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UNION SOVIETICA EUROPEA


Actualizado: 23.05.2006· Año IV
Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.
(U. S. E)

¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!


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COMUNISTICA

“Día de la victoria” es como decretó el pueblo nepalí insurrecto el 25 de abril, después de que el día anterior el déspota sanguinario Gyanendra anunciara la reinstauración del parlamento democrático abolido en 2002 y el fin de 14 meses de represión absolutista. Una huelga general de 19 días con manifestaciones incluso bajo el estado de sitio y la masacre policial de una veintena de manifestantes han sido catalizadores directos del cambio de uno de los últimos regímenes feudales absolutistas que ha gozado del sostén de Estados Unidos; pero entre los motivos de fondo que han posibilitado las conquistas democráticas, está el vigor de un movimiento comunista de masas y la guerra civil de una década de duración, que ha debilitado el orden señorial y la monarquía tradicionales de Nepal, por mucho que los medios occidentales de propaganda se empeñen con denuedo en negarlo, soslayar o tergiversar la realidad para atribuir a los comunistas nepalíes un absurdo rol de accidentalidad y de pintoresca perversión terrorista. Un estrambótico ejemplo lo da la multinacional revista norteamericana “National Geographic” (2005) que en un habitual reportaje burdamente anti-científico, hace comentar al pánfilo entrevistador destacado sobre el terreno que los campesinos nepalíes “confían en el comunismo”, con el mezquino e idiota comentario de su parte de que es obvio que el comunismo les va a suponer “más atraso”. La revista cosmopolita de los “yuppies” occidentales pretende quizá recordar a los ricachos (y sus esbirros agradecidos) del mundo la necesidad de evitar la revolución comunista a estas alturas del “fin de la historia” y “choque de civilizaciones”...

El movimiento democrático de Nepal es el de un pueblo organizado en siete partidos opositores parlamentaristas y una insurgencia maoísta campesina. El Congreso Nepalí (CN) es el partido con más respaldo en las urnas (37,3% en las últimas elecciones de 2002), en la actualidad, de los partidos con representación parlamentaria; le sigue el Partido Comunista de Nepal (Marxista-Leninista) que obtuvo el 31,6 % de los sufragios en 2002, y que años atrás alcanzó mayoría y gobernó con la monarquía en una original y controvertida situación.

El Partido Comunista de Nepal (MLM o maoísta), inició su táctica armada revolucionaria (“guerra popular”) en las regiones rurales del país donde es hegemónico, en 1996, y desde hace meses se encuentra en las cercanías de la capital, Katmandú, en la eventual culminación de lo que se inserta, en la teoría de Mao Zedong, como el sitio y conquista de las ciudades desde el campo . Este último partido sin embargo y sin ser un acto inédito, acaba de declarar tres meses de alto el fuego como gesto estabilizador ante la apertura del parlamento por el rey Gyanendra, y reivindica asimismo desde hace años la formación de una Asamblea constituyente democrática, a pesar de que su programa formal se basa en la instauración de una “nueva democracia” basada en tres ejes fundamentales de la teoría estratégica maoísta: el partido, el ejército popular y la unión de masas o “frente popular”.

Mientras que EEUU, fiel sustento del tirano Gyanendra en la forma de ayudas militares, financieras y propagandísticas, incluye al maoísta PCN (MLM) en su catálogo de “organizaciones terroristas”, la UE ha exigido a ese partido guerrillero el abandono de la lucha armada tras la decisión del rey de Nepal de reabrir el parlamento y traspasar el gobierno al líder de confianza de la oposición parlamentaria (incluyendo los partidos comunistas), Girija Prasad Koirala, del CN. Es evidente que poco cabe comentar la actitud ciega y ultrarreaccionaria de unos Estados Unidos implicados en las más oscuras tramas represoras y retrógradas del mundo contemporáneo. La actitud de la UE es más comprensiva, pero engañosa, pues pretende deslegitimar uno de los factores motores democratizadores cruciales, la estrategia militar guerrillera comunista, con el pretexto o sobre la ingenua creencia de que las reformas observadas en apenas las últimas dos semanas previas a las concesiones resultan únicamente de la voluntad de la monarquía absoluta y del movimiento demócrata de los siete partidos, relegando a la puerilidad a una de las partes claves del proceso. A pesar de este juicio etnocentrista (y reaccionario) europeo, la postura de la UE roza el problema fundamental de Nepal, que es precisamente la incapacidad del movimiento comunista de ese país, globalmente tomado, para acceder de manera mayoritariamente abrumadora al poder en las condiciones anómalas de una unificación frustrada por la dilogía táctica de parlamentarismo y lucha armada. El cisma existente en el seno del movimiento comunista nepalí está provocado, en los términos políticos más superficiales, primero, por dicha divergencia respecto a la lucha armada como vía de acceso al poder. Y segundo, por la función utilitaria de complementariedad y suplementariedad de las estrategias de aquellos factores, lucha armada y parlamentarismo, con que se articulan coherentemente las dos facciones esenciales del movimiento comunista, a pesar del antagonismo doctrinal, con el fin de avanzar posiciones tangibles en la palestra política a favor de la democracia y el movimiento comunista conjunto. Por un lado, estrategias contrapuestas en contextos diferentes, por otro, fáctica distribución funcional de tareas estratégicas.

En los programas políticos que contiene la propaganda de sendos partidos comunistas con relevante apoyo popular en Nepal, se hacen reproches contundentes del partido homólogo. Los maoístas atribuyen a los comunistas parlamentaristas su base social pequeño burguesa, su reaccionarismo por aceptar la posibilidad de gobierno bajo las coordenadas de un régimen monárquico y no engrosar la táctica que consideran auténticamente revolucionaria, la “guerra popular”, para la derrota total de la monarquía. Los maoístas declinan la participación en el parlamento y no tienen por revolucionarios y coherentes con el marxismo al resto de los comunistas que sí lo hacen. Consideran a la mayoría de los demás partidos comunistas, sobre todo el mayoritario PCN (ML), organizaciones “derechistas”, “revisionistas” respecto al marxismo y al maoísmo, y alejados de las realidades del mundo campesino asiático. Los maoístas han llegado hasta manifestar su intención de anular a la disidencia comunista “revisionista” por medios contundentes... Sin embargo, más allá del panfleto, la estrategia observada con relación a los maoístas está en la práctica mucho más impregnada de colaboración y coordinación con los comunistas urbanos. Sus repetidas treguas se han verificado a cambio de reformas políticas para toda la nación arrancadas al poder absolutista, y sus reivindicaciones inmediatas a lo largo de los años han coincidido o se han complementado con las de los demás partidos de la oposición democrática parlamentarista, en especial sobre la cuestión esencial de la política de los últimos años, al versar acerca de la convocatoria de una Asamblea democrática electa. Su orientación estratégica real también ha consistido en instituirse como aval militar y así ayudar a los partidos parlamentarios en sus negociaciones, y en impulsar a la población urbana a radicalizar las reivindicaciones para obtener más concesiones generales, y para alertar sobre la poca credibilidad del monarca. Los maoístas sublevados han reclamado un régimen republicano con más énfasis coyuntural que uno inmediatamente socialista, y, a pesar de lo cruento de la represión y de las atrocidades de la guerra civil, han mantenido cauces de negociación con Palacio. De manera significativa, no han obstaculizado la acción política de los comunistas parlamentaristas y la dispersión electoral comunista con otro partido “comodín” o brazo político electoral concurrente en el presente o en los años anteriores a la monarquía totalitaria.

Los comunistas parlamentaristas del PCN (ML) proponen por su parte una intermediación con el fin de negociar el fin de la insurrección armada, con mayor empeño que el CN, también conforme en esta vía de solución a la guerra civil. No cabe duda que esta negociación ha sido en los tiempos de gobierno comunista de 14 meses inaceptable para la monarquía feudal, puesto que supone la reasunción de la reforma agraria , la piedra maestra de la modernización de Nepal, el talón de Aquiles del régimen feudal. Por lo que el comunismo parlamentarista (y tampoco cualquiera de los partidos centristas, nacionalistas, liberales y republicanos de Nepal) no puede afianzarse democráticamente sin la presión armada de la guerrilla maoísta sobre el poder militar terrateniente. La guerrilla comunista es tal en virtud de las relaciones clientelares y señoriales que mantienen al campesinado constreñido a la obediencia servil y política sin ninguna otra alternativa de autodefensa, y las circunscripciones electorales rurales, las más pobladas del país, de someterse al orden democrático sin presencia comunista armada estarían bajo el control y la voluntad de los señores feudales que reinstaurarían sistemáticamente la monarquía absoluta aplacando hasta la opción divergente más moderada por todos los medios, algunos militares, otros mucho más sutiles.

La hegemonía maoísta conquistada por las armas sobre gran parte de las zonas rurales del país impone otras relaciones políticas e incluso productivas en el campo, favorables a los pequeños propietarios campesinos y jornaleros, como demuestra la popularidad global del maoísmo en esas zonas. Sin embargo no puede de ninguna manera constituirse en un germen de culminación democrática, por la simple razón de que la estructura rural comprometida con la lucha armada está compuesta de estratos sociales y pequeños propietarios aún dependientes del capital, aunque sea de un capital mínimo y precario: las mismas complicaciones de la estructura de clases en el campo, imponen en el aparato político guerrillero la indispensabilidad actual de pasar por alto los conflictos políticos internos en pos de una meta superior que es la de concentrarse en el derrocamiento del poder despótico en la dimensión nacional mediante la unificación social de las clases sociales revolucionarias en el agro y, a más largo plazo, de la ciudad en favor del campo. Unas elecciones en las regiones bajo control maoísta supondrían concurrencia partidista de facto, entre las mismas facciones propias, y vulnerabilidad militar.

La conquista de las ciudades sin embargo, equivale a la disolución del régimen monárquico y del control clientelar electoral de la aristocracia agraria nepalí sobre el campesinado pro-comunista, pero sobre todo posibilita la idea de un tipo maoísta de unificación del movimiento comunista dotado del suficiente apoyo popular general como para imponer electoralmente la hegemonía de los comunistas rurales en el país. Esta victoria electoral hasta la fecha está bloqueada por la dictadura monárquica. Incluso si el proletariado comunista urbano, cuyas organizaciones partidistas son denunciadas como “revisionistas” por los insurgentes, fuera reticente a respaldar a los maoístas de Prachanda o de la guerrilla rural, en unas elecciones formales parlamentarias, los maoístas podrían contar con el peso electoral de la mayoría campesina para su victoria, por ello están relegados y forzados por el régimen monárquico a la lucha armada para defender su integridad y llevar su fuerza social al poder que se les arroba. Los comunistas urbanos, los más genuinos defensores de la clase proletaria asalariada tanto industrial como agraria están operando con una estrategia muy sutil en esta situación, con prudencia eximia ante la realidad interna del movimiento maoísta rural. Ya que el dominio político de los maoístas rurales desencadenaría ciertas disensiones internas amplificadas que dificultarían a su vez el desarrollo de un régimen democrático fiel en el país, porque seguirían confrontados, esta vez a escala nacional, a las tendencias conflictivas de su propio seno entre campesinos de diversa influencia y de diferentes patrimonios, donde en parte fundamental de las ocasiones, los más ardientes defensores del maoísmo resultan ser los que mantienen la expectativa de prosperar y acceder a la modernización a través de la transformación desde la condición de pequeño propietario labriego a la de burócrata, reproduciendo de una manera solapada la fractura clasista entre campesinos asalariados y pequeños (en esencia) propietarios ; un modelo de modernización promovido por los campesinos relativamente más acomodados que proyectan privilegios dentro de su concepción de socialismo globalmente emergente, en detrimento de los jornaleros, pequeños propietarios frustrados en sus expectativas mercantiles siendo así que a su vez fueron discriminados dentro del orden explotador feudal: Esta es la triste realidad del mismo Mao Zedong y el movimiento socialista agrario en China y su obsesión por conquistar la ciudad, la modernidad, para el labrador desertor de su condición que el mismo líder encarnó.

Estas contradicciones llevan a los maoístas a la invención de todo un entramado “comunal” e “igualitarista”, radical y estricto tanto más cuanto menos existe el régimen de los comunes, intransigente a toda crítica (como todo sistema de dominación clasista), en el que solapar la impronta de un estrato privilegiado que malversa en la medida de sus posibilidades y a través del poder público, de la división del trabajo y de las concesiones “comunales”, el excedente creado por el campesinado proletario . Pero también fuerza a la represión del proletariado urbano en sus reivindicaciones, de sus alternativas para el control social y político, mucho más genuinamente comunistas y derivadas de la concentración industrial en medio de la fragilidad constante del capital manufacturero y de sus representantes políticos infiltrados bajo cubierta socialista maoísta (véase la deriva neoliberalizadora de la RP China o la tragedia de una Camboya secuestrada por el imposible fascismo maoísta con el apoyo imperialista chino). La alianza comunista entre campesinos y proletarios urbanos, el cruce de la hoz y el martillo, es inestable y fraudulenta, forzosa, dentro de un planteamiento maoísta . Es esta la razón por la que un planteamiento maoísta coherente se traduce en una perpetua y retrógrada fuga al “santuario” de los modos de producción agrícolas donde generar bienes básicos y un excedente restringido para una burocracia de represión u oligarquía agraria, previniendo por todos los medios destructivos de control y devastación económica la concentración de capital y tecnología, la ciencia, el materialismo racionalista y la instrucción (en Corea del Norte las apariciones sobrenaturales están a la orden del día), la comunicación y la organización horizontal entre la clase trabajadora, la movilidad social, y consiguientemente la tendencia a la socialización de los medios de producción; un ámbito pues, donde atrincherarse ante el impulso industrial urbano socialista e imprescindible para fundar una sociedad comunista... ni tan siquiera funcional en sostener un simple orden democrático.

Pero hay otra síntesis unificadora más optimista para Nepal. Suponiendo que los maoístas de Asia hayan aprendido de las deficiencias reales del maoísmo en relación con el proyecto comunista, y que esta reflexión higienista se haya elaborado entre la vanguardia de la clase mayoritaria, la de los campesinos asalariados , y no entre los pequeños propietarios agricultores y los intrusos oportunistas de la burguesía terrateniente, caben razones para augurar lo muy apropiado de la estrategia que en hipótesis se está habilitando en Nepal por parte de su potente movimiento comunista. Lo fundamental de esta hipótesis reside en la clave de que en el momento de la comparecencia a las urnas y del eventual acceso al poder formal por el comunismo nepalí, la unificación del movimiento asalariado comunista urbano y campesino, se lleve a término en detrimento de los latifundistas, por supuesto, pero en especial, con la eliminación política del lastre de las clases intermedias o pequeño burguesas hasta el momento aliadas de conveniencia al bloque comunista campesino bajo la doctrina maoísta . El hecho de que el PCN (ML) urbano haya marcado tácticamente las distancias tanto respecto al movimiento maoísta como con la monarquía feudal es una valiosa señal que acredita dicha hipótesis. No importa que hasta el momento la guerra revolucionaria se haya ejecutado por el maoísmo. Llegada una nueva coyuntura revolucionaria, el maoísmo debiera segmentarse, en el mejor de los casos deseables por los marxistas, en favor de la hegemonía interna del proletariado rural con el fin de consolidar la integración con el minoritario proletariado urbano. En este sentido, el PCN (ML), esencialmente más vinculado a la industria que al campo, quizá invertirá sus recursos y destreza políticos en la forja de la unión entre campesinos asalariados y proletarios urbanos, haciendo prioritaria la modernización tecnológica del sector productivo principal del país, el agrario, pero ganándose con ello suficiente confianza en el campesinado más modesto frente a las clases intermedias, de las que puede provenir todo descarrilamiento del proyecto comunista en Nepal.

No se pueden tolerar alianzas falaces de trascendencia apodíctica entre clases sociales con intereses divergentes por mucho que en apariencia las divergencias sean relativamente despreciables. Si en una fase de la lucha democrática la alianza con la pequeña burguesía está siendo eficaz en la consecución de un régimen democrático de derecho, una etapa posterior en la que implantar reformas socialistas y marxistas es imposible con la presencia distorsionadora de la pequeña burguesía, ingénitamente dispuesta a reproducir las relaciones mercantiles y a obturar toda concentración de capital y con ello el debilitamiento del capital, mediante aparatos burocráticos oligárquicos y opresivos e ideológicamente desvirtuadores del comunismo. El socialismo en manos de un campesinado aburguesado sólo termina reproduciendo las fases evolutivas del capitalismo más clásico y decimonónico, incluyendo su estado-nación. Si la división actual entre tareas políticas y militares, urbanas y rurales, dentro del movimiento comunista de Nepal también fuera consciente de estas incompatibilidades internas y hubiera planificado su táctica de alianzas tras la eventual victoria comunista en las urnas que muy probablemente se avecina, estará dicho movimiento en condiciones de asentar un leal proyecto de socialismo marxista. Y para asegurar la primacía del proletariado, del factor asalariado frente al pequeño propietario campesino, en el movimiento comunista nepalí, es preciso valorar en su justa medida lo que en apariencia es una estrategia del PCN (ML) muy acertada: el apoyo modulado y calibrado a aquellas fuerzas sociales que por conservadoras que sean son las únicas capaces de contener y actuar en perjuicio de las otras clases intermedias agazapadas en el comunismo, las clases intermedias y su tendencia a constituirse en base social dominante del panorama político y económico de Nepal. Una relación de prudencia como la observada por parte del comunismo urbano en Nepal respecto de los terratenientes monárquicos es tan benéfica como la mantenida con el PCN maoísta, si de lo que se trata es de prevenir que este partido caiga definitivamente prisionero de la égida de los campesinos pequeño burgueses o humildes propietarios intermedios. Se trata de fomentar un contrapeso a la influencia política y a las aspiraciones económicas del pequeño poseedor rural que, en ausencia de un contrapoder terrateniente ocuparía su nicho social político al redistribuirse los latifundios, en la previsible reestructuración agraria, de forma sesgada en contra también del proletariado y la verdadera colectivización.

Una vía estratégica conveniente al proletariado comunista es llevar al desgaste a ambos grupos sociales armados: terratenientes feudales y pequeños propietarios campesinos. En la actualidad, la monarquía feudal se reserva la fuerza coactiva militar del estado, por esta razón, el maoísmo cumple una función vital de salvaguarda de los avances democráticos, a la vez que de equilibrio de poder entre la sociedad civil y la feudal; pero asimismo el conflicto de estas dos fuerzas cumple su función en el desgaste entre las clases sociales de Nepal que implica un perjuicio político debilitador especialmente para los grupos dominantes de pequeños campesinos y terratenientes, forzados por la rivalidad a atraerse al proletariado sobre todo rural a su causa partidista. Esta oposición mantenida es útil por ello, además de por asegurar un socaire militar, pues refuerza el papel indispensable del proletariado en el proceso político nepalí. Pero los comunistas genuinos no deben desaprovechar esta rivalidad para por otros medios complementarios impulsar el peso y la centralidad del proletariado.

Lógicamente, una alianza entre proletarios y terratenientes es contradictoria e inviable, pero más indirectamente es quizá posible afectar seriamente la base económica que sustenta a la pequeña burguesía mediante la negociación con el poder monárquico además de con la guerrilla maoísta, por parte del PCN(ML); unas negociaciones basadas en el traspaso progresivo de la propiedad latifundista directamente al proletariado o a sus instituciones especiales de nacionalización y colectivización dentro de la administración del estado, que implicarían en una fase intermedia la copropiedad y una renta decreciente con los años respecto a los antiguos feudales, a cambio de mantener unificadas y en constante modernización tecnológica y cooperativa las unidades productivas que en todo caso estarían bajo el control del estado y su asistencia técnica y solidaria. Con relación a los empleados asalariados, su estatus tendría que estar en constante mejora, así como su implicación administrativa como futuros cooperativistas. Esta forma aparentemente poco traumática que se espera de toda revolución violenta en los estereotipos de la ideología burguesa, pero que es más revolucionaria que redistribuir el botín de una expropiación caótica, arbitraria e improvisada a las facciones más oportunistas de todo movimiento político universal, es una manera discreta de preservar la gran propiedad en juego, de las ambiciones inconfesables de la pequeño burguesía agraria y maoísta, que sobre el terreno, una vez capaces, se activan naturalmente por el ánimo de lucro dejando a un lado los pactos, las promesas radicales, las constituciones progresistas y los valores filosóficos “románticos” de la propaganda.

La etapa de interregno entre feudalismo y socialismo será incapaz de verificarse en estos términos de no estar planificada por el movimiento comunista, que podría tomar el poder del estado en Nepal próximamente, para el constante fortalecimiento político y técnico del proletariado, de las clases asalariadas desheredadas, que imprescindiblemente debe transcurrir por la fase de colectivización de la tierra. En este mismo interregno, provisional y planificado, las grandes unidades productivas en copropiedad forzosa y negociada con los asalariados, pero también con los terratenientes encargados de mantener la integridad propietaria y aún extenderla, instigadas para su equipamiento con los últimos adelantos técnicos y con mayor mano de obra cualificada, eficaz reparto del trabajo entre más efectivos humanos motivados por una constante elevación de su influencia política y de su nivel de vida así como colaboración del estado central, competirán con más probabilidad de éxito frente a la clase de los pequeños campesinos, hasta la absorción de las parcelas y el trabajo aislado y retrógrado del pequeño propietario de la tierra, y con ello su influencia política tan perjudicial para el comunismo y el proletariado. No hay aquí “revisionismo” sino creación paciente y concienzuda de las condiciones determinantes e insalvables para la victoria irrefutable de la clase asalariada, sin retrocesos como los vergonzosamente observados en todo el planeta a manos de los infiltrados pseudo-comunistas, sea el proletariado nepalí o de otro país cualquiera predominantemente agrario, renunciando a “saltos” audaces y fraudulentos de líderes “iluminados” en la serie de etapas evolutivas fundamentales que son consustanciales e inderogables en los geniales postulados del marxismo más congruente. Estas etapas son inderogables, mutatis mutandis , hasta para el proletariado industrial más avanzado en el decrépito capitalismo de Europa.

El proceso no encierra más secreto que la subordinación política lógica al proceso social espontáneo de formación de un proletariado industrial y sobre todo campesino más numeroso, potente y homogéneo respecto de las otras clases sociales privilegiadas en el modo de producción capitalista y feudal. Si este proletariado alcanza el punto de mayoría abrumadora en la sociedad, una vez disueltas en su magnitud sustancial las clases intermedias , la burguesía y los rentistas agrarios, clases en conjunto insuficientemente minoritarias ahora, tendrán los días contados de forma “natural”: ese será el gran día de la revolución comunista en Nepal sin necesidad de más facciones rivales debilitadoras y ralentizadoras.____[Portada.][Memoria de Comunística.]

La hoz y el martillo en Nepal