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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.

UNION SOVIETICA EUROPEA

 
(U. S. E)
Actualizado: 29.01.2007· Año VI

REFORMISMO

Crímenes del socialismo "moderado". Lo que los socialistas anticomunistas omiten

Es frecuente entre aquellos que se declaran socialistas o social-demócratas justificar su aversión al comunismo sobre el argumento de su carácter homicida, aversión fundada en la “evidencia” de la experiencia histórica “real”. El socialista ordinario y vulgar, ufano de sus autoproclamados principios “solidarios” y “tolerantes”, “democráticos” y “humanistas”, desdeña al comunista por su talante “radical”, “intransigente” y, ante todo, por la “imposición violenta” y masiva que, presuntamente, es el método del comunismo. El socialista corriente percibe, sin lugar a dudas, una espeluznante versión del fascismo, del totalitarismo más asfixiante y letal para la humanidad, en el comunismo. Los socialistas, e incluso algunos comunistas acomplejados y alienados, compañeros de viaje de la social-democracia, y pertinaces convencidos de su misión de renovación del comunismo para conducirlo a la “bondad” y al “rostro humano” del socialismo respetable y del social-liberalismo, actúan a la manera de auténticos infiltrados, inconscientes o no, de los aparatos partidistas comunistas en disolución, y alegan sin desfallecer, como si de un dogma innegable se tratase, que el comunismo está inextinguiblemente estigmatizado por su complicidad con el estalinismo y sus “crímenes”. Y, como algún sitio consagrado a la renovación de la izquierda en Internet asevera sin el más mínimo rubor, esta “contaminación estalinista” que hace aparecer al comunismo como indeseable ante la opinión pública, además, hace más vulnerable al comunismo porque, dicha connivencia pasada con los crímenes del estalinismo, es atizada regularmente por los medios de comunicación capitalistas... Y aún más, esta es la lógica de “combate” de los socialistas ordinarios: “Como mi partido no puede ocupar el poder embaucando a la plebe con las monsergas de la caridad socialista (porque nadie se fía de sus propósitos tras décadas de farsa) me presento como pro-capitalista al descubierto, sin más triquiñuelas, seguro de que ya no hay competencia por parte de esos molestos comunistas bajo control, desacreditados, debilitados y marginados y a los que se les achaca el fraude, en el mismo paquete que el socialismo" –es la táctica que apenas se oculta en esta pérfida bancarrota moral del socialismo burgués.

Es la ideología de los Kautsky contemporáneos, que son legión, fruto de la economía del sector servicios y el endoctrinamiento de masas en grado de educación “superior”, y por los que cientos de miles de petulantes y pobres muertos de hambre universitarios, a duras penas se llevan un jornal por multiplicar hasta el infinito la letanía anticomunista y social fascista del socialismo oficial contemporáneo, caracterizado por su escape y disolución del mismo socialismo. Eso sí, todos estos psitacistas en la más honesta creencia de formar parte de los elegidos, de los que dirigen los destinos de la sociedad. Estos profesionales de la traición envanecida (que llaman individualismo) y el oportunismo revisionista, son lo más degradado de la subclase trabajadora contemporánea, auténticos lumpen de cuello blanco, y sobre todo esclavos atávicos del amo capitalista adaptados a los tiempos que corren, desde el inicio de la contrarreforma neoliberal o “involución” neoconservadora en los setenta.

Participan de una ideología que coincide con la de socialistas aún más “pragmáticos y modernos”, esto es, “liberados” del “socialismo”, más a la derecha dentro de los partidos socialistas, tanto que finalmente ya, ni siquiera utilizan para nada el prefijo “social” y prefieren la denominación de “liberal-demócratas”. Y que hasta llegan a reprochar con decisión lo que les parece un “drama suicida” del “cripto-marxismo” (expresiones usuales de los renovadores liberal-progresistas de la izquierda) que “padecen” algunos militantes del socialismo actual. Porque, según su argumentación, ese cripto-marxismo “momificado” acarrea la pérdida de convicción y estima entre la mayoría de la población con una ideología más “moderna”; por esta supuesta “evidencia” de alejamiento de la realidad de las mayorías ciudadanas ajenas al marxismo del XIX –advierten crispados (por ejemplo Alain Touraine)-, de la probabilidad de que los electorados de Francia, Alemania o Italia terminen en manos de la extrema derecha a falta de algo mejor y más adaptado a los tiempos actuales en la “izquierda”. Es decir, que según la lógica de estos ultramodernos “viejos socialistas”, “evolucionados” desde el socialismo ultrarreformista, el pueblo europeo denosta el marxismo del XIX y suspira por el liberalismo del XVII... o por el nazifascismo del XX, sin duda aún más “moderno”. Esta es la “lógica” de combate y oposición a la perversión capitalista y al liberalismo rampante que propone la evolución reformista socialista, la lógica de correr detrás de la derecha que se radicaliza, o directamente, de adelantarse a la derecha en su carrera al neoliberalismo globalista medieval de corte veneciano. Estos son los que dominan los destinos de los partidos socialistas continentales, los Strauss-Khann, S. Royal, Zapatero, en su momento Blair, Shröeder, etc.

Esta gavilla de despreciables anticomunistas está tan convencida de su misión y clarividencia respecto al marxismo, de su superioridad histórica sobre el comunismo (da hasta vergüenza describir esta clase de especimenes), que cuando se refieren a ese 9% de votantes de la “extrema izquierda”, por ejemplo en Francia en las últimas presidenciales (omitiendo que en anteriores legislativas alcanzaron más del 14%), suelen argumentar que esa masa de votantes “no sabe realmente lo que votan ni el programa de los partidos de la extrema izquierda”, o que “a Besancenot se le vota por su carisma o simpatía”. Es una opinión constante pero chocante, más cuando es sabido que los militantes más eficientes del PS francés provienen frecuentemente de los partidos comunistas, y aún más chocante e innegable, que el PS sólo toca el poder supremo del estado por primera vez en los ochenta, no sólo por el “carisma y simpatía” de Mitterrand, sino ante todo por el trasvase masivo de votos desde la base electoral del PCF al socialismo reformista, y por un principal motivo: el voto útil. Habrá que reconocer que, verdaderamente, los comunistas que votaron al PS tampoco sabían qué votaban en el PS. Aunque la opinión particular del que redacta estas líneas es que, dicho electorado comunista, ciertamente, no barruntaba ni lo más mínimo la hez que en ese período alzaba al poder; y por el contrario, una juventud y electorado que en estos últimos años de saturación hasta la náusea de propaganda, coacción, alienación y persecución del comunismo, debe estar bendecido por una capacidad de inteligencia crítica, de realismo y algún grado de decencia, así como alta moral y capacidad de lucha, que sólo bajo un estado de delirio se puede correlacionar con el PS o la social democracia que, por otro lado, no han resistido en sus postulados tradicionales socializantes sin venderlos, ni un lustro tras la caída del Telón de acero.

Los textos escolares franceses, verbigracia, reúnen fascismo y comunismo bajo idéntica rúbrica de totalitarismo. La idea desarrollada por Kautsky, el renegado social demócrata que vendió su “alma” por un lugar en la poltrona (ver más abajo), es hoy convención, pensamiento único, lugar común en la izquierda y lo que queda de socialismo, como no podía ser de otra manera: esa convención es uno de los pilares de la ideología del neoliberalismo triunfante, coherente con las circunstancias de fragilidad del socialismo a las que ha contribuido el mismo socialismo retrógrado y reformista, contrarrevolucionario y anticomunista. El comunista es una “bestia” totalitaria y antidemócrata, un criminal político, un genocida polpotiano, y hasta culpable del racismo y de la xenofobia, o del auge de Le Pen en Francia, se dice con fruición, y los socialistas antisocialistas rubrican, sin recordar que su partido tiene algún resultado electoral significativo gracias (pecadillo original) a la transfusión de voto comunista desde 1980: la contabilidad no engaña por obvia: lo que pierde el PCF lo gana automáticamente el PS, y lo que pierde este último con la irrupción con fuerza del FN tiene en parte que ver con las defecciones de la derecha y el moderantismo social-demócrata del PS en esa misma década de fuerte polarización política. Así como la democracia cristiana, abiertamente neoliberal, de Bayrout en los comicios presidenciales de 2007, o los líderes prominentes del socialismo francés reclutados por Sarkozy como ministros, provienen del PS. Hoy es más obvio que nunca cuando se observan los recorridos de la historia política europea y las afirmaciones anejas: el marxismo es una “momia”, un “anacronismo” decimonónico y “reaccionario”, cacarean los social-liberales ultrarreaccionarios, sin darse cuenta que su cantinela y ellos mismos están envejeciendo desde que M. Thatcher impusiera la contra-reforma conservadora liberalizando los mercados financieros y ahogando al bloque “socialista” fuertemente endeudado. Hoy el marxismo es descrito por estos filisteos como un vestigio del pasado, y cuando los social demócratas no podían alegar esto porque el socialismo y el comunismo en el mundo estaban tocando poder por primera vez en la modernidad, alegaban directamente que se trataba de totalitarismo antidemócrata, la negación de la libertad, en línea con los asertos del economista radical liberal von Hayek y la demás carcunda.

Hoy por una razón, ayer por otra equivalente, los social-liberales y social fascistas del socialismo oportunista están nerviosos porque el marxismo no desaparece como habían elucubrado. Es agradable subrayar eso, porque esa es la clave de su decrepitud ingénita, su verdadero pecado original: son los mismos, empeñados en la misma batalla, desde antes de que Marx escribiera, desde que guillotinaran a Babeuf, desde que aniquilaran a los diggers y levelers, la misma estrategia, idénticos fines embaucadores; aquello que les descubre como impostores, como factor precedente trascendental a todo el asunto, el fenómeno primitivo, el origen del problema: están en la base de la injusticia plurisecular, son los que han pretendido sojuzgar a los que hasta hoy han pretendido manumitirse de su yugo y alienación, de su farsa masiva construida para perpetuar al amo, la dominación clasista, el mal, la explotación y el dolor con que inauguran la historia como lucha de clases. Ellos son los reaccionarios genéticos y estructurales, la anomalía antediluviana que no acaba de agonizar.

Todos estos socialistas que hoy proclaman la prioridad absoluta de lo nuevo, junto al pretexto demócrata, ayer utilizaron el pretexto del principio democrático también para socavar el socialismo naciente y tangible, y hoy lo utilizan para lo mismo, como si el socialismo reformista y el capitalismo se hubieran inventado en los setenta, o para sin ambages perpetuar el capitalismo, y eventualmente, cuando no haya obstáculo socialista porque en nombre del “socialismo” lo hayan dinamitado, arremeterán contra la misma democracia, porque la masa sin recursos sociales a su disposición será incapaz de resistirse a la tiranía. Entonces los “liberal-demócratas” se quedarán sólo con la palabra “liberal”, y aún más tarde, cuando la llamada “libertad” sólo se acapare por unos pocos capitalistas, los “liberales”, antiguos social-liberales y demócratas, predicarán la originalidad innovadora de la monarquía absoluta como ultramodernos leales cortesanos... Esta es la tendencia y vocación de los “trepas”, si es que la Historia no implica una voluntad muy distinta entre los renglones torcidos con los que se expresa.

El simple socialista de todos los tiempos, particularmente de las últimas décadas, ha concebido el comunismo como un recurso aliado inseguro, poco fiable. Si la existencia del movimiento comunista le permitía afianzar su protagonismo, de varias maneras, en el panorama político de cada país, no por ello los socialistas han practicado una estrategia de corrosión de dicho movimiento con el fin de recabar los votos de los partidos comunistas, blandiendo el argumento de moderación y supuesta racionalidad, y aprovechándose de la superstición estigmatizadora del extremismo atribuido a dichos comunistas; sino también para proteger al sistema dominante y a las clases burguesas, directamente, de avances expeditos en dirección del mismo socialismo. Socialistas, pero no excesivamente. Pues un exceso de socialismo, termina indefectiblemente, en comunismo, y el comunismo es sólo deseable como ingenua fantasía. Así, Marx, nos previene ya en su Manifiesto de 1848, de todas las variantes de socialismo existentes hasta la fecha, y que siguen siendo, en grandes rasgos, las mismas de hoy, con la salvedad del “socialismo alemán”, que evoluciona a las formas de socialismo más originales y lamentables del siglo XX (las nacional-socialistas). El socialismo está tan adulterado hoy en día, y ya desde el comienzo del XIX, que no es posible al reclamar su nombre, más que repicar en la inanidad. Declararse socialista es declararse muchas cosas y casi nada. Hasta el liberalismo más acérrimo se ha adornado de ribetes socialistas: el “social-liberalismo” es el ejemplo más prominente.

Ese que frecuentemente ensaya poses de gran teórico del socialismo español actual, el Señor Presidente del Gobierno español, denominó su “doctrina” político filosófica como “socialismo libertario”, no precisamente para incidir en la libre organización colectivista que proclama el anarquismo cuyo método es el “comunismo libertario”. Al contrario, con lo de socialismo “libertario” se pretendía aludir a la conversión de las relaciones humanas en relaciones mercantiles liberales, según las ideas de teóricos como Robert Nozik, esto es, extremar la socialización del liberalismo, y la entrada de la masa social y la civilización completa en el orden neoliberal, que habrá de utilizar el estado como palanca y sostén de la liberalización, cuando el mercado de por sí, no es operativo para ello: Es un fiel reflejo de la redefinición del neoliberalismo en los años 30 (por ejemplo, en las Conferencias Walter Lippman en París), cuando la utopía liberal (y la triste realidad del liberalismo aplicable) estaba sufriendo severos golpes en el mundo. El resultado es visible hoy en España: el país donde unas aspiraciones semejantes, verdaderamente, están llevando a la descomposición involutiva y a la crisis capitalista a la población española como jamás antes en la historia y en la Europa más desarrollada. (No es el lugar para aclarar esta situación, pero se pueden consultar los indicadores estadísticos del país y los retrocesos en el frágil estado de bienestar social desde la entrada en funciones del Gobierno de Zapatero. Algunos indicadores han retrocedido a niveles de la época de Felipe González o al año 1995, mientras que los derechos formales y la descentralización, típicos del ultraliberalismo, se han multiplicado para mayor goce de minorías burguesas y vinculadas a la cultura burguesa.)

Hasta tal punto el socialismo se ha convertido en una forma de charlatanería populista en la que cabe cualquier fraude y antítesis incoherente, que los autores del Manifiesto deciden identificarse con el término “comunismo”, al ser los defensores de esta doctrina, desde mucho tiempo antes al 48, los únicos que no se habían desdicho de sus objetivos ni falseado sus principios, o colaborado con el enemigo de clase. Esta operación terminológica se repite en la inflexión del siglo XIX-XX, cuando círculos de la social democracia revolucionaria rusa llegan a la conclusión de que no es posible identificarse por más tiempo con la evolución de la social-democracia empeñada en desestimar el marxismo, establecer alianzas estructurales de clase y, finalmente, arrastrar al proletariado europeo al Gran matadero, o Gran negocio de capitalistas sin el menor escrúpulo.

 

La participación del socialismo reformista en la mayor carnicería humana hasta la fecha

¿Qué ocurrió con el socialismo en los años precedentes a la Gran Guerra? Cada vez hay que hacer más esfuerzos para recordar las políticas y actitudes teóricas del socialismo de preguerra, al comienzo del siglo XX, y no sólo porque esos tiempos sean ya lejanos: el Egipto antiguo, 5.000 años atrás, es muy popular y divulgado, mucho más conocido por el común de los mortales de hoy que las circunstancias que condujeron a que el movimiento socialista o social demócrata participara activamente arengando y guiando a millones de afiliados y simpatizantes a su homicidio a gran escala en la I Guerra Mundial. Hoy, la historia de los crímenes políticos está obsesivamente centrada en la denuncia, descrédito y tergiversación del comunismo, en la humillación de los comunistas. Pero nadie, apenas, quiere hablar de lo que fuera uno de los fraudes más espectaculares y trascendentes para el futuro de la humanidad: la traición de los partidos socialistas convencionales a la revolución socialista y a los intereses de las ciudadanías más humildes del continente, la traición al antimilitarismo pacifista, y al contrario, su connivencia directa con los crímenes masivos y a gran escala, auténticos democidios inauditos, que se materializaron por el capitalismo, dentro de su cuadro organizativo e ideológico nacionalista e imperialista, a partir de 1914. En efecto, con los desacuerdos que conducen a la disolución final de la II Internacional, tras la unidad estratégica de la clase trabajadora centrada en sus intereses específicos como clase en pos de su independencia, hasta el abandono de las tesis marxistas que habían llegado a prevalecer, y la renuncia abierta al internacionalismo, el socialismo europeo, esto es, los partidos socialistas y social-demócratas, se transforman en nacional-socialistas... no quizá siempre nominalmente o de jure, pero sí de facto .

La I Guerra Mundial tuvo un coste de casi 10 millones de jóvenes reclutas, la “crema” de la Europa optimista de la Belle Epoque de entonces, pero exaltados en la pre-guerra en la violencia hasta convertirlos en sádicos abyectos asesinos, a la vez que en las víctimas más desgraciadas y dignas de compasión. Otros 20 millones de mártires civiles fueron masacradas con la misma bendición de los partidos socialistas que elevaron la filosofía de la “union sacrée” a dogma del inquebrantable sometimiento a los intereses de la patria, una patria que encubría el expolio de los trabajadores de los países designados por los negociantes, generales y burócratas como rivales, y el lucro sin compasión de sus capitalistas y explotadores burgueses, cuyas familias brillan hasta hoy por haber acumulado entonces suculentas fortunas sobre un océano de sangre, asfixia por envenenamiento y mutilación. No sólo hubo matanzas en las trincheras. Se produjeron ejecuciones de civiles de pueblos enteros, muertes por epidemias como el tifus o el cólera, y también persecuciones de activistas antibelicistas, represión de sindicalistas y obreros revolucionarios, de huelguistas o de simples campesinos que veían como los invasores o las propias autoridades confiscaban sus cosechas, si es que no se las habían carbonizado...

El hambre fue generalizada y la destrucción sistemática; hasta los cimientos de las infraestructuras, con el fin de promover nuevos pedidos con que enriquecer a los negociantes o financieros. Estos desmanes en cuyo fomento, exultantes y borrachos de patriotismo, participaron los socialistas abrumadoramente adeptos al más virulento nacionalismo, en el continente presuntamente más civilizado, Europa, condujeron probable e indirectamente a la llamada “gripe española”, la cual se sospecha una mutación vírica emergente en un medio favorable, esto es, justo en ese medio que corresponde al de la Gran Guerra y posguerra, caracterizado por la vulnerabilidad inmunológica de más que un continente entero, debilitado por el hambre, la ruina de los servicios sanitarios y la podredumbre de las trincheras, en cuyos fríos barrizales los seres humanos eran triturados por la metralla de la munición, los escombros y la basura, y los mismos huesos de sus compañeros reventados. Treinta millones más se calcula que costó la pandemia.

Mientras social-demócratas como Bauer maquinaban la tergiversación del concepto marxista de “modo de producción” con el propósito de objetivizar y cohonestar el etnonacionalismo más pornográfico con las aspiraciones más honestas al socialismo, acaecieron las batallas más sangrientas jamás vistas hasta ese momento en la historia: balances de 600.000 bajas en Verdún u 800.000 en el Somme, en una sola batalla, se hicieron una realidad difícil de concebir para los oficiales más eruditos de la historia militar. Pero nadie recuerda que los comunistas, también entonces, luchaban y fueron perseguidos por su intento proclamado de levantar a los trabajadores, soldados y campesinos, las mayores víctimas, de Europa contra ese infierno autodestructivo. Y así hoy, los comunistas pasan por “totalitarios homicidas”, y los socialistas por “moderados afables”, respetuosos demócratas, lisonjeros filántropos, simpáticos humanistas y bienhechores ajenos a una de las matanzas, la de la Gran Guerra, cuyo cotejo haría palidecer de estupefacción al mismo Josif Stalin.

 

El aplastamiento criminal de la Revolución socialista en Alemania

Socialistas evolucionistas y reformistas como Kautsky, reaccionaron con insidia colosal cuando Lenin les acusó de traidores al socialismo y a la clase trabajadora, y les desenmascaró como colaboradores del holocausto capitalista de la Gran Guerra. Berstein o el “renegado” Kautsky, votaron los créditos de guerra del expansionista Imperio alemán como legítimo defensismo. Diez meses después de comenzada la guerra, estos social-demócratas o socialistas moderados firmaron un documento pretendiendo volver a los principios pacifistas e internacionalistas de preguerra, contra los líderes defensistas del SPD. Estos traidores, si se tienen en cuenta las circunstancias, sólo lo hicieron porque previeron a tiempo la vía por la que discurrían los eventos: la revolución alemana estaba pendiente de un hilo, próxima y deseada por grandes sectores de la población. Traidores dudosos y no del todo acomodados en el poder, acostumbrados a las alfombras rojas, pero algo menos que otros sicarios de toda la vida de la clase burguesa y de la nobleza feudal germana, no desaprovecharon ninguna oportunidad para continuar en la dirección política haciendo valer su prestigio ya pasado como revolucionarios: el mismo año de 1917 fundan el Partido Social Demócrata Independiente de Alemania (USPD) opuesto a la guerra, a un año de que la beligerancia del Imperio germánico encontrara su fin con la Revolución de noviembre. Kautsky ocupó un alto cargo en el Gobierno de coalición con el SPD, pero sus aspiraciones al respecto del ahondamiento en el socialismo y en la Revolución eran de lo más sospechosas, por lo que recibió muchas críticas, entre ellas las muy conocidas de Lenin. Kautsky reaccionó a las denuncias de Lenin fabricando la célebre teoría de que la Revolución soviética no era tal, sino un “golpe de estado” antidemocrático, que sólo pudo triunfar por haber contado con el respaldo de una parte del ejército zarista... “Marxismo y bolchevismo: democracia y dictadura” fue el título de una de sus obras de “renegado” oportunista.

Esta laya de demócratas de la muerte, la traición y la explotación de la clase proletaria, estos lacayos sin escrúpulos del amo capitalista, son los socialistas llamados tolerantes, reformistas, humanistas, socialistas... Estos mismos que ahogaron en sangre la Revolución alemana y permitieron a las hordas terroristas nacional-socialistas de las Freikorps liquidar los esfuerzos de la mayoría democrática de los trabajadores alemanes (incluyendo las bases del SPD) por dirigir sus destinos, los mismos que ante los asalariados revolucionarios del Soviet de Munich se subían a la tribuna a detener a las gentes alzadas contra el capitalismo, el feudalismo y la guerra advirtiéndoles de que debían respetar la propiedad privada, al patrón, el mercado libre... La misma categoría de políticos que actuaban a la manera de los Otto Braun, alegando que “el socialismo no se podía construir con bayonetas” cuando sus conmilitones y aparato, el SPD, perseguían y expulsaban a cuantos líderes y miembros se oponían a la guerra imperial del 14, o habiendo enviado al frente al espartaquista Liebknecht, el único diputado al que se puso a disposición del Ejército y su oficialidad reaccionaria, y que poco después fuera juzgado y condenado por su oposición a la guerra, bajo la administración del social-demócrata F. Ebert, como también fue puesta bajo arresto Rosa Luxemburgo. El demócrata y socialista Braun escribía lo dicho sobre los fines y métodos “correctos” del socialismo, simultáneamente a que en el país se desataban las “Huelgas de enero”, con un millón de participantes, y los “Revolutinare Obleute”, y los “Rëute” o soviets alemanes.

Como la verborrea antisoviética y pseudodemocrática no daba resultado para detener la Revolución proletaria, todo el esfuerzo del SPD-USPS se concentró en socavar políticamente, y al final, militarmente, (incluyendo el asesinato de Liebknecht y Luxemburgo), la Revolución alemana surgida directamente del hartazgo popular ante los desmanes de la guerra y la felonía de la clase política “socialista” al servicio de la burguesía alemana. Comenzaron las intrigas, las divisiones, las acusaciones de la derrota, los sobornos, las confrontaciones internas, las difamaciones (“criminales de noviembre”), la explotación del patrioterismo y el sentimiento etno-nacional (presagiando males más siniestros), las alianzas con la derecha (Partido Católico de Centro, Partido Popular Progresista, etc.), el temor, resentimiento y calumnia hacia los revolucionarios, convertidos en cabezas de turco, conque pervertir la lucha de clases, y al fin, el putch de Hitler de 1923.

Y el “renegado Kautsky”, el mismo que difamó y ninguneó la Revolución rusa con el argumento de presuntamente haberse realizado mediado un golpe de mano militar, argumentó de esa forma cuando curiosamente, aquello que le condujo a él a la subsecretaría de estado de asuntos exteriores del gobierno revolucionario de noviembre, fue el amotinamiento de los marineros de los mayores buques de la armada alemana de guerra en plenas maniobras ofensivas: los motines del Thüringen y el Helgoland, o “Motín de Wilhelmshaven” –desobediencia de la marinería que, dicho sea de paso, frustró los planes alemanes de continuación de la guerra mundial, exactamente como ocurrió en Petrogrado cuando el acorazado Aurora lanzó la salva que señaló el inicio de la Revolución rusa... Para colmo, no fue el Comando Supremo (alto mando dirigido por Ludendorff) ni el Señor Supremo de la Guerra (el Kaiser) quienes exigieron o forzaron la prosecución de las hostilidades... Al contrario, las máximas autoridades imperiales y las fuerzas armadas intentaron una salida honorable a lo que Ludendorff describió como una capacidad de resistencia de 24 horas. Gobierno y Ejército Imperiales pretendían evadir sus responsabilidades por la derrota evidente, traspasando el poder al parlamento. Como Hertling, o Canciller Imperial, era un monárquico convencido, el Kaiser Guillermo II nombró Canciller Imperial al liberal Príncipe Maximiliano von Baden, que arregló un gobierno compuesto con los partidos políticos representados en el parlamento, entre ellos el SPD, el mayoritario; partidos que en aquel momento decisivo, aceptaron sin ninguna objeción la asunción de las responsabilidades de la oligarquía imperialista, lo que implicaba la asunción de los graves errores del gobierno de la monarquía constitucional, y que con este respaldo infamante pasó a ser una monarquía parlamentaria. La convicción de los social-demócratas en la operación de recomposición del régimen fue tal que participaron de lleno en el nuevo gabinete de gobierno. Al día siguiente, este gobierno parlamentario ofreció la tregua (que no paz definitiva) a los aliados que Ludendorff, y no los partidos democráticos ni el SPD, reclamaba. El nuevo Gobierno parlamentario y democrático se ocupó de anunciar al país la derrota, lo que sirvió a la extrema derecha y al nacionalismo desde entonces para identificar democracia, social-democracia y parlamentarismo no sólo con guerra, sino eminentemente con mala gestión, derrota y, sobre todo, derrotismo y traición a toda la nación germana. La jugada tendría sus consecuencias años más tarde con la ascensión del nacional-socialismo al poder, sarcásticamente, con el mismo Ludendorff conspirando con Hitler en el golpe de estado fracasado de 1923. Sin embargo, se hicieron cambios constitucionales coherentes con los puntos más relevantes del programa del SPD. Friedrich Eber, el líder del SPD, consideró el 5 de octubre de 1918 como el día en que la democracia alemana nace, el mismo día que el Kaiser cedió voluntariamente los poderes al parlamento... lo cual hacía una revolución socialista y antimonárquica innecesaria. El horizonte de Alemania parecía razonablemente resuelto y, lo más importante, sin tocar lo más mínimo los intereses de los poseedores ni atender a las necesidades de las mayorías explotadas, privadas y martirizadas en la contienda mundial. Era la naturaleza moral y política del SPD.

Cuando el 9 de noviembre los marineros de la armada germana se amotinan, la revolución se extiende en todo el país como la pólvora. Pero, ¿cuál fue la actitud de los socialistas o social-demócratas más paradigmáticos, prestigiosos y legendarios de toda Europa? Antes de la insurrección general, algunas decenas de marineros fueron arrestados en la prisión militar por solicitar mejoras y pago de salarios atrasados. A esta decisión de las autoridades se respondió con la desobediencia de los marineros. El grueso de los amotinados no obtuvo respuesta de la oficialidad. Cuando los marineros y estibadores acudieron a solicitar apoyo al SPD y USPD, en los que muchos militaban, y a los que se unieron trabajadores del puerto y poblaciones de Kiel y Wilhelmshaven, la policía cerró la Casa Sindical, así que el movimiento de protesta se organizó en la calle. El Gobierno (presidido por el social demócrata Ebert) envió tropas a reprimir las manifestaciones de marineros y obreros, cuyo lema era “paz y pan”, abriendo fuego contra los insurrectos y matando e hiriendo a decenas el día 3 de noviembre. Esto provocó que los insurrectos llegasen a sumar al día siguiente 40.000 marineros, soldados y trabajadores, y que las tropas enviadas a restablecer la autoridad se unieran a los rebeldes o se dispersaran. Las instalaciones militares y civiles pasaron a ser administradas por la clase trabajadora y por un primer consejo revolucionario. El diputado Noske, del SPD, fue enviado por el Gobierno a Kiel, donde fue recibido por los ingenuos sublevados eufóricamente; pues la misión de Noske (el que más tarde asumiría de buen grado el papel de verdugo, sin "vergüenza" alguna, de la Revolución en Berlín y movilizaría los escuadrones de la muerte protonazis para la masacre que fundaron después el Partido Nazi) no era otra que la de eliminar el poder del consejo revolucionario de Kiel. Sin embargo, la Revolución había desbordado los límites de Kiel. Los delegados de los marineros y trabajadores alcanzaron muchos rincones importantes del Reich: Hanover, Brunswick, Frankfurt, Munich, etc. formándose consejos de obreros y soldados, lo que forzó la abdicación del rey de Baviera, Luís III, en Munich. La mayor parte de los insurrectos eran militantes o votantes del SPD y el USPD y ni siquiera expropiaron o disolvieron las instituciones del Estado porque confiaban que el SPS lo haría con la ley y el orden desde el Gobierno central. Los consejos revolucionarios sólo pretendían una función supervisora. Pero el SPD y Ebert, sólo estaban tramando la manera de evitar la revolución social, el socialismo. Por eso Ebert no dudó en aliarse con los sectores más reaccionarios del antiguo régimen y proponer unas elecciones parlamentarias cuanto antes, para debilitar la influencia de los consejos obreros, lo que le valió muchas antipatías entre la mayoría de los seguidores revolucionarios del mismo SPD.

Von Baden anotó lo que dijera Ebert en sus reuniones con los oligarcas: “sin la abdicación del Kaiser la revolución social era inevitable, pero que detestaba la revolución social como al pecado”. Pero la revolución socialista avanzaba muy por delante de las intrigas reaccionarias del socialismo del SPD y su líder. Cuando el subsecretario Scheidemann (SPD) supo que el comunista Liebknecht (espartaquistas) se disponía a proclamar la República Socialista, el primero intentó adelantarse proclamando la República desde el balcón del Reichstag ante una manifestación de sus co-militantes, y contrariando los planes de Ebert y la dirección del SPD. A pesar de que Ebert estuvo forzado por los acontecimientos y la sensibilidad del ambiente a una estrategia de cesión, también reconociendo los consejos de soldados y asalariados, consiguió engañar a la mayoría de las multitudes revolucionarias, incluidos ante todo los militantes de base del SPD, y obteniendo la mayoría de los representantes de las flamantes instituciones revolucionarias para su partido. Aunque su estrategia de falseamiento para la eliminación de la revolución fue privándole de cada vez más apoyos populares. La realidad era que estaba tramando con las elites del antiguo régimen y la oficialidad del Ejército Imperial (Pacto Ebert-Groener) la represión violenta de la revolución democrática del 9 de noviembre. Sólo el 11 de noviembre, bajo la creciente demanda de la Entente, pero sobre todo por la constante petición del Comando Supremo de las fuerzas armadas imperiales, el Gobierno provisional de Ebert firmó el armisticio.

Míticas figuras como Bernstein, tras su paso por la escisión antibelicista de la USPD, volvieron (1919) al redil del poder y el colaboracionismo con la reacción imperialista y capitalista cuando dudaron que la revolución socialista no triunfara, o por el empeño a toda costa de que sí lo hiciera, o simplemente por un escaño de diputado. En 1923, la extrema derecha protonazi aniquilaba los últimos consejos obreros y el Soviet de Baviera, y el teórico del socialismo evolutivo y reformista, Bernstein, recibía su recompensa en forma de acta de diputado del SPD del Reichstag entre 1920 y 1928. El mismo Reichstag que sería incendiado por otros socialistas ultranacionalistas que con tanto empeño se fomentaron por, sobre todo, los dirigentes del SPD, para combatir a los revolucionarios y que acabarían tomando el poder. El socialista “centrista”, Karl Kautsky, fue perseguido hasta sus últimos días en los años treinta, por esos nacional-socialistas liderados por Hitler, a los que fortaleció con sus diatribas contra el comunismo y la revolución en Rusia y en su propio país, así como su ambigüedad nacionalista y belicista. Aún hoy los nazis y los más reaccionarios anticomunistas del mundo hacen uso a discreción de sus patrañas para desacreditar la Revolución soviética del 17. (El destino le deparó a Kautsky gran longevidad quizá para que, al menos, tuviera un reflejo de conciencia y meditara su perfidia y su deshonor.) Los líderes socialistas y social-demócratas alemanes no sólo traicionaron de la manera más alevosa y vil la revolución socialista del pueblo alemán, así como la solidaridad internacionalista, sino que pretendieron sustituir el militarismo de la aristocracia imperial y su régimen sanguinario despótico, para prolongar el estado de beligerancia y la matanza de la I Guerra Mundial.

 

Chovinismo de los grandes partidos socialistas de Europa

Pero el lamentable caso de los crímenes del socialismo alemán, responsable de millones de víctimas, no es ni mucho menos único. En Francia los dos partidos socialistas unificados en 1904 (SFIO) por consejo de la II Internacional, lo hacen tras el asesinato del moderado, aunque antimilitarista y opuesto a la guerra, Jean Jaurès, sólo cuatro días antes de la declaración de guerra de Alemania a Francia. Los socialistas galos se adhirieron rebosantes al patriotismo belicista y al Gobierno de unión nacional. En Francia, de una escisión antimarxista del movimiento socialista, capitaneada por Pierre Viteri, surgió el socialismo amarillo, explícitamente interclasista, corporativista y fervientemente chovinista y adepto a la Gran Guerra. En el Reino Unido, el conocido agitador que fuera antibelicista Hyndman y su Partido Socialista Británico, así como los socialistas fabianos, y la mayor parte del Partido Laborista, liderado por Arthur Henderson se adhirieron igualmente efusivos al ardor guerrero nacionalista e imperialista; con todas sus fuerzas organizativas y recursos propagandísticos e intelectuales, y con toda su influencia política, contribuyeron al envío de millones de trabajadores, envilecidos previamente por la arenga al odio, al matadero. En Europa central, el socialismo patriótico conocido como “austromarxismo” fue el resultado del insidioso artificio para fusionar el marxismo y el nacionalismo en un contexto pangermanista, imperialista y violencia militar. Sus representantes y líderes rubricaron la tesis del Anschluss (unificación de los pueblos germánicos), rechazaron la lucha de clases internacionalista y sancionaron satisfechos la beligerancia de las masas sociales en la Gran Guerra: Karl Renner, Victor Adler, Otto Bauer... En el mismo contexto pangermánico y paneslavista están los partidos nacional-socialistas que surgen en el Imperio Austro-Húngaro y la grave problemática interétnica interna en el siglo XIX y décadas siguientes dentro de este Imperio. Movimientos socialistas abiertamente belicistas e imperialistas, así como también con origen sindicalista, laborista, obrero, etc. llegaron a fraguar la idea de la revolución racial tan claramente definida en el nazismo hitleriano que recibiría en herencia el poder de la mano de la social democracia ordinaria: El Partido Nacional Socialista Checo, o el Partido de los Trabajadores Germano-sociales, y también el Partido de los Trabajadores Germanos en Austria (DAP, luego DNSAP, convergente con el alemán NSDAP de Hitler tras la Gran Guerra). Estos partidos también abogaron por el Anschluss. Social patriotas también fueron el ex-marxista Plekanov, Rubanovich, los mencheviques y esseristas o “socialistas revolucionarios” (de entre los cuales surgieron los terroristas contrarrevolucionarios y los sujetos que atentaron contra Lenin, precisamente por su disconformidad con la política antibelicista de la Revolución soviética) y otros en Rusia.

En esta etapa de perfidia doctrinal y de abyección misantrópica democida que culmina en el exterminio masivo de los años del sadismo desenfrenado de la I Guerra Mundial (y el cual hoy, tan naturalmente, se omite por los que tanto abundan en los “crímenes del comunismo”, incluidos socialistas), se siembran los prolegómenos de la subsiguiente etapa de masacre y holocausto que arrasará Europa y el mundo en la II Guerra Mundial. Para completar este panorama seminal es interesante comentar las vicisitudes del socialismo italiano y la radicalización del socialismo, mayoritariamente anticomunista o meramente reticente con el comunismo y el marxismo, en los demás países.

 

Italia: Del fascismo socialista al social fascismo. Masacre capitalista, nacionalista y colonial.

El Partido Socialista Italiano se funda en 1892; hasta la II GM es el partido de referencia del movimiento obrero italiano y sus ideologías principales son la socialista y social demócrata. El PSI se disuelve más recientemente, en 1994, a consecuencia del escándalo de corrupción política a gran escala conocido como “Tangentopoli”, tras las investigaciones judiciales y policiales sobre el Gobierno italiano del que formaba parte. Si bien la actitud del PSI fue de pacifismo y antibelicismo mantenido respecto a la Gran Guerra, hay que destacar dos aspectos: a) en su estrategia y doctrina domina el colaboracionismo de clase con la burguesía, el reformismo y el oportunismo contrarrevolucionario; b) de su ala izquierda (maximalistas) –afiliada a la Oficina de Londres de grupos socialistas (también izquierdista)- y liderada por Benito Mussolini, acabará emergiendo el fascismo. Hay que añadir además, con relación a esto último, que antes de la salida de Mussolini del PSI, la corriente maximalista se convierte en mayoritaria en la convención de 1912 y expulsa a la facción reformista . Sin embargo, volviendo a lo dicho en el punto (a), no hay que sorprenderse de que el PSI en su evolución fuera la matriz del fascismo y del drama sanguinario de la colonización imperialista italiana y la II Guerra Mundial. El carácter de las iniciativas y actitudes de tal partido ya mostraba una clara orientación pro-capitalista de tal tipo que, la Tercera Internacional (comunista), siguiendo los análisis de Zinoviev que identificaban a la social democracia como una expresión del fascismo, resolvió en denominar “social fascismo”: para los comunistas de la III Internacional, la social democracia precisaba del apoyo del fascismo, y viceversa, el fascismo de la social democracia.

Esta reciprocidad queda bien ilustrada en el recordatorio que se ha hecho más arriba de la singladura belicista y “social-traidora” de Ebert y el SPD en el colapso del Imperio Alemán, que delata el balance funesto de la estrategia antirrevolucionaria (contra el ahondamiento en el socialismo) del socialismo o, y social-democracia, esto es, de sus intereses reales, sus tácticas y cuadros instalados en las direcciones de los partidos correspondientes: la consecuencia final y más lamentable fue el debilitamiento fatal de las fuerzas que pudieran contener o suprimir a las fuerzas antagonistas de la reacción capitalista, éstas las cuales toman la forma, tras la eliminación de sus competidores, de nacional-socialistas. Si Stalin convino en caracterizar y denominar como “social-fascista” al movimiento social demócrata y socialista reformista, quizá no fue tanto porque el caso de la evolución del oportunismo socialista italiano que a continuación se comenta giraba en torno a la noción de fascio , sino porque Lenin había reprochado y atribuido literalmente la condición de “nacional-socialista” al mismo Stalin (por ejemplo, a raíz de los acontecimientos del Cáucaso). J. Stalin debió juzgar conveniente desmarcarse todo lo posible del término “nacional-socialismo”, para diluir la identificación hecha por Lenin.

Esto no obsta para que, también el PSI denote dicho balance final (el fascismo y la masacre de la II Guerra Mundial), como también coincida con los demás socialismos reformistas, en general, en los antecedentes al surgimiento del fascismo como fuerza principal de la política italiana; y así, dicho socialismo, queda retratado como antepuerta y muleta del fascismo por las descripciones de Antonio Gramsci acerca de la actitud de dicho partido respecto a las huelgas masivas y revolucionarias del Bienio Rosso.

“La huelga general de los últimos diez días se extendió por todo el Piamonte, movilizando, aproximadamente, a medio millón de obreros industriales y agrícolas, y afectó, por tanto, casi a cuatro millones de habitantes."

“Los capitalistas italianos organizaron todas sus fuerzas para sofocar el movimiento obrero turinés; todos los medios del Estado burgués se pusieron a su disposición, mientras que los obreros sostuvieron la lucha solos, sin ayuda alguna ni de la dirección del Partido Socialista ni de la Confederación General del Trabajo. Aún más: los dirigentes del Partido y de la Confederación se burlaron de los trabajadores de Turín e hicieron todo lo posible por apartar a los trabajadores y a los campesinos italianos de toda acción revolucionaria con la que quisieran manifestar su solidaridad con los hermanos turineses y prestarles una ayuda eficaz.” (A. Gramsci [1984 {1920}]: 83-84.)"

En un pie de nota en las mismas páginas añade:

“(...) La dirección del PSI, no deseosa de cargar con responsabilidades, se inhibió, dejando en manos de la sección turinesa la responsabilidad del ulterior desarrollo. Togliatti y Terracini, que eran los delegados turineses, tras fracasar en el intento de mover todo el partido, tuvieron que reconocer que Turín sola no podía continuar la lucha. Esta terminó el 24 de abril con un acuerdo, bajo los auspicios del Gobierno, que reconocía a las comisiones obreras autonomía en su constitución (...), pero que sancionaba de todos modos con una derrota la cuestión del poder en la fábrica.” ( Ib.)

No era la primera vez que ocurría: el predecesor Partido de los Trabajadores de Italia del famoso Labriola, abandonó al proletariado italiano, al borde de la insurrección, en los años noventa del siglo XIX, excusándose despreciativamente en que se trataba de un brote de “anarquía espontánea”, cuando en realidad el proletariado italiano en lucha actuaba a escala nacional, mientras que fue ese partido socialista instituido y reformista, el que necesitó años más para salir de su postración regionalista. Más tarde, la pérfida inhibición del PSI en la Huelga General de 1920, contribuyó a debilitar el poder socialista y comunista en las fábricas y el peso de la mayoría asalariada de la sociedad italiana (y europea), reforzando de nuevo el poder del Estado, y de la burguesía que lo dominaba y, aún peor, de los partidos reaccionarios que, ante la inoperancia, la connivencia y el oportunismo del socialismo organizado (PSI) favorable al capital, comenzaron a desconfiar seriamente del socialismo “tradicional” u oficial del PSI, y a tener dificultades en discernir entre socialismo del PSI e ideología socializante, nacional-socialista y “antiliberal” del “socialismo” patriótico musoliniano, la reconfiguración del ya entonces neo-fascismo (ver infra). Este se consagró como un movimiento influyente, reforzado por la falta de competencia proletaria y el total apoyo de los medios del estado, los grandes poseedores y financieros, los medios de propaganda, y la misma anuencia pasiva del socialismo reformista. El fascismo se planteaba abiertamente como una “Tercera vía” (sic, cuyo nombre y, probablemente, espíritu recogería el laborista social patriota T. Blair décadas más tarde, con la única diferencia que, para Mussolini la Tercera vía era más violentamente anticomunista, y más anticapitalista que en la noción reinaugurada por los laboristas revisionistas y oportunistas británicos). En 1922 el futuro Ducce se convertía en el Primer ministro de un Gobierno de coalición en el que los fascistas no eran mayoría, pero que estaba formado por los que pocos años después acabarían fundiéndose en el régimen fascista, todos derechistas y enemigos naturales de los huelguistas a los que el PSI retiró su apoyo para reducir su movimiento genuinamente orientado al socialismo, a la nada. Estos derechistas en fase de transición al fascismo incluían nacionalistas, liberales (que en poco tiempo se convertirían en autoritarios estatalistas a favor del capitalismo fascista para perpetuar la libre iniciativa empresarial y el libre mercado), católicos del Partido Popular (la encíclica Rerum novaris de León XIII fue una versión algo más socialista de los principios fascistas interclasistas) y aristócratas y monárquicos. Por añadidura, la oposición antifascista del PSI fue de bajo perfil en la era fascista italiana, lo que condujo a que el Partido Comunista Italiano (una escisión del PSI en 1921) le superase en voto e influencia política a partir de las elecciones de 1948.

Concebir hasta qué punto los agentes sociales oportunistas y manipuladores corrompen el avance al socialismo de las clases subalternas u oprimidas, hace conveniente iluminar el proceso en sus etapas más elementales. En realidad, la perversión de la tendencia al socialismo de las clases oprimidas, es un proceso de expropiación política, ideológica, simbólica, filosófica, organizativa y de cualquier otro recurso social útil, por parte del capital o la burguesía. Que el socialismo sea un laberinto de confusión y perfidia, aún hoy en día, o incluso hoy en día más que nunca, es la indicación más definitiva de la vigencia y utilidad del socialismo, i.e., de la necesidad de su desarrollo... El origen primigenio del verdadero fascismo es más honesto, magnífico y heroico de lo que muchos ignorantes de la historia izquierdistas suponen.

El ejemplo más sobresaliente y elocuente lo constituyó el Fasci Siciliani. Fue creado hacia 1892 por republicanos, socialistas revolucionarios –bastante influidos por el movimiento socialista internacional-, así como demócratas radicales y otras gentes de pensamiento avanzado, en medio del creciente marasmo en la situación de subsistencia de las clases proletarias, artesanas y campesinas de Sicilia. Una de sus características más relevantes es que se trataba de un movimiento marcadamente clasista opuesto a los terratenientes, hacendados y poderosos de la isla, que aglutinaba en un proyecto único a todas las categorías de explotados y asalariados, por lo que era lo contrario al corporativismo clientelista que preconiza como eje doctrinal el fascismo posterior conocido por antonomasia. Se trataba, en su origen siciliano, de grupos de funcionamiento democrático y con absoluta vinculación a la población llana, con autonomía de los partidos políticos institucionalizados, aunque cercanos al Partido del los Trabajadores de Italia; así como liderazgo y dirección unificada e inconfundible vocación socialista (de avance y no retardo). Los también conocidos como “fasci dei lavoratori” fueron asociaciones de trabajadores muy solidarios, participativos e imbuidos de la cultura popular de las clases trabajadoras, por lo que casi puede suponerse que, de no haber sido por la tergiversación terminológica del fascismo imperialista que luego triunfa, y de las clases burguesas y sus agentes social-reformistas, así como por las impresiones dejadas en la psicología social en, y después, de la II Guerra Mundial, la palabra fascio podría contarse entre las muchas otras que designan consejos de trabajadores (soviet, Rëute, etc.). (El capital todo lo compra, aparte de, relativamente, hasta el momento, el “comunismo”.)

Fue el primer ministro italiano Francesco Crispi, el demócrata, “republicano” e izquierdista que renegó del republicanismo y protegió a la realeza y al papado, es decir, una vez más, un oportunista y traidor de primera línea, el que fue llamado al poder por las fuerzas políticas más conservadoras, con la anuencia de los socialistas reformistas y oficiales, para extirpar la revuelta de las Fasci Siciliani y también de la provincia de Lunigiana. El aplastamiento se llevó a cabo sin ahorrar medios: desde la derogación de los derechos constitucionales de libertad de reunión y asociación, hasta la violencia policial y militar, y finalmente el encarcelamiento de miles de líderes, activistas, simpatizantes, simples civiles o presumibles republicanos, socialistas, anarquistas, demócratas, antimonárquicos... En 1994 no quedaba apenas nada de la experiencia del fascismo original. El siguiente fascismo, obtendría el aval, finalmente, por la burguesía, la monarquía, los terratenientes, la mafia, los liberales los primeros, y como no, el papado, los nacionalistas y hasta por los socialistas del PSI que, previamente, se marcharon, esto es, en la fracción de Mussolini en 1914... Porque el fascismo conocido, el que se hizo archifamoso a costa de ahogar el socialismo revolucionario, sí fue dotado de crédito y alzado al poder, y con entusiasmo, recabó el visto bueno de las fuerzas más decrépitas y siniestras de una sociedad basada en el soborno y la coacción, así como en los sectores populares más atrasados.

Teniendo la idea de la unión de los trabajadores y explotados como garantía de fuerza, el fascio gozó, tanto terminológicamente como en su significado, de gran prestigio y valoración en el ámbito popular italiano de finales del XIX. No hay que dejar de repetir que, principalmente, fue con la interferencia directa ulterior del socialismo reformista, contrarrevolucionario y burgués, el instituido, aquel formal, legalista, y condescendiente y amigo del Estado y sus privilegios, antimarxista y social demócrata, que se operó la identificación y confusión degradantes, la división y soborno del movimiento socialista revolucionario italiano del fascio hasta desembocar, de modo espurio, en el fascismo interclasista y reaccionario del ex-socialista Mussolini (militante eximio del PSI) y sus numerosos adeptos.

El socialismo reformista, “evolucionista” y moderado del PSI no quiso aprovechar las energías coordinadas, aunque temidas por amenazantes para el orden burgués, mafioso y terrateniente, del pueblo revolucionario de Italia cuando quizá demostró más madurez en su historia. Como consecuencia, a la clase de los poseedores y explotadores les fue fácil apoderarse del capital social y político del movimiento popular del fascio italiano, transmutándolo en el fascismo que más resuena, desdichadamente, hoy; el mismo que se rediseñó o inventó para salvaguarda y reafirmación del capitalismo y del patrón sobre la vengativa deformación del “no” anticapitalista del movimiento fascista primigenio. Los derechistas y nacionalistas sólo tenían que apropiarse para sus fines de la memoria histórica y la simpatía que levantaba el recuerdo del movimiento de las fasci operai, menospreciado por el PSI, severamente oprimido dos décadas antes por el Estado, y marginal hacia la I Guerra Mundial: la minoría belicista, favorable a la Entente con Francia e Inglaterra, facción autoproclamada internacionalista, y que se escindió de la Unión Sindical Italiana en 1914, tomó el nombre de “Fascio de Acción Revolucionaria” o el “Fascio de Milán” (liderado por Mussolini). En 1919 Mussolini organiza el “Fascio Italiano de Combate”, y en 1921 el Partido Nacional Fascista. En siete años, el fascio escindido del socialismo reformista del PSI ha pasado del internacionalismo socialista revolucionario, aunque, sospechosa y significativamente, belicista, esto es, contrario a toda la corriente revolucionaria marxista antibelicista del momento... al nacionalismo e imperialismo más explícitos, además de a la falsa “oposición” a la monarquía, al estado, al comunismo, al pacifismo, etc. Y como palanca facilitadora de la transición, la perfidia de fondo del reformismo reaccionario y apaciguador del PSI, o “social fascismo”.

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El fascismo no es estrictamente socialismo, pero el socialismo sí está presente en el fascismo como variable. Por esta razón el socialismo que no se empeña en la evolución a más socialismo y al comunismo, es fácilmente utilizable y convergente con el capitalismo, particularmente en su modelo de movilización de masas, modelo nacionalista o interclasista, i.e., en la forma de fascismo. Dicho de otro modo, más fundamental es que, el socialismo, esencialmente el antimarxista y anticomunista, el antirrevolucionario y chovinista, no sólo es un factor siempre limitado, más o menos variable en intensidad en los proyectos nazifascistas, sino que además y según se analizan los hechos relevantes de la historia, contiene en sí mismo elementos procapitalistas, interclasistas y antirrevolucionarios significativos (incluso cruciales) y, subsecuentemente sirve, de modo privilegiado, de matriz para la gestación del nazifascismo. El fascismo corporativista, y el nacional-socialismo pangermano y racista, derivan de las ideologías evolucionadas desde el socialismo moderado, burgués y reformista; son la radicalización de sus expectativas elementales, representan la maduración de sus propósitos en una fase de ulterior desarrollo de capitalismo imperialista, y de conflicto abrupto entre las clases sociales en este régimen.

 

Convergencias entre socialismo moderado y socialismo imperialista

La perspectiva del nacional socialismo en el historiador germano contemporáneo Aly Götz (2005) es brillante, simple, informada, pero repulsiva, para muchos lectores social demócratas, porque, básicamente, destaca una fórmula triunfante de connivencia entre capital y socialismo como explicación de la estabilidad del nacional-socialismo en Alemania, entre 1933 y 1945. Uno de los aspectos más fascinantes de las tesis de Grözt es que no se trata de la descripción del éxito y la popularidad del nacional-socialismo en Alemania por la puesta en marcha de un modelo mixto. No se trata de describir el nacional-socialismo en tanto que la adecuada combinación de ciertas dosis de capitalismo y otras de socialismo, con la consecuente adulteración de ambos modelos en su carácter puro, una estrategia tan conocida y en regresión estos años de neoliberalismo... Götz, lo que parece indicar con mucha audacia es, más bien, que el factor socialista, de bienestar social, del que se vale el régimen hitleriano para sobornar en masa y obtener apoyo voluntario y participativo de la mayoría de la población, no se materializa a expensas del capital dominante, sino que es un instrumento de canalización redistributiva del botín de expolio sobre los judíos, en los comienzos y, cuando comienzan las invasiones imperialistas, de botín de guerra que se acumula con el saqueo metódico de Europa. La cuestión es que, verdaderamente, ni una partícula de las posesiones de la burguesía y aristocracia germanas sufren una mínima erosión y reubicación a favor de la masa social mayoritaria de Alemania, salvo los que se designan como intrusos (los judíos, primera categoría expropiada), y es el resto del mundo o extranjeros no aliados los que son expropiados. Al contrario, las oligarquías son las que más se benefician del reparto del botín con el conjunto de la nación. La fórmula es sencilla: acumulación capitalista rudimentaria, violentísima... y “original”, o lo que Marx denomina “canibalismo capitalista” en las fases primitivas de acumulación coactiva, unido a toda una serie de gestiones económicas ordinarias, y transacciones mercantiles y bolsísticas del capitalismo más clásico y formal, realizadas con los bienes expoliados.

En los siguientes pasajes extraídos de una entrevista con Aly Gözt (El País, 08.05.2005), se pone de manifiesto lo anterior. Aunque además es posible cerciorarse del hecho central, el cual no debe soslayarse en ningún momento para comprender el objeto que ocupa este análisis acerca de los crímenes del socialismo anticomunista, hecho por el que el nacional-socialismo es una consecuencia de sucesos anteriores, que, si no tan excesivos, están insertos en la misma mecánica imperialista y de proyección de la lucha de clases, en las que, como se sabe y se ha explicado más arriba, el socialismo reformista y chovinista de la II Internacional que renuncia a la estrategia internacionalista, y respalda a sus gobiernos nacionales belicistas en la Gran Guerra, resulta un actor responsable crítico junto con la burguesía o el capital de los dramas homicidas de la Europa del siglo XX.

“Respuesta: El Departamento III del Ministerio de Economía, que más tarde explotaría a Europa sin piedad, era el encargado de regular las deudas del Tratado de Versalles. Esa gente aprendió al principio como víctimas, como objetos pasivos del Tratado de Versalles, como ejecutores contra su propia convicción; después enriquecieron lo aprendido con talento administrativo alemán y radicalismo narcisista, y lo aplicaron a Europa, siempre con el sentimiento subjetivo de que se estaban vengando de algo que se les había hecho. Esto jugó un papel, ya lo creo. Pero con un radicalismo y una contundencia que no se pueden comparar con las cargas que se impusieron a Alemania después de la I Guerra Mundial.”

“Esta administración financiera tenía un plan muy claro de cómo financiar la II Guerra Mundial y, por ejemplo, siempre pidió que se cobraran más impuestos a los trabajadores alemanes, al asalariado medio. Sencillamente, para evitar el peligro de inflación, para financiar la guerra con cierta solidez. Hitler siempre dijo que no, que eso no se le podía pedir al pueblo, que buscaran otros caminos. Y se pusieron a buscarlos.”

“Pregunta: ¿Eso quiere decir el Holocausto?”

“Eso quiere decir Holocausto, quiere decir trabajos forzados, quiere decir saqueo despiadado, pero siempre pagando. Es un saqueo muy hábil, como advierte uno cuando lo lee. Funciona según el esquema de comprar en lugar de robar. Siempre se compra, pero con el dinero del país ocupado. Siempre es un solo hombre el que se encarga del saqueo de cada país. Por regla general, es un director del Banco del Reich situado en el banco central emisor del país ocupado, y normalmente es uno de los primeros funcionarios que se presentan en el país ocupado.”

República de Weimar y III Reich obedecen a principios socializantes y, simultáneamente, respetuosos del capital. ¿Por qué el proyecto de social democracia del SPD encuadrado en la República de Weimar no subsiste y, por el contrario, el socialismo imperialista del III Reich triunfa en las urnas? Alemania “no se podía alimentar a sí misma y toda Europa fue expoliada” –sentencia el historiador Götz (ibídem).

Weimar y la social democracia no pudieron salir de la crisis, “alimentar” al país, preservando simultáneamente, como pretendía contra los comunistas, la propiedad privada o el capital; el socialismo hitleriano sí pudo (provisionalmente) resolver el dilema de la lucha de clases y alimentar a la nación conservando intacto, e incluso incrementando, el capital de las clases privilegiadas, aunque sólo a costa de rapiñar a terceros, a costa de iniciar un proyecto imperialista colosal. La condición fue organizar eficazmente a la sociedad germana en una nación de predadores de otras naciones y gentes. Esta nación obedecía plenamente a la lógica del capitalismo: una pirámide (un negocio piramidal) que precisa constantemente de nuevas inversiones (botines de guerra) para sostenerse, y que así se sostiene hasta que no puede expoliar más:

“Todo el sistema financiero era puramente especulativo, lo que en Alemania llamamos sistema de bola de nieve. Como un fondo de inversión que promete grandes ganancias siempre que constantemente atraiga nuevos inversores. Desde el punto de vista político, era una burbuja especulativa, también financieramente. Esa guerra y todas las obligaciones y deudas que se habían contraído sólo se podían poner de nuevo en orden, refinanciar, por así decirlo, con una victoria aplastante que fuera unida a la explotación despiadada de millones de personas.” (Götz, ibídem .)

Acumulación capitalista internacional o fase superior del capitalismo, el proceso es muy conocido. Capitalismo nazi que se combina con las dosis suficientes de socialismo; “socialismo” financiado por medio del excedente en solvencia o superávit capitalista, al que Götz hace referencia. En contraste, el gobierno provisional y después la presidencia de la República de Ebert, junto a los sucesivos cancilleres del SPD en coaliciones hasta el advenimiento del III Reich, desarrollan una política económica que generan hiperinflación, desempleo, y finalmente colapsan con más de lo mismo, en la temible estanflación de la Gran Depresión. Si en un primer momento, presionados por la competencia revolucionaria de los comunistas y el clamor popular, los social demócratas estipulan concesiones sociales y leyes avanzadas favorables a las clases más desfavorecidas, una vez derrotados militarmente y marginados del poder los comunistas y anulada la eventualidad de un a República socialista, la social democracia domina los gobiernos coaligado al católico Partido de Centro y al Partido Democrático de Alemania (DDP) primero, y desde 1923 con el Partido Popular de Alemania (DPP) y el conspicuo canciller y ministro de exteriores Stressemann en la “Gran coalición”. Personalidad esta la cual, a pesar de sus logros en la estabilización momentánea del país, no logra resolver los problemas estructurales de la República. Hiperinflación, reparaciones de guerra y deuda externa no se pueden contener con las fórmulas tradicionales del liberalismo, una doctrina de gestión pública que va a ser la condición básica, junto a las reformas sociales menores, en la mayor parte de la República de Weimar. Y esto fundamentalmente por la voluntad del SPD, al que se reincorporarán el grueso de los social demócratas díscolos del USPD que no se unieron al DKP, tras la escisión de los social demócratas de izquierda pocos años antes.

Los gobiernos de coalición en cuya presidencia se turnaban moderados, derechistas y conservadores nacionalistas, estos últimos bastante reticentes a la nueva República, centristas y liberales, con social demócratas, no hicieron más que ganarse la desconfianza y el malestar de la población mayoritaria. Reducción de gasto público y función pública, aumento de tasas fiscales, empobrecimiento, condujeron a disputas presupuestarias que acabaron con el Gobierno mayoritario del canciller Möller del SPD, en coalición con el cada vez más derechista DPP, en 1930. Desde ese momento, incluso los social demócratas eran remisos a participar directamente en la creciente radicalización derechista de los gobiernos de la República, por no hablar del consecuente disgusto en el ánimo y condiciones de subsistencia de la población trabajadora modesta.

El punto de inflexión es pues, la República de Weimar y el proyecto fallido e inquebrantable de la social democracia por erigir un estado de bienestar irrealizable, sin el menoscabo de la propiedad privada y de las posesiones de la burguesía, con la que se había pactado para repeler la revolución comunista. Una vez que la social democracia erradicara la opción de la República socialista que propugnaban los espartaquistas por la fuerza, excluyendo de la palestra política a los comunistas, y habiendo antepuesto, el movimiento socialista (SPD fundamentalmente), el interés de las clases poseedoras al de la socialización productiva, sólo podía haber una solución alternativa a la confrontación abierta de clases sociales o guerra civil, la vuelta al nacionalismo imperialista y a la guerra europea de expolio.

El SPD el movimiento socialista reformista en general, sucumbió a sus limitaciones, es decir, a causa de su principio irrenunciable de respeto integral de la propiedad capitalista. Este principio de desarrollo del bienestar social en teórica concordia con el sistema capitalista es lo más sustancial del proyecto de los social-demócratas y socialistas reformistas, y de su identidad y estrategia políticas, desde sus precursores en el siglo XVIII hasta hoy, en mayor o menor grado, con más o menos propósito nacionalizador. A pesar del ímpetu nacionalizador de la propiedad privada de la post-guerra, en un mundo en el que aún resonaban las fórmulas del socialismo y la expansión de la órbita de la URSS y la reemergencia de potentes partidos comunistas en Occidente, y a pesar del fracaso de la social-democracia y el reformismo en el período de entreguerras y la consecuente evolución al nacional-socialismo y el fascismo, décadas más tarde, Mitterrand sentenciaría: “Quizá he fracasado. Sin embargo mi intención era buena –he querido mejorar la suerte de cada cual sin menoscabar a nadie.” (Châtelet, 1993.) O de modo similar S. Royal en la campaña presidencial de 2007: “Relanzaremos el crecimiento económico porque reconciliaremos los intereses de las empresas con los intereses de los trabajadores. Esta es la clave del desarrollo económico.” (Cit. in F. Ruffin, Le Monde Diplomatique, enero 2008.) Salta a la vista, al menos, que Mitterrand sospechó la ineficacia de la fórmula interclasista.

Ciertamente, esta fórmula corresponde al principio ultraconservador de Pareto: la aplicación de modos de redistribución social de la riqueza bajo el prerrequisito explícito de no lesionar a terceros. Particularmente a los poseedores: no en vano las oligarquías más acérrimas de Europa vitorearon y colaboraron con los invasores nazis (hasta algunos miembros de la familia real británica colaboraron con el nazismo). Se daba cierto grado de empatía internacionalista en el nazismo para con los privilegiados... Aún así, el factor nacionalista desbocado hasta el racismo “revolucionario” con que traicionar, relativamente, el principio de Pareto en la arena mundial o entre naciones, en lo que respecta al socialismo hitleriano (que decía defender los intereses de todas las clases sociales), servía de complemento y particularidad armónica (expropiar ante todo a los productores directos, a los proletarios y campesinos) en contraste con el socialismo reformista imposible de Weimar, el SPD. El cual, por otra parte ya había sido nacionalista, chovinista e imperialista cuando respaldó al Gobierno del Kaiser en la aventura expansionista de la Gran Guerra, no muchos años antes, también mediante las políticas del infausto e impopular “socialismo de guerra”. Además, el llamado “Lensch-Cunow-Haenisch-Gruppe" ¡incluso llegó a tergiversar la obra de C. Marx para justificar la guerra imperialista sustituyendo el concepto de lucha de clases por el de “lucha de los pueblos”! Es decir, una versión prístina del nacional-socialismo...

(Una nota sobre Vilfredo Pareto: el conceptualizador del “principio 80:20” fue aquel aristócrata ultraliberal, republicano y demócrata hasta 1900, que después se dedicó a refutar el marxismo, y que más tarde fue enaltecido como filósofo y maestro principal del neofascismo mussoliniano, convertido en consejero y Senador del Reino de Italia por esas oligarquías totalitarias.)

La teoría del historiador Grötz explica bien el diseño del régimen que combina socialismo con capitalismo en un marco imperialista, es decir, da cuenta muy bien del socialismo institucional en la fase superior del capitalismo: el imperialismo. Pero también sirve para comprender el tipo ideal alrededor del cual evoluciona la social democracia y el socialismo reformista. También, como alega el mismo historiador, su teoría explica por qué durante años el pueblo alemán no se revolvió contra dicho régimen, que benefició de una u otra manera al “95%” de la sociedad alemana. Otra cosa es la superficialidad, políticamente correcta, con la que Grötz afirma que el conjunto de los opositores de Hitler, antifascistas, socialistas del SPD y comunistas, se “acomodaron” a las ventajas del régimen y a los beneficios sociales en forma de soborno a cuenta de los estados terceros saqueados. Los social-demócratas fueron perseguidos, pero ni mucho menos con la saña con que se acosó a los comunistas, los cuales sufrieron graves pérdidas en los primeros meses de la toma de poder del nazismo, y más tarde fueron confinados en campos de exterminio como el de Dachau. A pesar de las aberraciones represivas centradas en los comunistas, a los que se identificaba con los hebreos o con la perversión homosexual (particularmente desde el instante en que Hitler decide deshacerse de ambiciosos y depravados líderes nazis como el reconocido homosexual Ernst Röhmer, sin embargo uno de los colegas más próximos al Führer), y las numerosas bajas, los comunistas mantuvieron la organización de resistencia interna en Alemania en marcha, colaborando con la URSS con información y tareas de sabotaje interno. El SPD interno o en el exilio simplemente no hizo algo similar.

 

El infundio socialista de la responsabilidad comunista en la ascensión al poder del nazismo

Tras lo relatado más arriba, particularmente en lo que atañe al socialismo alemán, podría resultar superfluo ahondar en las causas de la ascensión al poder del nazismo, y la relación propincua del socialismo reformista, chovinista y en muchas ocasiones, anticomunista (en Alemania, enfáticamente), con dicha fatalidad. Como se ha aludido, los socialistas moderados o reformistas, se unieron a la aristocracia militar y al capital financiero del Imperio Germánico para arrasar Europa desde antes de 1914. Después, hicieron todo lo que estaba en su mano para prevenir a la clase asalariada alemana que erigiera una república socialista, e incluso una simple república burguesa y liberal, que sólo anunciaron finalmente para desautorizar la proclamación programada por los revolucionarios de una República de carácter socialista dos horas después. Los social-fascistas del reformismo sólo legislaron los avances sociales de la República de Weimar por temor a que su electorado y militancia les abandonase por la constante iniciativa de los comunistas. Hasta 1923 estuvieron reprimiendo, simultáneamente a conceder ventajas sociales a la clase trabajadora para no perder apoyo social, a los movimientos más audaces de los revolucionarios y una gran parte de la sociedad adherida: así ocurrió con el Soviet de Munich, el levantamiento de la cuenca industrial del Rhür, las insurrecciones de Thuringen, de Hamburgo, de Berlín, etc., una serie de erupciones revolucionarias casi diarias que apenas los gobiernos de SPD y aliados reaccionarios pudieron contener. Sólo las matanzas masivas de comunistas instrumentadas con la inestimable ayuda de los escuadrones de la muerte proto-nazis condujeron al país, hacia 1923, a la estabilidad.

No obstante, una vez la social democracia estabilizada en el poder, comenzó lo que bien podría llamarse el fracaso del proyecto socialista reformista, y el traspaso de poder del SPD, asistido por las demás fuerzas conservadoras, al nacional-socialismo, que culmina en las elecciones del 5 de marzo de 1933, cuando el bloque hitleriano se queda sólo con el SPD como oposición en el teatro de la ópera que se afecta como parlamento, tras el previo incendio del Bundestag y la prohibición del KDP. Esta etapa de auténtica vergüenza para la social democracia y el socialismo reformista conviene mucho airearla, en especial por la razón de que ha servido hasta hoy, para exonerar las responsabilidades plenas y de gobierno del SPD, y, para colmo de descaro, para culpabilizar de la ascensión del nazismo, y denigrar, a los que contrastadamente fueron las mayores víctimas, mártires y resistentes del nacional-socialismo, así como a aquellos que mantuvieron la mayor coherencia frente al capitalismo imperialista desde la crucial secesión en el seno del SPD a raíz de la I Guerra Mundial: los comunistas. Un simple repaso de los hechos políticos decisivos y de la relación de fuerzas de cada partido y clase social relacionados con la consagración del nazismo en la Alemania previa a la II Guerra Mundial, será más que suficiente para arrojar luz sobre la insidia de todo el asunto, así como acerca de los mecanismos que conducen de modo casi obligado a los regímenes social-liberales, socialistas reformistas, etc., a corolarios aún más terroríficos. Una aclaración acerca de la naturaleza del socialismo reformista y oportunista que debería servir de advertencia constante para previsibles desarrollos históricos que, si no repetidos, si pueden resurgir modificados para peor destino de la mayoría de la humanidad.

 

Jacques Droz y las cuentas que saldar

La versión modal, hoy en día, de las responsabilidades de los partidos e instituciones gobernantes de la República liberal de Weimar es, llamativamente, aquélla que plantea “pedir cuentas” a los comunistas por su actitud refractaria y sin apenas fisuras, desde la Revolución de noviembre de 1918, hacia cualquier concesión o participación con las fuerzas de la derecha y otros partidos, que, recuérdese, posteriormente abandonarían al SPD para integrarse en el movimiento nazi. El grave reproche a los comunistas es la versión preferida de algunos de los que se han internado en los hechos de esa etapa decisiva de la historia europea y cuentan con el apoyo y el consenso institucional. Por lo común, sin embargo, los regímenes en el poder actualmente en Europa simplemente pasan “de puntillas” sobre las alianzas y fuerzas sociales que después se aliaron con el nazismo, como si este movimiento hubiera surgido hecho y de la nada por generación espontánea o, incluso, con total desfachatez, por obra de los “mismos” comunistas bajo otros símbolos. De esta manera el liberalismo y el socialismo reformista de hoy, aunados y ufanos, omiten groseramente el análisis de sus responsabilidades en la creación de un monstruo criminal político. Y cuando por motivos educativos o de especialización histórica se ven obligados a enfocar el asunto, se emplean a fondo en tratar los hechos con estereotipos ramplones y falsos: Sea con la zafia patraña de que la estrategia política de los comunistas estaba dictada por Moscú y por ello no tenía mucho que ver con las necesidades que imponía la realidad de Alemania, a saber, detener el nazismo (pero véase Grözt supra), o sea con la tesis del encastillamiento o radicalismo, de los comunistas que, con su negativa a coaligarse con el SPD y crear un “frente popular”, hicieron posible la fragmentación de la izquierda y la emergencia de los nazis.

Estas actitudes culpabilizadoras de los comunistas, particularmente desarrolladas por historiadores socialistas reformistas o anticomunistas, tienen la virtud de poseer una gran utilidad para los teóricos del capitalismo contemporáneo, para todos los anticomunistas que aspiran a enterrar cualquier ápice de socialismo en la civilización contemporánea y, lamentablemente, para desplazar las responsabilidades del mismísimo movimiento nazi, el cual se identifica al comunismo con desvergonzada frivolidad y mala fe (ya que racionalidad, poca). No es una actitud nueva: Möller, el último canciller social-demócrata (1928-30) de la República de Weimar, solía aducir que “pardo equivale a rojo”. Hoy, con estas operaciones de difamación ideológica, se consigue una cosa: reforzar la imagen criminal del comunismo y resaltar la pretendida naturaleza asesina de los regímenes comunistas, obras, partidos y líderes, en contraste con una imagen angelical y virginal de los socialistas y liberales, los amos de Europa hoy, además de inducir el paso a un segundo plano de los hechos históricos empíricos, o el paso a un plano de equivalencia, como se ha dicho, de nazismo y comunismo. Puesto que los comunistas, al igual que en la Alemania del III Reich donde fueron perseguidos y aniquilados, hoy tampoco se pueden defender por carecer de los medios de difusión y contrapropaganda para ello, son utilizados como vertedero y chivo expiatorio en que esconder las grandes miserias pasadas y crímenes de los partidos políticos y las ideologías dominantes. Una idea de reversión de la culpa que comenzó a difundir el renegado Kautsky, con motivo de su connivencia política activa y registrada en las masacres de la Gran Guerra, como reacción a las críticas que hizo de su vergonzosa trayectoria doctrinal Lenin (ver supra).

Para conocer estas calumnias respecto al nazismo en Alemania, baste transcribir las palabras del historiador del socialismo Jacques Droz (1968):

“De esta evolución que conduciría al hundimiento de los dos grandes partidos de la izquierda alemana, es incontestablemente el Partido comunista el que lleva la más pesada responsabilidad. Denunciando la social-democracia, y no el nazismo, como el enemigo a abatir, había contribuido ciertamente a aplacar los odios personales de Stalin, pero había dado muestras de un servilismo y de una ceguera de la que la historia debe pedir cuentas.”

Fascinantes, los “historiadores” de la disolución de la historia. Incluso la utilización del lenguaje es fraudulento. Para empezar, no se percibe bien qué pretende significar con lo de “hundimiento”, si decadencia electoral o prohibición, si disolución paulatina o anulación violenta, si ilegalización administrativa o desaparición social... El único partido que electoralmente evoluciona hacia el “hundimiento” relativo es el SPD, el partido dominante de la República de Weimar hasta las elecciones legislativas de julio de 1932. El DKP o Partido Comunista de Alemania, la segunda fuerza política de Alemania y el partido más influyente de Europa occidental entonces durante toda la República, comienza a experimentar avances notables a partir de las elecciones de septiembre de 1930, del 10.5% de votos pasa a sumar un 2.5% de votos adicionales y 23 escaños; justo cuando el Partido Nazi pasa de una presencia parlamentaria ínfima al más del 18%, muy cerca del SPD aún mayoritario, pero cuyo electorado trasvasó sus votos al comunismo o al nazismo, pero que en cualquier caso perdió más del 5% de sufragios y 10 escaños. En las siguientes elecciones de julio de 1932, el DKP supera el 14% de sufragios, mientras que el SPD es relegado al segundo partido más votado de la cámara, tras el Partido Nazi. Y en las elecciones de noviembre del mismo año, de nuevo el SPD pierde 1.2% de votos, como pierde el Partido Nazi (-4.2%), mientras, sorpresa, el DKP constata una afluencia de otro 2.6% de nuevos votos, hasta situarse en el 17% de las voluntades del país. No se puede alegar que su estrategia fuese desastrosa ni sectaria, a la vista de esa evolución plenamente exitosa y merecedora de una creciente confianza popular. La “evolución” hacia el “hundimiento” del DKP sólo tiene lugar por decreto de emergencia (asociado al Decreto del Incendio del Reichstag) que el canciller Hitler solicita al Presidente de la República, Hindenburg, acusando sin pruebas (un Tribunal ordinario no encontró pruebas que relacionaran al KPD con el supuesto pirómano, con lo que Hitler poco después impugnó el derecho de habeas corpus) para calumniar y prohibir el partido comunista pocos meses después, incluyendo la detención o puesta en fuga del centenar de sus diputados (1/6 de la cámara). No obstante, esa prohibición no asemeja un “hundimiento evolutivo” del DKP, sino más bien la brusca interrupción de una carrera contrastadamente ascendente. Hitler planteaba unas elecciones poco después, las de marzo, en las que pretendía consolidar definitivamente su gobierno, lo que temía fuera imposible por los resultados menguantes de las elecciones de noviembre, y la neta ascensión de los comunistas. El acoso del DKP y su inculpación en delitos “terroristas” por el Gobierno presidencial, suponían la deslegitimación y amedrentamiento para muchos potenciales votantes de los comunistas, y la mejora proporcional automática de los resultados electorales de los nazis (ver infra). La razón última de las prisas de Hitler por acaparar el poder al margen de la voluntad democrática no sólo fue mera ambición, y se traslucieron en los Juicios de Nuremberhg, cuando los máximos responsables confesaron que su estrategia pretendía detener la “revolución socialista” en Alemania.

¿Tuvo el DKP la “más pesada responsabilidad? El SPD, desde 1918 a 1930 (y antes) fue el mayor y más votado partido del país. Tuvo a dos presidentes de su partido en la presidencia de la República (Ebert y Walter Simons) y, en las elecciones presidenciales de 1925 prefirió sustentar la candidatura de Wilhem Marx, del Partido de Centro (católicos) que formaba parte de su coalición de Gobierno, antes que la de Thälmann, comunista.

Es extraño que el SPD, un partido que se consideró el partido del socialismo alemán, optase por un candidato liberal, capitalista, confesional, el Partido de Centro, una de cuyas más altas aspiraciones fuera la de hacer firmar a la República un Concordato con el Vaticano. La promesa de firmar este Concordato, fue la condición que el Partido de Centro puso a Hitler, ocho años después, para conceder su apoyo al Acta de Poder que inauguraba legalmente y con mayoría “parlamentaria” de dos tercios (que Hitler buscaba con tesón para legitimar su aberración) el III Reich. Si el Partido de Centro conservaba las prerrogativas de la Iglesia Católica en el régimen nazi, sus escuelas, sus funcionarios, su clero, sus propiedades e influencia social en el país, su antiguo y leal coaligado de gobierno en los años veinte, el SPD, quedaba fuera de la ley pocos meses después del acuerdo.

No cabía tampoco la posibilidad de que el DKP apoyase al candidato del Partido de Centro y el SPD en 1925, puesto que eso hubiera provocado la pérdida del electorado derechista de esos dos partidos de Gobierno a favor de Hindemburg por el temor a los comunistas de la numerosa y decisiva clase pequeño burguesa de Alemania, fervientemente anticomunista. En la segunda ronda, el 45.3% de sufragios del centro-izquierda sólo fantásticamente hubiera podido sumar el 6.4 de Thälmann para superar al 48% de Hindenburg y la derecha en bloque: la candidatura de W. Marx con apoyo del SPD y su alto porcentaje alcanzado sólo fue posible por la candidatura diferenciada de los comunistas, una marginación de los comunistas del proyecto presidencial necesaria para sustraer votos a Hindenburg (muy temido entonces por sus ideas contrarias a la República) a costa del electorado moderado y de centro-derecha, que de otro modo se hubiera volcado con el candidato conservador. Es más, la mejor forma de colaborar para que el SPD colocase a su candidato en la presidencia no era otra que mantener firme y difundida entre la población la opción de Thälmann en la segunda ronda, a sabiendas de que esta “automarginación” tendría como consecuencia prevenir la espantada de los votantes conservadores del centro-izquierda, del centro e incluso la derecha, como así se verificó en cierto grado, el suficiente como para que Hindenburg fuera elegido presidente: ni siquiera bastó la diferenciación de los comunistas de la candidatura del centro-izquierda para que éste bloque persuadiera al electordo pro-conservador.

Las opiniones prejuiciosas del “historiador” contemporáneo a los eventos, Boris Souvarine (1931), relativas a la culpabilidad del DKP en la ascensión de von Hindenburg al poder y el posterior ascenso nazi, no tienen mucha perspectiva ni sentido, máxime cuando el candidato del Partido Nazi, Ludendorff, obtuvo el 1.1% en la primera ronda y desapareció en la segunda. Y lo más cínico de estos prejuicios es que el autor invoque las enseñanzas de Liebknecht y Luxemburgo contra el DKP, relativas presuntamente a la recomendable “independencia” política respecto a Moscú, en esas elecciones de 1925, cuando entre los consejeros presidenciales más próximos de Hindenburg se encontraba el general Wilhelm Groener, el mismo que junto al líder del SPD Friedrick Ebert, planeara el Pacto secreto Ebert-Groener para la supresión sangrienta de la revolución soviética del 18, la erradicación de la Liga Espartaquista (la facción marxista surgida en el SPD y predecesora del KPD), la posterior represión y fusilamiento utilizando también para ello a los paramilitares proto-nazis de las Freikorps, y el asesinato y lanzamiento al río de los cadáveres de Rosa Luxemburgo y Liebknecht. Tampoco parecen entrar en esta sarta de prejuicios el hecho de que el Partido del Centro, con su líder Brüning a la cabeza, se dedicase a conspirar con el círculo de Hindenburg desde 1929 para derrocar la República; el mismo centro cuyo candidato a la presidencia en 1925 fue apoyado por el SPD, tras la muerte del anterior presidente social demócrata, Ebert, más que conocido para los comunistas represaliados como su aniquilador confeso. Tanto Souvarine como Droz, o quienes piensan en su línea, no pueden esperar que alguien con dos dedos de racionalidad, conciencia y prudencia se pongan en manos de sus verdugos o solicite el voto para sus carniceros, si es que están mentalmente sanos y no afectados por el sadomasoquismo. Los verdugos de los comunistas, en esos instantes, eran los social-demócratas y sus coaligados intrigantes del cripto-nazismo.

El problema esencial de la política del momento es que, entre conservadores y social demócratas se daba una coincidencia fatal: su violento anticomunismo y su ambiguo filo-nazismo, unos trabajando más bien nominalmente por la consagración del nazismo (nacionalistas, monárquicos, conservadores, nacional socialistas, etc.), y otros, preparando el escenario y las condiciones indirectas (cada vez menos) favorecedoras del acceso de los nazis al poder (centristas, social demócratas, liberales...). El anticomunismo de las formaciones políticas de la República de Weimar se traducía en un efecto nada despreciable para el curso de los acontecimientos, a saber, la alianza entre esos partidos hostiles al comunismo y la fuerte tendencia a la rígida exclusión de los comunistas. Entregarse al Partido de Centro y al SPD hubiera significado para los comunistas tanto como enviar a sus líderes a convenir la fecha del advenimiento del nazismo en términos reales, si no nominales –como después se verifica: Kaas, líder del Partido de Centro, firmó el apoyo al Acta de Poderes propuesta por Hitler pocos años después; y la prohibición del DKP, persecución, tortura y asesinato de sus miembros con la tolerancia del SPD, se verificó no mucho antes de la firma de ese Acta despótica. Sobre los cadáveres de los comunistas en 1933, el SPD participó, expectante quizá de la posibilidad de acaparar un mayor segmento electoral, en unas elecciones que, sin embargo, estaban destinadas a la confirmación de mayoría parlamentaria del NSDAP. Nótese, finalmente, que Souvarine recrimina a los comunistas, en 1931 , su responsabilidad en la victoria del temido conservador von Hindenburg en 1925, al que, junto con su Kamarilla, es atribuible la derechización del régimen republicano; Souvarine ignorante en ese instante en que escribe que el SPD y los demás partidos “moderados” promoverán, en bloque, a ese mismo mariscal a la presidencia en los siguientes comicios, siete años después, con el argumento de que “es el único capaz de parar a Hitler”. Es decir, por la misma regla, el SPD hubiera estado votando siete años después, en resumidas cuentas e indefectiblemente, por la derechización del país, con más responsabilidad porque sin mucha tardanza, la operación, conduce directamente al III Reich. Pero también porque es todavía, en el momento de las elecciones, el primer partido del parlamento, el que acumula más legitimidad y poder de marcar la orientación y el candidato a la presidencia contra Hitler y, si es preciso, negociar con los comunistas, y otras tácticas alternativas. Sin duda, el SPD se decide, aparentemente exento de personalidad, por un giro a la derecha que seguirá intensificando a rebufo de las exigencias y del ritmo que el NSADP marcará en lo sucesivo. Cuando es Hindenburg (votado en 1925 por los nacional-socialistas y ultranacionalistas, y en 1932 por los social-demócratas) quien le pasa el mando del país a Hitler –conviene retener la ecuación- es el candidato y representante principalmente del SPD quien lo hace. Tampoco es recomendable olvidar que Paul von Hindenburg, por el que apuesta el SPD abiertamente, tuvo como principal edecán y apoyo profesional en la Gran Guerra a Ludendorff, el candidato presidencial nazi en 1925. Gracias a la estrecha colaboración del general y aristócrata prusiano, Hindenburg se alzó con algunas victorias bélicas: El círculo castrense originario del candidato respaldado por el SPD era una fuente de reaccionarios de lo más recalcitrante...

La lógica de asimilarse a la carrera extremista de los movimientos de derecha para acaparar electorado tiene esas consecuencias, y en la actualidad conduce a resultados como el neofascismo de N. Sarkozy en Francia, aunque es difícil no observar un regusto a satisfacción por ese curso característica, desde siempre, en las filas del socialismo reformista y oportunista. Hubiera sido muy chocante entonces, volviendo a la Alemania del año 32, que el DKP hubiera solicitado el voto para el que meses después firmaba el decreto por el que se prohibían las organizaciones comunistas, y al transmisor oficial de los poderes del Estado al nazismo. Parece que, para comentaristas como Souvarine, lo que denigra a los comunistas –la supuesta responsabilidad por el triunfo de Hindenburg en el 25-, ensalza a los demás por no se sabe qué privilegio –la activa campaña del SPD para asegurar la victoria de Hindenburg en el 32. Hay que reconocer que el principio de optar por lo “menos malo”, no es siempre y objetivamente lo menos malo del conjunto de opciones presentes, y por mucho que los reformistas y socialistas anticomunistas conciban sus designios como los menos malos, la realidad histórica más obvia y elemental se empeña en desdecirlos, a no ser que ciertamente, hubiesen deseado, íntimamente, la victoria del nazismo, no considerando a semejante opción lo más deleznable en comparación con el comunismo... El drama es que, si en 1925 los comunistas hubieran apoyado al candidato de centro contra Hindenburg, los comunistas habrían sido engullidos por el peso creciente del conservadurismo y reaccionarismo de la República de Weimar, como le ocurrió al SPD, en esta ocasión de buen grado, cuando se dejó absorber literalmente por el nazismo a través del “señuelo” o, más bien, de la vía “honorable” y apenas subrepticia de la “opción menos mala”, la candidatura de Hindenburg. Por añadidura, con esta actitud dejaba, voluntaria y calculadamente, su ala izquierda desguarnecida, esperando aislar y socavar el comunismo.

¿Combatió el DKP más al SPD que al NSDAP? Sin duda tuvo que ser así la mayor parte del tiempo que dura la República de Weimar, porque hasta 1930 el nacional-socialismo representaba poco más del 3% de los votos de la población alemana, y una mínima representación parlamentaria. El Partido comunista era un movimiento con el sincero objetivo de fundar una República socialista, sustituir el sistema capitalista por uno socialista. Esa era la fuente de su éxito y evolución como partido de masas. Por lo que no se podía limitar a servir de escoba de un gobierno social-liberal, que era el que estaba gestionando la República de Weimar hasta llevarla al marasmo de la Gran Depresión y al sufrimiento continuo y exacerbado de la clase trabajadora. Un partido de oposición y genuinamente democrático que aspira al poder no se puede limitar a combatir lo que no es relevante, en ese instante los nazis y su partido específico. Pero los burgueses como Droz siempre tienen en la mente la coordenada de la servidumbre de la clase trabajadora al poder: pretenden que todo lo demás es una herramienta al servicio del capitalista y el poderoso. Es lógico que el “historiador” juzgue la historia entonces según esas coordenadas analíticas, suponiendo que los comunistas hubieran debido convertirse en una especie de fuerza auxiliar para sostener e imponer la política impopular del social-liberalismo. El socialista reformista, como Droz, discurre en las líneas que cabe esperar de un social fascista, esto es, elevar a doctrina política la mentira, y presentar como socialismo lo que dista mucho de serlo, lo que no es más que una doctrina fraudulenta para embaucar a los trabajadores con objeciones hacia el capitalismo.

Sin embargo, y a pesar de las graves coerciones que ejercieron los social-demócratas contra los comunistas para detener la fundación de la República Socialista de Alemania hasta 1923, no es del todo cierto que el DKP se negase a todo tipo de cooperación. Tras el fracaso de la Revolución y la estabilización relativa de la República, el DKP desechó su política de “revolución inmediata” y desde 1924 participó en las elecciones. También propuso un “frente unido” con el SPD, con reducido éxito, si bien la causa de su fracaso está en los precedentes fuertemente antagónicos y, en particular, las políticas aplicadas por el partido social-demócrata, el partido en el poder y con la máxima capacidad de iniciativa, el principal en todos los gobiernos hasta 1930. Es preciso subrayar aquí que, durante el bienio del Gobierno del canciller Möller (SPD), un anticomunista confeso que fomentaba la alianza con todos los partidos anticomunistas del régimen (lo que sin duda tuvo su reflejo en su adhesión a la candidatura de Hindenburg con los demás partidos reaccionarios republicanos), no fueron los nazis, que no gobernaban, los que legislaron para limitar las actividades de propaganda, sindicación, libertad de expresión y reunión, o encarcelaron a representantes del DKP, sino el Gobierno de coalición en el que participaban mayoritariamente los social-demócratas. Fue el Gobierno presidido por el canciller social demócrata Möller el que lanzó a la policía contra los manifestantes del 1º de Mayo de 1929 (el Mayo sangriento de Berlín ) causando la muerte de trabajadores. Estas mismas leyes represivas fueron ampliadas en el momento del nombramiento de Hitler como canciller en 1933, quien inmediatamente solicitó a Hindenburg poderes especiales. Por si no fuera suficiente con esta retahíla de despropósitos anticomunistas y simplemente derechistas, el nombramiento de Hitler por von Hindenburg –junto con algunos casos sonados de corrupción-, fue lo que desacreditó honda y definitivamente al SPD ante muchos de sus votantes y de los comunistas, pues tal partido apostó, meses antes, decididamente, por la candidatura para la Jefatura del Estado de Hindenburg, cuya voluntad fue gestionada, como se ha repetido, por su decisiva camarilla, ya de sobra conocida por sus actos y objetivos reaccionarios antes de marzo de 1932 (a pesar de lo que el SPD les brindó su apoyo). Y, dentro de este círculo rufianesco, la influencia recaía particularmente en el preferido del viejo mariscal, el adulador, conspirador y filonazi von Papen, actor crucial en la ascensión de Hitler al poder. A la luz de estos turbios asuntos, ¿no deberían comparecer los social-demócratas por su pasado y responsabilidad en la instalación del nazismo en el poder? Las evidencias apuntan de modo recurrente y acumulado, a que Europa debiera saldar sus cuentas históricas con el SPD y el socialismo reformista en general, cuyos anales y decisiones están manchados de sangre desde la I Guerra Mundial... Un ajuste sólo posible si es que, en el momento en que se abra el debate, los socialistas reformistas no se han pasado en bloque a la extrema derecha.

Los comunistas germanos tuvieron muchas razones para denunciar a los social-demócratas antes de que el Partido Nazi consiguiera situarse como segundo partido más votado en 1930. El Gobierno, en medio de la Gran Depresión, no hizo más que aplicar políticas de contención salarial y liberalización, lo que minó la confianza de la sociedad en toda solución que viniese del capital y el libre mercado. El caos y la ruina del mundo capitalista, llevó al Comintern o a Stalin, a declarar su tesis del “Tercer período”, que recogía lo que realmente estaba sucediendo, la descomposición del sistema capitalista y la tentación de revolución proletaria. Una revolución que sólo fue detenida con el fascismo –debe recordarse. En todo caso, la política del Comintern, seguida fielmente por el KPD, cosechó un considerable aumento de votos en las elecciones. Es difícil para “historiadores” como Droz comprender algo tan opuesto al nacional-socialismo como el internacionalismo proletario, pero el internacionalismo proletario era un fundamento esencial del KPD y por tanto, eran coherentes siguiendo esa doctrina. En realidad, una política audaz y racional por parte del SPD le hubiera persuadido de optar por el internacionalismo proletario, en vez de la alianza con el capitalismo neoliberal en pleno naufragio, y después con el capitalismo imperialista y totalitario; sobre todo porque el empeño de evitar la guerra civil en Alemania, sólo tuvo por consecuencia la horrenda II Guerra Mundial y a la intervención del internacionalismo proletario y de las potencias extranjeras, en la derrota de Hitler. También la división y sometimiento de la nación alemana. Que el DKP hubiera optado por abandonar su internacionalismo proletario federándose en una coalición y asumiendo las políticas social-liberales, sólo hubiera significado que el DKP fuera considerado por sus muchos votantes como un traidor a la clase trabajadora, un partido más de la delirante burguesía disfrazada de socialismo reformista... y, finalmente, estos millones de votantes desmoralizados, hubiesen engrosado las filas del Partido Nazi, llevándole a una victoria quizá arrasadora, incluso años antes de que consiguiera un 44% de los votos tras unir a toda la derecha y prohibir el DKP. De esta posición parece haber sido relativamente consciente Thälmann, el líder del DKP, cuando contesta a la propuesta de Trotsky (entonces exiliado de la URSS) para aliarse con el SPD contra el nazismo, que coaligarse con el SPD supondría retrasar la revolución en Alemania entre diez y veinte años... La “segunda” revolución socialista alemana finalmente no se produjo, ni en la RFA ni en la RDA, pero su alianza con el SPD hubiera significado que las expectativas de buena parte de la sociedad germana para combatir al nazismo, se hubieran tornado en derrotismo, y reforzamiento de la única alternativa que hubiera persistido tras un régimen agotado e insostenible patrocinado por el SPD y, menos, por los partidos pro-republicanos: el nacional-socialismo.

 

SPD al timón del capitalismo: nazismo antes que comunismo

Los comunistas alemanes tenían también motivos para denunciar la actitud moderada de los social-demócratas, hasta el extremo de la dejación de la obligación de gobernar. El SPD, todavía siendo mayoría en el Gobierno compuesto por la Gran coalición, en 1930, se limitó básicamente a gobernar por omisión, en consonancia con la idea del “laissez faire”, esto es, desechando los instrumentos de intervención del Estado en la economía, quizá esperando a que el capitalismo libremercantil se recuperase por sí mismo. El SPD decidió retirarse del Gobierno de coalición y su canciller, Möller, incluso llegó a recriminar a su propio partido semejante “error”. Desde entonces, con la dejación manifiesta para enfrentarse a la realidad que ellos habían en gran parte fraguado, incapaces de responsabilizarse de un régimen liberal que se hundía sin remisión y en medio de la pobreza generalizada, los social-demócratas prefirieron pasar a la oposición, temiendo que si no salían de su propio gobierno, aún perderían más votos en las elecciones que se avecinaban en septiembre de 1930. Y por supuesto, excluyéndose a sí mismos de su deber de gobernar, toleraban el protagonismo de la derecha, el gobierno de la derecha, el monopolio ilícito de las políticas reaccionarias. El resultado era que el SPD era una perfecta herramienta de las clases dominantes y del capital para mantener fuera del gobierno a la clase trabajadora. Ni siquiera los líderes social demócratas, o más correctamente “social-liberales”, del SPD creyeron en el régimen que ayudaron a implantar en 1918 sobre la tumba de la Revolución, y aún más grave, no creyeron en su propio poder y capacidad de gobierno, seguramente porque su única obsesión era la de asegurar que las oligarquías germanas se perpetuaran por siempre. En términos electorales, esta estrategia vergonzosa sólo puede explicarse de una manera en ese contexto: el SPD fue incapaz de hacer otra cosa que “evadirse” de la realidad (y fomentar la realidad de los intereses de las oligarquías y clases reaccionarias), porque no deseó honestamente lo que proclamaba a su electorado asalariado, y fue incapaz de llevar adelante una política de socialización de los medios de producción o, inversamente, identificarse explícitamente, aún más, con el capital y sacrificar el voto de gran parte de su base asalariada, que hubiera migrado al DKP. Acercarse a las posiciones del DKP con más socialización económica, hubiera significado el bloqueo de su componente burguesa esencial dentro del partido y, ante todo, una casi segura guerra civil... Guerra civil que, sin embargo, hubiera prevenido o debilitado el nazismo y la posterior conflagración mundial. La apuesta del SPD fue la de vegetar en el Bundestag y, más grave aún, apoyar su “cómodo” desentendimiento en la figura del conservador Hindenburg, que ocupaba la presidencia de la República e iniciaba el interregno pre-nazi con la designación de gobiernos presidenciales entre su Kamarilla de intrigantes filonazis y títeres como el canciller Brüning. Porque sancionar desde la oposición mayoritaria este tipo de gobiernos antidemocráticos y absurdos, significaba alinearse con las elites ultraconservadoras que rodeaban al príncipe prusiano, la “Kamarilla”, el círculo de militares, industriales, aristócratas y burócratas reaccionarios, monárquicos y antidemócratas jurados, que manipulaban al provecto, y en ocasiones mentalmente incapacitado, Hindemburg; dichas elites estaban siendo las verdaderas responsables directas o institucionales del proceso de traspaso de poder a Hitler (Gleichschaltung en idioma alemán: en realidad este proceso comienza, progresivamente, con los gobiernos presidenciales nombrados por Hindenburg pero designados por su círculo ultraderechista).

Hindenburg, aunque un reaccionario monárquico que despreciaba la República, era un hombre de honor que se mantuvo fiel a su juramento por la República y que se resistió en principio y hasta cierto punto a derivar el poder a Hitler y a las presiones en este sentido de su camarilla. Hindenburg, personalmente, despreciaba y detestaba a Hitler, por lo que estuvo más a la altura de las circunstancias y la responsabilidad de Estado que el “magnífico” y legendario SPD, postrado en el Parlamento, tolerando satisfecho y oficiosamente el “gobierno presidencial” por el famoso Artículo 48 (–salvo el presupuesto de 1930 presentado por Brünning, ver infra, en adelante el SPD transigió ampliamente con el gobierno presidencial por decretos-), es decir, sin sanción parlamentaria, de los cancilleres nombrados por Hindenburg en un círculo opaco de intrigas e intereses ajenos a la voluntad de las mayorías, comenzando por las mayorías que habían votado al propio Jefe de Estado. De no haber sido por el frágil Hindenburg, que sin embargo, finalmente, firmó la entrada en vigor del nazismo persuadido por el adulador Papen y el joven Hindenburg tras meses de contumacia y maniobras en la sombra, la llegada al poder de Hitler hubiese resultado más arrolladora y precoz.

Hacia 1930, el consejero principal del presidente Hindenburg, el general Schleicher, representante de los intereses de las elites militares del Reich, persuadía a los dirigentes del Partido de Centro, los católicos y “fieles” aliados del SPD, para instaurar un primer gobierno presidencial, con el centrista Heinrich Brüning como canciller. Schleicher y su grupo reaccionario de presión monárquico, tenían objetivos claros y habían intentado la operación ya desde 1926 sin éxito, pero la mayor parte de los partidos conservadores y el centrista, estaban deslizándose a posiciones derechistas hacia el final de la década: el mismo Partido Popular de Alemania, integrado en la Gran coalición de gobierno con el SPD, siempre había sido bastante reticente a la mera existencia República. Los aliados de Gobierno del SPD eran bastante poco fiables, como años más tarde se demuestra cuando se pasan en bloque al nazismo, pero el SPD prefirió siempre hacer causa común con la derecha, con esa derecha infidente, que con los aborrecidos comunistas.

Schleicher concertó con Brüning con el fin de que éste presionara para recrudecer las fricciones que existían en el Gobierno de coalición, originadas, como es sabido, por la discusión acerca del mezquino medio punto porcentual de subida en las prestaciones por desempleo, en medio de la tragedia de la Gran Depresión. Los social-demócratas quizá no percibieron que estaban perdiendo el contacto con la población y, tras su retirada del Gobierno, las elecciones delataron que su participación en un gabinete con políticas fundamentalmente liberales, les estaba desgastado enormemente, para beneficio de los nacional-socialistas por un lado, y los comunistas por otro; los dos movimientos que planteaban un cambio profundo de régimen, pero en sentidos incompatibles.

Tras el Gobierno de coalición presidido por el social-demócrata y anticomunista Möller, Brüning fue nombrado canciller por Hindenburg, según el plan de Schleicher, que tenía como fin acabar con el régimen democrático y devolver el poder a la aristocracia militar imperial. Las iniciativas inmediatas de Brüning consistieron en radicalizar la política económica con menos gasto público y más impuestos, aunque con expansión del gasto militar y subsidios a la nobleza terrateniente, los Junkers. Como los presupuestos del nuevo Gobierno no fueron aprobados por el Parlamento, se recurrió a la orden presidencial, el Artículo 48. Puesto que el Parlamento votó para su cancelación, Hindenburg convocó elecciones en julio de 1930, que confirmaron al Partido Nazi como segunda fuerza tras el SPD, partido éste con notable pérdida de votos y escaños. El DKP experimentó una neta ascensión en resultado, como asimismo se ha indicado. El SPD, para evitar sucesivos bloqueos parlamentarios y convocatorias de elecciones, continuó con su política de inhibición, y permitió que la Kamarilla que de facto dirigía a Hindenburg, gobernase por el Artículo 48 con su apoyo parlamentario. Esta laxitud es un hecho clave que merece resaltarse, porque significa que el SPD, con el propósito de evitar afrontar la exigencia de la población para intervenir en la economía y reconducir las políticas liberales a los intereses sociales, consintió una gestión desacreditada e impopular, simplemente para prolongar su mayoría parlamentaria sin decantarse hacia el socialismo, y por el correlativo temor a que la población les abandonase por su empeño en el modelo capitalista libremercantil. La ascensión del nacional-socialismo y del comunismo les hacía temer que en otros comicios su partido aún perdiera más margen de votos, como así fue de modo exagerado no mucho después. Así que optaron por sostener a las elites reaccionarias que rodeaban a Hindenburg y el modelo de gobierno por decreto, hasta el último instante. Esta derechización que arreciaba (y que parecí