Los analistas del discurso categorizan varios tipos de textos: contexto , texto , pre-texto y pos-texto. Esta categorización es marcadamente útil en la metodología etnográfica y antropológica, pues estas ramas de las ciencias sociales retienen con especial afán la esfera contextual de los relatos de las circunstancias humanas. Estas categorías ayudan a situar los campos actitudinales en la arena política, por ejemplo con respecto al manido y fraudulento aserto del “choque de civilizaciones”. El “contexto” en este desarrollo analítico está confeccionado por las notas añadidas al texto con información sobre las circunstancias e interpretaciones teóricas y etnográficas del observador “tercero” (autor de este artículo) que rodean a los eventos resumidos, estos últimos, resúmenes de las noticias o “texto”. Los “pre-textos” aluden a los contenidos de las descripciones, argumentaciones y coartadas de los grupos intérpretes, actores abstractos principales aunque se haga uso de sentencias o actitudes relevantes de personas concretas, involucrados en el conflicto y su relato textual, e interesados en su máxima repercusión.
Como epílogo se añade una noción sintética sobre las diferentes versiones pre-textuales, el “meta-contexto”, o resultante del análisis sistemático de los diversos pre-textos más relevantes teorizados por un tercer observador o narrador (el autor de la presente composición) con su propio repertorio pre-textual. Como puede colegirse, las líneas analíticas siguen un patrón dialéctico , además de histórico y materialista, es decir, pragmático.
La última narración o texto . La descripción de la realidad consta de muchos textos, y ante la imposibilidad aquí de resumir todos los textos relativos al terrorismo en Londres se apercibirá que este último en Occidente se conecta, correlaciona o desvincula en diverso grado de los demás atentados en Irak o Israel u otros países directamente envueltos en el conflicto según las fuentes, como parte aislada o agregada en un sistema de eventos del mismo tipo. En el caso londinense la atención del texto se centra en Londres como símbolo mayor para sus autores. En la dinámica de acontecimientos desgraciados que han vuelto a la primera plana de la preocupación de Occidente y Europa en particular, con ocasión del atentado terrorista de Londres, se subraya el hecho de que los suicidas, no obstante su confesión musulmana, hayan sido ciudadanos regulares con nacionalidad británica, criados, educados y ocupados en el interior del sistema nacional británico. Esta condición de ciudadanía británica de los autores, independientemente de otras consecuencias relativas al fenómeno terrorista como la jurídica o la policial, ha sido muy realzada y utilizada por los propagandistas de la auténtica “cruzada” imperialista occidental para desacreditar todo tipo de explicación lógica, racional y materialista del terrorismo; por el contrario, se trata de combatir sin concesiones ni justificaciones de ningún tipo a esa “ideología diabólica ” (T. Blair en unas recientes declaraciones para exonerar la ejecución extrajudicial de la policía inglesa contra un residente brasileño). Es decir, y en relación a la globalidad de las actitudes del imperialismo occidental, teniendo como fin último, o expectativa posible de corolario narrativo ( post-texto ), exculpar su actitud opresora y racista, a la vez que desplazar toda la culpa sobre los musulmanes y en parte sobre los occidentales críticos y anti-imperialistas.
El pre-texto sobre los terroristas islamistas según los imperialistas cristianos. Puesto que los culpables suicidas en “casi” todos los atentados contra los sacrosantos “valores occidentales” (se refieren a sus valores imperialistas y parafascistas con esa metonimia identitaria) pertenecen, en estos esquemas y percepciones, a familias de clases sociales media-alta y alta, gozan de todos los bienes de sus “iguales” de la generación definida por edad en el país, han gozado de todos los parabienes para estar “bien integrados” y se han beneficiado de “todas las ventajas sociales” de los países que acogieron a sus padres inmigrantes, incluyendo la formación superior universitaria, y otras muchas ventajas que a un británico u occidental no-musulmán no le llevan a considerarse un paria o un oprimido social, o por el racismo de su nación en tanto que miembro de minoría religiosa de las decenas que existen en Occidente, se ha de concluir que no existe razón alguna “material” para achacar a estos individuos una conducta tan animosa. Queda descartado el móvil de la venganza por motivos político-religiosos puesto que, según estos opinantes e ideólogos, fueron los islamistas los que primero asestaron un golpe homicida contra la población civil de EEUU el 11 de septiembre de 2001. Esto es, la única explicación que cabe deducir es la que la conducta conflictiva proviene de un móvil inescrutable y ajeno al control de la acción humana, un móvil irreductible y maldito : “odio” en estado puro, crueldad de las mentes de estos ejecutores, locura siniestra, y, en especial, una calidad intrínsecamente malévola de las enseñanzas e ideas que han guiado en su violencia en primer término a estos individuos que se supone sometidos a un “lavado de cerebro” para su mayor desconexión de la lógica racional del mundo que les rodea y les cobija, para actuar en coherencia con esa identidad bastarda y extraña a Occidente, se supone, es el islam . Los padres de uno de los suicidas islamistas también han explicado que su hijo pudo haber sido sometido a un “lavado de cerebro”. En las versiones más radicales de la extrema derecha, no poco difundida de manera latente en el mundo occidental, se apunta a la imposibilidad de integrar, asimilar, identificar o adscribir al ser humano moldeado por una raza y grupo étnico, religioso, civilizacional o nacional, a otro grupo diferente de las mismas características. El primordialismo está siendo un recurso muy potente en el nacionalismo acérrimo que reemerge contemporáneamente.
Según declaraciones de T. Blair en referencia a los móviles del terrorismo internacional que efectuó el atentado en Londres, "se trata de una perversión de la auténtica fe del islam (...)” que debe ser denunciada por los musulmanes moderados, y es necesario que los elementos moderados de la comunidad islámica se alcen para denunciarla”: aparece de nuevo el término de perversión , y la idea de islamismo moderado frente a radical, con lo cual se exculpa relativamente al islam como religión que permanece como factor causante (compárese cómo los males de la Iglesia por ejemplo no arrastran nunca en Occidente al todo o a una parte del cristianismo, sino a responsables individuales). Por otra parte el “radicalismo” de la lucha contra el fanatismo del islam (“tenemos que arrancar todo esto desde la raíz (...)” es incorporado en su discurso también por Blair en últimas manifestaciones, así como su idea de la necesidad de luchar con el “corazón”, el alma y las ideas a esta “(...) creencia de tal fanatismo que no puede ser moderado. No tiene solución y tiene que ser afrontada.” Es decir un mal absoluto sin redención posible para cuyo exterminio debe procederse con igual ímpetu fanático . Algunos propagandistas fascistas españoles han coincidido en esta maldad intrínseca explicativa, además de en idénticos medios aniquilatorios: necesidad de “almogávares” “en grandes cantidades” (persuadidos de que los “almogávares” sólo se limitaban a ciertas tropas catalanas y levantinas muy eficaces de la época de la [“Re-“] conquista de territorios hispano-musulmanes, cuando es una palabra de origen árabe que sirvió para referirse a las partidas militares de asalto en la lucha por la meseta norte en tiempos de la España musulmana; nótese la simetría incluso semántica y terminológica.) Finalmente, uno de los precursores focales de la intervención anglosajona en Oriente desde 1991 (Guerras del Golfo I y II) añade recientemente: “En el mundo , tendríamos que enfrentarnos a ellos allí donde estén ”; refiriéndose a la necesaria colaboración de las comunidades musulmanas moderadas: “son las comunidades las que van a derrotar al terrorismo, no la policía o los servicios secretos”. La movilización de las masas con respecto a una idea unificadora en constante refuerzo psíquico es de sumo interés analítico-comparativo. Esta sucesión de segmentos discursivos apunta directamente en una dirección pre-textual, que es la similaridad, si no contrastada equivalencia con las coordenadas esquemáticas que definen la yihad en la contraparte islamista del terrorismo internacional. (Ver infra .)
La última narración. En este caso, los autores centran su atención textual sobre los sucesos violentos de ese país y lo que significa simbólicamente para sus percepciones. Los soldados americanos, para algunos iraquíes, provocan la matanza de niños que van a recoger los dulces y juguetes que reparten generosa y sistemáticamente entre la chiquillería del país, con el fin de utilizarlos inadvertidamente como escudos humanos que desanimen a los suicidas de ejecutar golpes contra los marines. Este argumento ha sido recogido de entre las escasas y apresuradas declaraciones de civiles iraquíes a periodistas occidentales y es un ejemplo de cómo se pueden añadir datos relevantes al juicio que se deriva del conocimiento de un atentado que aniquile a una treintena de escolares. En Holanda, una persona como van Gogh, el director de cine asesinado por un islamista que justificaba su crimen por la condición “atea” de la víctima, comete para estos ultrarreligiosos una falta grave al asociar la crítica del islam con la obscenidad pornográfica de desnudar a una musulmana. Y acabando en Gran Bretaña, los musulmanes, ante todo se sienten postrados y humillados específicamente por la situación interna de Inglaterra, la cual, es opresiva .
- Nota 1: Lo que los anglófilos de las potencias occidentales no pueden ni concebir de tan impregnados de prejuicios ideológicos y partidismo “aliado”: el racismo es una constante del Reino Unido (ver documentos del Observatorio contra el racismo de la UE, donde se verá que RU es uno de los dos países con más incidentes racistas de la UE), el cual aplica un modelo intercultural de “apartheid”, interacción menos extendida y visible en Londres, donde la situación ha evolucionado casi autónomamente con respecto a la sociedad global británica.
- Nota 2: El racismo inglés se ceba principalmente en las comunidades paquistaníes, respecto de las cuales un ministro del gobierno conservador llegó al extremo de confesar su impresión de que eran “irrecuperables” para el sistema; u otro ministro de empleo blairita, años después, fue obligado a retractarse tras declarar que los paquistaníes podían ser retribuidos laboralmente con unos peniques “a manojos”. Los suicidas de Londres eran de Leeds (el multiculturalismo funciona en Londres a toda máquina, les pese mucho a los provincianos imperialistas), y eran “pakis”, el diminutivo despreciativo de paquistaníes al uso en RU. El texto para los islamistas belicistas de Leeds pasa por su exclusión general del sistema de movilidad social del RU. Esta sensación de exclusión y de privación (subjetiva y objetiva) ante el “pastel” que se acumula en la nación inglesa es particularmente más insoportable para los sujetos que han alcanzado con enormes sacrificios y ahorros, de su familia extensa y comunidad y con el apoyo del estado social británico (al que contribuyen igualmente, no hay por qué olvidarlo), un estatus económico y un nivel educativo intermedio en la escala social. Esto es así, porque son las personas que más esfuerzos han invertido en un negocio o empresa (que para los “pakis” suele ser familiar y de tamaño reducido en el comercio puesto que todas las otras puertas se les cierran) las que más motivos tienen para reclamar sus pérdidas si no obtienen usufructo mínimo de sus inversiones o no ascienden más que con muchos esfuerzos extras en la escala social. No es el inculto descualificado consciente y convencido de su mediocridad el que va a exigir una profesión a la altura de sus capacidades y en igualdad de oportunidades con los demás; no es el derrochador sin fondos el que va a exigir el pago de sus servicios o rendimientos en la empresa que no ha constituido ante la evidencia ventajista del privilegio convencional y arbitrario de otros empresarios “blancos”.
- Nota 3: las agresiones en el mundo musulmán en el plano internacional son inmediatamente asumidas por los más fanáticos religiosos que lo son como consecuencia directa de la estricta disciplina social que rige en los modelos comunitarios y familiares de subsistencia en un entorno hostil; los sujetos cooptados son ya con anterioridad los más problemáticos en su conducta social, por lo que son apuntalados moralmente, recuperados socialmente y supervisados por las instituciones y círculos religiosos; suelen ser los más inmaduros y, como no, los más vulnerables, un microgrupo del total de la comunidad musulmana occidental, como prueba de sus dificultades y frustraciones en Occidente. La comunidad islámica reflota en cierta manera y al menos superficialmente a estos sujetos ante el peligro inminente de anomia, degradación psíquica, desclasamiento, lumpenproletarización,... a cambio de una lealtad profunda a sus mentores, una politización polarizada y entrega ideológica extrema, y según la orientación política del círculo “caritativo”, una militancia hiperactiva que puede llegar al sacrificio suicida, convenientemente cohonestado como un sacrificio altruista que además puede implicar ulteriores beneficios sociales y favores a la familia por parte del grupo religioso o “empresa religiosa” (un suicidio funcional durkheimiano; por otra parte, se entra en un intercambio recíproco sistemático delicado), que es el precio o la valoración, la forma de cancelación de la deuda exactamente equivalente a la supuesta inversión de los grupos cooptadores y religiosos en la rehabilitación social y “psíquica” que han hecho posible en el individuo con problemático.
Para una minoría muy implicada en la acción política e inserta en la espiral de la intervención violenta contra sus enemigos (sean occidentales o heréticos de su propio ámbito cultural) y con vínculos internacionales sectarios y partidistas (Al-Qaeda por ejemplo), la renuncia a cumplir con el servicio de la deuda entraña el comienzo de acciones de desprestigio de la familia progenitora, de conflictos con los miembros de la secta o parroquia o grupo religioso, de coacciones subrepticias, de exclusión de oportunidades comunitarias para los “deudores”, tanto individuo directamente y supuestamente beneficiado como familiares en igual término. Aunque no sea consciente ni partícipe de las transacciones de los hijos, la familia progenitora es deudora subsidiaria por la estructura de la familia oriental emigrada y su dependencia de la comunidad, entre la que se emboscan muy eficazmente los grupos religiosos a través de intermediarios y medios económicos potentes, pues se trata ante todo de líderes de probado prestigio y honestidad teológica y ascética, que son útiles para la defensa y asistencia recíproca en una nación donde el “apartheid” es inmisericorde con las minorías, según el modelo del capitalismo más mercantil e individualista, y ante el cual el estado sólo sirve de apoyo moderado (cf. el tipo de estado de bienestar que se aplica en los países anglosajones).
Los grupos religiosos son desde hace siglos en Inglaterra un puntal de la asistencia a los pobres y a las comunidades desheredadas, pero también para los sujetos, familias y grupos que pretenden ascender en la escala social o resolver sus dificultades de movilidad social: esto es válido pues para las iglesias y variopintas sectas religiosas evangelistas anglosajonas y para la población británica; su existencia ha contribuido en volumen no desdeñable a aplacar las tendencias a la revolución socialista en el RU en plena revolución industrial manchesteriana en el XIX y más tarde; junto con el Estado de bienestar y el “descompresor” imperialista, son factores que todavía cumplen una función reformista subrayable. Para los musulmanes estos mecanismos de seguridad social se han reforzado con el tiempo sin ser sustituidos por un Estado de bienestar laico que, al contrario y en plena crisis y reducción del Estado social e interventor en las últimas décadas, ha suplantado el espacio de acción e influencia ideológica y estructural del Estado laico o aconfesional británico. Es paradójico ver como las consecuencias de M. Thatcher emergen décadas después de su aplicación, cuando se suponía que la liberalización y la retirada del Estado social y del poder público de la estructura de subsistencia de los más desfavorecidos en el RU se pretextaba sobre el “infierno” que existía “fuera del Reino Unido” como modo de mantener el nivel de vida alcanzado por la nación británica. Hoy esa nación recibe embates en su corazón londinense en parte como consecuencia indirecta de la retirada del Estado y su sustitución por órdenes y sectas extremistas y antidemocráticas dispuestas a progresar a cualquier precio, de acuerdo con el código libremercantil capitalista, del cual los radicales musulmanes son en gran proporción veneradores. Si bien estos mecanismos o medios comunitarios (cristianos o musulmanes, etc.) tan alabados por la doctrina de la Tercera vía blairita, son realmente operativos en casi todos los estratos sociales británicos como forma de solidaridad y seguro social, es también a través de estos canales por donde actúa y triunfa la subversión violenta ultraislamista y el terrorismo internacional.
“Terrorismo internacional ”, importante noción digna de subrayar porque responde a una circunstancia de la globalización capitalista mundial, pero sobre todo porque también incorpora a las sectas cristianas que operan en Norteamérica; recuérdese el atentado de Oklahoma y los episodios davidianos, así como entre Uganda y Congo el Ejército del Señor, los “ustachis” católicos croatas, los “chetniks” ortodoxos serbios encarnizados homicidas de musulmanes, los falangistas cristianos apoyados por los ortodoxos israelitas en Líbano autores de matanzas tan elocuentes como la de Sabra y Chatila, el genocidio inacabado de los escuadrones de la muerte en Sudamérica, entrenados en la Casa de las Américas (organismo militar norteamericano de enseñanza de la tortura), escuadrones que han sido apoyados constantemente por las misiones evangelistas ultraderechistas anglosajonas competidoras contra la Iglesia católica, las connivencias activas entre el catolicismo institucional y las organizaciones terroristas ETA e IRA, y otros, etc.
El pre-texto sobre los cruzados cristianos según los “imperialistas” musulmanes .
- Nota 4: No debe sorprender la denominación utilizada para aludir a los islamistas radicales: a pesar de estar en una condición de inferioridad militar y de recursos en general para invertir en la expansión imperialista, y a pesar de no ser una potencia semejante a la de los países anglosajones ricos, sus pretensiones, estrategias y necesidades económicas resultan, en la esencia de fines y medios y sin particularizar sobre poblaciones o sujetos, igualmente expansivas y concurrentes sobre los mercados mundiales a su alcance y sobre las relaciones sociales coherentes con el nacionalismo, para el caso musulmán, el nacionalismo pan-islamista en el mundo: Verdaderamente, el imperialismo y el nacionalismo árabes y musulmanes, aún siendo subordinados y oprimidos por su contraparte occidental, los cuales definen a los sectores políticos islamistas es la prueba más contundente de la entelequia incorpórea de un presunto choque civilizacional o de una repulsión recíproca informada por la diferencialidad altérica grupal.
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Para los que se autodefinen como mártires para la liberación de sus creencias y conductas religiosas islámicas, los cristianos son, antes que nada, alienígenas invasores de sus territorios, instituciones legítimas, costumbres y fuentes de subsistencia : el petróleo es una de las constantes motivacionales esgrimidas por el mismo Bin Laden para explicar la presencia indeseada de occidentales en el manejo del negocio de los recursos más valiosos del mundo musulmán. En segundo término resultan un estorbo a la expansión y realización de la vitalidad natural del islam y la civilización islámica, lo cual es un factor más de decadencia y subdesarrollo comparativo con las potencias occidentales y su civilización: orientalistas como E. Said ya advertían de la relevancia de esta cercenamiento de las fuerzas internas del capitalismo y la industria del mundo árabe e islámico por la superposición dislocadora del expansionismo occidental; C. Marx sintetizaba el problema a la anticipación y velocidad con que unas naciones imponían el capitalismo sobre otras (el capitalismo inglés sobre el modo oriental de producción). Para los islamistas radicales, la civilización occidental con sus vicios y corrupciones, incluyendo desde la pornografía al ateísmo, es un conjunto coherente de maldades demoníacas . Esto es, una protervidad incausada, ininfluenciable por las leyes y acciones de los humanos en la tierra. Las sociedades occidentales son concebidas como el germen de la prostitución (voluntad autónoma sexual separada de la sanción jerárquica), del desprecio de los pobres (desprecio de la obligación de limosna) y de la disolución de patrones de control psico-social y conductual como la religión: el occidental es un pervertido pues ha menoscabado todos los controles sociales religiosos y contrapesos de contención de los impulsos animales en el ser humano, sin por ello encuadrarse en la condición animal prescrita por la naturaleza y bien definida y respetada por el corán. Por ejemplo, esta extirpación y degradación ambigua de su condición se correlaciona íntimamente con la avaricia lucrativa e insensibilidad individualista del sujeto aislado frente a las necesidades de la comunidad. La iniciativa personal en los negocios, así como el deseo de satisfacción consumista desapegada de un objetivo estrictamente fusionado con los demás, y sometido a la dependencia de los individuos del grupo jerárquico primario y de la comunidad y sus líderes, es un “pecado” bien definido, aunque sea muy frágil y costoso de realizar (se verifica en muchas ocasiones a pesar de todo) en la práctica. Estas precauciones sociales contra la “inmoralidad” de los miembros de la comunidad son condenadas y perseguidas, siendo identificadas o achacadas sobre todo en la civilización occidental. Sin este tipo de cortapisas purificadoras del mal con que el ser humano está estigmatizado hasta su juicio final y posible admisión en el paraíso de Alah , donde las estrictas reglas de contención de los instintos humanos pecaminosos en la tierra quedan abolidas al ser reemplazadas por la incomparable gloria sublime de la morada del supremo hacedor.
Mientras que la providencia llega, como en la religión coherentemente cristiana, se ha de renunciar a los placeres terrenales hasta los límites de lo posible para acatar las guías religiosas que ordenan la vida en sociedad, y para evitar males, dramas y desequilibrios (incluyendo la locura, un mal destacado en la sociedad musulmana, como comienza de nuevo a serlo en el autoritarismo reemergente occidental) mayores de convivencia. Estas claves directoras que constituyen las tres religiones del libro son lo que para muchos musulmanes se ha diluido en Occidente, y generalmente se atribuye a la mala influencia de la extrema abundancia, a la tentación de la riqueza . Este es un argumento muy probable y rigurosamente lógico y universal entre todas las ideologías propias de grupos subordinados a otros opresores más opulentos. Por eso mismo los herejes del mundo musulmán son descritos en el cuadro de esa lógica explicativa, y los ricos potentados y ciudadanos de los Estados petroleros del Golfo Arábigo son acusados, en especial por los islamistas de los países pobres, de haber sucumbido a los vicios de Occidente, al egoísmo y la avaricia, la crueldad hacia sus súbditos y el desprecio a los necesitados, así como al individualismo sin control ni piedad religiosa: una afrenta hacia el comunitarismo e incluso contra el paternalismo que se espera de los ricos jerarcas en las sociedades árabes e islámicas. Por otro lado, esto explica el ascetismo propagandístico, formal y parcialmente cierto con que el islamismo militante se presenta de cara al público musulmán mundial para apoyar sus argumentos y no levantar excesivas tensiones internas interclasistas. Esa es la explicación que dan los musulmanes pobres respecto a los ricachones del Golfo; pero en el conjunto de los musulmanes, incluyendo al magnate Bin Laden, la causación está muy extendida en la lógica altérica referida a los cristianos y judíos de Occidente. Los occidentales norteamericanos y europeos de Occidente son intrínsecamente malos por su debilitamiento moral y vanidoso producto aparente de la solvencia que han generado. Este esquema actitudinal es un círculo cerrado, exactamente igual al que acaba por atribuir al musulmán dentro de la retórica chovinista cristianizante, un carácter intrínsecamente malvado; se establece sobre la renuncia a reconocer los determinismos que operan en la constitución de la psicología de los individuos y en las relaciones sociales pragmáticas de las sociedades occidentales, quedando al final una apelación al mal absoluto autogenerativo o inducido por fuerzas oscuras, básicamente primordiales por lo que de prioridad identitaria para la confrontación tienen.
Puesto que el occidental es solvente y sus sociedades cuentan con recursos de sobra, no conocen la miseria y pueden entregarse al derroche, no se entiende que permitan la pobreza, el crimen, la explotación en sus propios países. ¿Cómo pueden sucumbir a los vicios humanos si poseen recursos de sobra para hacer el bien y llevar una vida recta, equilibrada y controlada por las buenas costumbres expresadas, bastante correctamente, en las tres religiones? Los musulmanes corrientes, humildes y más bien tocados por la pauperidad, comprenden fácilmente el móvil de un ladrón o un asesino que impone su fuerza o traición para obtener bienes ajenos, ya sea por necesidad o por venalidad. La religión islámica es muy severa con los casos serios de delincuencia profesional y reincidente: todos han oído hablar de la amputación de manos y decapitaciones según las directrices de la sharia . En correspondencia, no se comprende demasiado bien, en el aspecto ético y religioso, incluso de la lógica cotidiana, que las normas de mayor validez y prestigio para la comunidad sean transgredidas sin motivo alguno por estos individuos más que la simple complacencia... La única manera de combatir esta “lacra” generalizada al nivel mundial, que afecta a todos los musulmanes (como los ricos rebeldes de Arabia Saudita se apresuran a repetir), de manera profunda, y que no resulta “de la justicia ni la injusticia” (en palabras de Blair), ni de la venganza, ni de la necesidad natural por sobrevivir, esto es: que no tiene solución (el mal de nuevo en estado puro), sólo puede arrostrarse mediante la yihad . (Ver infra .)
Notas finales meta-textuales.
Nota 5: Coherencia “yihad-nacionalismo” en Occidente y Oriente Medio. La “guerra santa” es un concepto que integra las dimensiones que subyacen en este conflicto de gran parte del planeta. A) La guerra contra el mal considerado como oposición trascendente a los valores sagrados de la religión, pues estos se sitúan brumosamente en parte fuera de la cadena de acontecimientos naturales experimentados en la vida normal cotidiana, en el plano donde la quintaesencia del pensamiento irracional de toda religión domina y despunta. B) La lucha contra el mal en todas las latitudes o regiones del planeta. C) El combate contra el mal implicando a todas las comunidades, mayorías y minorías, “razas” y clases sociales, la masa de las poblaciones humanas movilizadas ante la amenaza. D) El combate interno que se exige de todo fiel e, incluso, de todo miembro de la comunidad sin importar la creencia sincera del individuo: se exige la introspección para la erradicación de los contra-valores, pulsiones, actitudes y sentimientos que no contribuyan a la causa oficial, sacra y convencional.
Llama la atención tristemente la semejanza y aplicabilidad de estos apartados a las actitudes estructurales de base del chovinismo, cristianismo conservador, cristianismo islamófobo y del conservadurismo nacionalista occidentales. La “guerra santa” es una noción y función política de la religión paulatinamente más inequívoca en las factorías ideológicas de occidente, aunque no por ello es de emergencia reciente: “armagedón”, “rahowa” (no sólo es un término focal para World Church of the Creator ), “cruzadas” y “misiones”, y otros, en sus variables acepciones y manipulaciones, han sido términos conocidos en el universo semántico de la militancia cristiana; incluso una asociación católica universitaria acuñó el término “calibán”, parodiando el de “talibán” (prefijo “cal-” para referir el catolicismo). Ello refuerza la sospecha de que los expertos observadores del proceso islamista desde hace lustros han errado al percibir el islamismo como un fenómeno universalista desvinculado de todo afán nacionalista. Muy probablemente el universalismo pan-islamista sea también una proyección secundaria de los conflictos internos propios de la cristalización de ciertas categorías de nacionalismo avanzado; conflictos internos generalizados en los países musulmanes y, nuclearmente los árabes, en forma de imperialismo apenas encubierto y estratégicamente subyacente en el pan- nacionalismo arabo-musulmán, además de constituir la respuesta al importante factor del imperialismo occidental que sobredimensionadamente acapara el discurso justificativo islamista y nacionalista árabe y musulmán, pero que realmente es indisociable de la evolución interna de esos países, tanto como causa de incorporación y asimilación de importantes préstamos interétnicos hasta la casi asimilación de las estructuras elementales de los tenidos como sistemas de civilización distintos, como por accidente en la vía expansiva de dichos países sometidos por el imperialismo occidental.
Nota 6: Yihad y suicidio en Occidente y Oriente Medio. La yihad parece comprender el suicidio eventual como arma, al menos para los que comulgan con doctrinas islamistas que han desarrollado actos muy eficaces de autoaniquilación bélica. En la reflexión que sigue no se pondera su pertinencia teológica, sino sociológica. Desde el instante en que la amenaza es fatal y se toma conciencia de que no hay otra solución vital más útil que la inmolación del propio ser contra los causantes del sufrimiento, el castigo justo y sancionado por la religión, religión muchas veces en manos de unos sabios mitificados y patriarcales (reconcentran la figura más honorable de la autoridad paterna), a veces concebidos como dotados de poderes y conexiones ultraterrenas (en el shiísmo , v. gr.), líderes jerárquicos muchas veces hiperreaccionarios (contra toda reivindicación que favorezca netamente al trabajo y el agnosticismo, en detrimento del capital y la superstición) nacionalistas del islam: una vida que no tiene mucho sentido en Occidente como parias se transforma en instrumento de retorsión, además divina, a través de sus personas, esto es, al máximo grado de sublimación. Puesto que los imperialistas anglosajones atentan contra la vida de musulmanes con mayor “vehemencia” y frecuencia que los musulmanes contra los cristianos, sólo un intento desesperado, contundente y del máximo sacrificio, puede mejorar la condición de la comunidad oprimida islamita; y si este sacrificio se enmarca en una acción colectiva de masas hay poco margen para dudar que sea el camino de la salvación de un grupo religioso extenso.
Si en Occidente el suicidio es un acto casi “banal” y despreciado por el tipo de percepción inhumana de la condición del semejante aíslado (abandonado) en las sociedades industriales, una anécdota para una facción “limitada” de la población general civil con problemas desconocidos, “absurdos”, mero dato insustancial que se refleja en las estadísticas censales, para Oriente en cambio, hasta hoy y cada vez menos, es comparativamente mucho menor en frecuencia, un acto desprestigiado y vergonzoso, de desprecio explícito a la comunidad y a los progenitores, una causa de culpa para el círculo próximo y no ya sólo una transgresión de los mandatos de la religión. El control social de los países islámicos, por lo común, compensa más satisfactoriamente las tendencias al suicidio individualista o por motivos de inadaptación; es más, en las extrañas ocasiones que se recurre al suicidio, se ha verificado colectivamente: más como un acto de represalia colectiva a los que se considera concausantes de la frustración que como resultado de angustia o culpa individual.
Este carácter comunal del suicida en los países arabo-islámicos ha sido muy bien explotado por los ingenieros de la táctica terrorista como fórmula de combate contra un enemigo militarmente muy superior. La versión gregaria del suicidio en estos países no resulta tanto de las coordenadas idiosincráticas y castizas de una cultura tradicional, sino de la acomodación al progresivo desarrollo de las formas industriales capitalistas de organización y anomia social: las nuevas relaciones sociales están arrancando a los individuos de la esfera de protección y asistencia grupal, mientras que contradictoriamente la importancia de la familia y la solidaridad comunitaria se hacen imprescindibles para la subsistencia a falta de un Estado de bienestar que se niega a pesar de las protestas recurrentes, en un régimen de explotación interclasista altamente opresivo. Las tensiones que resultan son muy conflictivas y enmarañadas entre individualismo y grupalismo. Ni siquiera el suicidio “a la musulmana” es, por tanto, específico y ajeno a un ámbito común de circunstancias subyacentes y relaciones convergentes entre civilizaciones, por mucho que se pretenda incidir testarudamente en la apariencia vulgar.
Entre los islamistas británicos autoinmolados, la inadaptación ha podido acabar en suicidio sólo a través del plácet y sublimación dada por los sacerdotes religiosos de un grupo prestigioso (aunque secreto quizá) y para “bien” de la comunidad (islámica), así como cancelación de una deuda determinada (ver supra ) contraída con esos grupos religiosos. (Ulteriores análisis desvelarán si el suicida “oriental” islamista no incorpora móviles vengativos contra su propia parentela, comunidad o categoría por diversas razones, sean generacionales, responsabilizadoras de la situación de ambigüedad, de víctima del racismo, culpabilizadoras del grupo con motivo de la pasividad y sometimiento a Occidente, por su resistencia adaptativa a superar a la mayoría dominante, etc. Parece ser que uno de los terroristas tampoco convergía con los jóvenes paquistaníes cuando viajó a su país de origen y los achacó “no comprender a los británicos”...) Incluso en el caso del terrorista profesor infantil más aparentemente adaptado a la sociedad británica, las vías de movilidad social estaban agotadas y comenzaba un lento declinar en la realización personal del individuo perteneciente a una minoría encastillada y sutil o manifiestamente oprimida en ese país. Estos suicidios no son el resultado del orgulloso estado multicultural del Reino Unido, sino de sus deficiencias , de su incapacidad para insertar sus “avanzados productos” humanos, desagradecidos al sistema, (como predican los anglófilos sentimentales, también patriarcales ellos en su racismo) dentro de un proyecto satisfactorio en igualdad de oportunidades.
Las expectativas oficiales que brinda el sistema social británico en su plano más propagandístico son desmentidas constantemente por una realidad violenta de exclusión y “apartheid” subrepticio que se degrada con el paso del tiempo. La articulación de medios de combate contra esta situación por parte de agentes ideológicos de tipo religioso, identitario y grupal, es factible por motivo de unas condiciones sociales poco halagüeñas y difícilmente soportables para los suicidas pertenecientes al grupo en desventaja. El instinto de autoconservación se ha considerado por la biología y la psicología científica como uno de los pilares (junto con la reproducción) de la naturaleza humana entre la mayoría de las especies, siendo la “agresión” uno de los componentes de la autoconservación; S. Freud y otros psicólogos, basados en estas nociones bien establecidas, llegaron a la conclusión de que el odio era igual al instinto elemental de agresión, el cual a su vez podía, en forma de instinto sádico autodestructivo dirigirse contra sí mismo. En los actos de los suicidas por razones políticas (religiosas, nacionalistas, etc.), la agresión contra el enemigo del grupo en concomitancia con la autodestructividad son obvias. Pero además, se une a esta situación sin salida vital ni movilidad social alguna de privación (objetiva y subjetiva), las razones que dicha ideología religiosa presenta con la suficiente intelegibilidad para los candidatos a la autoinmolación, de manera extremadamente coincidente con la capacidad o instinto humano que han sido demostrados por los etólogos y psicozoólogos, entre otros, Konrad Lorenz y Nikolaas Tinbergen: la existencia de al menos un instinto que diluye el de autoconservación y que es el de la preservación del grupo o de la especie y que ha sido asociado con los “más hermosos sentimientos” del hombre. Se trata del instinto que poseen los animales en algunas especies sociales para proteger de cualquier ataque al grupo al que pertenecen, aún a costa de la propia vida. El compañerismo, la “nobleza de espíritu”, el “desinteresado acto de heroísmo”, el “ideal de autosacrificio” según Horacio, actitud “dulce y noble”. Innumerables son los ejemplos de autosacrificio suicida desde la antigua Roma (donde el suicidio por el honor familiar era una norma) hasta el capitán Lawrence Oates de la expedición de Robert Scott al polo Sur. Se trataba de suicidios altruistas y patrióticos sin terceras víctimas. Pero no han sido pocos los militares de los ejércitos nacionales e imperialistas occidentales que mediante el sacrificio de su vida, han pretendido contribuir a la gloria de a su grupo, si no a la supervivencia: Leonidas frente a los persas, los católicos polacos del batallón de Podoroska, aliados en Gallipoli, los archiconocidos kamikaces , o los pilotos norteamericanos con órdenes de estrellar su avión con ellos dentro en caso de sufrir un nuevo ataque terrorista aéreo desde el 11-S.
- Nota 7: Esquemas cognitivos ineficaces. Las potencias anglosajonas, con su intervención en Irak, en Oriente Medio en general y en todo el Golfo productor de petróleo han dañado una cadena explicativa psicosocial que venía degradándose durante las dos últimas décadas de exacciones imperialistas y colonialistas. Mientras que los israelitas luchaban en pura coherencia explicativa musulmana por robar o apropiarse de unas tierras ajenas para su propia supervivencia, el esquema funcionaba y procuraba una perspectiva sólida y natural en la conceptualización de los móviles del enemigo en tanto que ser humano sujeto a las mismas necesidades vitales. La entrada en escena de ambiciones desmesuradas descaradas, evidentes, sin una población colonial sobre el terreno que coadyuve a humanizar a los agresores por motivos de subsistencia (uso agrícola, administrativo, industial como ingleses y franceses en su imperio colonial), ha desplazado radicalmente el objeto de culpabilidad de los hebreos (israelitas) a los países que han apoyado la guerra en Oriente Medio. La lógica explicativa de los musulmanes modestos del mundo se ha dañado hondamente, al cancelar todo uso racional de la causación de los fenómenos sociales que con anterioridad se imbricaban más eficientemente en los esquemas religiosos. Los ténicos militares de Irak sólo dan a entender que una sociedad muy poderosa y con recursos extraordinarios y de sobra no se detiene ante las miserias de otros pueblos y procede a su expoliación. No hay motivos muy claros para comprender por qué los estados o la civilización occidental exige más . En la actualidad, se explica la conducta de los occidentales por parte de muchos islamistas o gentes humildes como la de unos individuos completamente malignos y despiadados, desvinculados de todo respeto y utilidad para la comunidad de seres humanos normales, desprovistos de válvulas de seguridad para los instintos que rondan a todo ser humano, y por tanto pervertidos. No van a dejar de postularse candidatos para la función de salvadores o vengadores, defensores de los principios y valores de los musulmanes honrados, ni caciques ni sacerdotes respetables que obtenga algún beneficio neto de la organización y aplicación a la política de dicho malestar y sistema actitudinal más o menos extendido. Esta situación actitudinal es manejada, monopolizada y apropiada por los sectores más favorecidos de las sociedades islámicas, puesto que es garantía de que el malestar y la crítica social no van a fundirse ni concatenarse con los conflictos internos de clase que día a día se están haciendo más intensos en estos ámbitos.
- Nota 8.1.: Anarquía capitalista. Oriente medio está llevando a término un largo proceso de modernización donde el epifenómeno es la superestructura religiosa plus minus fundamentalista o integrista. Este proceso está asociado al de construcción y expansión nacional para una extensión regional compleja. Este último a las fuertes tensiones entre facciones productivas, sus alianzas internacionales y sus alternativas de equilibrio productivo y participativo en los recursos disponibles. La situación ya se dio en Europa con el integrismo evangelista y la contrarreforma, luchas interreligiosas que condujeron directamente al estado laico moderno y centralista hobbesiano como alternativa viable para la producción eficaz. La hostilidad intercomunitaria asociada a la religión, que hoy el neoliberalismo está también reinstigando en Occidente, además de como instrumento de movilización totalitaria de masas (el cristianismo como un “solo” y absurdo bloque unificado) contra el islam. La confrontación religiosa fanática, irreductible e insufrible condujo, entre los racionalistas vinculados a una industria moderna y tecno-científica floreciente, a la intervención social y al Siglo de las Luces, al agnosticismo y a la transigencia con el ateísmo, a una nueva era de optimismo. Europa tendrá mucho que aportar a una resolución ulterior de la situación mundial actual caótica como la actual.
Mientras F. Fukuyama, por citar un neoliberal conservador próximo a EEUU que sin embargo rechaza el postulado del “choque de civilizaciones”, advierte de que la militancia islamista más hostil a Occidente es una reacción social empeñada en detener el proceso de modernidad que no cesa en los países árabes y musulmanes y que está desestructurando todos los equilibrios tradicionales, otros analistas prestigiosos como R. Leveau, atribuyen a la reislamización contemporánea un carácter netamente modernista . La percepción del fenómeno en el meta-texto que se ha desarrollado para esta síntesis implica los dos postulados convenientemente correlacionados.
La modernización de la industria y la explotación de los recursos en los países árabes y musulmanes han estado muy ligados a la capitalización rápida de su economía, además de su vinculación política y comercial con las potencias occidentales. Todos los países en los que se pretendió introducir el socialismo y el laicismo como estructura dominante han sucumbido, desde dentro y con la ayuda reaccionaria pronunciada de las ex-metrópolis. Todos los intentos moderados de reforma y socialización de los medios de producción han sido erradicados por la fuerza en su mayoría y por todos los medios propagandísticos y clientelares en los países afectados por esta nueva ideología y activismo, principalmente en los países pobres musulmanes y árabes. Sin embargo esto no ha reducido las necesidades de una población en lucha por la subsistencia y la movilidad social en todos los estratos.
La necesidad de beneficio derivado del capital en esos países también es una constante: mano de obra barata abundante o “importable”, suelo barato y recursos por explotar; toda inversión extranjera o nacional produce beneficios relevantes, pero sólo a costa de la opresión policial, clientelar y del control social de los líderes religiosos, así como de la imposición de pautas apoyadas y promocionadas en la propaganda religiosa, la cual ha creado todo un código de lealtad e identidad sin los cuales es difícil para la mayoría acceder a responsabilidades o empleos de confianza fuera de los cada vez más reducidos ámbitos occidentalizados y administrativos del estado semi-laico; además, la opresión implica que las estructuras familiares de solidaridad permanezcan reforzadas por la ley, la necesidad económica (impuesta) y todo el sistema de valores. Esto sigue siendo insuficiente como procedimiento socializante de adaptación a las penurias: puesto que la producción está liberalizada y en concurrencia, y sólo puede mejorar con la adquisición de tecnología occidental que hay que pagar (o créditos de Occidente), los beneficios se reducen si no bajan los salarios y el valor del trabajo; lo que provoca turbulencias políticas, pues los grupos industriales más poderosos son capaces de atraerse mayor confianza de la población en proceso de pauperización mediante sus actuaciones sociales y sus donaciones “caritativistas” a las parroquias y líderes religiosos que defienden sus intereses políticos (y por tanto empresariales) frente al de otros sectores o grupos. Sólo existe consenso en un punto: la burguesía de esos países no es capaz de desprenderse del ensalzamiento de la religión de masas y de sus instituciones de alienación para mantener controlada a la población y que no derive a proyectos políticos alternativos como el socialista, izquierdista (laicos, que ya se dieron durante décadas con anterioridad a este panorama apocalíptico que nos ha traído el neoliberalismo globalizado). Obviamente, la religión islámica debe presentarse en sociedad con cada vez más ímpetu fundamentalista, con programas crecientemente radicales, porque sus promotores burgueses no pueden hacer otra cosa que apuntalar el consenso respecto del capitalismo y la propiedad privada, así como la familia extensa y solidaria (que les ahorra un Estado de bienestar al que aborrecen), puntos centrales de todo islam, particularmente del radical, que es ultrarreaccionario (en muchos rasgos y finalidades, un sucedáneo del fascismo europeo, un orden para-fascista menos orgánico). Quien más radical más recursos recibe para predicar su política y más adhesiones y simpatías dentro del Estado, contra los otros grupos de interés capitalista menos solventes, menos influyentes.
A cambio de diseñar políticas favorables a los grupos de poder patrocinadores, los burgueses, los grandes propietarios de los medios de producción, pro-accidentales laicos o ultranacionalistas islamistas, invierten enormes cantidades de liquidez en los servicios caritativos, en tanto que su coste es menor que el del Estado de bienestar o de atención social, que sirven de atracción eficacísima para la población frecuentemente en estado de hambruna o pobreza crónica. Para las burguesías de los países musulmanes “pobres”, el incremento de sus beneficios empresariales también se opera indirectamente, en parte, a través de la proyección de la culpa a los países occidentales, a los que se presiona con la protesta masiva de la población nacional escandalizada por los negocios neocoloniales o neoimperialistas de las ex-metrópolis que no se traducen más que en parcos frutos para la población mayoritaria; de las ex–metrópolis se esperan ayudas, inversiones en tal o cual sector, acuerdos especiales comerciales que favorecen a uno u otro sector de la burguesía dominante. La violencia terrorista es una palanca que parece eficaz para desarrollar esta estrategia de recaudación de beneficios tanto en el ámbito doméstico como cada vez más internacional . Principalmente, la burguesía islamista combate de manera informal con la empresa extranjera , esta última esencialmente comprometida con el núcleo privilegiado de una parte de la misma clase burguesa más alta y dueña del Estado; clase de propietarios nacionales o burgueses que, en su conjunto (islamista o menos), legal y formalmente se ha visto compelida desde tiempos coloniales a amparar y colmar de concesiones a dicha empresa y agentes comerciales extranjeros, mediante el uso de la violencia independentista , para acceder a la participación sobre sus propios recursos, y con el paso del tiempo y bajo el neoimperialismo económico, también acceder a una tecnología imprescindible más asequible para los sectores sociales empresariales más activos del país; en ocasiones las facciones burguesas que frustradas compiten con las burguesías acomodaticias y concesionarias de explotaciones en el país: esta facción, o mejor, esta correlación de facciones, es fundamental en la explicación de los conflictos políticos internos de los países árabes e islámicos. El intento por acceder a medios tecnológicos desarrollados en manos de las potencias occidentales, ha sido crucial asimismo para procurar infraestructuras y mejorar algunos mercados y sectores industriales con gran margen de beneficio o que sirven de apoyo tanto para atraer inversiones como para crear empleo siempre en situación catastrófica, así como para no ser aislados internacional y diplomáticamente (cobertura comercial y finaciera).
Estas inversiones extranjeras han aportado capital, y también rentas fiscales, han creado empleo y mejorado las redes comerciales. Pero resultan incluso contradictorias con la aspiración tanto de la alta burguesía nacional acaparadora del Estado, como de los demás sectores patronales: los recursos se tienen que ceder inevitablemente a regañadientes a las multinacionales más competitivas a cambio de una participación en el pastel, en vez de ser puestas en valor por la burguesía dueña política del Estado y del país. Unica maniobra de resarcimiento es concentrase en los dividendos aportados por las concesiones y la venta del producto en el mercado mundial, y esto significa últimamente influir tanto en las contrapartidas para otorgar concesiones de explotación y moderación de aranceles, como en los mercados mundiales en los que se oferta. La contradicción es debida a la lógica mercantil misma que precisa la expansión sobre los mercados internos (concentración de capital), aumentar los beneficios por estas vías, reducir costes al no tener que invertir en alto grado como para alcanzar los niveles de otra empresa más tecnológica, eliminar competencia, apropiarse de negocios en manos de otros capitalistas para potenciar estrategias, expandir la producción e invertir en rendimiento: su condición de extranjeros cristianos es un motivo identitario y superficial más para atraer el odio y la frustración de la población general en un sistema informado por una interpretación de la religión ultrarreaccionaria sicaria del capital. El conflicto inmanente al régimen de producción en estas sociedades arrastra tanto a los cristianos extranjeros o del país mismo (numerosas minorías cristianas) como a los laicos, moderados y otras minorías étnicas musulmanas menos implicadas en la movilización política fundamental que es la de la renacionalización de los medios de producción del país. No importa por ello que los enemigos de los islamistas sean cristianos o musulmanes, no se trata de una guerra de religiones ni de civilizaciones más que de manera artificiosa y huera: se trata de un contencioso que engulle y polariza a todas las instituciones y esquemas superestructurales con un sentido u otro para el combate, y tan solo los rasgos más utilitarios y eficientes para la identificación y movilización de los sectores afectados de hecho en sus medios de subsistencia son los que se manipulan y reinterpretan para procurarse ventajas en dicho contencioso.
La autoría de esta anarquía productiva de competencia caníbal entre grupos productivos y propietarios, externos e internos, de la imposición represiva y explotadora del capital sobre las mayorías, y del fraude ideológico fanático asociado, es tanto del capital extranjero que impone las condiciones ventajistas de su inversión (medidas antisociales, seguridad contra los sindicatos, impuestos reducidos o anulados, prioridad de sus necesidades en infraestructura, bajísimos salarios, monopolio de los sectores, comercio y recursos nacionales, trato privilegiado de sus técnicos expatriados) como de la burguesía nacional entusiasmada con la explotación impune que ella misma aplica sin saciarse y que achaca a terceros sirviéndose de su venenosa auto-exculpación propalada a través de las medersas , así como de los media en su poder, sobre las mayorías poblacionales que comparten las precarias y difíciles circunstancias sociales coincidentes con ese derivado ideológico, parche conductual insolvente e inútil, intento de adaptación y coordinación, que es el islam, o la nacionalidad de un país árabe. Autoexculpación y prédica opiácea contra todo “todo” lo occidental, en especial de las ideas socialistas y “ateas” que predican la desobediencia a las jerarquías religiosas y civiles , contra cualquier idea de combate frente a la sumisión a entidades paranormales y oscurantistas irracionales, contra las actitudes que promueven la lucha de clases... Todo ello en medio de una luz de esperanza basada en la promesa de movilidad social, la recompensa patriarcal, incentivos y esperanza de mayores ganancias para asimilarse a niveles de vida occidentales y algo más de equidad en una nación más dueña de sus riquezas y su producto; en fin, en el ofrecimiento de unas retribuciones algo más infladas tras demostrar la lealtad adepta a la voluntad jerárquica y clasista del islamismo radical y su sistema de opresión, recompensas en su mayoría cicateras pero que se materializan en cierto grado suficiente a causa de la única motivación difícilmente extinguible: la presión política derivada de la pura necesidad de las poblaciones modestas y desposeídas por mejorar su condición de subsistencia.
El terrorismo y la protesta de los más comprometidos con su nación (sean más o menos pobres, el nacionalismo es una charca corrupta de explotados congraciados por unas miserables recompensas con sus explotadores actuando unidos en pos de ideales supremos de gloria nacional y prioridades de Estado) recibe como contrapartida ayudas para mejorar las condiciones de vida de la población civil, más caridad internacional en la forma de programas de ayuda, donaciones al Estado para contener la amenaza islamista en origen y unas cuantas migajas de la burguesía nacional en recompensa por el activismo de sus militantes; los Estados árabes bajo la presión del islamismo virulento reciben de las potencias extranjeras armamento, asesoramiento para una mayor seguridad del orden establecido que, en definitiva es lo que importa a los dueños del Estado explotador de esos países. Si a los activistas del socialismo y defensores de los asalariados se les ha premiado con la tortura y el asesinato durante décadas, al cupo restringido de los más fanáticos seguidores de un déspota imaginario apoltronado en los cielos, se los premia con lujos, poder, honores, y si no a ellos a sus familiares. Los extremistas religiosos sólo son perseguidos cuando (cruzando una línea de consenso) atentan directamente contra la alta burguesía, el capital extranjero y el Estado, pues es la señal de que proceden de las aspiraciones maximalistas u oportunistas de alguna facción de la burguesía islámica con más expectativas y ambiciones, y más decidida a aplicar el ahondamiento en el proceso concentración de capital, con aspiraciones de reemplazo en el poder y en competencia interna por el Estado. Lo principal no obstante, es comprender que las estrategias políticas del islamismo belicista y nacionalista provienen, se gestan y difunden en el seno de la alta burguesía, de una misma clase social, independientemente de sus facciones moderada o radical y de la movilización de la pequeña burguesía y del proletariado y el campesinado de las sociedades en las que la burguesía impone su ley y granjeos.
No es tan importante en este complejo de cosas la lucha entre facciones como la unidad de objetivos y planes de acción, unas veces moderados, otras radicales, en muchas ocasiones las dos ideologías y estrategias solapadas y actuando ambiguamente en el seno de un mismo Estado. La persecución lanzada contra los heréticos, “occidentalizados” y laicos, árabes socialistas y comunistas, creyentes moderados se ejerce sobre sujetos e instituciones más o menos estables, importantes o no, pero se realiza por parte de una misma clase social, la burguesía, que alterna estrategias siempre conservadoras y reaccionarias, unas veces en el sentido moderado y laico según patrones europeos, otras veces en sentido ultrarradical islamista, hasta hacer uso de la violencia, desde el Estado (servicios secretos) o desde organizaciones fuera del Estado y el gobierno pero conectadas casi siempre y las más relevantes e influyentes, con la burguesía nacionalista del mundo árabe musulmán. Véase el caso de Pakistán o Arabia Saudita, donde los Estados respectivos ofrecen dos caras respecto de la cuestión del islamismo radical, hallándose divididos internamente aunque en función de un interés único : el de la clase burguesa dirigente en sus sociedades para frenar toda reivindicación social y democratización del país, simultáneamente que eliminar costes sociales internos y expandir sus mercados y beneficios en el mundo (en el caso de Pakistán, las esferas internacionales de influencia geopolítica-económica incluye la India y sus regiones y poblaciones musulmanas, Afganistán [reconocimiento del Estado de los “talibs”], y vínculos de asistencia militar con las monarquías del Golfo [ manu militari , poder nuclear]).
Este complejo (que desemboca en estrategias nacionalistas donde la religión hace de piedra maestra superestructural e ideológica propia de toda acción nacionalista que afecta las bases cotidianas sociales, cuando el nacionalismo toma un cariz reaccionario y ultraconservador [no se trata del nacionalismo revolucionario francés de 1789, sino más bien del reaccionario antidemocrático alemán de comienzos del XX]) es lo que alimenta la espiral de desplazamiento genérico de la responsabilidad de las patronales y el capital de estas naciones cuyos Estados y burguesías están conchabados con las potencias extranjeras para el expolio y la represión antidemocrática de sus propios países y que gastan su botín constantemente renovado en las tiendas de lujo de Occidente sin escrúpulo alguno. Las contradicciones y tensiones de la alta burguesía en los países con elevados ingresos por sus recursos petrolíferos es muy similar, aunque más ambivalente y centrada en las mismas plutocracias: grupos concesionarios de potencias extranjeras, rentistas, accionistas y detentadores del Estado, enriquecidos por sus fuertes vínculos con el aparato multinacional e imperialista, acuciados por la competitividad internacional a su vez, pero también confrontados con los grupos inmediatamente emprendedores y expansivos bajo una gran presión para mantener las tasas de beneficio y acumular capital ante la amenaza de ser ellos mismos excluidos del negocio en un mercado internacional competitivo. La tendencia al incremento del rendimiento y a la acumulación de capital es acuciante para todos, a lo que se añade las presiones de los asalariados o pensionistas del país.
Para el caso de las monarquías petroleras del Golfo Arábigo sólo hay que añadir un papel activo en el reclutamiento de aliados del ámbito geopolítico árabe o musulmán que ayuden a presentar un frente común de acción contra los Estados y contra el nacionalismo imperialista de Occidente, para imponer el suyo . A mayores dividendos más largo y movilizador es el brazo manipulador de los agentes de poder que pretenden reconducir a los Estados terceros y movimientos de masas para configurar ventajosamente los mercados internacionales. Los países que cuentan con mayores activos, relativamente más capitalizados por los precios del petróleo, buscan optimizar sus ganancias en el mercado internacional a través de su expansión a las zonas de producción políticamente debilitadas tras la desaparición de la URSS, a la que los yanquis tanto contribuyeron sin importarles el traspaso de poderes a otros actores geopolíticos que en el fondo estuvieron convencidos, y lo están, de poder dominar, y cuya virulencia incluso les procura los grandes beneficios que la guerra implica para el capital en su proceso de destrucción de excedentes, y para el caso de los bienes energéticos, el aumento de rentas cuando se acaparan sus existencias por la fuerza en medio del pánico y la escasez.
La expansión de los países árabes y musulmanes (Irán es un Estado clave y con la intención de armarse nuclearmente, si bien no es árabe y sí musulmán en el Golfo Pérsico o Arábigo) productores de petróleo hacia otras zonas musulmanas de centro-Asia con recursos petrolíferos contribuye a reforzar el monopolio mercantil petrolífero mundial y a elevar los precios y los beneficios. No sólo eso, la operación de las compañías extractoras multinacionales de países como EEUU, Inglaterra, Japón y Francia, deben pagar cánones más elevados si quieren contar con la seguridad indispensable para explotar los recursos en los países musulmanes productores de petróleo, siendo el imperialismo arabo-musulmán el “termostato” que regula las relaciones políticas y el grado de hostilidad hacia esa actividad multinacional. Las altas burguesías petroleras del mundo arabo-musulmán regulan o aspiran a gestionar el precio que las compañías y las naciones occidentales deben pagar por su explotación del petróleo en los países arabo-musulmanes productores, y con este fin, manejan los hilos de sus Estados con mucho tiento y astucia ( sin el asesoramiento del experto occidental, como numerosos racistas en Occidente creían hasta la aparición de Bin Laden y colaboradores, él mismo homologado a las técnicas más avanzadas de guerra y estrategia por EEUU y hoy maestro experto independiente y autónomo ), así como los parámetros del movimiento social islamista en todos sus países, una ola religiosa e ideológica nacionalista que ellos han promocionado e impuesto a sangre y fuego, con coacciones, sobornos y chantajes sobre sus poblaciones civiles, como todas las burguesías del mundo en cuanto les es posible, y con la ayuda intensiva de las potencias imperialistas de Occidente que, a cambio de esa manirrota aportación anticomunista, antisocialista y antiprogresista, obtenían concesiones a buen precio, identificándose gustosamente en una misma amalgama civilizadora de “luchadores por la libertad”. Hasta que, la ausencia generalizada de un movimiento obrero socialista y el encuadre de la irreductible protesta social en las instituciones religiosas por ellos patrocinadas y controladas, se ha hecho focalizar en la rebelión pan-nacionalista (e indisociablemente imperialista) contra el cruzado infiel, es decir contra el imperialismo occidental , desprovisto de la amenaza comunista, desinteresado de aliarse por un buen motivo con que hacer converger objetivos y medios, con que identificar sistemas de valores y encuentro entre “civilizaciones”. Hoy en el imperialismo occidental, en todos los imperialismos, la consigna es devorar al prójimo además de a los trabajadores asalariados de la propia nación en la medida de lo posible, volverse a arrebañar los haberes del que hace un instante fuere el aliado, en completa lógica con la anarquía del capital de la que ya se previno científicamente hace más de un siglo.
En el instante en que los comunistas y el movimiento socialista han dejado de ser una amenaza para las burguesías del mundo arabo-musulmán, el apoyo armado, técnico e ideológico de las potencias occidentales se ha convertido en prescindible y la lucha por la maximización del beneficio capitalista se ha convertido en la quintaesencia de las nuevas relaciones diplomáticas. Se diría en verdad que aquello que hoy se observa, es la cada vez mayor convergencia entre civilización occidental y oriental, convergencia acuciada por la necesidad imprescindible de obtener crecientes beneficios en una concurrencia mundial progresivamente más difícil y con más contradicciones mercantiles.
En el plano interno, los capitales de los países árabes y musulmanes ricos, deben arrostrar el espectro del agotamiento de los recursos, de la concurrencia de los nuevos yacimientos que se prospectan y comercializan constantemente y que fuerzan a la baja el precio del petróleo o se enmarcan en áreas de acceso restringido tendentes a la formación monopolista, repercutiendo en las ventajas monopolísticas sobre el crudo de otros agregados, oligarquías y naciones. En el plano sociológico interno, las sociedades productoras de petróleo se enfrentan a la constante insuficiencia tecnológica derivada del monopolio científico-tecnológico de las potencias occidentales: las fuertes inversiones en conocimiento y capital necesarias para desarrollar la tecnología de la que carecen los países petroleros les hace, además de superespecializados industrialmente, política y económicamente dependientes de los países occidentales, lo que se traduce en mayores costes de las manufacturas importadas y vulnerabilidad frente al imperialismo occidental. Se puede observar la paradoja de una gran riqueza derivada de la explotación total de las reservas energéticas para las sociedades con yacimientos importantes, a la vez que la reducida rentabilidad por unidad producida de bienes energéticos; esto se debe a la inmensa proporción de dividendos que las multinacionales extractoras poseedoras de la tecnología adecuada para abaratar la extracción, los intermediarios comercializadores y los Estados (occidentales en especial) fiscalizadores de los países consumidores, retiran del proceso de venta de los bienes derivados del crudo y del gas natural, gravando fuertemente sus propias poblaciones, aunque paralelamente contribuyendo por otra parte a sufragar el Estado de bienestar remanente de los países occidentales, complejo de factores de peso extremo en la movilización de masas contra los países productores de recursos energéticos, los cuales, por otro lado, no son los que en términos relativos participan con mayor amplitud de los márgenes de beneficios de dicha industria extractiva. Para mantener altos beneficios, los países productores tienen que bregar intensamente y con reducidos recursos relativos (tanto económicos como políticos, el caso de la OPEP verbigracia) en los mercados internacionales y con las entidades anejas al negocio energético.
No es raro entonces que se hayan confeccionado estrategias baratas y de bajo coste para la intervención política en la escena internacional por parte de unos países que, con unos recursos financieros aparentemente grandes, no pueden competir contra la comparativamente infinita superioridad de recursos de las potencias occidentales para mantener sus ingresos y no desaparecer engullidos por el mercado mundial, mas que dotándose de estrategias diplomáticas y bélicas, aunque sean de “baja intensidad”.
Una forma de suavizar o contener este monopolio tecnológico occidental es el uso de una violencia difusa, difícil de localizar y neutralizar, y hecho trascendental, muy difícilmente identificables con las burguesías y Estados concretos incapaces de hacer frente según los modos clásicos de guerra entre naciones a las naciones competidoras, las potencias occidentales; la excepción (que confirma la regla) a esta necesidad imprescindible la constituyó Afganistán, Estado sacrificado por los agentes imperialistas de Oriente Medio, y que en su calidad de prescindible plantó oficialmente batalla a las potencias occidentales por no contar en su suelo con esas burguesías, oligarquías y Estados, así como recursos energéticos esenciales a proteger en la estrategia del choque de capitales y mercados.
Por otra parte, las clases altas de las plutocracias petroleras únicamente pueden contener la protesta social y perpetuación de sus regímenes tiránicos, aparte de por el uso de la violencia absolutista, mediante el soborno generalizado a toda la población ciudadana, en ocasiones en la forma de una versión de “Estado de bienestar social” formal que se viene debilitando constantemente en las últimas décadas con la introducción de medidas liberalizadoras, en correspondencia con los mayores esfuerzos que la concurrencia mercantil mundial impone para obtener beneficios que decrecen constantemente. La guerra civil, así, se está conjurando o sorteando en países con Estados y regímenes de escasa legitimidad entre población, con nulo consenso democrático; un poder absolutista y corrupto mantenido por reglas de clientelismo patriarcal y redistribución de algunos excedentes de la venta de materias primas. La misma inestabilidad e insuficiencia de las rentas del petróleo en estos países está llevando desde casi el principio a intentar desesperadamente el procurarse beneficios mediante la diversificación productiva, como todo prevenido gestor capitalista: un intento que es titánico para países emergentes y que deseen mantener altos beneficios y niveles de consumo y renta, o competir con grandes potencias con siglos de desarrollo e implantación mundial. Pero si la diversificación recaba ventajas económicas al moderar la superespecialización productiva y la dependencia tecnológica, se convierte en un rompecabezas al forzar a que la población participe activamente en la producción económica, esto es, a invertir en desarrollo de infraestructuras y medios productivos, y en tecnología, lo que significa costes adicionales y una población que exige inversiones al Estado, al capital nacional acumulado en pocas manos. Educación, universidad, ciencia, laboratorios, plantas tecnológicas avanzadas, mano de obra extranjera, precisan de costosas inversiones en tecnología, conocimiento y recursos humanos; y estos recursos humanos se convierten en sujetos competitivos dispuestos a retirar beneficios de su trabajo e inversión personal, de su fuerza social recién formada históricamente. Es por ello que el capitalismo del “Infitah” implica serias consecuencias y contradicciones que pueden sumar más violencia a la olla a presión de los países productores de petróleo. Las inversiones y los grupos profesionales y expertos cualificados tan necesarios, cada vez más ven sus expectativas estrecharse por la desregulación y el neoliberalismo que tan contradictorio resulta entonces en los Estados árabes.
Una sociedad que se implica en la producción mercantil, sea en la forma de patrón o asalariado, precisa mercados de los que obtener beneficios y salarios. Puesto que los patrones están dispuestos a maximizar sus beneficios, entran en contradicción con los asalariados cualificados que se han formado en la diversificación, o que acudieron como emigrantes, y que defienden sus salarios. La opción para la burguesía es el nacionalismo y la proyección del conflicto a la competencia internacional, lo que implica la coacción política, en ocasiones la violencia. No es extraño pues que la expoliación directa de los recursos de Irak haya desatado un incremento espeluznante y psicótico del terrorismo, pues la consigna fundamental es elevar los costes de la explotación de las reservas iraquíes por parte de EEUU al máximo posible para proteger los precios y las ganancias semi-monopolistas de los países del Golfo. Esto es, expulsar de la participación en la configuración de los precios del crudo a todo “socio” no invitado, con arreglo a las leyes universales de acumulación de capital y maximización de beneficios. Se trata de tomar posesión nacional de los propios recursos pero, también, alentar a otras naciones poco desarrolladas a expropiar a los imperialistas extranjeros y unirse al movimiento monopolista de países productores para defender los precios ante el poderoso consumidor occidental que debe permanecer al máximo como tal consumidor, fuera de la producción y comercialización, fuera de la monopolización de esos productos, fuera de la concurrencia ruinosa con los países especializados en la extracción y venta de hidrocarburos y cuya baza económica principal es la energía.
Proletarios, imperialismo, religión. El proletariado de Marruecos, Argelia, Bahrein, Yemen, Omán, Pakistán, Afganistán, etc. se ha batido heroicamente por la democracia y la justicia social durante el siglo XX, pero ha sucumbido bajo el peso de sus fuerzas reaccionarias internas, del islamismo radical, de la monarquía, aristocracia y burguesía, apoyados por la cruel y racista intervención de las potencias occidentales en su cruzada contra la URSS y contra cualquier cosa que considerasen próxima al socialismo, a los derechos humanos y a los derechos civiles que tanto predican en sus estados liberales y “democráticos” y como mero desideratum e incluso cínica coartada de invasión, para las poblaciones del Tercer mundo o con tendencias por el socialismo; la represión ha sido salvaje, pero es imposible enfrentarse a la maquinaria bélica y a los servicios de inteligencia y su quita columna de traidores, al soborno vergonzoso de EEUU, Reino Unido, Francia y todos sus aliados, sicarios, mercenarios y verdugos sedientos de frustración neoliberal cristiana, sumisión al jerarca y al dinero. Para el proletariado al que se le cierran los derechos de sindicación, reunión y expresión, todas las vías reivindicativas genuinamente representativas de sus intereses salariales y de autodefensa global mediante el socialismo , la opción única es consociarse con los patrones, el clero (como todos) pervertido musulmán y los movimientos políticos que más cercanos se encuentran de sus necesidades de subsistencia y que les aportan unas migajas del banquete de los ricachos, la famosa caridad musulmana, unos de los cinco pilares de la religión musulmana; la alternativa es la tortura o la muerte en los penales dirigidos por sus propias burguesías tiránicas, o, en caso de vencer a estas fuerzas sociales internas apoyadas por Occidente, perecer bajo oleadas de “luchadores por la libertad” dirigidos por “rambos” o instructores yanquis e ingleses unidos por una civilización exactamente coincidente en valores supremos, etc., que dirigen a masas de fanáticos ignorantes empobrecidos compradas con unos pocos dólares.
Y a pesar de todo, la masa aplastante en múmero de musulmanes y de gentes humildes de las regiones musulmanas y árabes del planeta permanecen tibiamente involucradas en el islamismo, como así lo delatan todos los difíciles sondeos que se han podido realizar. Por otra parte, los estudios, encuestas y sondeos indican sin ambages que las poblaciones de los países árabes confían más en la democracia, anhelan más el régimen democrático, que las poblaciones de las naciones de la Unión Europea, y aún más que la población de los EEUU; y por si fuera poco, son menos observantes de la religión, menos creyentes y fideístas que los norteamericanos, y con mucha diferencia... Una actitud de respeto religioso, en muchas ocasiones de alejamiento y apartamiento de la religión, otras menos de confrontación tácita pero directa contra el islam, otras la sola participación en el ritual religioso, otras veces un cínico desentendimiento básico oculto bajo la aceptación exterior del islam, muchas otras, la mofa al “hermano barbudo” y de las excentricidades de estos nuevos santones fanatizados, así como la crítica confusa (en tanto que severamente oprimidos), incrédula (“los judíos son los culpables del 11-M”), furibunda al radicalismo islamista y a la violencia terrorista , es lo que predomina en las poblaciones de esos países, contrariamente a lo que se cree con vehemencia vulgar entre la ignorante y despreciativa población occidental: la nota real, la clave ideológica es el moderantismo religioso. Ello a pesar de todas las coacciones y controles institucionales y de la propaganda religiosa virulenta apoyada por las instituciones, a pesar de la exigencia de muchas autoridades administrativas, “civiles” y empresariales para el comportamiento compulsivo según el modelo de un “buen musulmán” y de la catequesis obligada en la educación, a pesar de todas las violencias contra los líderes e intelectuales socialistas de los países árabes e islámicos que ipso facto son sustituidos por los predicadores de la paz social y la cohesión nacional y la guerra contra el “kufir”, y propagandistas (oficiales o no) islamistas, del desprestigio de los ateos, del dinero y de la caridad de los caciques “tradicionalistas” y “alims” cuando se pasa hambre...
Esto demuestra el grado de resistencia de los árabes y musulmanes al nacionalismo belicista e imperialista de sus propias burguesías nacionales, y de sus propias gentes humildes vulnerables y dominadas, al terrorismo y a la alineación de sus intereses propios como clase social separada , a pesar de nuevo, de los terribles golpes que las potencias occidentales han infligido a los intereses nacionales y el apoyo del imperialismo occidental contra toda exacción policial que sirviera para acabar con cualquier ápice de justas reivindicaciones de los trabajadores de estos países.
Esta caridad es más formal y generosa para los ciudadanos de los países relativamente más ricos del Golfo Arábigo que en los países del Magreb, aunque frecuentemente, la “caridad” de las burguesías del Golfo se ha extendido a los países pobres musulmanes sumidos en la depresión aguda de los niveles de vida de sus poblaciones; de esta manera ha sido fácil reclutar combatientes para las luchas pan-islamistas y reforzar los vínculos políticos y sociales entre Machrek y Magreb, en el poniente, y con el islam índico por levante.
Nota 8.2.: Algunos determinantes subyacentes en el imperialismo específicamente occidental. El caso occidental es bien conocido por los especialistas de la economía política, el análisis marxista y las ciencias sociales en general; hoy sin embargo se evita entre el pensamiento y la publicidad burguesa imperante el discurso crítico , por mucho que siga parcialmente patente y lantente y muy unido al ser y naturaleza trascendental de Europa, por los motivos de reemergencia de ideologías nacionalistas, imperialistas, religiosas y reaccionarias, también en Europa. En Europa y América del Norte, el “pensamiento crítico” se reduce a los títulos de las obras y artículos sesudos y académicos destinados a demoler o disimular el método y la obra del marxismo, comunismo y revolución; la coletilla es inevitable y ramplona: “aproximación crítica”, “análisis crítico”, incluso “defensa crítica”, y es que hay que comprender que, con cierta semejanza con lo que ocurre en los países árabes respecto a la cuestiones políticas que no sean acordes con el patrón oficial, en Occidente, los que osan tocar el objeto del marxismo pueden sufrir represalias laborales, propagandísticas, comerciales, académicas.
Otra fuente de identidad civilizacional. Las potencias occidentales y la proyección del conflicto social a Oriente se establece según los mismos patrones directores, salvo en lo que varía la estrategia de movilización social y expansión cuando se está en abrumadora superioridad militar y tecnológica, además de contar con administraciones más eficientes y, en particular, con el instrumento de chantaje popular que puede ser el Estado de bienestar que aún continua en pie. La opción bélica abierta se decide sobre la base de su viabilidad para alcanzar las metas requeridas o las tasas medias de beneficio de la inversión en el negocio multinacional; el coste de oportunidad resulta más atractivo para los gobiernos y burguesías occidentales internacionalizadas del área anglosajona y escandinava, que la relación pacífica que ha sido la opción de las potencias centro-europeas (Francia-Alemania y aliados) en la última guerra contra Irak, sin duda por la competencia existente entre las potencias occidentales y sus ventajas relativas respecto a la cobertura en los países productores de petróleo. Los países anglosajones y aliados han optado por la confrontación bélica ante el riesgo de verse adelantados por el auge mercantil renovado del eje centro-europeo y la UE. La guerra es la forma más rápida y terminante de replantear las relaciones diplomáticas en la región y reorientar las relaciones comerciales (y expropiadoras) internacionales en concordancia con el modelo neoliberal de máximo beneficio unilateral; de ahí que las potencias anglosajonas desprecien en sus relaciones diplomáticas la acción humanitaria y cooperativa como integrante de sus intercambios comerciales globales, en contraste con las potencias centro-europeas, más favorecidas e inclinadas a implicarse en la ayuda al desarrollo y al acuerdo político consensual con las contrapartes, que sin dura don medios más benéficos, aunque costosos y exigentes de consenso democrático nacional, y aparato administrativo. Algo que no está en la agenda de los neoliberales anglosajones, acosados por la urgencia de márgenes de beneficio en una economía sobreproductiva, con escaso apoyo democrático y deseosos de eliminar todo aspecto público del Estado. Los aliados anglosajones utilizan sus aparatos de ayuda al desarrollo de terceros países como recompensa a los fieles locales de los países explotados y directamente como soborno político de los líderes locales y de la oposición: la Commonwealth es el mejor ejemplo de institucionalización del crédito condicionado y del soborno para fines de perpetuación del viejo imperialismo inglés, sin trascendencia neta en el desarrollo y mejora de las condiciones de vida de las naciones y sociedades aparentemente asistidas; es más, el comercio librecambista del Reino Unido es más benéfico para el desarrollo que los adornos publicitarios de la netamente misérrima e hipócrita caridad inglesa. En este sentido ha actuado la UE como intermediaria de los EEUU y con gran participación del Reino Unido al ofrecer un plan de ayudas a Irán; en este plan se une ayuda a la cooperación típicamente continental, con chantaje político y soborno en el contencioso de la energía nuclear, que Irán se reserva como derecho a implementar sin cortapisas, sin renunciar a la opción militar nuclear.
Por otra parte, tanto como para los islamistas radicales nacionalistas e imperialistas del mundo árabe y musulmán, la tragedia bélica extendida a la población civil es la mejor forma de legitimar sus avisos de amenaza y alarma nacional, además de la pura coacción política. El nacionalismo se refuerza con cada atentado islamista, pero el nacionalismo de los países occidentales se refuerza aún más por la eficacia de sus aparatos estatales y medios de movilización social que actúan sin ambigüedad apenas y abiertamente (cosa que los Estados orientales deben silenciar, morigerar o ponderar para evitar retorsiones), sin los titubeos de los estados árabes y musulmanes constreñidos por la prudencia y la división de intereses políticos o industriales y comerciales con Occidente. La destrucción de Faluya y la muerte de miles de sus habitantes, las torturas de Abu Graib y muchos casos más, sirven no sólo como represión de la resistencia específicamente nacional iraquí, e islamista imperialista global, sino también como catalizador de una mayor resistencia y agresividad de los grupos árabes e islamistas que harán presente el terrorismo y el conflicto en las sociedades occidentales, lo que así refuerza el nacionalismo de las sociedades occidentales y la espiral intervensionista que, a su vez, ayuda a las burguesías y estados de Occidente a ahondar su rapiña internacional, y su intervencionismo mundial, por no decir la opresión sobre sus propias sociedades o clases proletarias, algo que siempre es su objetivo primario. También, los precios de las materias primas, del crudo y el gas en el caso iraquí, aumentan en el mercado a causa de una violencia más amplia y una complejidad mayor (bajas humanas, seguros, riesgos, sabotajes, pérdidas, protección armada, sobornos a las autoridades locales, represalias mercantiles internacionales, un largo etc.) en su explotación: esto no es un accidente o un contratiempo para los que ya han expropiado a sus dueños oriundos los yacimientos, pues con las subidas de precios, las compañías propietarias se beneficiarán al igual que sus competidores en otros países productores de crudo.
La consecuencia final es una escalada constante de violencia, que únicamente puede ser atajada con el empobrecimiento, agotamiento y desmoralización de las sociedades civiles implicadas en la confrontación (en pos de lo mismo por cuasi-idénticos medios, el capital, el capitalismo), en particular la pérdida de derechos y el sobreesfuerzo de las clases más modestas. Hoy en España es posible observar esas tensiones entre burguesía (y población vinculada o afín ideológicamente) y proletariado, desde el atentado de Atocha el 11 de marzo de 2004: desplazamiento racista de la culpa hacia otras naciones o pueblos a los que derrotar en santa cruzada previa cohesión social sin solución e incluso paralización de los conflictos de clase; del lado de la clase trabajadora, la que sufragó con sus miembros en el atentado el ensayo imperialista del gobierno Aznar, el objetivo de zafarse de la opresión del Estado, es decir, de las leyes de reforzamiento del poder policial y del control, detener las propuestas de movilización para la represalia contra los musulmanes o árabes, así como la exigencia de una política de discernimiento de los intereses de clase frente a los denostados intentos de hacer converger todos los intereses en los de la clase burguesa bajo el sayo del Estado y la nación a costa de la división de los trabajadores.
Pero también estas clases intermedias y asalariadas de la sociedad civil se politizan más y detraen ventajas indirectas de su mayor impulsión a la organización (por su movilización nacionalista), paradójicamente como clase social, dentro de cada bando nacionalista; la clase social, en el sentido marxista y en el sentido simple de puntos básicos en común, arrima su condición de manera inexorable a la valoración de su situación y a la exigencia de un “nuevo reparto” de las ganancias ante la burguesía imperialista, y ulteriormente, a la reivindicación del establecimiento de nuevos modelos de intercambio internacional basados en la cooperación efectiva bilateral que impliquen menos pérdidas humanas y de bienes que casi siempre recaen en su clase social modesta, menos represión por el Estado nacionalista e imperialista. Este nuevo sistema de intercambio es necesariamente más eficaz (aunque costoso para los oligarcas potentados) pues no se basa en el simple expolio capitalista sino en la expansión de la producción para el intercambio ajustado de valor. Esta sucesión ya muchas veces observada en la historia y la sociología del capitalismo, puede durar décadas.
No obstante, en la actualidad la velocidad del proceso únicamente puede precipitarse hasta el desenlace deseado por la clase asalariada por la coincidencia de un actor novedoso entre la anarquía capitalista , una entidad original legada por las peores crisis capitalistas y revoluciones sociales en Europa durante dos siglos: la Unión Europea. Bajo la condición de que las burguesías internacionalizadas de la UE, por razones hondamente estructurales de su capital envejecido, muy maduro en sus tasas de acumulación y crecimiento así como de dependencia del Estado, en el continente, se inclinen más a hacer concesiones a las exigencias democráticas y a los derechos de sus clases trabajadoras e intermedias, es decir, concesiones a la participación popular de las ganancias del reparto del mundo fuera de Europa, obtenidas mediante métodos pacíficos de cooperación e intercambio más justo que el simple mercantilismo anglosajón, se podrá ralentizar la anarquía del capitalismo y el conflicto generalizado cada vez más violento, el terrorismo y la explotación imperialista, sin sacrificar el crecimiento de la industria mundial. Estos estrechos márgenes de maniobrabilidad ante un problema cada vez más degradado no hacen sino añadir más motivos para pergeñar un futuro de la Unión progresivamente socialista e internacionalista.
¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
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