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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo. |
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UNION SOVIETICA EUROPEA |
(U. S. E) |
Actualizado: 17.09.2008· Año VI | |
| FRENTE A CAMPAÑA DE AUSTERIDAD |
Vivir mejor sólo con más |
Esta es la consigna de coyuntura de la nueva compaña de adiestramiento capitalista: reducir los gastos o, según resume la obra de Latouche (2008), “vivir mejor con menos”. Puesto que el sistema capitalista hunde cada vez más inmisericordemente en la miseria a los sectores mayoritarios de la sociedad mundial, incluso en los que la clase asalariada ha resistido mejor, los estrategas de la alienación de masas al servicio de la burguesía, pretenden ahora que lo más saludable para una vida humana digna, racional y respetuosa con el medio ambiente es la austeridad. Los capitalistas y sus lacayos en el rol de ecólogos de última hora, políticos, académicos, periodistas, filósofos, empresarios pedantes, escritores oportunistas, famosos varios y, cómo no, los inevitables metomentodo, los actores, cantantes, directores de cine, bailarines y simples bufones prostituídos en cuerpo y alma al capital, se unen al coro propagandístico que recuerda y marca a la sociedad las líneas despóticas de comportamiento y lo moralmente aceptable por su ideología dominante. Las terminales aleccionadoras del capital prescriben “austeridad” para adelantarse a las protestas de los sectores a los que les resulta imprescindible una mejora salarial para hacer frente al saqueo que el capitalismo está efectuando como medio de solventar la crisis despilfarradora de la que es directamente culpable. De repente, el crecimiento capitalista o neoliberal, ya no son los modelos de sociedad que aseguran el progreso y la prosperidad en todos los sentidos, material y espiritual, del ser humano. Ahora, con un cinismo que revuelve las tripas, la nueva consigna del capitalismo es la fórmula inigualable sólo para asegurar el mejor estado espiritual del ser humano y la perfecta armonía con los recursos limitados de la naturaleza finita maltratada, puesto que el lujo y el nivel de consumo y bienestar que se prometían se han vuelto imposibles e incluso un obstáculo para la continuidad del sistema, es decir, para el beneficio capitalista. Toneladas de celulosa, expoliadas a las masas forestales del planeta y convertidas por las industrias más contaminantes en papel para soportar los engaños y barrabasadas de la ideología del crecimiento capitalista durante los últimos 30 años de involución neoconservadora, se envían ahora a la basura y se sustituyen por un nuevo despilfarro propagandístico: la austeridad, la piedra angular del nuevo producto moral de la ideología capitalista más alevosa, como siempre, para consumo de las clases subalternas. Hoy la cantinela es la de convencer al ciudadano de que no despilfarre, se contente con lo que tiene y además reduzca los gastos superfluos. Estos gastos considerados superfluos cada vez ocupan una lista más larga, pero tienen una característica: son todos comunes a los diversos sectores de la sociedad. Son genéricos para una población genérica: luz, agua, alimento, papel, carburante, etc. No hay que gastar más de lo estrictamente necesario , e incluso renunciar a muchas pautas de consumo para ayudar al sistema o “a los demás”, y también a uno mismo, a sortear la crisis. Comer conejo en vez de cordero en las fiestas de fin de año es un ejemplo que propuso un miembro del Gobierno socialista y que aún se repite de cuando en cuando en los medios, a pesar de la mala acogida que tuvo entre la población más afectada por la inflación, las clases más modestas, a las que se las había arrancado la confianza en el socialismo a golpe exaltaciones de la abundancia y oportunidades que brindaba la nueva era de liberalización: “¡Mirad la antes insignificante China comunista cómo crece y produce valor con el capitalismo!” Expresiones de este tipo cada vez son menos frecuentes, aunque el anticomunismo es aún tan feroz que la tentación aún provoca contradicciones entre los voceros del amo burgués. El Gobierno social-liberal de Zapatero, a través de su ministro de industria, un acérrimo neoliberal, también ha pretendido impulsar el ahorro energético a través de la incentivación de una tasa preferencial, más barata, a aquellos hogares que se decidan a reducir su consumo al nivel de una familia modesta... de los años 50; es decir, presiona para enviar a los pobres a las tinieblas, y así ampliar el fondo de energía disponible y más barata para los más adinerados... Es el nuevo neoliberalismo, o el mismo desenmascarado, el de la regresión histórica. La clave es la noción de “lo estrictamente necesario”. Lo estrictamente necesario para un simple asalariado puede pasar incluso por acatar las recomendaciones de las neocon autoridades públicas de Madrid o los propagandistas del poder que han llegado a sugerir, con gran despliegue de cartelería pública, que no se beba agua (un vaso vacío con una pajita en medio de un erial resquebrajado por la sequía con una leyenda alertando de la inminencia de la sequía) o, a recomendar prescindir de la mitad de las duchas o lavados de cabellera diarios. Lo estrictamente necesario para una familia acomodada será prescindir con más asiduidad del yacuzi , de las saunas, o de asiduas y opíparas cenas en los mejores restaurantes de la capital o las capitales extranjeras, a las que viajan en primera clase de un gran jet contaminante o en un jet privado; de la iluminación total de sus fincas, debemos creer, incluso cuando esto supone un riesgo para la seguridad... Pero puesto que las recomendaciones, por lo usual, sólo se reducen a lo “estrictamente necesario”, el gran poseedor o el burgués reducirán aquélla parte que no contraviene su condición ineludible e irrenunciable, la de propietario, aquella parte, por consiguiente, que no socava su misma condición de usufructuario de los muchos recursos con valor que posee y detrae de la función de la propiedad privada. No se trata sólo de que el burgués tienda a demostrar su poder mediante rituales costosos, lo cual tiene su utilidad simbólica en la comunicación social y en el orden psicológico. Se trata, de forma distinta, de que el burgués precisa en esencia utilizar una parte máxima de su renta o riqueza en el consumo propio sin que ello perjudique la acumulación de capital que le permite su dispendio – y aún sea un impulso relativo para esa misma acumulación–, y de que tal consumo propio halla su sentido en el esfuerzo de supervivencia personal, familiar y de todo el entorno en que se basa el poder, la propiedad y la producción de valor bajo su dirección. El burgués no sólo consume por malos hábitos, por vicio, sino porque el vicio es una de sus fundamentos de existencia: la competencia por el valor y el mantenimiento de las relaciones sociales que le hacen privilegiado le empujan fatalmente a la adquisición de los recursos de máximo valor disponibles en la sociedad por cualquier medio, más bien avieso. Con el fin de perpetuarse frente a los competidores burgueses y ante el conflicto con las clases que explota, el burgués o el rentista, el “rico” que domina las sociedades modernas, se arma de los medios técnicos más sofisticados, caros y dispendiosos para su perpetuación. No sólo se trata de hacer más competitiva su empresa industrial o sus estrategias acaparadoras y especuladoras en el mercado; se trata de utilizar los mejores y más costosos medios, a cualquier precio humano, comunitario o ecológico, para asegurar su permanencia y primacía alcanzadas. Esto se consigue no únicamente adquiriendo los bienes de consumo más preciados o encargando la producción de otros aún más costosos y con más valor añadido, sino también haciendo todo lo posible para que el resto de la sociedad que explota o compite con él no pueda hacerse con ellos. El nivel más espectacular de privación de la competencia lo constituyen las guerras internacionales, donde se destruye la fibra productiva del pueblo antagónico; pero un nivel de guerra más sibilino y sostenido es la norma cotidiana del capitalismo. El burgués destruye para debilitar a su competencia, sean obreros, científicos, aristócratas u otros capitalistas. Así, el estado francés del antiguo régimen consumía la parte sustancial de su presupuesto, bastante oneroso para el resto de la población con obligación de contribuir al fisco, en el mantenimiento de la Corte, donde eran corrientes los fastos y excesos de todo tipo. El fin no era sólo el lujo extravagante y ocioso, o dar pábulo a una maldad ingénita, sino el apuntalamiento de un orden en el que la aristocracia y la primacía de la monarquía centralista eran el objetivo fundamental, lo cual se lograba privando de los recursos excedentes al resto de los sectores sociales (burguesía, campesinado, artesanado, etc.) y de la misma aristocracia local que, de otra manera, hubiera podido organizar su estado en beneficio propio y, en el caso de esa aristocracia local, reproducir los feudos o erigir otro núcleo centralista compuesto por otras estirpes. El burgués británico del siglo XVIII y XIX era dado al dispendio y al exceso abrumador en alimentos, vivienda, ocio, viajes y demás hábitos en su carácter más aparentemente insensato, en medio de una sociedad cruelmente desposeída, desnutrida, prostituída y explotada. Sin embargo, el consumo exagerado de estas clases afianzaba a través de esta fórmula aniquiladora su hegemonía indiscutible. Los fisiócratas, los economistas de la época, vinieron a pretextar esta actitud vergonzosa con el argumento de la función social utilitaria de las “clases ociosas”, al estar especializadas en la renovación de la demanda y la productividad del orden social existente que, de otro modo, no sería tan eficaz o “civilizado”. Hay algo de razón en estas afirmaciones insidiosas, y no es otra cosa que la función del derroche destructivo para la perpetuación de un orden social injusto y en gran parte irracional para la mayoría de la sociedad. El privar a los miembros subalternos de la sociedad de los medios de su progreso y realización en todos los sentidos, sea educativo, alimentario, sanitario, mejora de las condiciones de trabajo, etc., tiene como complemento el afán destructivo de los excedentes por una minoría incapaz de emplearlos en el bien común y en fines más productivos. Un afán devastador realizado mediante la aplicación de tales recursos, expropiados en el modelo de relaciones sociales, además de en el propio fortalecimiento del sujeto dominante, física y psicológicamente, también con la erección de proyectos estéticos e inútiles o, lo que sería equivalente, el hacer de la destrucción de los excedentes un espectáculo de reafirmación y reforzamiento de la ideología dominante; en lo que prima, no obstante, la puesta de los bienes de consumo y mejora –aparte de los medios de producción– fuera del alcance de los sectores hostiles a la perpetuación personal de la parte dominante. Si el objeto convencional del mecenazgo se ha concretizado en el uso de los excedentes para desarrollo de las propias capacidades de la burguesía y, como mucho, para alimentar sus redes clientelares, el objeto real sustancial no ha sido principalmente más que la eliminación del excedente que pudiera ser utilizado por las fuerzas hostiles a la burguesía (y en su momento, la aristocracia); nada mejor que el pretexto del impulso de las letras, las artes, la religión o la ciencia para ocultar proyectos que dejaban en la charca a la mayoría de la población: todo para el pueblo, pero sin el pueblo. No obstante, si en la era de la dominación aristocrática los excedentes se podían mermar adecuadamente mediante un lujo dispendioso inmoral, la guerra y para la estética con que operar la manipulación psicosocial de la población, en la era hegemónica burguesa la industria es tan productiva que es imperativo el despliegue de métodos más eficaces, brutales o sofisticados, de destrucción y derroche del excedente. Si en el Antiguo Régimen se erigían palacios extraordinarios que con el tiempo han pasado al sector público, en la era industrial burguesa, aún con medios para superar con mucho las producciones medievales, el grueso de sus obras –las que no están al servicio del mal gusto particular del ricacho burgués– son quincalla, trapo, grasa y cascotes que están transformando la faz de la tierra en una escombrera. Es posible comprobar esta situación hoy en día, quizá más que jamás antes en la historia, a pesar de la estrategia mimética que la burguesía ha intentado cultivar, desde la Revolución de 1789 y la constante expansión del socialismo desde el siglo XIX, con el fin de equipararse a las fuerzas del trabajo y justificar así la propiedad privada y su preocupación por el bien común ante la ciudadanía. Hay casos en que el magnate consume sólo agua de los torrentes de Bora Bora, siendo el motivo las supuestas cualidades salutíferas. Otros ricachos se ocupan en proyectos de empaquetar, literalmente, la mayor extensión de espacio posible, como una forma de arte vanguardista, habiendo planeado cubrir una metrópolis entera. Otros emplean una miríada de millones en formar parte de la tripulación de viajes espaciales, y ya se están gestionando empresas de turismo espacial. Los daños sociales y ecológicos, los estragos de toda la clase burguesa y los aspirantes a integrarse en ella en todo el mundo, han puesto al planeta al borde del colapso y la convulsión. Aunque nadie, por ahora, puede detener a unos energúmenos que poseen la égida de la humanidad y para los que lo “estrictamente necesario” es el despilfarro más aberrante. Precisamente, la misión de desalojar del poder a esta especie de parásitos es dificultosa por el alto grado de devastación de los bienes y medios expoliados a las demás clases sociales sometidas y que les serían precisos para manumitirse de la hegemonía burguesa. El aludido sistema de autopreservación pasa, como se ha dicho, no únicamente por la destrucción de valor según la fórmula ya reseñada por Marx de “producción por producción”, o por la destrucción especulativa de mercancías para mantener los precios y los beneficios altos, sino también por la demolición y devastación de los bienes de consumo excedentes que pudieran de otro modo, de ser redistribuidos o racionalmente aprovechados, fortalecer a los competidores del capitalista, sean otros burgueses (igualmente perversos) en el negocio de la acumulación de capital o proletarios siempre presionados a la depauperación si no luchan para revertir la tendencia. La famosa millonaria que bebe agua de las cascadas de islas remotas no duda en malgastar –para el resto de la sociedad y la ecología– miles de litros de keroseno y el trabajo de técnicos para llevar hasta su mesa aquello que le va a procurar (sin entrar a discutir la fantasía de caso) una vida más larga y un vigor superior, una primacía en relación con sus competidores, y ventajas que son la recompensa, y se legitiman en último término, por la vanidosa responsabilidad con que el sistema capitalista sitúa a la persona de estos parásitos de la humanidad en la tarea propagandística y material de perpetuar el orden existente. El ricacho inficionado a la carrera espacial, curiosamente sobre todo a partir de la desaparición de la URSS y la fuerte competencia por la conquista del espacio exterior, no deriva tanta satisfacción de la experiencia de astronauta como en la experiencia sublime de someter la más avanzada tecnología e industria de la sociedad humana a sus designios privados . De este modo, la industria espacial y todos sus costosos y valiosos recursos se reorientan hacia el sector privado, al negocio turístico, ocioso, se ponen a los pies del burgués, se detraen del sector público, del bien comunitario, de los proyectos puramente científicos y productivos, del astronauta profesional y su cometido. Se ponen al servicio de mentecato individual envanecido hasta el endiosamiento. No falta la correspondiente propaganda pretextando el dispendio irracional para acallar a los inevitables críticos: relanzamiento de la industria espacial, altruismo científico, aportación de financiación, modos originales de continuar con la investigación... Pero en el fondo sólo hay un vejestorio o heredero caprichoso y podrido de dinero, malgastando los recursos tecnológicos y económicos de la humanidad, esto es, ejecutando la fórmula letal por la que la competencia (el sector público, la industria del procomún, el socialismo, la racionalidad, la planificación, etc.) se debilita y desmantela privándole de sus recursos a través de su destrucción o derroche a gran escala. En este caso, las plusvalías de la fuerza de trabajo se malgastan gravemente para mayor gloria baldía de pervertidos capitalistas y para estancamiento o retroceso de los explotados. Reducir el consumo a lo “estrictamente necesario” es, por tanto, un arma de doble filo lanzada a un público genérico, indiferenciado, pero cuya interpretación tiene diferentes intenciones para los ideólogos de la burguesía, según a qué clase vaya dirigida tal consigna o quién la vaya a recoger en el marco de una conciencia adormecida e ingenua. Las condiciones de pauperización creciente del proletariado hacen que la roma y elemental consigna que airean los medios sin cesar tenga una apariencia de total racionalidad. Pues da la casualidad de que esa propuesta de limitación del consumismo ha sido la norma para la inmensa mayoría de la ciudadanía, que sólo ha podido consumir vivienda o el mobiliario necesario para fundar un hogar con su endeudamiento durante décadas a tasas de interés de usura. Los propagandistas de la burguesía hoy reconvertidos a la austeridad ecológica sin renunciar a sus recompensas económicas y alto poder adquisitivo y nivel de consumo, no cejan ni por un instante de incidir, con esa recomendación indistinta de reducir la gasto, sobre los que menos tienen y consumen, de restregar a los simples ciudadanos la necesidad de que la pauta histórica de crecimiento y mejora social generalizada desde la postguerra se frene (más aún de lo que está ralentizada) e incluso se invierta. Es importante subrayar que esta demanda genérica de austeridad dirigida hacia la sociedad sin distingos, nunca, de ninguna manera, se fija o polemiza acerca de quién consume más, el qué y para qué, y las respectivas consecuencias de cada cual en la destrucción del entorno y los recursos; también queda en el limbo la revisión del mecanismo que rige el orden social general: el derecho a posesión y consumo sin limitación para aquellos que triunfan en el sistema capitalista, el lucro ilimitado como contraparte a la acumulación exitosa de capital. Esos siniestros ultrarreaccionarios que se han apoderado de la idea de progreso y designan como de “retrógrados” a los que resisten a la neoliberalización y a sus expolios desde sus púlpitos consideran ahora, en nombre del comedimiento hacia la ecología y la escasez de la crisis –su crisis– necesario que el estado de bienestar desaparezca, que el simple trabajador renuncie a vivir como los que “sí lo merecen” por ser solventes o poseer dignidades y presuntos “méritos” profesionales, financieros, propietarios y comerciales que crean y se reparten entre sí sin rubor las clases despóticas. Comienza a cundir la idea de que sólo los potentados poseen el derecho al goce de los bienes y valores que, sin embargo, son el producto directo de los asalariados. Esta gentuza llega hasta el extremo de denunciar el “dispendio” económico imposible y la “insostenibilidad” de adquirir una vivienda propia, cuando atesoran, en España sólo, 2 millones de viviendas vacías edificadas al precio de miles y miles de trabajadores fallecidos en el tajo por las despreciables condiciones de explotación; aluden una y otra vez al desastre medioambiental que supone el disponer de un automóvil, cuando no hay otro modo de llegar a empresas que la especulación del ladrillo ha situado alejadas del transporte público, con la connivencia de las autoridades empeñadas en planes “renove” de ampliación del parque rodado y las compañías automovilísticas; o del derroche culpable de poseer una televisión de plasma, o un ordenador conectado a la banda ancha, o de lavarse la cabeza una vez al día... Filósofos bien empotrados en el sistema, conscientes de la mina que supone la nueva actitud alienante del capital en su crisis, exigen a la ciudadanía morigeración en el consumo, hasta el extremo de que algunos, como Latouche ( íb .) plantean la disminución del ritmo de innovación tecnológica. El capitalismo hoy , en plena crisis, de tripas hace corazón y pretende vendernos una ideología de decrecimiento productivo con que cohonestar y naturalizar su desastroso sistema. Empresas energéticas como Endesa, con total descaro, aprovechan su publicidad para promocionar un cambio “imaginativo” del modelo de sociedad, de “estar en el mundo”, ahora que se resisten a reducir los precios de venta al público de los carburantes cuyo coste ha descendido por debajo de los 100 $ el barril. El capitalismo adepto a la transformación social (regresiva) en la actualidad, solicita un cambio de modelo a la sociedad “entera” ahora que su régimen sufre dificultades y contradicciones casi insuperables; pero celebró con pompa y euforia el descarrilamiento del mayor proyecto jamás intentado de cambio racional y planificado, de justicia social que fue el socialismo real. Ahora, los socialistas anti-utópicos debemos intentar hacer descarrilar sin piedad el capitalismo que nos pide auxilio en sus horas bajas de agonía prolongada. Nosotros los marxistas también proponemos un cambio “imaginativo” condescendiente no con el capitalismo, sino con el socialismo real que, en su momento y dos décadas después del golpe de estado permanente y violento de Yeltsin entre 1991 y 1993, y aún todavía, fue fustigado y condenado sin ninguna oportunidad de reconstitución “imaginativa”. Esta feria de hipócrita conciencia ecológica y austeridad contrasta con la euforia consumista que mostraban los mismos medios en la época en la que los promotores inmobiliarios obtenían sus disparatados beneficios de la venta masiva de pisos, los cuales construían en eriales, sin tener asegurado el aprovisionamiento de agua ni la capacidad del entorno para proveerla, o abriéndose paso de manera brutal por los reductos forestales y cinegéticos del país –hasta llevar el lince ibérico a su práctica exterminación o a la quema de regiones enteras como en Galicia. Los mismos que han estado promoviendo la importación masiva de población inmigrante, hasta sumar 5 millones de habitantes más a la población de España, se rasgan las vestiduras ante el desperdicio “insostenible” del agua en el uso doméstico. Pero nadie parece dignase a considerar el gasto que ha supuesto el desarrollo inútil de una producción inmobiliaria con millones de casas sin ocupar ni vender, el expolio del agua potable por la industria turística que regaló el agua sin restricciones como incentivo, en regiones secas como Alicante, Murcia o Almería, a los compradores o arrendadores, la mayoría extranjeros, de la vivienda que tanta ganancia les dejaba; o la presión realmente insostenible de millones de inmigrantes y turistas a añadir a un país que lleva años convirtiéndose en un secarla, por citar sólo unos casos significativos. Los modos de vida mantenidos hasta aquí por los españoles ya no son viables, dicen, pero no se preguntan sobre la viabilidad de sus experimentos capitalistas lunáticos, ni tampoco se encargan de levantar el silencio en relación con el uso de los recursos que los más acomodados del país dilapidan: ¿Por qué miles de familias o individuos adinerados poseen un número de automóviles tan profuso que no necesitan? ¿Por qué se permite la venta de todo terrenos cuya fabricación supone decenas de miles de litros de agua potable por unidad y gastos enormes de combustible cuando la mayoría de los usuarios son urbanos? ¿Por qué se sigue promocionando el golf en un país seco, por mucho que el agua se “recicle”, lo cual supone un gasto energético? ¿Qué motivo es el que impide regular el llenado de las piscinas y los riegos de las residenciales y los pozos artesianos incontrolados? Algunos osan advertir que el agua se privatizará –la ultrarreaccionaria presidenta de la Comunidad de Madrid privatizará el Canal de Isabel II– o que se debe subir de precio para disuadir el uso “abusivo”: pero esto sería un robo al pueblo soberano dueño de ese recurso natural y de los medios públicos para hacer efectivo ese derecho, una medida que favorecería a los solventes que exprimen a las clases más vulnerables y que podrían seguir pagando sus vicios destructivos además de reducir su contribución al bien común. Esos que amenazan a la población con la sed se aprovechan de la ignorancia generalizada de la población trabajadora (sólo equiparable a la de los propagandistas a cargo de la burguesía) sobre el problema del agua, y que el 70% del agua disponible se emplea en la agricultura, mal tecnificada y poco eficiente de España, un país que se resiste al avance por la senda industrial, lo que supone desperdiciar el 50% del agua. Y una agricultura mal planificada o supervisada por el Estado, es decir, abusiva y posible a expensas de la ciudadanía general a la que se le escatima el agua, porque el empresario cultiva especies tropicales , de alto consumo en agua, poco aptas para unas tierras secas como las españolas, y cuyo producto es ante todo accesible para los más pudientes y el mercado exterior... Aunque menor, el derroche existe también en la industria (20% del consumo de agua) y en las obras públicas de canalización. Sólo un promedio del 5% se va en el consumo de los hogares, en el uso vital de las personas. Pero para el Estado y la clase burguesa es preferible exprimir a la colectividad para reducir el gasto consecuencia a su ineptitud y avaricia, pues saben que, dentro de la colectividad, son inmensa mayoría los menos dotados y las clases trabajadoras, las que menos consumen y menos culpables son del dispendio acuático. El agua que se le quita de la boca al paria desinformado revierte en los negocios despilfarradores del capitalista, con lo que la clase burguesa no sale perjudicada de las campañas para el ahorro doméstico del consumo de agua, aunque, ablandado por la mala conciencia y las campañas de ahorro, deje de consumir una cantidad x, para aumentar, por otro lado, según va ampliando la producción y propiedades, y consumiendo beneficios, una cantidad x+1. Ni siquiera All Gore, el eximio activista contra el cambio climático, puede escapar a esta paradoja como poseedor de grandes propiedades: no es preciso demostrar que sus propiedades residenciales consumen lo que una población estadounidense de 2000 habitantes; no es necesario pensar que se trata de una calumnia neocón puesto que no hace falta demostrar que Gore cuenta con un nivel de consumo inimaginable para un asalariado español de ese casi 60% que no llega a los mil euros mensuales, el Sr. Gore recaudando cientos de miles por una sola conferencia. No obstante, la campaña por la austeridad jamás se detiene en quienes más gastan, limitándose a culpar y estigmatizar a la colectividad en conjunto y, cada vez más, a esa elucubración encubridora que han dado en llamar “ciudadano medio”, al cursi “ciudadano de a pie”, las clases asalariadas. Para el Estado y los burgueses es preferible racanear ese 5% de agua a la población modesta que invertir en tecnología para mejorar el rendimiento del agua disponible. Y la razón fundamental para tanta aversión a la tecnología es que presupone siempre una reducción de los márgenes de beneficio, al absorber una cantidad suplementaria de inversión en capital fijo. Pero, los que fueron alevosamente inducidos y animados sin escrúpulos a asumir deudas para hacer frente a su proceso vital (emancipación, casamiento, reproducción) nunca dejaron de pagar hasta que vino la inflación y la crisis financiera. Los trabajadores que honestamente hacían frente a sus deudas tenían sus avales sancionados por la legendaria prudencia de los bancos. Todo esto, al menos en España y EEUU, tiene el mal aspecto de una estafa nacional organizada en connivencia con el Estado. Ahora, esos mismos trabajadores, no pueden hacer frente a la deuda en sus nuevas condiciones, pero no por su deshonestidad: el sistema los ha dejado en la cuneta destruyendo sus fuentes de ingresos y avales e imponiendo una “tasa” arbitraria sobre su salario real. Se argumenta que los consumidores españoles hubieran debido optar por hipotecas a tipo de interés fijo, pero fueron animados, es más, presionados –porque especularon con una necesidad vital como la vivienda y la reproducción de la población– por la política económica de gobiernos pro-especulación y al servicio del sector financiero a relanzar la economía sobre la base de tipos variables: los asalariados españoles no hubieran podido hacer frente a otro sistema de pago de la deuda por la caridad de los tipos variables. La banca y los gobiernos asociados, supieran bien su oficio o no, son los primeros responsables. Pero no hay que absolver a una gran masa de asalariados inconscientes, políticamente transigentes y adeptos al capitalismo. Pero si la manada de propagandistas apólogos del capital aspira a que el asalariado consuma menos, antes debería pedirle a sus amos que devuelvan a la sociedad los recursos que les han expropiado o destruido con la inflación, reducción de salario, impuestos, paro y caída del valor de los activos con su pésima y fraudulenta gestión de la economía. Una vez recompuestos y reintegrados los bienes que han desaparecido, los capitalistas y sus perros de guardia podrían quizá recomendar un uso discreto de los recursos. Aunque esto supondría que fueran los capitalistas y sus ejecutivos y sicarios los que comenzaran por practicar la austeridad, y por tanto es harto improbable que ocurra. Así que, en esta situación, aconsejar comedimiento en el gasto es un consejo ocioso, cuya única intención sólo puede consistir en el lavado de cerebro; porque, los asalariados españoles, que no llegaban en un 70% a finales de mes con sus salarios de miseria en el mucho más boyante 2006, ahora deben confrontar bastantes más penurias, sin ahorros, dados los bajos salarios desde los años noventa. Sin embargo, recomendar eutrapelia y continencia monástica a la población en general, sin diferenciar en clases (como todo el mundo sabe, la lucha de clases está “por decreto” fenecida), tiene como consecuencia curiosa el pretender que el asalariado contenga su consumo en proporción a su penuria tradicional agravada por lo que la crisis le ha quitado, lo cual no deja de ser una recomendación sandía, porque ya estaba en pleno ajuste automático –a no ser que en el trasfondo real esté la intención de apaciguar la demanda salarial que comienza a emerger hasta en países con una clase trabajadora tan disgregada y pasiva como la española... Y también tiene por consecuencia el pretender que el potentado y acomodado burgués hiper-consumista no gaste más de lo que precisa, esto es: que cierre el grifo de sus cuatro mansiones, pisos y chalés cuando se cepilla los dientes, que apague el motor de sus 6 automóviles de altísima gama cuando no avanza en un atasco de circulación, o que en vez de comprar infinidad de artículos y complementos de calidad se contente con algunos menos. Este debe ser el objetivo de las campañas de concienciación social al estilo liberal: dejar a cada cual su definición de lo que es ahorro y “estrictamente necesario”, lo que tiene la virtud de respetar la propiedad privada, aunque sea una propiedad individual grandiosa pero, extrañamente, de consumo cero. Los ecologistas neoliberales deberían aclarar esta extraña preferencia por la vasta propiedad privada “limpia” que sus doctrinas implican, pero que, extrañamente, es aquella que gasta y contamina aún menos que el consumo de subsistencia del asalariado. Y, sin embargo, cuando el Estado interviene, parece inclinarse por mercantilizar, expropiar, privatizar y tasar a todos por igual, es decir, en perjuicio de los más desfavorecidos. Entonces, mientras se quiere que la mayoría de la población reduzca su consumo básico, el burgués estará legitimado para continuar con su derroche principal del que habrá de descontar el detalle de aquello que no le es imprescindible. Y, lo que no es imprescindible para el burgués, ¿acaso es su costoso patrimonio que además es inevitablemente caro de mantener? ¿Es posible terminar con la devastación letal de la naturaleza más espléndida sin acabar antes o contener en gran medida la propiedad privada? Para el burgués y sus sicarios la respuesta es inequívoca y tiene connotaciones bíblicas: desahuciando en el grado máximo a la mayoría de la humanidad de la naturaleza. Para esta hazaña, los dioses que se creen los mastuerzos burgueses de Trilateral y Club Bildelberg, etc. cuentan con un arma coercitiva que es, precisamente, la devastación del entorno y los recursos naturales que atribuir a los que más la sufren puesto que, sería inconcebible, intolerable, es más, imposible, atacarse a la propiedad privada; en su mentalidad, dicha propiedad privada es aquello que mantiene a salvo de la destrucción de las masas desaprensivas los recursos vitales –y la sobre-abundancia permanente– para garantizar un mínimo de orden y bienestar general. Esta apropiación y expulsión del “edén” sólo es relativamente viable con el arrasamiento de los medios de resistencia de la nación explotada. “Vivir mejor con menos” es la nueva consigna de la ideología capitalista asfixiante para la mayoría e incluso para los mismos capitalistas arruinados por la crisis rampante y el canibalismo libremercantil. No obstante, el capitalismo no ahorró medios para convencer a la humanidad entera, ricos y menos ricos, particularmente desde los años en que el socialismo real y la URSS se anegaban en el estercolero capitalista, de que el modelo neoliberal, capitalista, burgués, de libre mercado, era el único capaz de responder a las expectativas de prosperidad y crecimiento, de progreso y avance social, de riqueza y recompensa del mérito. El socialismo, aseguraban enfáticos y fanáticos, había sido un azar raro y pasajero de la historia de la humanidad en un mundo regido por el caos afín, ante todo, al libre mercado; una extravagancia histórica, un interregno de la marcha natural de la economía formal; o aún más, un fenómeno de cariz religioso provocado por las fuerzas diabólicas en acción, las “fuerzas del mal” (como decía Reagan en coherencia con la ideología supersticiosa del neocapitalismo) que por fin se corregía con el derrumbe “propio” de los estados socialistas. Entonces se ensalzaba cualquier expresión del dispendio y de la opulencia del Occidente capitalista y liberal, cualquier derroche estrambótico, con tal de mostrar y remachar la idea de la supremacía económica del modelo de propiedad privada. Apenas nadie, en los medios, ni siquiera los “comunistas” tránsfugas que acabarían en la izquierda liberal, alzaron la voz para recordar que el socialismo en Europa –el New Deal en EEUU y políticas parecidas en Canadá- era la causa intrínseca del bienestar alcanzado por sus sociedades en general, al haber limitado algunos de los efectos perniciosos del capitalismo desbocado. Muy pocos comentaristas con fuerza en los medios, ni siquiera aquellos sustentados por la “izquierda” hasta entonces socialista, se aprestaron a prevenir acerca de una realidad bien conocida que describe las crisis de producción del capitalismo y las consecuencias que terminan en guerras atroces. (Alguien debería ir advirtiendo de que los procesos de expansión liberal desembocan en proteccionismo y en guerras mundiales cada vez más amplias y destructivas, y que muy probablemente es lo que nos depara el futuro no muy lejano.) Todo les parecía a estos formadores de opinión, académicos e ideólogos bien atado por los resortes de protección social existentes y la gestión económica vigilada a cierta distancia por ese estilo débil de poder que se ha dado en llamar “gobernanza”. Nadie con influencia parecía querer pensar en que el mismo fundamento de la estabilidad social en Europa, se estaba socavando por el capital. Ahora que el crecimiento está comprometido por el “propio” capitalismo, el burgués llora, suplica, previene, amenaza, gasta enormes sumas en difundir sus ideas para intentar un cambio de orden: el que finiquitará el “estado de bienestar”, sus migas, para destinar los recursos “liberados” al apuntalamiento de ese estafermo decrépito que es el sistema capitalista. El estado de bienestar parece hoy reservado a la cura y preservación del capitalismo, mientras que las fuerzas del trabajo se quieren desalojar del Estado de bienestar que sufragan. Por ello hoy el crecimiento ya no es la consigna, ya no hay que competir con un estado socialista, la URSS, a la que se desacreditaba sin cesar con el argumento cínico de que se había estancado en el atraso de la austeridad , que era incapaz de crecer ... de destruir , por mucho que la destrucción a gran escala de los recursos, de los bienes y el entorno en la URSS fuera el instrumento para desalojar definitivamente al proletariado del poder por una burguesía que ha llevado al caos capitalista a una superpotencia mundial. Lo mismo ocurre en China, donde el poder de la clase capitalista se está asentando sobre la destrucción salvaje de los recursos humanos y naturales del país. Pero, puesto que esta devastación se hace abiertamente para la gloria del capital, los daños se silencian, se desdramatizan, se racionalizan (“es una economía joven e inexperta”), se excusan con el argumento de que es “el precio que hay que pagar para la modernización”. No ocurriría lo mismo si la degradación de vidas y entornos se hiciera en un ámbito político confuso, bajo la resistencia de sectores socialistas –la URSS–, a los que se acusaría presto de la responsabilidad de los estragos, para reforzar la emergencia del capital. Dicho sea de paso, todavía no se ha alzado la voz de los consumidores europeos cuyos capitalistas les inundan con la lluvia de desperdicios chinos, de pésima calidad y riesgo para la salud, pero que tan útiles les resulta a los burgueses y sus burócratas para reducir la inflación y los salarios reales de modo indirecto, es decir, para dar de comer y consumir mierda a sus poblaciones más modestas, las que más adquieren la montaña de basura producida por los inhumanos talleres y fábricas esclavistas del putrefacto país oriental. Y es que las clases más modestas y consumidoras de basura china son las más marginadas de los medios de propaganda dominantes europeos que, ahora, propugnan la “austeridad”. Ante esta situación, los comunistas hoy debemos empeñarnos ante todo en una cosa: vivir mejor con más . Es hoy, más que nunca, cuando los marxistas deben hacer exigir la mejor sanidad, indumentaria, vacaciones, salarios, educación, vivienda, transportes, consumo en general y, ante todo, los mayores esfuerzos en inversión para proteger el medio ambiente y su regeneración . El proletariado y los muchos millones de pobres (en España más de 8, un 20% de la población) que poco tienen que ganar con las instrucciones de austeridad y espiritualismo de coyuntura de los burgueses y su costoso sistema, con la nueva moral que la burguesía quiere imponer al proletariado (el beato Tony Blair lo comprendió en un momento temprano, antes que muchos dirigentes reaccionarios del mundo), debe ser persuadido de la necesidad de llevar a su máxima expresión la noción de lo “estrictamente necesario”. Esto es, hay que hacer recuento y suma de carencias. Con ello, el proletariado redundará en la defensa y expansión de sus intereses en perjuicio de una clase inepta y fracasada, parásita y que sólo pervive a través de la destrucción de los recursos naturales y sociales. Exigir mayor productividad para provecho del común equivale a arrebatar los bienes y valores producidos por el proletariado para evitar su malversación y devastación en manos de los burgueses. Crecimiento en espiral debe anteponerse a estancamiento y austeridad: inevitablemente esto exigirá un desarrollo más acentuado de la tecnología y los medios productivos, también de la planificación y redistribución de dichos medios, hasta que el capital saque la bandera blanca de rendición. Por el contrario, lógicamente, en las fases de expansión el proletariado debiera combatir el crecimiento ciego de la industria, pues en su calidad de segmentos de un proceso único, sólo conducen al marasmo, a la especulación y la producción por la producción, a crisis mundiales casi con exactitud. O, lo que es igual, el capitalismo supone diversas fases distintas y complementarias de aniquilación del valor. En esta fase de estanflación, la tecnología y la investigación científica también –como en las fases de expansión útil en la contención de la irracionalidad capitalista– es un imperativo para la redención de la clase trabajadora. Pues el crecimiento, si bien debe generarse con la utilización del mayor volumen de recursos y excedentes en inversiones para socavar la ganancia capitalista, no obstante, no debe arruinar un futuro sostenible ni el medio ecológico, la garantía de supervivencia y supremacía final de la clase social explotada. Sin embargo, si la burguesía impone la aniquilación suicida, será antes preferible que los recursos sean malgastados por el proletariado en una estrategia de “tierra quemada”, como la que se practicó en la resistencia antinazi de la URSS... La planificación debe ser igualmente inderogable para no caer en el modelo anárquico y demencial de la competencia destructiva característica del capitalismo; por ejemplo, la planificación familiar y la racionalización de la población mundial, un tema urgente en los años 60 y 70 desechado por la política neoliberal, debe retomarse con urgencia, pues un mayor equilibrio de la evolución natalicia revertiría en el fortalecimiento de la clase trabajadora mundial frente a sus explotadores, evitando el sometimiedo de naciones enteras a la producción abundante de mano de obra semi-esclava, así como a las tendencias genocidas contra la clase trabajadora occidental, con más derechos políticos y económicos molestos para el burgués. Ciencia, planificación, crecimiento, productividad, altos rendimientos, demografía más reducida, fuertes tasas de consumo energético deben contraponerse a los intentos del capital por derivar los recursos de la fuerza de trabajo para su apuntalamiento. Debido a la penetración de la ideología capitalista omnipresente y dilapidadora de recursos, lo dicho puede parecer absurdo en el contexto de la actual crisis ecológica, de sobreproducción y hecatombe ecológica, pero los marxistas genuinos seguimos abogando por la misma concepción de progreso a pesar de los muchos avatares de la infeliz aventura capitalista, y convendría comenzar a destruir los mitos contemporáneos de la ideología burguesa. Por el contrario: el crecimiento económico y material, científico y tecnológico, planificado y al servicio de la humanidad en su conjunto, esto es, de la justicia social, es el factor verdaderamente indispensables para desarrollar los medios con que regenerar e incluso impulsar la diversidad ecológica en este maltratado planeta. Hay que contar, empero, que el capitalismo hará lo posible para detener el aprovechamiento constructivo de la ciencia para el desarrollo equilibrado de la humanidad, por ejemplo saboteando el clamor ciudadano por la ampliación de la gestión pública eficiente, o retardando cuanto pueda la aplicación de nuevas fuentes de energía ilimitada y barata, la fusión nuclear, y optando antes por otras más sucias y sometidas al riesgo del desastre en un sistema inestable y guiado por la avaricia mercantil y la violencia, como es la fisión nuclear. Pero jamás hay que resignarse a la agonía de la ruina cavernaria y de la impotencia en un mundo degradado y herido de muerte por el capital. Antes que perecer en una cloaca de burgueses hay que batirse, y el recurso es el crecimiento planificado sin límites.____[Comunística] [Portada.] |
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