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UNION SOVIETICA EUROPEA


TESAURO/glosario/último combate
Actualizado: 26.11.2005· Año III
Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.
(U. S. E)

¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!


 

 

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"Ultimo combate". Con esta terminología los estudiosos de la Revolución Soviética, los teóricos del comunismo y los analistas de la praxis de Lenin, ciertas escuelas de militantes y los críticos del estalinismo (p. ej. ver algunos trotskistas) se han referido a la confrontación entre la dictadura democrática del proletariado por un lado, y la reemergencia de un Estado burocrático oligárquico por otro, en el proceso de implantación del socialismo en la URSS y otros países socialistas en el siglo XX. Sin embargo, cada vez es más ineludible clarificar la cuestión: no es la Revolución socialista soviética creadora de la nueva república de los proletarios la matriz en la que germinan las dos tendencias o proyectos antagonistas de construcción del régimen socialista referidos. Hay que ser al máximo escépticos con estas explicaciones ergotistas, porque la relevancia del problema no admite simplismos. Esa bifurcación faccional que parece que se está asentando como explicación del eventual fracaso de la Revolución soviética y la ascensión del estalinismo y el "capitalismo de estado" contiene lo que persiguen al fin los enemigos del comunismo, i.e., centrar las causas de la deriva decadente de la experiencia de la República de los soviets y el socialismo revolucionario en la misma naturaleza de los factores más genuinos a la obra en la Revolución de Octubre de 1917. De ninguna manera se les puede regalar esa concesión a los adversarios del comunismo, en especial cuando la evidencia de una realidad histórica más procedente clama elucidación. Muy al contrario, se trata de tomar conciencia de que las causas del naufragio parcial de la Revolución comunista son externas a dicha efeméride; y que hay muchos indicios, si no obviedades, que muestran cómo la derrota a medio y largo plazo de la Revolución socialista bajo el estalinismo y otras agresiones tienen su origen en la contrarrevolución, el zarismo, el feudalismo ruso, las potencias extranjeras, el capital, etc. Hay que conculcar la representación de un movimiento revolucionario coherente y otro desviado, pérfido y artero, o la noción en cualquiera de sus variantes de un partido, o vanguardia, o movimiento social comunistas que entronizados en el poder optan por utilizarlo para transfigurarse oportunistamente en oligarquía, lo que se ha llamado "el pecado burgués". No se dio variación alótropa decisiva dentro de la fibra de la Revolución. Esto no ha existido en líneas significativas y mucho menos como causa del destino final de la Revolución contra el Imperio zarista y después en la URSS. Se trata por contra de una única confrontación: la de la Revolución socialista firma y compactada como antítesis irreconciliable del antiguo régimen capitalista. Para la mejor compresión de esta finalidad aclaratoria, será de utilidad el evitar la confusión entre dimensiones intrínsecamente alógenas si bien suplementarias: espacio físico de confrontación y ámbito social. La Revolución soviética disfrutó del apoyo democrático de la mayoría de la población; alcanzó el grueso de la estructura de poder del Estado de la República de Kerensky ocupando las principales instituciones en las principales ciudades del inmenso país; tuvo que organizar un Ejército Rojo de proletarios urbanos y campesinos para imponer el nuevo orden democrático en los espacios públicos y en las regiones contra las tropas feudales, cosacas, extranjeras, blancos, etc. creando un frente trazable en un mapa de campaña. Pero ocupar o dominar espacios físicos, territoriales o institucionales, militares, incluso democráticos, no significa controlar completamente una sociedad, sus intrincadas relaciones sociales, sus grupos étnicos cada cual con diversas formas de estratificación y modo de producción, sus recursos. En muchas ocasiones, la desaparición de tropas armadas contrarrevolucionarias de un área geográfica ni tan siquiera significaba que las familias y los clanes históricamente dominantes fueran a desaparecer por arte de magia por la simple presencia de unos pocos guardias rojos. La realidad social (que es la misma realidad económica para los marxistas) se impuso a la simple voluntad política, ideológica. Inmensas capas de la población, incluso afectas en cuerpo y alma a la Revolución, no eran capaces de destruir el poder de los terratenientes feudales con sus ejércitos privados por doquier. La guerra revolucionaria en el plano interno fue arrolladora en las regiones industrializadas y metropolitanas, en las regiones agrarias proletarizadas, sin embargo, en grandes extensiones de la sociedad del país, la masa social ni siquiera estaba en ocasiones vinculada a ningún tipo de actitud e inteligencia política. Una de las preocupaciones del mismo Lenin era despertar la conciencia política del campesinado "recién llegado al combate político". La Revolución Soviética, atenazada y martirizada por las fuerzas organizadas de los zaristas e imperialistas ingleses y franceses, además de amenazados por el ejército germano, también tuvo que hacer frente a la guerra interna: de ahí que la mayoría de los dirigentes comunistas (incluso Bukharin [obsesionado con la destrucción universal de la burguesía] y Trotsky finalmente) desearan a todo precio la paz con las potencias extranjeras, pues llevar la precaria guerra revolucionaria al ámbito social interno era la garantía de éxito de la insurrección y la prioridad absoluta para acabar con la reacción. Una vez que la Revolución se impone como poder estabilizado, no se lleva a cabo un genocidio al estilo nazi de la población indeseable (los marxistas y otros revolucionarios pretenden cambiar el sistema social, no erradicar al ser humano en sí bajo la excusa de sus genes irrecuperables). Al contrario, la tolerancia, la ingenuidad y la debilidad incapacitante del recién nacido poder público frente a sus contrincantes y en relación a la resistencia del antiguo sistema de intercambio se percibe en la merma catastrófica del abastecimiento de bienes agrícolas, que no están bajo control directo de los trabajadores fabriles, y sí de los especuladores del mercado; surge un mercado libre clandestino que coacciona al proletariado urbano rojo con la alternativa del hambre, ambos elementos siendo la prueba obvia de que el sistema librecambista no ha desaparecido del trasfondo social dentro de la apariencia y expectativas voluntaristas de un nuevo régimen socialista. Como es sabido, Lenin introduce la Nueva Política Económica para abastecer los mercados, evitar la hambruna y controlar mínimamente esta economía negra, concentrando su avance al socialismo por vías más sutiles, no tanto impositivas, como de competencia directa con el capitalismo agrario, mediante la politización del campo, es decir la organización del proletariado campesino, y la incentivación de la colectivización democrática, por ejemplo a través de una estrecha cooperación entre innovación tecnológica y proletariado urbano industrial con un campesinado que pronto comprenderá las ventajas de la gran inversión en un agro atrasado y dividido. Lenin elige de entre muchos emblemas propuestos aquel de la hoz y el martillo cruzados como símbolo de la nueva cooperación proletaria planificada en un orden superior productivo de tipo asociativo que será el resultante de los avatares que componen la NEP. En esta situación los enemigos del socialismo con sus ejércitos contrarrevolucionarios en desbandada, aquellas capas de la población poseedoras y en una situación desesperada ante una pérdida de privilegios irremisible, con muy escasos márgenes de maniobra política, van a responder con una estrategia audaz que sólo la tenacidad por la supervivencia puede motivar: el pacto con la Revolución. Su primer éxito, en forma anónima, ya es observable en la NEP. Los poseedores agrícolas de todo estatus en general, alcanzaron a forzar una liberalización del mercado que sin embargo fue desbaratada con la estrategia de la NEP, tan eficaz que se mantuvo años y fue referente constante en la planificación política hasta la ejecución de Bukharin en los años 30, su más destacado defensor. La última táctica disponible para la reacción interna, para los millones de pequeños y grandes propietarios aún sin expropiar en sus remotos pagos de la inmensa Rusia y otras repúblicas, para los usureros y estraperlistas en todos los lugares, no fue otra que la de capitular en sus acciones de sabotaje económico, de guerrilla antirrevolucionaria, a cambio de negociar y contribuir directamente a la constitución de la autoridad del nuevo Estado, subrogando su antigua autoridad basamentada en la propiedad de la tierra por una nueva autoridad basada en la representación de la autoridad del Estado central. Constituirse en definitiva en sátrapas con control relativo de la administración pública y del poder público democrático de las ciudades. A cambio de aceptar la expropiación de lo fundamental de las haciendas y de incluir en la política local ciertas directrices de promoción social de la población más modesta, el poder pasaba directamente a los notables, que además eran los más cualificados para desarrollar tareas funcionariales. El cacicazgo rural ha sido la base de la contrarrevolución y el antisovietismo en un Imperio eminentemente agrícola. Los caciques actuando como quintacolumnistas de la Revolución se "tiñeron de rojo" para confundir mejor sus auténticos objetivos. Josif Stalin fue el líder del nuevo régimen que más supo extraer beneficios políticos de esta enorme (y aún así minoritaria demográficamente) y poderosa base social rebelde contra el zarismo en ciertos aspectos, pero fundamentalmente reaccionaria frente al socialismo con objetivos comunistas. Desde siempre las ambigüedades ideológicas de Stalin hacían sospechar de su solvencia marxista por mucho que se declarase acérrimo comunista. Intelectualmente no despuntaba y no era capaz de defender análisis políticos en público por su inseguridad analítica discursiva. Stalin plagiaba principios, tácticas y soluciones que aplicaba como suyas o que descartaba según la conveniencia del momento; eludió entrar en discusiones de fondo, redactó pocos textos, y no tuvo ampacho en aniquilar a la totalidad de los genuinos líderes marxistas tras haberlos enfrentado. Sus tácticas se inspiraban más en el populismo caudillista (su manía iconográfica no es más que una traslación de la del Cristo ortodoxo a su autocracia narcisista) basándose en una caridad cristianizante y mesiánica para con los pobres que en el racionalismo sociológico, estructural, determinista del marxismo. Su mente estaba anclada en el universo psicosocial de la Rusia profunda, y su infancia era la de un campesino pobre y después catequista despreciado, vengativo y envidioso, ante la opresión de la norma religiosa. No concebía íntimamente el internacionalismo, ni el gran desarrollo y expansión orbícola de la ciencia y los avances de Occidente, no sentía como vital la democracía ni conocía más que de paso el mundo industrial de Europa y ni tan siquiera de Rusia... Lenin le acusó de utilizar métodos feudales brutales, antidemocráticos y de las épocas más oscuras de la Europa pre-industrial; según M. Lewin, le acusó de lo peor que se podía acusar a alguien durante la Revolución, de chovinista ruso... Lenin, en su carta testamental política recomienda a Trotsky frente a un Stalin que tilda de "brutal". J. Stalin, sin duda, es el hombre de la contrarrevolución interna, aquel miembro del movimiento revolucionario que va a revelarse como el eslabón más falsificado y alevoso (con toda su facción), sino también, el agente infiltrado desde el primer momento por los sectores sociales agrarios en la Revolución de 1917, el líder de toda una corriente actitudinal de militantes y activistas que están pergeñando una revolución paralela y ajena que confunden y camuflan en la Revolución soviética y comunista de los bolcheviques para medrar a su cuenta. Esto se puede comprender mejor si concebimos que en la fase histórica de la Revolución bolchevique, hay otras revoluciones en marcha, paralelas, antagonistas, unas que emergen identificables, otras que son abortadas, otras diseñadas en las mentes de las innumerables facciones y partidos en lucha. La Revolución de Febrero es una revolución burguesa que precede en unos meses a la soviética; pero los esseristas, los socialdemócratas, los social-chovinistas, y los mencheviques cada cual planea una distinta; los campesinos, los grandes y pequeños burgueses industriales y comerciantes, los nacionalistas, los proletarios y laboreros, los intelectuales, funcionarios, y todos los grupos sociales organizados o no aspiran a su revolución. La Revolución socialista bolchevique es la resultante, la que se alza con el parabién popular, la que recibe más votos en los soviets; aunque, según se extiende y se afianza, mayor va a ser la resistencia y el descalabro que encuentra, como correlativamente mayor va a ser la función alternativa de los partidos agrarios pequeñoburgueses que en gran parte habían permanecido como aliados de los comunistas bolcheviques en los soviets, o que se habían unido a la resistencia armada. La contrarrevolución sólo puede proseguir, en lo sucesivo, cediendo gran parte de sus aspiraciones, privilegios y normas, contravenida por el bolchevismo, pero a cambio sus valedores van a concentrar su voluntad, acción y apoyo políticos en la facción que más va a aprovechar y reactualizar sus prerrogativas e intereses, al grupo más apegado al nacionalismo campesino pequeñoburgués ruso, al sector que tiene como objetivo la edificación de un Estado por encima de todas las cosas, un Estado por encima de la democracia, los intereses de la clase asalariada y el socialismo marxista. Un Estado inspirado directamente en el Estado Imperial zarista y para el que el socialismo y la colectivización únicamente son métodos actualizados de ahondar y perpetuar su esencia jerárquica. El trasunto de Estado zarista que persigue el partido estaliniano emboscado en la Revolución socialista de 1917, es la forma modernizada de su función anterior de acumulación capitalista y de la maximización de la apropiación de los excedentes de la sociedad rusa e imperial. Cuando Lenin indica en su referida carta, tras decantarse por Trotsky, que no es lo realmente importante qué individuo (Trotsky o Stalin) ocupen la presidencia, y que lo auténticamente importante es la colectivización, está siendo congruente con la doctrina materialista y el marxismo, pero está reflexionando según parámetros ajenos a los esquemas mentales de Stalin y la reacción chovinista campesina; en la teoría o percepción marxistas no son las voluntades individuales los generadores de los regímenes de subsistencia sino al contrario, el régimen de producción y propiedad lo que determina la cúpula política; también está pensando en la colectivización democrática y en interés de la clase proletaria en tanto que partícipes comunes y protagonistas centrales de la Revolución. Stalin contrariamente va a implicar la colectivización en la concentración de la propiedad del Estado, de su Estado jerárquico y totalitario, que ulteriormente, no significa otra cosa que la emergencia del ultramodernismo nacional-socialista retro-revolucionario en un Estado imperial zarista obsoleto que encontraba dificultades insuperables para adaptarse a las nuevas exigencias de la lucha reaccionaria contra el ascenso de la clase asalariada y de solución de la crisis del capital internacional. Stalin, aún sin necesidad de conciencia, es el portador rarificado de las nuevas teorías y designios de G. Le Bon, de Sorel y del fascismo europeo que el Estado zarista no ha podido ni sabido imponer (y que más tarde el Estado italiano y el alemán y otros sí podrán y sabrán). A este tipo de líder y de movimiento paralelo inserto en la Revolución pero en contra de esta, es al cual los campesinos poseedores, la clase media imperial, y todos los reaccionarios concederán su confianza a cambio de formar parte de esa jerarquía burocrática que con el marxismo se les niega. Se trata en resumen de un cambalache astuto: se pierde la titularidad de los medios de producción, pero se gana una autoridad funcionarial con la que continuar accediendo a las regalías y a la prelación sobre los excedentes. Se pierde la propiedad nominal pero no la real. No es difícil comprender entonces que el estalinismo, sus líderes y representantes adquiriesen prominencia en los soviets, recibiesen el apoyo popular frente a los compromisarios marxistas, puesto que además de presentarse como fieles a las proezas de la Revolución, al marxismo y a Lenin, en un derroche de confusión propagandística, eran capaces de hacer avanzar la implantación del socialismo y la pseudo-colectivización mucho más rápidamente y con menos resistencias que los partidarios de una sofisticada y lenta pero mucho más honesta y democrática colectivización comunista en el marco de la NEP. La acuciante, expeditiva y precipitada socialización en falso del estalinismo no constituyó más que una añagaza encubridora de los pactos con las clases intermedias y caciques locales para incorporarse a la clase funcionarial a cambio de permitir la confiscación y colectivización de las tierras que sirvieran de tramoya redistribuidora socializante, de aparente coherencia democrática. Toda esta maquinaria estaliniana de estato-nacionalismo sólo tenía una traba, un obstáculo insuperable: la Revolución Soviética, sus líderes, sus proletarios empeñados en el socialismo democrático, sus asalariados fabriles, los grandes núcleos de obreros y laboreros que precisaban del comunismo para su mejora, los anticlericales, los profesionales conscientes sin medios de producción. En estos grupos se cebó la represión estalinista: el Ejército Rojo fue diezmado al 75% y sus oficiales y tropa reemplazados por gentes del campo afines a los valores nacional-chovinistas de Stalin, mientras los comunistas eran enviados al exterminio bajo acusación de subversión y terrorismo. Pero gracias a la Revolución, a sus millones de comunistas caídos en combate contra todas las formas de explotación, internas o externas, la URSS no se convirtió en un estado rigurosamente fascista, primando más el socialismo y la incentivación de la ciencia, así como la trasferencia de tecnología al campo, y la colectivización democrática a pesar de la colectivización del estatalismo nacionalista "granruso" de Stalin y sus continuadores, pues el proletariado soviético defendió con la fuerza, durante décadas de guerra civil abierta o larvada, el camino recto al comunismo, sólo frustrado por la reacción y la corrosión de estos parásitos mimetizados de la Revolución Socialista de Octubre en pos de su propia "revolución" o, mejor, "retro-revolución". Como resultante, la URSS se convirtió objetivamente en el régimen que compatibilizaba a duras penas la eficiencia socialista con el hurto institucionalizado de su burocracia sobre los asalariados; un régimen que según degradaba el impulso revolucionario y comunista se saldó en un orden "social-demócrata" (con su correspondiente oligarquía), el más avanzado del planeta en términos cualitativos, en el sistema más redistributivo pero más improductivo, endeudado y costoso y a largo plazo ruinoso, un Estado correspondiente a las teorías del "estado social" de von Stein, o en la "ley de Wagner" y sucesivas teorías del "estado de bienestar"; pero con esa sensación para todo observador de que la violencia totalitaria fascista, que el nacionalismo imperialista y que la injusticia de las clases sociales convivían con las concesiones prioritariamente simbólicas a una Revolución que se había intentado aniquilar hasta el grado cero. Es por estas razones que ni Lenin ni la Revolución se aplicaron en ningún "ultimo combate". Se trata del mismo combate, el del socialismo marxista, del comunismo moderno del proletariado contra el capital, su estado nacional y el imperialismo. Se trata del mismo combate contra el oportunismo de Kautsky o Bauer, de las mismas contendencias entre reformistas, socialistas conservadores por un lado, y marxistas y comunistas por otro de la II Internacional, pero más que desviaciones surgidas del movimiento socialista en acción, se trata ante todo del mero combate contra las fuerzas de la reacción más modernas y actualizadas ya presentes a finales del siglo XIX y hoy de nuevo en alza: el social-chovinismo, el nacional-socialismo, el fascismo, todos con su impronta de soborno, gregarización y corrupción redistributiva a escala nacional para erigir y petrificar el orden jerárquico del que se extirpe la igualdad de oportunidades entre los hombres.___ [Volver.]

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Tesauro OCDE de antropológía y otras ciencias sociales