolucionarias, como en todas las grandes revoluciones, véase la Revolución francesa, que duró aún menos que la soviética, sufrió varias ralentizaciones, disoluciones y restauraciones monárquicas, pero que finalmente se ha recuperado. Sin embargo, supóngase que es cierto lo que muchas “almas cándidas” honestamente creen ante un panorama dominado completamente por el neoliberalismo y el socialismo burgués: “que del comunismo ya no queda ni rastro”, ni siquiera la acción política o la propaganda, o la memoria, o la simple conducta reducida a su mínima expresión en el ámbito privado... Imagínese, por mera precondición metodológica, que la sociedad contemporánea mundial se halla dominada por la égida del capitalismo en sus variantes nacionalista o neoliberal con como máximo algunos visos de “caridad socializante”. Entonces, quienes así conciban la historia contemporánea y obren en consecuencia desvinculados del referente que supone el comunismo deben pagar el coste de su actitud. Y los pocos comunistas deben cooperar para que esta responsabilidad se afronte apresurando así la síntesis de las contradicciones del capitalismo. Los que desisten del legado de 1917 se están convirtiendo sin cesar en receptores inevitables de los males que el capital depara. Si no existe comunismo, existirá no obstante lo contrario a ello, u otra cosa distinta que en cualquier caso no aparenta nada exclusivamente benéfico para la mayoría por mucho que se intente adecuar acumulación de beneficio y propiedad privada con el provecho general, escenario donde los capitalistas son también víctimas de sus engaños... y que, por otra parte substituye al comunismo como algo consciente y cristalizado por algo ausente en la forma de necesidad por el comunismo.
Las gentes que se afanan en aclimatarse al sistema capitalista son vulnerables porque se prestan a radicalizar sus condiciones de explotación y desgaste, se entregan como inocentes corderos a los audaces, más astutos y escépticos (hacia el sistema en el que medran) agentes del capital mismo. Si el proletario adepto más o menos conscientemente a los valores de rapiña que dominan el mercado libre prefiere desviar la explotación patronal sobre los demás trabajadores, recibe en recompensa un salario relativamente mayor a corto plazo pero un entorno de trabajo más insalubre a causa de eludir la cohesión de clase, las luchas de clase se desbordan y multiplican hasta entre los más allegados compañeros y la presión capitalista brota aún más energética; las contradicciones reapareciendo, los enemigos del comunismo salen debilitados. Si las generaciones más jóvenes se han apartado en gran parte de las luchas políticas socialistas durante la restauración neoliberal propiciada por sus progenitores aliados a los empresarios, y en ausencia de esa presión que hubiera debido renovarse los servicios sociales comienzan a desaparecer a su vez, también entonces los comunistas obtienen réditos de las inhibiciones y desviaciones de una población indiferente hacia el comunismo. Incluso los más o menos abundantes comunistas que puedan existir, o el mismo comunismo como entidad conceptual surge victorioso, cuando el burgués ajeno y convencido de la “muerte” del comunismo es fagocitado violentamente por otros capitalistas sin el recato y consideración que le otorgaría su competidor temeroso de que la víctima en lugar de convertirse en despreciable servidor pudiera ser captado por una alternativa comunista eficaz. Puede que el comunismo no exista, pero en su defecto, los que contribuyen a enterrar su cadáver no pueden evitar el derrengar su vitalidad en el intento. Y eso convierte al cadáver en algo tan patente como sus enterradores. Los comunistas no creen en la bienaventuranza del capital más que como base de su proyección; los comunistas, en un estado de partidismo generalizado de las bases sociales hacia el capitalismo morigerado por sus elementos socializantes, están en ventaja política y estratégica, al ser capaces de hacer uso de las connivencias ideológicas respecto de las relaciones capitalistas para perjuicio de los mismos partidarios del capitalismo, del socialismo reformista y para ensalzamiento del comunismo.
Este aspecto de la cuestión 89 años después de la Revolución que iba a “acabar con todas las demás revoluciones” es importante. En medio del “lento” proceso de desaparición de las últimas influencias benefactoras para la civilización de la Revolución soviética de 1917, los comunistas deben reorganizarse para sobrevivir a toda costa, incluso no tanto por su bienestar personal muchas veces fuera de control en unas circunstancias sociológicas, como por el placer de mantenerse inconmovibles, difícilmente manipulables, en medio de las insidiosa marea neoliberal que agobia más a quien más se implica en sus expectativas. La generación contemporánea de comunistas irreductibles es muy probable que haya de constituirse en semilla germinal una vez nutrida por el estiércol en que está convirtiéndose la humanidad en medio de la discrasia monstruosa del capital libre mercantil proliferante en todos los rincones del planeta.
Los comunistas de hogaño están situados en una atalaya histórica que les permite divisar el paisaje pasado y maniobrar en los avatares del capitalismo por venir. Y particularmente, serán más capaces que nadie de distinguir las formas que han tomado el socialismo y el móvil comunista, sus alineaciones y falsificaciones, errores y prejuicios, tanto en la aplicación como en la oposición política competitiva, como en la participación de regímenes eclécticos y de transición, así como en el Tercer Mundo. Los comunistas de esta época privilegiada, han visto caer la URSS devorada por el capital y las luchas de clase, y también han asistido a algo apasionante: la reconstitución acelerada del capital como sistema único dominante, una oportunidad que tras los acontecimientos de fuertes luchas del siglo XX es inaudita porque entre otras cuestiones sirve para examinar a fondo los instrumentos de emulación invertidos contra el capitalismo, sus limitaciones y las respuestas del orden rival, su utilización del socialismo y el comunismo para sus fines exclusivos dramáticos; pero también porque la nueva hegemonía reinstala una nueva partida, una renovada unilateralidad capitalista, la cual salvando las distancias, únicamente pudieron vivirla los revolucionarios de finales del XIX y principios del XX, una hoja en gran parte en blanco para el proyecto comunista sobre la que escribir su redención e intentar compulsivamente atender a las necesidades fatales determinadas por el mismo sistema recompuesto y tendente a la exclusividad hegemónica. Aún más, si en aquellos tiempos no había experiencias previas socialistas o revolucionarias de gran entidad, hoy existen muchos datos y análisis al respecto de fácil acceso, y mientras , los antagonistas al comunismo y al socialismo se han ocupado hasta el momento de extirpar con saña en gran parte de sus conciencias y anaqueles la memoria de los esfuerzos titánicos empleados en las luchas de clase y de la construcción del socialismo, no ya piénsese en el peso y el significado de la Revolución Soviética. Arrogantes, no son capaces de comprender en sus ofuscados impulsos higiénicos que están dilapidando los antecedentes, claves y datos utilizables en su defensa racional; legado que los comunistas sí están reteniendo. En el futuro, los capitalistas en aprieto (siempre los están, entre sus partidarios también), tendrán de nuevo que comprar la información, robarla o crear toda una generación de traidores e infiltrados, comenzando como en Europa, con un nuevo Congreso por la Libertad de las Culturas patrocinado por la CIA con el que compensar las inclinaciones al socialismo anticapitalista.
Los comunistas congruentes por el contrario, colectan la información de las pasadas luchas y experiencias de la emergencia del socialismo, prestos a perfeccionarlas en su aplicación a nuevas operaciones políticas de continuidad revolucionaria. Comparación, meditación, examen, valoración, selección, readaptación de las estrategias, planificación y ponderación objetiva de las fuerzas concurrentes y antagónicas, son las acciones que los comunistas auténticos deben y seguramente están entregados a realizar para la etapa en la que de manera natural y obvia se hagan eficientes los nuevos cálculos e instrumentos accesibles, sobre la base de tan enriquecida dinámica histórica y datos acumulados de máximo interés. En cierta manera, si con el combate contra el capital el socialismo ha sucumbido, el capital ha quedado malherido, y de modo clave, sus entresijos han quedado aún más al descubierto de lo que Marx en El Capital y el movimiento para-marxista subsiguiente fuera capaz de diseccionar. Y no puede negarse que el capitalismo ha alcanzado su victoria al precio de graves deterioros para sí por el mismo hecho de que su exclusiva actitud filosófica y práctica, cuando puede, es la lastimosa de retroceder al redil, a la ortodoxia más vulgarizada del XVIII, al manchesterismo, sin poder incidir para alejar de sí el replanteamiento y la refinada destilación de nuevas crisis y conflictos.
Además, el capitalismo sale herido de la contienda porque, a pesar de su renqueante pero victoriosa carrera a su paraíso fantástico y anacrónico sin mayores obstáculos ideológicos, encuentra resistencias y accidentes de cierta envergadura a cada instante de su desempeño político por la conversión de los factores socialistas al capitalismo neoliberal, lo que le supone un alto coste en reestructuración, represión y control de las fuentes de subsistencia de los grupos sociales que crecientemente desea exprimir. Dicho coste una vez más revierte en el engorde de aquellos accidentes o resistencias que le impiden un retorno a los principios, forzadamente introducidos, del librecambismo aséptico e irresponsable, lo que se soluciona hasta el momento con mas reformas social-liberales, lo que significa más dosis de equilibrismo socializante encaminado a mayor capitalización libre mercantil: todas las iniciativas liberales y desreguladoras se anuncian de esta manera como un avance en los servicios a la ciudadanía, y más allá de la propaganda, se tiene cuidado con evitar levantar resistencias bruscas e insoportables entre los intereses de la población en este proceso prestidigitador de parsimoniosa y sistemática corrosión de lo público; no cabe duda para estos gestores de la liberalización que el sector público es la causa de los males, y no el sabotaje del bien público previo por parte del liberalismo. Si el deseo del legislador social-liberal capitalista victorioso es atomizar la cohesión proletaria, debe sufragar intereses pequeño-burgueses que se atraviesan a la libre concentración de capital en otras dimensiones productivas; si su voluntad es la de obtener el máximo de plusvalías de los operarios, debe combatir con otros capitalistas para excluirlos de su capacidad de liderazgo estatal y social o debe renunciar a ganancias en la unificación cooperativa del capital contra el proletariado; y si lo consigue a duras penas, se enfrentará a crisis de sobreproducción, a la necesidad de competir por el monopolio de los mercados o de las materias primas. Si hasta resulta que las mismas luchas de clases le sirven al capital de fuente de revitalización (el caso de la URSS), el estancamiento de las reivindicaciones y su propio poder de paralización y equilibrio entre naciones y mercados, le suponen por tanto el desfallecimiento. Malthus lo sabía bien cuando afirmaba en pleno capitalismo prístino que la humanidad precisaba de la depravación y la perversión de las guerras, las desigualdades y el hambre para mantenerse vital y en auge, en equilibrio con los recursos disponibles. Describía la quintaesencia del capitalismo, y los comunistas obtendrán ventajas netas de estas contradicciones a cada paso recurrentes según se reafirman en estos tiempos prometedores la victoria del capital y el totalitarismo mercantil, extrayendo de modelos de parálisis conflictiva del capitalismo las lecciones pragmáticas aplicables a su lucha; modelos neoliberales de contención y prevención del socialismo y de la confrontación de clases, de “fin de la historia”, que como se afirma aquí son objetivo del capital, y que inmediatamente se solapan en la urgencia por la conflictividad capitalista mercantil, afín con sus principios e incentivada por el capitalismo (a este respecto, el “choque de civilizaciones” se pretende en todo momento enajenar de su faceta conflictiva estratológica y jerárquica). ¿Bajo perfil de la lucha de clases resuelta por la eficiencia organizativa del capitalismo? Exceso de conflictividad en otras áreas de la dinámica capitalista que igualmente expresa dicotomía entre trabajo y capital y que se dota de semejante grado de eficaz organización social para el mutuo deterioro capitalista: las luchas entre empresas, corporaciones, sectores, etnias, naciones, estados, alianzas de estados.
El capitalismo no puede evitar la aniquilación absoluta y global de la “lucha de clases” porque pervive gracias a la constante estratificación de la humanidad, un fenómeno que revierte en ganancia capitalista y es su ley económica fundacional. De aquí que el comunismo pueda reorganizar su lucha desde cualquier flanco del sistema capitalista, incluso sin el apoyo directo de una clase asalariada por descompuesta, sobornada y encanallada que esté en su confrontación y represión, que sin embargo no puede inhibirse de la contradicción trabajo-capital ni en los umbrales de su máxima expoliación y superponer estas motivaciones con los intereses acumuladores del capitalista en su propia lucha por la movilidad social, y en colusión proyectar una vez más la lucha de clases. Los comunistas se enfrentan entonces con una contradicción: si la única manera de hacer desfallecer al capital es la paralización de la lucha de clases, únicamente se puede alcanzar esta paralización en la revolución o dictadura democrática del proletariado y el triunfo en el proceso de lucha de clases que el capital mismo impone “pacíficamente” como parte de sus necesidades de acumulación. En la hipótesis aquí expuesta, las circunstancias que pueden contribuir a la paralización de la estratificación social capitalista es el mismo proceso de liquidación del estado social remanente hoy por parte del socialismo reformista y pro-burgués que fuerce a una etapa consecutiva de inducción de la lucha de clases con cargo exclusivo al capital versus el mismo capital: la condición sine qua non de la victoria de la vanguardia comunista del proletariado. La propuesta es quizá demasiado cruenta pero se puede suavizar con las reivindicaciones por una reorientación al socialismo revolucionario o progresivo frente al socialismo preventivo. En todo caso, el destino parece avocado a la pasividad relativa de la clase asalariada y a un esfuerzo consiguiente de la clase burguesa por reactivar la acumulación, la lucha por la tasa de beneficio y la lucha de clases para salir de su desfallecimiento dentro de su “fin de la historia”.
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Si en los tiempos del despertar de las vanguardias proletarias revolucionarias a gran escala, tiempos de ingenuidad empírica socialista, las fuerzas más desarrolladas del capital se confundían e interpolaban con las de la aristocracia feudal en un par de continentes desarrollados, en el mundo contemporáneo por el contrario, el capital abarca toda actividad industrial y la casi totalidad del planeta, el campesinado en situación de debilitamiento irrecuperable, casi completamente desaparecido en una Europa desarrollada que además se ha sacudido las monarquías en buena medida, además de ver reducido su nacionalismo interclasista y anticomunista también en gran medida ahogado en el proceso de integración europea; por si fuera poco, la UE está generando un Estado imperialista contra el que rescatar a las clases trabajadoras de la losa nacionalista para concurrir a un nivel superior de organización administrativa continental en pos de un sistema de hiper-concentración de capital y tecnología que, para su mayor eficiencia incluso dentro del sistema caótico capitalista neoliberal pero viejo y agotado, deberá centralizarse, planificarse y apoyar en cierto grado de socialización, que para los comunistas debe tender al máximo realizable. La empresa se ha unificado en monopolios aún más arrolladores, pero también más vulnerables a sus contradicciones productivas y más confrontados entre sí; la democracia liberal se ha extendido y se conocen los mecanismos del capital para desvirtuar el movimiento socialista, entre ellos el más reaccionario, el nacional-socialismo.
También es posible observar el totalitarismo del mercado libre, algo que estaba olvidado, que “parecía” no darse en el régimen burgués liberal y que hacía algo incomprensible para los lectores de hoy el que los marxistas adjetivasen como “dictador” a ese genocida militarista, Churchill, o a ese negociante y verdugo de masas, Poincaré muchos años atrás: los comunistas de hoy están redescubriendo al capital en su forma desnuda y liberal más decimonónica, es decir en su forma despótica y agresiva, sin los camuflajes humanistas de la Guerra Fría. Por esta razón, los comunistas genuinos (no los surgidos del fraude estaliniano y social demócrata de los últimos 70 años) de hoy enlazan tan coherentemente con la tradición y la línea del comunismo marxista de la Revolución soviética, con aquellos camaradas que debieron batirse con ese capitalismo de “Belle Epoque”. La singladura dialéctica fue interrumpida después por las convulsiones más reaccionarias del mundo, la restauración social-chovinista en URSS, la social democracia como alternativa preventiva y el nacional socialismo como método de represión de los intentos comunistas. Las consecuencias también están registradas para uso y aplicación en nuevos intentos pro-revolucionarios.
Los comunistas tienen que aprender del siglo transcurrido a protegerse de la aniquilación, y sospechar hasta por los que pretextan como motivo de “sacrificio” el “comunismo”, y a no lanzar a la primera línea de ofensiva a sus vanguardias sin anteponer antes como peones a las clases proletarias más atrasadas y a las clases intermedias y pequeño burguesas más inestables y menos leales, sin parapetarse en los estratos sociales más prescindibles; al contrario de lo que ocurriera durante las revoluciones socialistas y comunistas europeas de los años diez y veinte, en cuyas luchas fenecieron los mejores militantes, aquellos que hubieran ocupado la figura de constructores más informados de las condiciones históricas del momento, de las expectativas prácticas revolucionarias y la más veraz certificación de los postulados marxistas; los desaparecidos prematuramente fueron también los que hubieran ocupado el rol de leales creadores de un mundo más justo y coherente que en su ausencia no cristalizó. La sangría generosa y abnegada de los mejores proletarios debe ser evitada en lo sucesivo para asegurar precisamente la desaparición de facto de la propiedad privada y no su perpetuación bajo la manipulación, el derecho y la infinidad de triquiñuelas y embelecos que como parte de su oposición aplican sin contemplaciones las clases dominantes, tácticas que sólo pueden sostenerse por la inexistencia de pleno control democrático y formación política y participación activa, altamente comprometida por la necesidad de subsistencia y movilidad social del proletariado; control rector que a su vez es sólo factible con el ahorro o reserva de grandes vanguardias comunistas dentro de los estratos asalariados.
“How did we act in the more critical moment of the Civil War? We concentrated our best Party forces in the Red Army; we mobilised the best of our workers; we looked for new forces at the deepest roots of our dictatorship.” V.I. Lenin How We Should Reorganise the Workers' and Peasants' Inspection, 1923.
La Revolución Soviética se vio forzada a emplear su mejor nervio social para combatir la abrumadora agresión de las fuerzas reaccionarias zaristas, aristócratas, burguesas, social demócratas y campesinas, además de la violencia de las potencias imperialistas más avanzadas enviadas desde varios continentes. Los comunistas, las vanguardias proletarias y el proletariado mayoritariamente comprometido con los bolcheviques debieron luchar por su supervivencia y elegir entre su sacrificio mortal e inicuo por el Zar y lo que representaba o, el “sacrificio” por sí mismos como clase soberana y redimida. En el futuro las mismas compulsiones llevarán a la insurrección de los oprimidos, pero los comunistas deberán hacer esfuerzos máximos para movilizar a aquellos sectores de población, por su bien, pero cuya ruina o merma no constituya una reducción de los contingentes que en las fases prolongadas de construcción del socialismo serán esenciales para combatir a la reacción más peligrosa, que es la que proviene de la resistencia, mantenimiento y expansión de las estructuras productivas capitalistas, incluso a costa de, y apoyadas por los esfuerzos del socialismo incipiente. Una vez la Revolución Soviética salvada de los enemigos declarados, no pudo hacer frente, por haber perecido en gran parte en esa lucha el proletariado más consciente y capaz, (y por haber sido destruida por la retorsión militar burguesa en buena parte la industria manufacturera), a los fenómenos de corrupción, mercado negro y actividades de la pequeña burguesía y campesinado, ni contrarrestar la naturaleza del funcionariado tradicional y la intelligentsia , ni diluir la infiltración de la ideología y los objetivos del campesinado pro-capitalista a través de los líderes políticos estalinistas y esseristas , grupos de la población mucho más numerosos en conjunto tras las bajas entre las filas del ya de por sí exiguo proletariado del Imperio Ruso.
En justicia, quien más apoye al capital deberá recibir las consecuencias indeseables de ese partidismo, y los comunistas debieran actuar estratégicamente para provocar este choque, incentivar la confrontación entre facciones capitalistas por las vías más originales, es decir, contribuir a situar a los defensores del capital más cerca de su estrago recíproco.
Los comunistas de hoy conocen (o debieran) las tácticas de propaganda del capital para desacreditar el comunismo, los tortuosos medios por los que la burguesía es capaz de pasar para perpetuarse, como no, hasta abrazar aparentemente el marxismo más exaltado. Los comunistas de hoy han sido testigos de cómo el comunismo puede servir de cobertura al capital para después resurgir plenamente victorioso a la luz del día, como es el caso de los procesos convergentes de la contrarrevolución estalinista, la reforma “pragmática” del “modelo mixto” jruschoviano (otra “NEP” salvaje y deshonesta) y la restauración capitalista consecutiva en 1989 con el fin de la URSS. Y también de cómo la invectiva ideal-subjetiva propagandista y orweliano-positivista del capitalismo es capaz de atribuir después las más pavorosas aberraciones homicidas contra millones de comunistas a... ¡los mismos incondicionales comunistas y al comunismo, mientras que transforma a estas víctimas en inocentes anticomunistas de corazón, o a los verdugos estalinianos cuyos descendientes son magnates y negociantes hoy, en fanáticos y ortodoxos comunistoides! Los comunistas debieran aprovechar estas experiencias para integrarlas en el arsenal anticapitalista en vez de caer en la trampa insostenible y acrítica por la que se atribuye a tal o cual comunismo tal o cual grado de “maldad”. El comunismo no es, haciendo uso de un término banal, “malo” ni genéricamente ni en parte. En abstracto y como antídoto a la inoculación de este tipo necio de duda, si el comunismo es “malo” o algún comunismo es deficiente en cualquier aspecto, lo seguro es que no sea tal comunismo , por mucho que quienes actúan a favor del capital le atribuyan tal condición, pues esa es la baza que la táctica propagandística anticomunista utiliza en su favor: disociarse al máximo y cándidamente de las luchas y tribulaciones del comunismo; el cual por el contrario sólo tiene un máximo enemigo fundamental y singular en la era industrial e industrial informática avanzada: el capital y la propiedad privada, y en el que todas los antagonismos y pleitos se refieren a ese tipo de orden capitalista en general, pues los regímenes sociales feudal, esclavista u otros no poseen la entidad suficiente para soportar la marcha hacia el comunismo en la era contemporánea si no se encuentran auxiliados por el capital. Los comunistas están para alcanzar objetivos de valor y excelencia éticos, de otro modo hace mucho que se hubieran acogido a distinta doctrina, denominación o identidad. Esta es una cuestión de principio que parece olvidarse hasta entre los que con titubeos se consideran comunistas: el comunismo es conveniente, bueno, valioso, eficaz, etc. en su integridad filosófica, lógica y moral, como cualquier otra doctrina o corpus ideológico concurrentes para sus celosos partidarios, aunque no así para los demás. En el comunismo no hay lugar para sistematizaciones dialógicas maniqueístas en las que dios y el diablo son elementos irreductibles de la profesión de una misma doctrina religiosa. El comunismo marxista no es un complemento orgánico o un polo de una misma entidad plural, ni el contrafuerte equilibrador de su opuesto ni, por consiguiente, el instrumento de coacción de un grupo para integrarse en el régimen capitalista, ni el caballo de Troya para introducir más capitalismo o afianzarlo en su reforma. El marxismo no debe prestarse a oportunismos ni cinismos, algo que ha sido la norma desde que se ha expropiado la fama y la popularidad democrática de la Revolución sólo superfluamente y para fines contrarios al comunismo. La ciencia, y el marxismo en tanto que socialismo científico, cuentan sólo con la síntesis unificada que concede la razón y la certitud empírica, y si esto falla se cae en el error o incertidumbre por fatales que resulten, pero no en el mismo sistema doctrinario o teórico. Aún mucho más para el comunismo científico, porque sus principios y corpus teórico son extraordinariamente poderosos en fiabilidad cuando se contrastan con la realidad histórica y social. Cualquier discriminación analítica, matización sobre el comunismo como concepto básico y elemental universal de “perversión” o “despropósito” subyacente, sólo añade confusión malintencionada, insidia política e ideológica, falsedad y sevicia.
El comunismo sin embargo puede presentarse vinculado a situaciones en las que sus fundamentos estén lastrados por la debilidad política y psicosocial, o por insuficiencia de solera histórica o social precisos para su impulso, o también asociado a otras circunstancias e ideologías que le hagan factor adicional de opresión o de ineficacia. Y de nuevo, hay que enfatizar que 89 años después de la Revolución soviética de 1917 los observadores honestos están en una muy propincua perspectiva para discernir qué rasgos han sido congruentes con los principios del comunismo más elementales y representativos; se disfruta, para quién lo desee o requiera, de la situación clave estratégica óptima para identificar a los agentes que han obtenido rentas gratuitas e ilícitas del esfuerzo de otros por alcanzar el socialismo y el comunismo, particularmente a costa de finalmente debilitar su expansión. Los archivos de la URSS y otros países ex-socialistas se han abierto no sólo para los que han pretendido acabar con el comunismo, sino además para los observadores que pretendan rehabilitarlo. El orden capitalista y sus fanfarronadas ideológicas no sólo se han extendido para regocijo de los amantes de la servidumbre sino para utilidad de los marxistas sorprendidos por el grado de iniquidad, cinismo y bestialidad con que el capital se desvela como lo que es, la causa de la perversión de los estados socialistas y de los desmanes que paulatinamente sustituyen a las estructuras socialistas en relativo declive.
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También es reseñable la etapa histórica actual por la razón de que los agentes sociales que obraban para oscurecer e imponer la desfiguración y falseamiento del comunismo, están desapareciendo por lo que respecta a los actores y agentes del campo socialista e izquierdista . Con la actitud suicida que han mantenido las burocracias, aparatos, liderazgos y clientelas tributarias de los logros sociales de las vanguardias proletarias al convertir a este último en socialismo preventivo de revoluciones socialistas y hacia el comunismo, han convergido con los desvelos anti -socialistas del capital y en su auto-fagocitación y lenta desaparición. Se trata de un negocio que se basa en obstaculizar la reproducción de la mercancía sedimentada (el socialismo), mientras que para el capitalismo ese retroceso significa auge y perpetuación hasta una nueva coyuntura de crisis interna y reemergencia del socialismo progresivo .
Los comunistas de hoy, “diezmados” en las últimas décadas, deben regocijarse al comprobar que hay motivos para el optimismo entre la catástrofe que significa la dilapidación y pase al haber del capital de los logros socialistas de casi un siglo de luchas: porque con la desaparición de los estados que se arrogaban con dolo la profesión del marxismo y del socialismo revolucionario con objetivos en el comunismo, se eliminan también las inducciones venales de causa común que estaban sostenidas por el poder político y por los recursos financieros y de todo tipo que la URSS ostentaba con magnificencia. Ya no será el capital, la soldada o el soborno, el motivo que sostenga la lealtad militante, sino la necesidad vital por desarrollar las normas del comunismo como modo productivo alternativo impuesto por la necesidad vital urgente. También, al desaparecer la fuerza política, cultural y patrimonial de los Partidos Comunistas del bloque occidental, con su influencia en las burocracias y recursos del estado, se ha activado una purga espontánea de elementos anticomunistas adheridos a la doctrina marxista por la mera búsqueda de estatus social; la rapidez con la que los Partidos Comunistas tras la disolución de la URSS se tornaron hacia el izquierdismo y el socialismo moderado, centrista y social demócrata, da cuenta del grado de artificialidad y los motivos reales de la lealtad mantenida hasta esos momentos por la mayoría de los funcionarios de partido y militantes activos, notables y caciques, mayorías dirigentes que entraron en pánico cuando se figuraron peligrar sus apoyos electorales y sus compromisos con los sectores burgueses, institucionales y de la izquierda más moderada; estos “líderes” demostraron su frágil representatividad popular basada en mitologías hueras, y su verdadero jaez, voluntad y esquemas doctrinales, así como la versatilidad para encabezar transformaciones muy “vanguardistas” hacia el capital , “por delante” del grueso de la sociedad; unas elites vergonzosas en verdad, escasamente comprometidos con las honestas convicciones marxistas de los sectores sociales de la ciudadanía hasta entonces (y en la medida que permanezca también ahora) en la base del movimiento comunista. Al percibir que los valores del comunismo no cotizaban en “bolsa” estos capitalistas del mercado electoral y burocrático, traficantes del socialismo, se precipitaron raudos a la derecha y al neoliberalismo en la medida en que les fue posible no perder tampoco demasiados votos de las clases trabajadoras más leales a sus principios. Tiempo les faltó para lanzar por la ventana todo signo de identidad comunista y toda parafernalia ética y utópica con las que camuflaban su infiltración burguesa o mercenaria entre las clases trabajadoras con conciencia de clase de Europa. No se desprendieron de los valores mercantiles. Algunos, tan deprisa se reorientaron al anticomunismo que, viéndose alejados de la clase proletaria y las vanguardias leales a la obra del socialismo progresivo, es decir de gran parte del electorado, comenzaron a dirigir su prédica electoral (y los medios patrimoniales adquiridos por el don del electorado y la militancia de base comunista) hacia el lumpenproletariado y las minorías burguesas oprimidas por el propio sistema que sostienen o en el que intentan medrar desde la marginación pro-capitalista, hacia causas no necesariamente defendibles desde presupuestos marxistas y de confrontación entre capital y trabajo, o simplemente interclasistas y, o compatibles a los intereses de burgueses y empresarios dispuestos a movilizar a la población discriminada para forzar políticamente sus fines expropiadores particulares: nacionalismos, regionalismos, homosexualidad, toxicomanía, feminismo, inmigración, religiones minoritarias, minusválidos, multiculturalidad, consumo,... Hoy se comienza a comprender por gran parte de la población pro-comunista que sólo intuía la probabilidad de la gran escala del engaño y la infiltración arrivista de la burguesía y sus lacayos en el movimiento comunista, y que en todo caso fue expoliada de los partidos y organizaciones, instrumentos políticos de influencia que suponían su prolongación. Esta época permite comprender con creciente nitidez a mayor número de personas, y lógicamente, inspira ansias justicieras, además de nuevas tácticas de oclusión hacia la avaricia ciega burguesa y del proletariado más atrasado y otras categorías sociales despreciables.
El panorama del comunismo a partir de la Guerra Fría y como consecuencia de los años de fraude anticomunista del estalinismo, era el de un ser otrora exultante y prometedor, aún heredero de la inercia del pasado, pero extenuado y atrofiado por el parasitismo de todos los que vieron la manera de obtener beneficio vendiendo al capital una tajada de sus “órganos y tejidos”, es decir, reificando a la “bestia anticapitalista” a cambio de una módica recompensa del capital. Los socialismos y los comunismos lógicamente han desarrollado toda una batería de variaciones y originalidades, de liderazgos sinceros y pragmáticos, para adaptarse al medio y a la lucha por una parte, pero por otra han portado en sí la impronta de la ineficacia final, del derrotismo a expensas del comunismo .
La transacción se ha llamado socialismo , en general, es decir, reforma social, social democracia, social-liberalismo, izquierdismo, intervencionismo, “socialismo con rostro humano”, trotskismo (el mismo L. Trotsky abominaba el faccionamiento en sectas con su patronímico u otras en el seno del comunismo), estalinismo, marxismo-leninismo, nacional-comunismo (décadas antes se aprovecharon casi sin vergüenza alguna el fascismo y el nacional socialismo hitleriano en cierto grado), sindicalismo y obrerismo, maoísmo, titismo, populismo, nacionalismo, anti-imperialismo y muchos otros, y de ella han vivido en primer término bajo los valores socialistas, los cripto-propietarios de la URSS, los intelectuales oportunistas de todo el mundo, los moderados y las rebeldes generaciones izquierdistas de la burguesía y sus lacayos seguidores de la juventud proletaria, los académicos burgueses con sed de protagonismo, simpatía y poder político, los espías de la CIA y Europa occidental, y todos los asalariados atrasados y oportunistas que excluidos de las migajas del sistema imperante burgués se volvían contra él abrazando superficialmente un espectro de comunismo con cuyo anatema liberar las recompensas retenidas por los amos a los que seguían siendo fieles y a un orden en el que soñaban medrar. El comunismo se libera de traidores, infiltrados, ignorantes, pusilánimes, hipócritas moderados y radicales, narcisistas psicópatas, pedantes despóticos, divos, eclécticos, serviles, mercaderes, etc.,... y hasta de las debilidades de sus más leales seguidores para volver a convertirse en un medio básico imprescindible de supervivencia que intentar desarrollar al máximo de su integridad.
Muchos otros proletarios creyeron todo este montaje honestamente y se dejaron influir por la propaganda de aparatos corruptos, postmodernos y retrógrados, los sectores del proletariado realmente dotados si no de conciencia sí de experiencia en la lucha de clases, partícipes de lleno y reproductores naturales de las condiciones económicas en el capitalismo y con una psicología afín al comunismo; propensos receptores de medios de análisis difundidos generación tras generación desde el siglo XIX y desde el contexto perínclito de la Revolución Soviética, entre la gigantesca operación de agresión desesperada contra el comunismo en cristalización. Este proletariado marxista es la consecuencia de más de un siglo de luchas de clases en Europa y su plétora acaece en los años de las revoluciones de las primeras décadas del siglo XX, para después ir desapareciendo hasta derivar o ser desplazado paulatinamente, insensiblemente muchas veces, por un proletariado contemporáneo comparativamente deleznable en formación política y sociológica, conciencia y autonomía individuales y de clase, igualitarismo, humanismo, principios éticos, solidaridad y capacidad de cooperación, valentía e inteligencia. Tecnológicamente la instrucción de dicho proletariado de principios del siglo XX también fue, en contraste con la clase trabajadora contemporánea, más avanzada en escala con unos tiempos en los que proporcionalmente la innovación se desencadenó de manera inaudita, una etapa social en desarrollo y modernización destacadamente mucho más vanguardista que los actuales en los que el empleado es un apéndice hipnotizado por el conductismo burgués de los métodos digitalizados de hiperexplotación. Esta clase proletaria en el sentido funcional y jerárquico sigue existiendo, pero su textura, sus adentros, no son equivalentes. Fueron aniquilados en las luchas de clase o fueron alienados por contextos ideológicos, de comportamiento y normativos hostiles, aparte claro está de en aquellos núcleos favorables muy densos en cultura proletaria, a su mantenimiento en Europa en los que puedan aún proliferar.
Es en los países y regiones de Europa y el mundo donde el comunismo más ha gozado de implantación y soporte popular es también donde más se puede hoy observar una actitud extendida de desconfianza y hostilidad respecto al comunismo: muchos, algunos incluso inconscientemente, han retenido su partidismo y su coherencia doctrinal, pero muchos otros, dentro del proletariado, se han convencido, han sido persuadidos, o han asimilado por las circunstancias el anticomunismo. Esto muestra el encono de la lucha, los esfuerzos opresores invertidos en aniquilar el comunismo donde más fuerte ha sido; Alemania, Hungría, Rusia, China, Vietnam, Cuba ( sic ), y otros muchos, donde se han desencadenado revoluciones comunistas abiertas. Hasta que el capital no se apropió de los bienes y voluntades de estos movimientos revolucionarios no se dejaron de aplicar los medios inimaginables para abortar el comunismo. Se considera un éxito por los poderes políticos occidentales y por los EEUU el que los procesos electorales de los países ex-socialistas coronasen a partidos ultrarreaccionarios, no infrecuentemente fascistas. Se ha considerado un antídoto medianamente tolerado por la burguesía el que los electorados de los ex-estados socialistas replegasen sus aspiraciones políticas a un socialismo aburguesado, moderado y liberal, o que los alemanes sigan expresando sus preferencias masivas en ocasiones por el partido social demócrata, tras décadas de sobornos, chantajes, obstrucciones, prevaricaciones, conspiraciones, asesinatos, planes Marshall para derechizar sus programas...
En conjunto este socialismo, un movimiento sociopolítico de parásitos del comunismo, alimenta a sus líderes, validos, colaboradores, clientela y funcionarios porque ha sido capaz de vender a gran escala los activos del comunismo al capital. A comenzar por la restauración de algunas estructuras zaristas bajo el esquema jurídico revolucionario, o en Alemania el estado de bienestar de Weimar como alternativa preventiva al socialismo progresivo, pero que en su decadencia es antesala del nazismo, elites y grandes sectores sociales están implicados en el desguace más o menos lento o extravagante de las adquisiciones socialistas alcanzadas, al servicio y goce exclusivo de la burguesía, hasta el momento en que se agoten definitivamente los parabienes sociales legados, el alicaído estado de bienestar social, democrático y de derecho. Por tanto el comunismo no puede crecer en este cultivo social retrógrado e involutivo que domina, que es el resultado de la modernidad contemporánea. No cabe duda que evolutivamente este período histórico tiene su sentido y depara circunstancias de las que hay que aprender y que pueden servir de catapulta para nuevos estadios quizá más prometedores para un socialismo de sustitución del capitalismo. El comunismo, malherido pero aún vivo y refugiado en las catacumbas del Viejo topo pervive en Europa en su forma más desarrollada, incluso está activo, pero no es muy visible, en medio de la distorsión introducida por los intentos desesperados por hacerse con los cada vez menos excedentes destinados a mantener la paz social y la obediencia a la burguesía, bajo la delicuescencia mercantil atravesada por el capital en que se ha convertido la lucha por el socialismo.
Sin embargo, la descentración de la lucha de clases respecto del comunismo tiene como consecuencia el alivio automático del “herido”. El comunismo ya se encuentra desligado de sus réditos históricos: no cabe culpabilizar de los motines, terrorismos y victorias electorales incómodas más contemporáneas al dinero del comunismo soviético o a los servicios secretos de la RDA; todos los ingenios espaciales o nucleares están en manos de capitalistas (“capitalo-comunistas” para algunos neocon o idiotas yanquis), ya no hay comunistas con recursos suficientes, están expropiados por el capitalismo... Los más atrasados (en términos reales) de los académicos, intelectuales, burócratas y demás notables insignes del capitalismo suelen mostrar su disgusto no tanto por el comunismo como por tener que perder el tiempo con un espectro de la historia que remiten a su idea de prehistoria. (No tanto los más astutos propagandistas del capitalismo, los cuales intuyen que tras todo el escenario post-comunista está muy presente la amenaza del mismo.) Al no focalizar el comunismo en la actualidad las ambiciones de la inmensa horda de parias y burgueses a la caza de trofeos y ganancias, de influencia y de cohechos a expensas del comunismo y sus logros pasados, los adeptos irreductibles al comunismo tienen mayor margen y tranquilidad para la observación y análisis de la realidad social con especial objetividad e independencia de entidades celosas y arrivistas con otros fines y anhelos contradictorios con el comunismo. Pocos comunistas pero entregados y diligentes, cautos y prevenidos, dispuestos a no reeditar las odiosas incursiones y falsificaciones sufridas por un siglo tortuoso de agresión y persecución contra el comunismo. Una vez el “carburante” finiquitado y los socialistas liquidacionistas o “rentistas” contemporáneos sin “carroña” que vender al neoliberalismo emergente, los comunistas deberán exponer su programa, esta vez previniendo más eficazmente los trasvases ulteriores de valor al capital, para lo cual quizá lo mejor sea diferir a coyunturas precisas, o transferir a sectores sociales rivales, la administración inmediata de bienes que susciten concurrencias difíciles de domeñar, sin desistir de estrategias que contribuyan a transformar la experiencia del capitalismo en más genuina e insostenible para quienes lo defienden.
Los comunistas sinceros de la etapa singular actual en emergencia se están redimiendo de los aparatos, estados y movimientos proletarios socialistas o pretendidamente socialistas y comunistas, cuyo balance general final es el fracaso del socialismo y del comunismo en la lucha integral contra las clases dominantes y el capital. A pesar de sus logros y aportaciones sociales y productivas, verdaderamente impulsadas aún más remotamente por el esfuerzo eficaz de vanguardias en las revoluciones de comienzos de siglo y aún antes y que estuvieron inspiradas por el comunismo, cabe concluir que su cuenta de resultados en tanto que legatarios es deficitario, sus tribulaciones y aventuras se han coronado con el fiasco. Gran parte de este movimiento mundial de receptores de los éxitos del socialismo ha consistido en una malversación que llega a las manos del proletariado contemporáneo, generaciones después, maltrecho y al borde de la extinción. Estos malogrados socialistas e izquierdistas son las cenizas del siglo XX, por muy inmensas que resulten sus huestes; son estos sectores sociales, ridículos en su magnitud hoy en día, los que están destinados a sucumbir políticamente dentro del capital y sus formas de explotación que incluyen cierto socialismo dúctil y melifluo como contrafuerte del sistema. Físicamente van desapareciendo, en los países donde existió más estado de bienestar y socialismo efectivo, engordados por ese mismo socialismo que han vendido y comido sin regenerarlo o traspasarlo a la siguiente generación como parte de los medios de producción. Este socialismo, con sus ideologías, facciones y principios, con sus recursos y aparatos, se desmorona en su falsedad corrupta, pero aún se está aprovechando su esqueleto para una cada vez más irrisoria finalidad en el acicate para que los pueblos, los estados, las naciones o cualquier forma organizada de grupo humano compitan por el beneficio capitalista. Y si ya demasiado tarde nunca han de auxiliar al comunismo como base de proyección y resistencia social de la clase proletaria en su exclusivo camino, al menos en su desaparición también cumplen la función gratificante de redención del comunismo. Lo único que cabe honrar de estas generaciones de dilapidadores es a aquellos comunistas que advirtieron de lo desjuiciado, y pernicioso a largo plazo para los interesados, de una conducta semejante y fueron marginados como revoltosos excéntricos. Afortunadamente, el capital se ha encargado de exprimir y yugular a estos confiados pancistas.
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Por lo que respecta al bando capitalista en apariencia omnipresente en estos nuevos derroteros procesuales que, por otra parte tanto pueden favorecer la reanudación de la singladura comunista... está colaborando compulsivamente y por defecto, inconscientemente , para la recomposición del movimiento comunista, pues el grueso de su labor de liquidación, negación y tergiversación se está focalizando en una noción de comunismo que fue deformado desde todas las vertientes posibles, tanto por sus mismos presuntos “militantes” y estados afectos en general como por la reacción capitalista internacional. Los capitalistas apuntan a un comunismo que ha sido representado, reinventado y corrompido por ellos mismos para sus fines propios. Si aquellos contradictoriamente o insuficientemente identificados al comunismo se preocupaban en coaptar sus verdaderos intereses bastardos respecto al marxismo o al comunismo tal cual, los partidarios del capital o los anticomunistas profesionales se centraban en asociar al comunismo de la manera más fantasiosa y estrambótica, no sólo sus contravalores y pánicos internos, sino dentro de sus prejuicios y vicios acerca del comunismo, todo aquello que más genuino del marxismo es, y con mayor énfasis toda reformulación a su alcance que les pudiera plantar amenaza, algo lógicamente personificado en las mismas degradaciones del comunismo, degradaciones perpetradas de muchos modos por el socialismo reformista , centrista y reaccionario, singularmente el estalinismo y la social democracia. La acometida contra el comunismo se ha perfilado tan en línea con los socialistas del siglo XX que finalmente el comunismo ha quedado fuera de la diana, se ha descentrado como objetivo, subrogado este por un sucedáneo de “comunismo”, que ni ha sido ni es tal. No es de extrañar que el capital esté sometiendo a grotescos “juicios comedia” (parecidos metodológicamente a los que aplicara Stalin) a este socialismo de cortos vuelos y a sus líderes y partidos reformistas desde sus tribunas, pues en su degeneración y renuncia se encuentra ya desahuciado de principios con los que refutar los reproches neoliberales y fascistas. No es extraño detectar en los ataques ideológicos más rancios y en los estudios que relatan las calamidades sufridas “bajo el comunismo” conclusiones éticas y valorativas o incluso políticas que están más próximas al comunismo que al sistema actitudinal generado por el capital; de esto saben mucho algunos trotskistas, unos cuantos de ellos desgraciadamente a sueldo de la CIA, pero también una larga lista de tránsfugas que han acabado en los medios de propaganda mediática del capital y en sus partidos derechistas o reformistas habiendo iniciado su carrera política en partidos comunistas marxistas-leninistas, maoístas, como radicales románticos y comunistas que a la edad de 30 años “despiertan” y se “integran en la realidad”, como suelen argüir los acomodados al capitalismo con pésima conciencia y sobrada estulticia. Pero es que la táctica anticomunista durante la mayor parte del siglo XX ha estado muy unida a la explotación de elementos marxistas y socialistas para desarmar la causa comunista pragmática, el marxismo, en la base y en sí.
El caso de la rebelión de Hungría de 1956 merecería una indagación más detenida de lo que se suele; su 50 aniversario se cumplió en 2006 y concitó algunas rememoraciones de nuevo anticomunistas, a la moda con los tiempos. Hoy se está en la posibilidad de comprender el carácter reaccionario del socialismo soviético y preventivo impuesto en Hungría, de su función como instrumento de represalia económica de posguerra contra el mismo proletariado a quien se deseaba elevar al poder... el tipo de nacionalización que se impuso en clave de mantenimiento adaptativo de la burguesía y la dilución del marxismo y del proyecto comunista en la social democracia y el conservadurismo nacionalista Húngaro convertidos en el aparato del partido gobernante, en la base social del estado y en clases gestoras co-beneficiarias del aparentemente “nuevo” modo de producción, y para lo cual se ahorcaban a comunistas húngaros epígonos de la Revolución Soviética Húngara de 1919 como L. Rajk acusados de “izquierdismo trotskista”, de “titismo”, de espionaje para Occidente, o se disolvía hasta el Partido Comunista Húngaro, se elevaban a la cabeza del país a traidores de esa misma Revolución, estalinistas como Rakosi (“el mejor discípulo de Stalin” según él mismo) o después al tan celebrado Nagy, fanático estalinista adiestrado en Moscú, hasta su destino a Hungría, para la obstrucción de los partidos proletarios implicados en excluir a la burguesía de la nueva Hungría post-fascista, burguesía en aquellos momentos algo más desprestigiada para la opinión sobre todo del proletariado... (situación generalizada a toda la Europa ex-fascista y en la que se impone una lucha también general contra las vanguardias proletarias locales, independientes, y el comunismo, que Stalin considera subversivos e inviables en esos momentos, y que extirpa a través de, entre muchos otros medios, sus políticos y cuadros especialmente entrenados, a la manera de Wolgang Leonhard en el conocido caso de Alemania). Porque, tampoco los “socialistas con rostro humano” de occidente y de la disidencia de entonces en Hungría, no se diga ya los anticomunistas de hoy y de ayer, no suelen indicar ni valorar el hecho de que el electorado húngaro en su clara y gran mayoría sancionó el fascismo o el nacional-socialismo, el racismo de estrella amarilla en la solapa y el ninguneo homicida antisemita, o también la beligerancia que Hungría pidió voluntariamente, sin inducción de Hitler, contra la URSS y aliados por temor a verse superada en lealtad al régimen germano-nazi por países como Rumania; de que situó en el poder al Partido de la Cruz de Flechas ¡en medio de la II Guerra Mundial! Y hasta el final. No se suelen airear en las críticas y conmemoraciones del “martirio” del pueblo húngaro en 1956 detalles quizá significativos del humanismo revolucionario y social demócrata húngaro como que en el levantamiento del 56 hubo antisemitismo , que Stalin, al que tanto se acusa de antisemita aunque su equipo médico estaba compuesto de hebreos, había tolerado mal que bien con profusión en los altos cargos del estado húngaro; o que los sectores sociales que más despuntaron en la rebelión anti-soviética y participaron o formaron los consejos populares fueron propietarios campesinos, profesionales y estudiantes, funcionarios y militares... exactamente los mismos grupos sociales que defendieron a muerte el nacional- socialismo hitleriano pocos años atrás y que entre sus reivindicaciones estaba el conceder más peso social de la Iglesia y derogar todo tipo de “nacionalizaciones”. Estos que expresaban su aversión al socialismo soviético y que reclamaban el mercado libre y el capitalismo, también deseaban, en coherencia con los nazis genuinos, desentenderse del pago de la deuda de guerra con la URSS, a la que habían contribuido a devastar voluntariamente mediante elecciones libres.
Hoy los comunistas están en posición de comprender mejor las vías por las que el proyecto comunista se ha socavado. Es posible contrastar las diferentes aproximaciones al socialismo, su utilización y perversión en el ayer y hasta la actualidad. Conocer con más objetividad las razones por las que hitos como la Revolución Soviética Húngara del 19 y sus revolucionarios le fueron tan insufribles al régimen de Stalin y aún así son ignorados, cuando no maldecidos, por los socialistas de hoy, los mismos que establecen la equivalencia entre el totalitarismo estaliniano y Bela Kun, el líder mítico comunista de la breve Hungría soviética del 19, asesinado por Stalin en la URSS, donde creyó encontrar refugio. Los “socialistas con rostro humano” no poseen criterio alguno acerca de la Revolución ultrademocrática aniquilada por el fascismo Húngaro, pero no cesan de recordar con puntualidad el valor de la Revolución del 56 impulsada notablemente por el nacional-socialismo húngaro, contra el comunismo en general asimilado con fruición al sistema de J. Stalin, el mismo sistema o déspota que ordenó la ejecución de Laszlo Rajk porque este se había empleado a fondo en la persecución y represión de todo el entramado cívico de sostén al nacional-socialismo hitleriano: incluyendo métodos represivos estalinistas muy eficaces que no debieron gustar demasiado en Moscú a juzgar por cómo se disolvió al Partido Comunista Húngaro y se anegó de otros elementos políticos diferentes, transformándose en otro partido en el año de las elecciones del 48, año que precedió al de la ejecución de Rajk por el sátrapa de Stalin, Rakosi, este último involucrado directamente en la reemergencia del movimiento antisoviético y anticomunista que desemboca en los eventos de 1956.
Estas circunstancias y acciones los “analistas” burgueses las atribuyen, ignorantes y absurdamente (Rajk retenía más poder político y carisma popular, estaba respaldado por la mayoría del PCH y estaba al frente del ministerio del interior y la recién creada policía política, y podría haberse librado fácilmente de Rakosi, un subalterno cuyo mérito más destacado era su obediencia; desdichadamente L. Rajk no comprendió, como la mayoría de los comunistas extranjeros a la URSS, el significado del estalinismo y su política frentepopulista), a la competencia “envidiosa” e “individualista” interna al aparato “comunista” y ni de casualidad al plan obligatorio del régimen socialista soviético de Stalin por desbaratar la iniciativa de la dictadura democrática del proletariado desestabilizadora de sus propias clases proletarias siempre inquietas desde su opresión anti-bolchevique, de la autonomía nacionalista antisoviética bajo su égida y, o, de la influencia de las potencias occidentales en todo su imperio.
Para los “analistas” burgueses, evidentemente, la mezquindad humana más superlativa y estocástica reina en el comunismo y no con relación a los hechos “magníficos” que convergen en los acontecimientos de 1956 en Hungría o por ejemplo en los simultáneos de la invasión del Canal de Suez por las potencias occidentales. Rakosi elimina a Rajk por envidia o por concurrencia individual, pero “da la casualidad” que con esta conducta se eliminan también políticas enteras de alcance nacional, se desplazan presiones de grupos de interés y estratos sociales con ideologías determinadas plasmadas en las relaciones de poder, y se promueven los de otros sectores diferentes, además, los efectos en la organización del estado y en la industria también experimentan declinaciones distintas y, por si fuera poco, hay intermediarios o terceras partes que condicionan la orientación de dichas relaciones individuales, cambian los símbolos y las formas jurídicas, esto es, cambia de manera patente la sociedad y todavía se presume que se está ante motivaciones y fenomenología individual y competencia profesional... sería más decente argüir que la concurrencia y el celo interpersonal se expresaron en multitudes de individuos simultáneamente... En la filosofía de los “analistas” neoliberales la envidia o la competencia individual deberían eximir de la consideración o mera percepción de las especificidades de la realidad de los seres humanos, del origen y de la misma Revolución del 56 al observador, porque los hechos atestiguados “obedecen” únicamente a una permuta infinita y formal de “envidias” y “competencias” sin más y por lo mismo, con lo cual se tendrá también que concluir que capitalismo, socialismo y comunismo, entre otros fenómenos sin más contenido que la envidia y la competitividad interpersonal, son “exactamente lo mismo”. Y si hay que aceptar esta filosofía liberal absurda de la universalidad del paradigma formal frente al sustantivo, no se entiende muy bien a qué viene tanto empeño por interpretar según sus principios liberales y caóticos los eventos de la Hungría del 56 desvincularlos de la amenaza estalinista, socialista y comunista en todas sus expresiones. Salvo que se trate de confundir y propalar una miseria epistemológica neoliberal que lógicamente es de obtusos.
Hasta en el caso en que se tratase de motivaciones concurrentes personales, de intrigas palaciegas vanidosas, cortesanas y de pura ambición individual, el hecho de que se invoquen imputaciones de tipo político y doctrinal en dichas rivalidades pone al descubierto con nitidez un conflicto genérico del orden dominante y muestra las fallas políticas a las que se enfrentan los grupos dominantes, un conflicto social que para el caso se localiza en tendencias antagónicas rivales comunistas o socialistas (titismo, social democratismo, nacional-comunismo, izquierdismo comunista, trotskismo) o capitalitas (fascismo, liberalismo, nacionalismo) que suponen las amenazas subversivas del estalinismo y del imperialismo soviético.
Y este es el meollo de la cuestión del por qué los capitalistas se van a resistir, en el plano de sus elaboraciones intelectivas y analíticas, a escapar del socialismo estalinista y burgués que hoy prolifera como residuo del comunismo: nunca aceptarán que en alguna medida comunistas como L. Rajk en Hungría o Rudolf Slansky en Checoslovaquia se agitasen contra el capitalismo y el fascismo por la liberación voluntaria de la clase trabajadora, o que la idea del orden soviético de Kun fuera democrática a la vez que una alternativa absoluta al capital, además fielmente representativa de la pionera Revolución en la Rusia del 17 y a la vez, profundamente opuesta al régimen de Stalin, y que esos líderes se enfrentasen a Stalin por algo más que por vulgares ambiciones individualistas. El liberalismo y la mogatería totalitaria del capitalismo actual amalgaman todos los accidentes y peripecias del socialismo del siglo XX en un solo comunismo tergiversado a semejanza de la realidad del socialismo que en su resultante decadente y reaccionaria atraviesa el siglo XX. Se trata de eliminar el significado de su dinámica, erradicar su contenido y asociarlo a lo que el capital considera e intenta definir como repudiable para persuadir a las masas.
Quién sí comprendió a su amo de Moscú, con exceso de extroversión (lo que le costó la vida), fue Imre Nagy, el cual, desde su satrapía delegada por el Kremlin acabó liderando la Revolución del 56 contra la URSS, “reprivatizando” la industria y el campo, autorizando el libre mercado y declarando elecciones libres multipartidistas, lo que agravó con la solicitud de ayuda a Occidente y la salida del Pacto de Varsovia, estas últimas medidas determinantes en el derribo de su gobierno, pues el régimen de reemplazo de confianza soviética se empeñó con similar albedrío en la desnacionalización y en la liberalización mercantil y en alto grado política, hasta el extremo que la transición a mayores dosis de capitalismo en la Hungría actual no fue traumática, y aún por exceso fue precursora del aumento del respaldo electoral al socialismo, acaparado desgraciadamente por un partido socialista reformista, fraudulento y corrupto; y, por supuesto, de la preservación de algunas de las bases sociales relativamente extensas del tradicional fascismo húngaro.
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Que al fin el búho de Minerva emprenda su vuelo tras el cataclismo de la URSS es un privilegio especial para los pocos pero mejores comunistas que han sobrevivido al siglo XX. Que el capitalismo no entienda el proceso histórico y social global, ni los fenómenos a la obra en la proeza de las luchas de clases por el socialismo es una suerte ventajosa para los socialistas progresivos y para los comunistas, y tiene su razón de ser en la ineptitud de los especialistas oficiales en ciencias sociales e ideólogos neoliberales afectados de unas epistemologías positivistas, escolásticas e idealistas subjetivas hace tiempo superadas pero últimamente rescatadas por la resurrección neoliberal y su ofuscación política; también en la impronta de la aversión al marxismo y al comunismo en la especie que sea que les aleja del objeto y les compele a su deformación precondicional a todo abordaje de la cuestión; y, en especial, en su “comprensión” del marxismo y del comunismo a través de la degradación del socialismo preventivo, reformista, imperialista y burgués del siglo XX. Las tres razones se yuxtaponen y se suplen para componer el panorama ideológico valorativo unitivo: si el odio anticomunista es menor, se suple con más cretinismo metodológico, o alternativamente con más perspectiva socialista reformista o nacionalista, y recíprocamente así para las demás posibles combinaciones dentro de la resultante actitudinal dominante en los tiempos corrientes.
Pero conviene destacar el peso enfático de la noción de comunismo generada por el socialismo reformista y burgués o en sus variantes nacionalista y estalinista, del siglo XX, noción basada en la experiencia del bloque de la URSS, para explicar el anticomunismo más reciente, sus fuentes y contenidos, y con relevancia, el algoritmo psicosocial, de percepción selectiva y de homologación artificial del comunismo, dirigido a escotomizar cualquier legitimidad del mismo y de continuidad de la Revolución Soviética. Hay una tendencia etnocéntrica universal a hacer uso de las categorías más familiares y sincrónicas para interpretar las condiciones históricas y altéricas más alejadas y dispares. (No tan extrañas, en el caso que se trata aquí, para los que como los comunistas son receptores preferentes de la evolución marxista a través de condiciones convergentes.) Pero es que además, la evidencia más accesible del comunismo actual es su resto decrépito y exangüe de extirpaciones, implantes, recomposiciones, desgastes y minados a lo largo de muchas décadas que se han identificado como comunismo hasta por sus propios adeptos, por los diversos socialismos que han traficado con su potencial simbólico o real pero remoto o rarificado, y como no, por la desarticulación alienante capitalista. Este despojo se ha convertido para sus detractores, la inmensa mayoría, en materialización del comunismo, en destino y naturaleza permanente e inmutable de esa entidad por cuanto aún aquellos que afirmaban su poder de influencia reconocen la oquedad imposible del orden y los objetivos del comunismo que reducen a un socialismo viciado, cuando los ponderadores son socialistas, y a una servidumbre igualitarista pre-liberal además de despótico oriental, cuando son los neoliberales, mucho más terrible que la autocracia feudal, según gustan reiterar los neoconservadores, muchas veces monárquicos; (curiosamente Lenin denunció a Stalin por utilizar métodos feudales en su gestión de las relaciones con el nacionalismo del Cáucaso). Trotsky es uno de los primeros analistas sistemáticos, en profundidad, de las formas de represión contra el comunismo desde el campo del socialismo o comunismo que va perfilando el gran vacío de estructuras comunistas en el escenario pseudo-comunista estaliniano, pero aún así no consigue, en su afán de coherencia metodológica marxista con el principio de la propiedad privada, deslindar dicho régimen totalitario socialista del comunismo al describir la oligarquía dominante de la URSS como casta burocrática y no como burguesía , lo que abre vías de atribución de condición objetiva del comunismo a lo que es socialismo burgués estalinista y sus derivaciones en los amplios círculos propagandistas e ideológicos burgueses. Socialismo burgués o izquierdista, etc. que tras nuevas fases acaba haciendo reemerger al capital reforzado y libre desde lo que realmente siempre fue el objetivo del estalinismo: el capitalismo apuntalado por el socialismo. Por tanto, y en colusión con ejercicios parecidos mucho más numerosos, especialmente deshonestos, llenos de agresividad y despropósitos contra el comunismo, los que provienen desde el mismo ultraizquierdismo y anarquismo (la tesis del estalinismo ya presente en la represión de la rebelión de Kronstadt, etc.), del estalinismo (en su espectacular, y paradójica difamación del comunismo), más otros ambiguos y dialógicos (Michel Pablo y la evolución del régimen estalinista, S. Carrillo y su eurocomunismo) y otros provenientes de observadores críticos con el régimen de la URSS (al estilo de Konstantin Simis), más los del tipo imprescindible de L. Trotsky (y acólitos como Moshe Lewin en su ofuscación por la clave burocrática) o de otros bolcheviques (incluido V. Lenin y su inquietud por las derivas internas) frustrados por el estalinismo, la dinámica ulterior de declive del comunismo es elevada por la ideología del bando anticomunista a atributo constante del sistema que se representa indefectiblemente en tanto que modelo de despotismo y máximo cinismo.
Lenin refiere no sólo cómo O. Bauer y socialistas moderados describen la Revolución socialista como burguesa , sino también cómo no pocos perspicaces analistas burgueses, (el caso concreto de Ustryalov), ya en 1922 están pendientes de las luchas económicas internas, más que militares, con ocasión de la NEP:
(…)”We must say frankly that the things Ustryalov speaks about are possible. History knows all sorts of metamorphoses. Relying on firmness of convictions, loyalty, and other splendid moral qualities is anything but a serious attitude in politics. A few people may be endowed with splendid moral qualities, but historical issues are decided by vast masses, which, if the few do not suit them, may at times treat them none too politely. (…) The enemy is speaking the class truth and is pointing to the danger that confronts us, and which the enemy is striving to make inevitable. Smena Vekh adherents express the sentiments of thousands and tens of thousands of bourgeois, or of Soviet employees whose function it is to operate our New Economic Policy. This is the real and main danger. And that is why attention must be concentrated mainly on the question: “Who will win?” I have spoken about competition. No direct onslaught is being made on us now; nobody is clutching us by the throat. True, we have yet to see what will bappen tomorrow; but today we are not being subjected to armed attack. Nevertheless, the fight against capitalist society has become a hundred times more fierce and perilous, because we are not always able to tell enemies from friends. (…) This is not competition but, if not the last, then nearly the last, desperate, furious, life-and-death struggle between capitalism and communism.” V.I. Lenin, Eleventh Congress of the RCP(B) .
Atribución de carácter burgués o capitalista a la Revolución comunista que además de servir tanto a comunistas como a filocomunistas, tiene sus ventajas para el futuro del desarrollo del comunismo, ventajas que están correlacionadas con la importantísima, compleja, iniciativa de constituir la base de la discriminación de lo que es el comunismo y sus sendas respecto de aquello que no es, con trascendencia máxima sobre todo desde 1917. Este empeño propagandístico del capital es el núcleo de su marcada efectividad, pero también es su talón de Aquiles por cuanto desacreditan al comunismo adjudicándole un trasfondo capitalista , y que consecuentemente resulta en un alto coste para la credibilidad del propio sistema capitalista.
La burguesía actual podría concentrar su descalificación del comunismo en las luchas de clases, en la “injusticia” de la “rebelión de las masas”, en la “incapacidad” de la clase asalariada para gestionar la producción industrial, en lo “antinatural” de la socialización de los medios de producción, en lo “tiránico” de la democracia radical y en la “ineficiencia productiva” de los consejos obreros y demás principios del marxismo y del socialismo más o menos revolucionario, elementos que por lo demás han sido muy difamados, también podría, como así se verifica constantemente desde su acaecer, emplearse preferentemente en recriminar los sucesos de la Revolución y todas las esperanzas y objetivos bienintencionados o no que portaba respecto al progreso y al Estado de bienestar de la humanidad. Pero los reproches se centran no obstante en el socialismo y comunismo soviéticos, y culminan con extremo denuedo en el régimen capitalista y de exaltado mercado libre (dominado por los más poderosos e implacables propietarios capitalistas según severas normas liberales) que tras la URSS se impone en las sociedades ex-comunistas, agudizando las calamidades que el sistema de protección social raquítico del llamado comunismo soviético disimulaba a duras penas. Es en esta coyuntura, cuando el capitalismo ex-soviético, tiránico por absolutamente neoliberal, ya instalado con fuerza en esas sociedades ha desplazado el “estalinismo” a una antesala de siniestros actuales mayores, cuando la ideología y el análisis burgueses precisan rescatar y subrayar la persistencia de potentes elementos estalinistas y socialistas o comunistas en dichas sociedades ex -socialistas como para malograr la recuperación económica en el presente; y cuando además se aducen las trabas que impone la oligarquía y la obstrucción política antidemocrática y “antiliberal” sobre el modelo ideal de riguroso mercado libre, achacándose los percances de la puesta en marcha del orden capitalista a la consecuente exigüidad de la libertad mercantil y a la falta de voluntad para ahondarlo (tradiciones tiránicas, naturaleza cultural popular, vicios históricos, valores antidemocráticos enquistados, etc. y demás subterfugios y trivialidades correlacionados con el socialismo “comunista” e incluso con el zarismo autocrático).
De ahí que la solución para salir de la crisis que sostiene el capitalismo insta a una más radical depuración de las persistencias soviéticas, del despotismo oligárquico heredado de la URSS, eximiendo de recusación al capitalismo, lo que en coherencia sirve para que el socialismo soviético y estalinista se tomen como palanca del abordaje contra toda otra expresión de socialismo en general. Inevitablemente y en contradicción con lo esperado por le capitalismo en la realidad, el socialismo estalinista y soviético, al describirse como mal social fundamental, descubre su intimidad capitalista y burguesa bajo los puntales inflamados por la ideología de unas reformas sociales mediocres e insustanciales, su desenlace evolutivo siendo un más catastrófico régimen ultraliberal y oligárquico post-soviético. Al caer el comunismo soviético bajo la crítica y negación exhaustivas burguesas ligadas a la evidencia de grandes penurias e iniquidades sociales, se desvela irremisiblemente el trasunto de explotación capitalista estrechamente correlacionado con el despotismo político y antidemocrático que articula toda esa experiencia socialista y soviética... y que la tergiversación de la explicación neoliberal alcanza a enmascarar sólo superficialmente mediante la impostura de atribuir las virtudes sociales al neoliberalismo, lo que se suele justificar con los avances sociales que aún se conservan en las potencias capitalistas desarrolladas gracias a sus rasgos muy limitados, remitentes pero auténticos de socialismo ; esto lo cual aumenta también la contradicción del discurso capitalista respecto al socialismo soviético al ser subcategoría misma del socialismo, por nimio e insuficiente que haya podido resultar para el mantenimiento del régimen tiránico.
En las sociedades ex-socialistas como la rusa se dan las libertades mercantiles convencionales de las democracias liberales burguesas, más aún que en las sociedades de la Europa desarrollada cuyos estados cuentan con una faceta reguladora socializante más patente: fueron líderes como Boris Yeltsin los que en nombre de la democracia capitalista liberal bombardearon el parlamento ruso (libremente elegido) en 1993 y los que después recibieron enormes sumas del capitalismo internacional para impedir de nuevo que los partidos de corte socialista ganaran las ulteriores elecciones libres, una de las pocas instituciones políticas libres del momento. Inmediatamente las potencias de la Unión Europea se abalanzaron a firmar un acuerdo de cooperación con Rusia (ACP, 1994) para sostener y reforzar el nuevo régimen utraliberal, sin aflojar ni un instante desde entonces la presión para la privatización de los bienes industriales del estado y la instauración del mercado libre y los derechos humanos, singularmente los que conciernen al respeto a la propiedad privada y libre empresa. Se trataba de asegurar la imposibilidad de la marcha atrás en momentos de mucha incertidumbre. En la cumbre de San Petersburgo de 2003, los líderes de la UE, con jubilosa euforia, concedieron su reconocimiento a Rusia como economía de mercado libre y su apoyo para la entrada en la OMC.
No obstante, las presiones no han mermado y, bajo el pretexto de las ciertas deficiencias en derechos humanos, pretexto que desvergonzadamente no contempla la denuncia clara del genocidio de Chechenia, los estados líderes de la UE se han ido concentrando en los sectores estratégicos energéticos que la resistencia nacionalista del régimen de Putin se niega a liberalizar por completo, una gestión intervencionista y estratégica homóloga a la que ejercen las burguesías occidentales, también nacionalistas y aún imperialistas, sin ningún complejo a través de sus estados sobre sus sectores estratégicos. Las potencias occidentales como Alemania, Francia y Reino Unido, sin escatimar la movilización del nacionalismo reaccionario anti-ruso de la "nueva Europa", han aplicado una política de chantajes para liberalizar lo ajeno y propiciar la apertura sin moderación a su rapacidad mercantil, bajo la cubierta de los dogmas y derechos liberales que ellas mismas restringen a placer para beneficio de sus monopolios y especulaciones ventajistas. Los "chantajes" se han concretado mediante el soborno político y financiero extendido a toda la nación en forma de ayudas a la cooperación, al crédito, la tecnología, la participación en los mercados de la Unión, crédito político y presupuestario para campañas electorales frente a la oposición interna. Pero aún y siempre será insuficiente para la avaricia del capital imperialista y se enarbolará por tanto el fantasma amenazante de la vuelta a la tiranía comunista como resorte propagandista para ahogar con el mismo intrumento del mercado libre a sus incautos partidarios rusos y europeos orientales. Un efecto que no debe pasar desapercibido para los comunistas en busca de moralejas aleccionadoras sobre el destino de sus rivales y los daños que causa el capital a sus promotores mismos.
Y es V. Putin el que se ha visto condicionado por una situación de malestar generalizado, incluidos pogromos, y rayano en la rebelión civil, a introducir correcciones al superlativo liberalismo post-soviético, cuyos especuladores y nuevos ricos así como sus amplias y pobres clases medias empresarias y comerciantes, han encontrado beneficio en la importación masiva de mano de obra barata inmigrante para relanzar sus negocios, relegando a la ruina y al trapicheo mercantil a la mano de obra rusa que gozaba de mejores salarios gracias al socialismo enfermo soviético ahora defenestrado; la especulación laboral de los patrones y su libertad de contratación e inversión, sin controles ni exigencias sociales por parte de institución alguna, ni por parte de un estado muy comprometido con el sistema capitalista, ha conducido a una tasa de supresión de población rusa de 700,000 habitantes anuales, y al déficit de 18 millones de población activa en los últimos 20 años. Y es que Rusia es desde la liberalización brutal e innegable de los 90 el segundo país que atrae más flujo migratorio en el mundo tras los EEUU y por delante de Alemania.
Ni qué decir que los neoliberales sólo perciben el intervencionismo político del estado ex-soviético tildado de “filocomunista” y del malvado “ex-chekista” Putin, achacando la protesta de los rusos a su tradicional nacionalismo racista (cuyo renacimiento ciertamente es el resultado del neoliberalismo), como reacción a minorías e inmigrantes dispuestos a emplearse en las tareas que ellos mismos “desprecian” cómodamente, y a evitar que haya competencia salarial, ¡como si el grueso de la población rusa destacase por sus salarios altos! Los neoliberales que critican el pecaminoso “intervencionismo” de Putin advierten horrorizados de las consecuencias funestas para los mercados y sectores que quedarán así desabastecidos, y para la inflación que subirá con los salarios de los “exigentes” ciudadanos autóctonos, así como de la hambruna que significa la preferencia dada a los comerciantes nacionales. En definitiva, los neoliberales claman por más liberalismo para “mejorar la situación social” de Rusia y del mundo; y con ellos los social-liberales, los socialistas reformistas en fuga del socialismo de los países desarrollados de Occidente que por sistema olvidan en su engreído esfuerzo neoliberal y despótico-multiculturalista (la inmigración pulverizadora del control libremercantil), que el bienestar de sus países, comprendidas las leyes de regulación de la inmigración, resulta directamente de la intervención del estado y de los flecos socialistas alcanzados truculentamente durante las muchas décadas pasadas. En el caso de Rusia, el intervencionismo es una broma comparado con las estructuras reguladoras públicas de Estados Unidos, verbigracia. La consigna es más , más y más capitalismo, a cualquier precio, una auténtica obsesión neurótica, ofuscación de la que los comunistas sólo pueden obtener rendimientos.
Pero se sostiene una y otra vez por el pensamiento único neoliberal que la política en Rusia está prisionera de la oligarquía, que los derechos políticos formales no son reales, que la política está corrompida, y así conculcados los derechos básicos y económicos de la sociedad, los derechos reales al libre intercambio mercantil y a la libre propiedad privada acaparada por la oligarquía post-soviética ilícitamente sin competencia libre mercantil, lo que resulta en el estancamiento de la prosperidad capitalista.
Centrar las causas de las deficiencias del capitalismo post-soviético en la naturaleza política despótica del socialismo soviético o estalinista lleva a descubrir que dicha opresión política, en contra de lo pretendido, se instaura con el fin de abrir márgenes crecientes de acumulación de capital privado y canales de libre intercambio mercantil con meta, y como es obvio, en la imposición de la liberalización del mercado y contra la participación de las mayorías en la producción. Esta es la realidad objetiva que no es difícil contrastar.
Se objetará obstinadamente que es la fragilidad de derechos civiles en la Rusia de hoy, la conculcación y persecución política continuada de la libre acumulación de capital como norma básica económica lo que provoca que las sociedades afectadas no arranquen la productividad y mejoren el nivel de vida de la población en general; y que ha sido ese mismo factor intervensionista político el que ha motivado la opresión política de la mayoría depauperada en provecho de la oligarquía en tiempos “comunistas” (y aún zaristas). Si bien la implantación de dicha libertad implica derecho a competir en espacios de mercado libre abiertos a expensas de otros privilegios privados, de adquisición y venta de bienes, revocar derechos impositivos, esto es, atentar contra los intereses y propiedades de terceros, acaparar y monopolizar a costa de los demás e incluso de la mayoría , esto es, la sanción del totalitarismo creciente del mercado libre ... una situación de “libertad” que inmediatamente tendría que ser intervenida por la mayoría para expropiar recursos abusivos, alianzas de poderosos capitalistas con que aplastar la competencia y someter a otros grupos a la explotación, paliar los excesos crecientes de acumulación que excluyeran del derecho mismo de libre acumulación (sin reseñar los de libre colectivización) a la sociedad civil en general, para que no redujeran por la fuerza de la concurrencia a la inmensa proporción de la población a la venta de su fuerza de trabajo por menos retribución, a la privación de empleo, a la compra del estado, para defender los derechos de la clase asalariada, etc. En definitiva, para cristalizar esa “libertad” de acumulación de capital de la ciudadanía al menos con algún grado de verosimilitud, pero que irremisible y paradójicamente es inalcanzable sin represión y coerción política adicional. Y esta convergencia estructural es lo que realmente homologa al régimen capitalista aún el más liberal con las pautas subyacentes, sus lacras y conflictos sociales, del estalinismo y del socialismo en la URSS durante lo esencial de su recorrido. Es pues el mayor grado posible de socialismo, en clave de instauración dinámica progresiva en la sociedad, lo que impide el asentamiento de la tiranía y la oligarquía. Y dicha coerción política que se invoca para la habilitación fáctica de un mercado libre de la tiranía de los intereses monopolistas y de la intervención política oligárquica, ¿tiene sus límites en la “clase media”, tradicionalmente base pujaidista de los fascismos y nacional-socialismos, o se puede extender a la categoría de los asalariados que encuentran sus intereses despóticamente perjudicados por la libertad mercantil y política de la clase media? ¿Qué alcance debe tener la expropiación sobre la oligarquía, la que dicta un patrón ideológico dado de clase media o la disolución total de la propiedad que propugna el socialismo con meta en el comunismo y que dictan las clases asalariadas democráticamente? Si en Rusia la oligarquía impone su ley al resto de la sociedad en alto grado privada de acceso al capital, por otro lado las clases intermedias en las sociedades en las que aciertan a imponer su “libertad”, imponen su tiranía mesocrática no sólo al capitalismo monopolista, pero también y hasta con más crudeza y ruindad, a las clases asalariadas. Y es que la estratificación de la burguesía y del mercado libre capitalista es una garantía para la libertad del asalariado.
Si el socialismo estalinista y soviético y en general todos los socialismos en la perspectiva capitalista (menos quizá el que se reforma a sí mismo en dirección al libre mercado capitalista) tienden a las desigualdades sociales, explotación de las clases asalariadas (hasta los extremos de la esclavitud por millones en los campos de trabajo soviéticos), depresión industrial, burocracia parasitaria y toda la retahíla de azotes inhumanos que sistemática y evolutivamente han concluido en la Rusia y países ex-socialistas posteriores a la caída del muro , el capitalismo (“salvaje”) que conforma el régimen actual debiera revertir en una prosperidad inversa, según la hipótesis capitalista, en ausencia del obstáculo político “nefasto” del legado comunista a eliminar. Cabalmente es una conclusión antinómica con la afirmación que se invoca para desacreditar al “comunismo” en tanto que y como se viene reiterando, para la ideología burguesa internacional de la era post-soviética, se caracteriza intrínsecamente por generar un sistema capitalista de apropiación de los bienes y recursos de la sociedad por una oligarquía no obstante dictatorial e incompatible con el libre mercado. Esa salvedad, dicho “no obstante”, aparentemente racionaliza la lógica del argumento capitalista contra el comunismo y le distingue netamente del capitalismo libre mercantil. La perspectiva pro-capitalista alude a la especificidad de la tiranía política y “oligárquica” como excepcionalidad de la esencia capitalista del comunismo y de su perversión; mientras ensalza al capitalismo liberal con fuertes leyes antimonopolio (que por otro lado son falsedades propagandísticas sin reflejo empírico, desde Rockefeller a Gates o Bush)... pero esta invocación de la política y la dictadura como causa de excepcionalidad de un capitalismo que se entiende universal y sempiterno, ya no puede ser desmontada por una Revolución francesa que margine a una clase parasitaria de aristócratas por una clase burguesa dotada de sus propios medios de producción: en el caso del capitalismo, la clase burguesa por oligárquica y tiránica que sea, únicamente puede desalojarse del poder mediante la expropiación de su inmenso caudal de bienes o capital aplicados a la consecución de poder, el cual está regido por leyes mercantiles.
Esta es la tragedia de la concepción capitalista del comunismo y de la proclamada “solución liberal” a la lacra de la dictadura política como obstáculo para el desarrollo social de los pueblos sometidos a las garras del capital post-soviético y post-socialista. La disolución de la intervención política y dictatorial de la plutocracia ex-soviética no puede ni mucho menos alcanzarse con más librecambio compulsivo y desarme político de la alta burguesía, lo cual sólo haría afianzar más el poder de las oligarquías y la tiranía en un ciclo consecutivo de acumulación, sino con más intervención pública de las fortunas y la propiedad privada, mediante iniciativas antiliberales que allanasen la propiedad privada y su libre disposición en el régimen de mercado libre, lo que sólo se puede instrumentar por medio de una dictadura democrática de aquellos que más perjudicados están por la concentración superlativa de capital en mínimas secciones o clases de la sociedad, incluida las clases intermedias. Incluso si se adujera que una fuerte “clase media” podría revitalizar el mercado libre de la órbita económica post-soviética, se estaría planteando una dictadura en beneficio de la “clase media” para expropiar hasta el grado convenido, intermedio , a los oligarcas, lo que resultaría igualmente en límites al mercado libre y al derecho a la propiedad y a la acumulación de capital (límites a los que se acabarían confrontando los antes pequeños capitalistas), así como a la influencia sobre el estado, es decir, una rehabilitación del socialismo so pretexto capitalista , esto es, un replanteamiento del orden social hacia el comunismo según la mismísima noción de “comunismo soviético” que mantiene la burguesía internacional.
De ahí que las recetas resolutivas que propone el capitalismo occidental para los países ex-socialistas y en general acerca del declive de la situación social en el mundo contemporáneo dominado por la expansión del capitalismo neoliberal no sean más que una entelequia que no tiene más fundamento que los apoyos, avances sociales y la estabilidad que un socialismo reformista en clave de disolución le ha procurado para perpetuarse y para pretextar que el orden liberal y capitalista es capaz de hacer progresar a las sociedades a semejanza de Francia, Suecia o Estados Unidos, cuyos méritos roba a las políticas sociales y de intervención antiliberal en la economía capitalista libre mercantil.
En síntesis, la estrategia del pensamiento burgués destinada a exculpar al capitalismo incidiendo en el carácter político totalitario y antiliberal del socialismo soviético no redunda en otra cosa que en una más intensa redefinición del conflicto irreducible entre capitalismo y comunismo, en la ratificación de la función incompatible del comunismo como fuerza socializadora del valor acumulado en minorías con intereses globalmente contrapuestos a las mayorías sociales; esta mayor concretización dialógica está alentada por el empeño de la burguesía por desplazar las causas de los estragos sociales del capitalismo liberal o totalitario al socialismo universalmente concebido, utilizando para ello el socialismo y comunismo soviéticos, el más afectado por la represión capitalista totalitaria y el más tergiversado, además de manipulado para servir de sostén al capitalismo emergente en Rusia y demás países ex-socialistas. Ahora que, tras el afán por demostrar que el progreso de la humanidad se logra repudiando el socialismo, y de aquí incluso el socialismo “reformista”, únicamente se puede desvelar el comunismo , en competencia mortal con el capitalismo a lo largo de la historia de la URSS y del siglo XX, como fuente de liberación de la tiranía. La competencia del comunismo con el capitalismo es el meollo del problema, pero ni el estalinismo ni el liberalismo son lo suficientemente “liberales” como para prescindir de su despotismo y tolerar la competencia por el comunismo.
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Las tácticas de hostigamiento basadas en una visión corta y prejuiciosa, y según la epistemología liberal, individualista e idealista, de un comunismo muy neutralizado y reprimido del siglo XX surte sus efectos positivos para la causa comunista actual . Algunos recalcitrantes anticomunistas, por ejemplo los que tanto inciden en la “tesis de la continuidad” entre el régimen liderado por Lenin y después el liderado por Stalin (incluidos los estalinistas, anticomunistas en grado concentrado), han estado tanteando los vínculos de transición al estalinismo en los años veinte para intentar derruirlos moral, histórica, científica y filosóficamente concentrando su propaganda hostil y anheladamente “desmitificadora”, aunque no encuentran eco ni necesidad urgente. No existe peligro “ideológico” por el momento, más que para los capitalistas más neuróticos o intuitivos, de que el movimiento comunista se revitalice sobre los principios de un comunismo aún inocente en aquellos tiempos, coherente e incólume en términos políticos e ideológicos como aquel de la Revolución de 1917 y tan distinto al pretendido “comunismo” después alienado bajo el estalinismo y el imperialismo. Al capital (sus paladines o agentes) de hoy le atemoriza más la experiencia de los últimos 60 años, y le seduce mucho más desbaratar cualquier propensión a la social democracia o al socialismo regulador, a la economía planificadora, al estatalismo o sistemas mixtos y nacionalizadores del estilo que fue la norma en el mundo del siglo XX y que aún se mantienen descaecidos, que combatir alternativas que considera grotescas e “imposibles”; además el capitalismo intelectualmente no termina de concebir que el marxismo y el comunismo están mucho más sincronizados con casi cualquier tipo de capitalismo, cuanto más genuino aún más imbricadamente, y cuanto más fuerte y pagado de sí mismo es dicho capitalismo en la realidad social.
“No termina de concebir” significa que los burgueses de hoy viven confundidos por su propia potenciación de la mentira y negación históricos, de sus propios escrúpulos a comprender el marxismo o el comunismo, porque no están comprometidos ni impulsados por motivos de supervivencia, ni con la necesidad de muchos por alcanzar para ello la justicia social, sino más bien al contrario, empeñados en sepultar la posibilidad de justicia social. Aún así empeñarían a sus lacayos en la misión de socavar también esos hitos, como ya lo intentaron tras la disolución de la URSS con motivo de pulverizar las bases fundacionales de dicho estado y sistema, campaña que por cierto apuntó a una versión ya desvirtuada y poco sustancial del comunismo y los eventos del 17 (lo que hasta cierto punto ahorra trabajo a los comunistas sucesivos). Pero sobre todo por un motivo determinante no lo hacen, un motivo paradójico y perverso hasta cierto límite para consigo mismo, para con su propio sistema, y es la aspiración profunda a que la alternativa al capitalismo salvaje sea lo más parecida a una versión moderada y domesticada del tipo ideal resumido de socialismos conocido a lo largo del siglo XX... Porque este socialismo es capaz de mantener activo y protegido al capitalismo, mientras que los objetivos y expectativas del marxismo ortodoxo y coherente y de las experiencias de las revoluciones de principios de siglo XX en Europa constituyen una seria alteración del orden y recursos de perpetuación capitalista dimanado de la segunda mitad del siglo XX y que como demuestran los hechos, no han supuesto más que la permanencia del capital como régimen dominante.
El capital y el socialismo que se forjaron en el siglo XX son subsistemas en conflicto variable pero complementario en definitivas cuentas, elementos de un orden dominado por el capital en el que la variante socialista cumple un papel funcional en beneficio del capitalismo y la sociedad burguesa; es un orden denostado por la ideología capitalista pero familiar, conocido en su mecánica, cuyos parámetros y evoluciones están bajo control, en el que refugiarse en tiempo de crisis capitalistas y del que resucitar como burgués suponen un coste previsible positivo ante “males mayores” (el socialismo con vía directa al comunismo). Esta noción del socialismo como recurso está de manera quizá disonante, simbólica y anómala en la ideología capitalista contemporánea, pero está como opción estratégica inconfesada y expresada en muchas formas armonizadas con la primacía del capital.
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Tabulizar al comunismo, marginarlo como entidad inexistente es la orden; y en este sentido, mientras el capital se extiende en la sociedad con sus crecientes costes y hecatombes, la burguesía y sus diligentes expertos van preparando no sólo la Utopía o, si se quiere, el “mercado perfecto” con sus emplastos correctivos, sino también la oposición o alternativa eventualmente tolerada, el régimen alternativo ideal para el caso en el que la Utopía libremercantil naufrague estrepitosamente con gran probabilidad. Esta no debería ser la opción realmente temida y denostada hasta en los fundamentos (el comunismo), ni mucho menos aquella que se esboza por las vanguardias obreras del XIX y principios del XX, sino aquella que convierte al comunismo en un objetivo irrealizable y vacío, abstracto y onírico, igualmente utópico, que constantemente posponer a un remoto futuro mítico o teleológico; se trataría de una alternativa domesticada, caracterizada por lo hipócrita, Utopía para alienados por la cual justificar todo sacrificio de ilusos oprimidos y cualquier manipulación idealista, sin embargo construida para mayor perpetuación del capital, disimulado ideológica y jurídicamente con sofisticación bajo una montaña de fraude y soborno de masas. Doctrinas como el estalinismo “marxista-leninista” se han confeccionado para este último fin en gran medida. Pero otros como la social democracia, para utopías más rosáceas y benignas, y efectos preventivos anticomunistas con que de paso marcar el comunismo como surrealismo infantil y locura histérica juvenil; o, según el neoliberalismo se va imponiendo, para vagas doctrinas socializantes y adaptativas al estilo del “comunitarismo” de la Tercera Vía, dentro de las variantes del socialismo burgués más reaccionario y, del neo-nazismo en ciernes en cuyo desarrollo teórico trabajan desde hace años A. Giddens y R. Dahrendorf, los cuales se cimentan con prepotencia en la supuesta certitud del fracaso y horror del marxismo: pan y circo para quien aguante las fasces. Dahrendorf titula de una manera sugerente sus propuestas: "En busca de un nuevo orden. Una política de la libertad para el siglo XXI" (2005). Libertad, sin justicia habría que añadir. Un título que no tiene desperdicio para intuir ese futuro régimen neo-nazi que acecha, de mínima renta de subsistencia asegurada condicionada a leyes e imposiciones con "efecto cohesivo propio de las ligaduras" (íbidem); fase superior de la Tercera Vía o "Nuevo Orden" al que el liberalismo tiene que acudir como antídoto represor cuando las mayorías no soportan más el capitalismo libremercantil y comienzan a invocar el socialismo. En esta "oposición" espuria, eventual, que no obstante se intentará reformar a su vez, evitar en tanto que “oposición” por todos los medios, el capital se siente seguro a diferencia del comunismo, del socialismo de clase proletaria, centralista, planificador, revolucionario, antiburgués y antimercantil, autónomo en su huída sistemática de los intereses del capital.
La preferencia por una oposición domesticable y ya estudiada y experimentada, vencida , significa invertir en propaganda y estructuras favorables a este tipo de aparente “alternativa”, también idealmente trazada en el cogollo actitudinal de las clases dominantes y difundida generosamente por los medios de comunicación del régimen: “Atención, quién esté fraguando una conspiración contra el maravillosos sistema capitalista dominante en expansión sea tan amable de optar por unos objetivos alternativos según los patrones del socialismo definido por el siglo XX y si no, aténgase a las consecuencias”... En las representaciones simbólicas que el sistema dominante confecciona para consumo de masas oprimidas y quejumbrosas aparece en consecuencia, en las pocas ocasiones que lo hace, una Revolución Socialista Soviética ya rediseñada por el estalinismo o por sucesivos regímenes de la URSS, o por las ideologías conservadora, neoliberal o fascista occidentales que malintencionada, inconsciente y anacrónicamente utilizan los contenidos, nociones y prejuicios, las dramatizaciones sublimatorias, y los acontecimientos e interpretaciones “naïf” o manipuladas por dictadores, a veces por ignorantes etnocétricos, de todas las épocas y socialismos posteriores a la Revolución. “Romanticismo” (a su vez también adulterado), desorden, desahogo de chusmas oprimidas, rebelión de pobres alocados, improvisación, dictadura, manipulación de los comisarios políticos, totalitarismo, crueldad con la familia imperial, robo y saqueo de bienes privados, arbitrariedad, cinismo infinito, disciplina de “robots”, perfidia comunista hacia los crédulos trabajadores, sacrilegio, golpe de estado, tiranía, fanatismo, censura, culto a la personalidad, fraudes electorales, privilegios de líderes y burócratas... Todas la montaña de injurias y sandeces de Hollywood respecto a la Revolución Soviética, la literatura orweliana que ensalza el liberalismo (Orwell describió la deriva actual del capitalismo muy bien en 1984 ), y referencias de historiadores académicos con errores tan básicos que los descalifican, los conferencias y los comentarios de periodistas indocumentados, las exiguas, legendarias nociones arquetípicas de la gente común y de políticos neoliberales neonazis, de la Europa ex-socialista y de Occidente al respecto connotan un solo objetivo: a) confirmar la empatía limitada en las facetas insurreccionales y antisistema de la Revolución como rebelión de los oprimidos, y b) asociar a dicha actitud un orden alternativo de mayor y máxima represión y explotación, para c) reafirmar el orden liberal tendente a “b”... con lo que si los interesados están por apoyar un acto de rebeldía contra el orden dominante capitalista corriente, están destinados a aceptar un orden de máxima explotación como consecuencia a su acción subversiva contra el capital, y en consecuencia, deberían revalorizar el régimen de opresión corriente. Esto es, la renuncia a la norma impuesta, significa una norma intensificada de lo mismo como coste o castigo, subsiguiente a la renuncia a desafiar a la explotación impuesta. Y la razón es que los esquemas psicosociales de la burguesía contemporánea están en fase con los que perfilaban el socialismo del siglo XX para provechos de las clases dominantes, según la fórmula “protección social imprescindible” a cambio de “explotación tolerada”, que en el riguroso mercado libre se expresan según la ecuación: remuneración a cambio de transigencia con explotación (mercantil, política, cultural, laboral, sexual, etc.), relación que se intensifica en función de la acumulación de capital y la competencia mercantil.
Para el burgués contemporáneo no hay comunismo en la concepción real o quizá marxista del término, en sus psicologías no cabe más fin que la explotación, el marxismo siendo un medio más de manipulación de conocerse; sino en cuanto a la significación de un orden en el que unos capitalistas han fagocitado a otros muchos burgueses en competencia y se han hecho con un monopolio económico y con el estado imponiendo su ley para obtener más beneficio a costa de la redistribución de unas recompensas sociales mínimas. Esto es malo para la “libertad de los individuos”, por supuesto, pero es a lo que el burgués consagra su existencia absoluta, ya sea en su dominio privado y en lucha contra los asalariados, burócratas y otros burgueses, ya sea comprando el estado, asociándose a otros burgueses hasta en líneas colectivistas, apoderándose del estado y estrechando las libertades del resto de la sociedad civil para aumentar sus ganancias y poder arbitrario, y esto, junto al soborno social y el apoyo de otras categorías sociales depredadoras que puedan haber en el entorno, es la senda del fascismo. Donde el disconforme con el régimen capitalista corriente halla satisfacción en los contenidos destructivos de las representaciones burguesas de insurrecciones y socialismos, pero no en sus consecuencias imaginarias, el burgués se siente aterrado con los relatos de rebelión, y... fascinado por los desenlaces, extremos de coacción y erradicación de libertades de los trabajadores, apropiación de poder, despotismo, privilegios restringidos, reconstitución o sustitución de jerarquías, etc., donde la propiedad privada y el clasismo se mantendrán preservados de facto, bien imbricados en el estado, bajo el cinismo con que presentan la retórica ideol&o