¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
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Utopía. Del griego ou "non" y topos "lugar", "en ningún lugar". El filósofo alemán F. Nietzche en su concepto de "anticristo" (del que cínicamente salva a Cristo) arremete contra la iglesia de Pedro, el primer Papa, por sus ideas próximas a los pobres, su afán "igualitarista" y su defensa de los que son unos "fracasados" de la historia y la naturaleza; también desprecia a Lutero por su resentimiento y mala opinión sobre la corrupción, opulencia y disipación del clero pontificio que observa en el siglo XVI en la Italia renacentista. Para Nietzche, es el reformador evangelista un fracasado que no comprende la gloria y la magnificencia de los aristócratas renacentistas y su amor por los placeres terrenos, vitalistas. Pero el filósofo germánico no entendió demasiado de situaciones sociales: lejos de ser así el panorama, ocurre que es la burguesía y sus obreros los que construyen el Renacimiento, y todos esas "cosas elevadas, hermosas, arriesgadas..." su producto. Mientras que son los aristócratas, laicos o clericales, mecenas o aventureros, la rémora de esos avances civilizacionales, como también lo son los evangelistas que someten a la clase trabajadora a una disciplina cristiana sobre-explotadora. Es precisamente un humanista ínclito, Tomás Moro, el que en pleno Renacimiento publica en 1516 una obra clave de la historia moderna: Utopía. Este filósofo inglés católico se opone con fiereza e inteligencia a la Reforma que tanto detesta Nieztche por su sombrío y árido influjo cultural. Aún hoy los ingleses más conservadores y nacionalistas recuerdan con amargura a ese gran hombre de pensamiento y acción que además de defender los logros del movimiento humanista, defendió un internacionalismo por aquel entonces centrado en Roma, pero más prodigioso aún, se distinguió por su interés en las formas de emancipación humana, justicia social e igualdad de oportunidades en una república o régimen terrenal justo. Sin duda alguna, Moro es uno de nuestros profetas, que abiertamente habló de la conveniencia y superioridad neta de la sociedad comunista sin tapujos. Evidentemente esto no tiene nada que ver con esas bravatas infames que siempre olvidan la cara real (sino toda la persona) de los pensadores y políticos humanistas, así como el gran auge de las reformas que existieron en la Italia del Renacimiento de la mano del desarrollo de los gremios y el sistema capitalista por aquel entonces un fenómeno progresista e innovador (para disgusto de la publicidad histórica de los anglosajones). Ni qué decir tiene que el egregio Tomás Moro no se constituyó en esbirro de la aristocracia católica ociosa y pervertida que tanto defiende Nieztche, pues abogó por la reforma decidida de la Iglesia católica. Otro de los prejuicios tópicos es considerar al comunismo como "utopía" en el sentido de quimera o ensoñación. Pero Tomás Moro, comunista él mismo, y cuya estatua se yergue aún a los muros del Kremlin de Moscú, redactó Utopía con el fin inconfundible de demostrar que la época de las falacias delirantes de la Edad Media sobre paraísos inalcanzables y reinos de fábula (la Barataria que tanto critica Cervantes un siglo después en El Quijote) era una pérdida de tiempo y un lujo que la Modernidad no podía permitirse; Utopía es la negación de la utopía en el movimiento social comunista: es el aviso de que los comunistas nos debemos apartar de manera radical de ensoñaciones y de objetivos imposibles. En definitivas cuentas, Utopía, la gran obra, es una brújula para los navegantes que aspiran al comunismo, que lo necesitan como necestian el agua para vivir. Es por eso quizá, que Moro estuvo comprometido con la iglesia católica en la persecución de los evangelistas en Inglaterra, pues ellos representaban en la época, el germen primitivo y poco definido de lo que evolucionaría a modelos sociales auténticamente perversos: el nacionalismo liberal mercantil e imperialista en Inglaterra, y el nazismo en Alemania. Pero hasta dónde llegará la degradación propagandística contaminante del capitalismo sobre la obra intelectual del comunismo, con la ayuda rufianesca de la socialdemocracia y el izquierdismo que, hasta algunos ingenuos de los que se dicen comunistas hoy ¡se autodefinen como idealistas y utópicos! _ [Volver.]
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