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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo. |
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UNION SOVIETICA EUROPEA |
(U. S. E) |
Actualizado: 02.07.2007· Año V | |
| DEL COMUNISMO AL ESCLAVISMO PASANDO POR EL NEOLIBERALISMO |
Esclavismo en China tras 20 años de expansión liberal |
El presidente de la República Popular China, Hu Jintao, y el primer ministro del país, Wen Jiabao, han intervenido personalmente en el caso de los 450 obreros esclavos en las provincias de Henan y Shanxi. El suceso ha conmocionado la opinión pública y todos los niveles de autoridad del país, además de haber sido cubierto extensivamente por la prensa nacional, lo que resulta bastante novedoso. Entre los esclavos, 51 niños algunos de hasta ocho años de edad, las enfermedades y los malos tratos, la mala alimentación, las jornadas de hasta 20 horas de trabajo forzado, los malos tratos, han conducido a la muerte de varios y a un estado lastimoso de la mayoría. El poder chino ha explicitado su intención de procurar la “armonía social” y el castigo de los responsables, pero la esclavitud lleva años instalándose en China. El esclavismo rampante en China es la trastienda cotidiana de noticias como la publicada por China Daily (septiembre 2006) acerca del bar chino en el que, por entre 5 y 30 €, el cliente puede golpear a los camareros (una costumbre inspirada por Japón al parecer), y que, en Occidente, se ha tomado por la mayoría de los estultos comentaristas burgueses como un estrambótico exotismo que invita a la risa y a la perplejidad, y que por supuesto jamás se ha vinculado al abandono del precario socialismo existente. El desarrollo de la esclavitud en China se ha ocultado primero por las autoridades, pero también por la prensa internacional volcada con la globalización y el ofuscado granjeo de los negociantes capitalistas con ese país oriental. Así, cuando hace pocos meses el estado chino se dotaba de leyes legitimadoras de la propiedad privada por primera vez desde 1949, la actitud de los comentaristas y propagandistas que ocupan exclusivamente los medios de comunicación de masas occidentales para beneficio de los amos burgueses celebraban los buenos pasos hacia la “liberación” y la prosperidad, el acercamiento a los “derechos humanos” que se supone imperan en Europa o Norteamérica. Esta bienvenida sí la asociaban convenientemente con las altas tasas de crecimiento que el país experimenta con su apertura y neoliberalización. En contraposición, esos mismos medios muy poco han hecho por airear que China no ha ratificado aún la Convención sobre el Trabajo Forzoso de la OIT (1930, No. 29) o la Convención para la Abolición del Trabajo Forzado de 1957 (No. 105). En Europa y en Norteamérica asimismo, pocos se han molestado en apuntar a la realidad del origen de tan altas tasas de crecimiento, la forma en que se redistribuyen las ganancias, lo que supone para los sistemas de bienestar social alcanzados a duras penas en décadas de socialismo, la riada de emigración o fuga despavorida del país que está provocando la sobreexplotación de la inmensa mayoría de población china, las altas tasas de suicidio (otra forma de huída), la disolución de las redes de salud pública (con epidemias consecuentes como el SARS), la expulsión especulativa de vecindad urbana de sus viviendas, la destrucción de los barrios salubres tradicionales y populares o Hutons, y un largo etcétera que, como siempre, los neoliberales y pro-capitalistas depositan en la rúbrica de “costes” que, utópicamente, presagian una futura bonanza al nivel de las “naciones avanzadas”, de las cuales callan también los orígenes de sus estados de bienestar y se atribuyen, como se atribuye Hollywood, todo de cuanto bueno hay en la historia de la Humanidad al completo. Prefieren fijarse en la formación de una “extensa clase media”, un adjetivo que, en relación a China, es no decir mucho, y que en la realidad es un estrato de clase burguesa particularmente deleznable. Sí se ocupan de preterir los logros económicos cualesquiera que sean del período revolucionario socialista, que además de ser igual de espectaculares fueron más justos y tuvieron por consecuencia que del orden de mil millones de chinos sobrevivieran más dignamente que en la mayoría de los países asiáticos. Una de las consecuencias perversas de la reintroducción del liberalismo en China es la esclavitud, una condición cuya erradicación a mediados del siglo XX en China ha costado un mar de sangre, en una nación donde la servidumbre más abyecta era la norma milenaria. Porque el ser humano estaba comprendido entre las cosas que otros hombres podían poseer, y usufructuar como consagradas por el derecho a la propiedad privada y el libe comercio. Un derecho a la propiedad privada y libre transacción que también existió en Europa ejercida por muy librecambistas capitalistas dedicados al célebre "triángulo comercial", y que únicamente fue abolida porque los compromisos legales entre siervo y propietario feudal estorbaban la venta de seres humanos, el acceso de los frustrados capitalistas a las bolsas de mano de obra campesinas, protegidas por leyes locales ancestrales y patriarcales, vínculos clientelares capaces, dentro de la sumisión, de contraponer alguna defensa contra el exceso de explotación por terceros. En nombre del comunismo, en China se abolió la servidumbre feudal de facto (oficialmente la esclavitud había sido abolida en 1910 por la dinastía Qing, no así los fuertes lazos de servidumbre), pero, con el advenimiento del neoliberalismo en los años ochenta, la sociedad china ni mucho menos ha recompuesto formas de propiedad sobre los seres humanos estipuladas según el patrón del feudalismo oriental y burocrático chino tradicional, sino del modelo del liberalismo capitalista más elemental en las condiciones excedentarias de mano de obra a bajo precio. En semejantes condiciones de sobreabundancia, el empresario obtiene ventajas por la decremento de los costes de una fuerza laboral compitiendo entre sí por una demanda de trabajo comparativamente exigua. Además, el empresario optimizará su ganancia en condiciones de remanencia de mano de obra si inscribe la fuerza de trabajo como forma de propiedad privada, con el fin de ser explotada más allá de la voluntad y capacidad de recuperación del trabajador, evidentemente por la fuerza, y con una relación coste beneficio favorable, lo que explica el estado abominable de las víctimas “liberadas”. Para la aplicación de la coerción al extremo de la esclavitud aniquiladora, es preciso no únicamente sobreabundancia de mano de obra desechable y exprimible que reemplazar inmediatamente, además de un mercado dinámico de competencia por altas tasas de beneficio capitalista que recompense a los empresarios dispuestos a invertir en ese tipo de producción poco cualificada las pérdidas relativas derivadas de la consunción rápida del trabajador, sino también impunidad, superioridad de fuerza y monopolio de la violencia con que reconducir las desesperadas reacciones de la población subyugada por impedir su destrucción. Este factor no proviene del estado dictatorial comunista, como a muchos les satisface con tanta saña repetir para cuando les conviene reconocer la “vigencia” del “comunismo” en China, sino de exacta y diametralmente lo contrario, esto es: de la descentralización y segmentación del Estado unitario y hasta cierto punto democrático, erigido y sostenido por el grado de socialismo que China había alcanzado, sin contar con los casi 50 años de guerra civil republicana anteriores y los esfuerzos milenarios del Imperio Chino por integrar el país. Verdaderamente, lo que está resucitando el neoliberalismo en China es una de sus peores lacras superadas con sacrificios titánicos, que comenzaron a dar sus frutos durante el gobierno del mismísimo Chiang Kai-Shek, cuando en 1928 Zang Xueliang reconoció al gobierno central de Nanjing: el poder despótico y absolutista de los señores de la guerra . Disgregación funcional, cuarteamiento del poder nacional unificado, que se está haciendo de forma consciente y planificada, esta vez para impulsar el “laissez faire”, de acuerdo con la filosofía del caos y la atomización de los agentes mercantiles, que no es más que el trasunto de la apropiación del valor por parte de los más fuertes, la reducción de los expropiados de lo público y de su propia fuerza vital a la producción de valor para el propietario. Lo que se suele expresar con eufemismos como el de “individualismo”, “competencia” y el lema de “cada uno en su bicicleta”, o “lo pequeño es bello”; esto es, quien pueda, a robar y holgar, y quien no, a sacrificarse bajo las ruedas del carro de Shiva para el empresario. De esta forma, el Estado central no se inmiscuye en los poderes locales, en sus métodos o sus realidades sociales, con tal de que paguen sus impuestos al centro y no demanden ayudas o reequilibrio de la renta nacional; el Estado central, alienado por una banda de muchos más que cuatro tiranos, imponen y promocionan la escala micro, lo regional, la economía local, lo reducido, mezquino, lo autárquico, lo precario, tanto para las ramas de la administración general como territorial, para la política como para la producción. El proceso de constitución de mafias locales (ver más abajo los comentarios de Nicolas Bequelin) en el país es una consecuencia de la corrosión de unas leyes nominales homogeneizadoras del Estado, que se están opugnando por los poderes segmentaristas en las regiones, pero también, del Estado central en manos de los “desplanificadores” de la avara clase burguesa china, quien conforma inevitablemente el núcleo beneficiario del más corrupto país del mundo, según las instituciones internacionales. Desde el Partido Comunista y su barniz simbólico ideológico, cada vez menos coherente, se opera la acumulación capitalista, en realidad por medios fascistas, con que inocular el mercado libre de manera violente, la función de todo fascismo en la historia universal. Los cientos de miles de funcionarios del Estado chino y de sus clanes familiares aburguesados se han transformado en vendedores del patrimonio común robado y esclavizando a una nación de más de 1000 millones de ciudadanos. La acumulación primitiva de capital en versión china. Una diáfana manifestación de la disolución profunda de los ejes conductores y unificadores del Estado chino es el hokou, que designa un sistema de segregación de derechos entre chinos originarios y chinos emigrantes dentro del país, sistema que deja desprotegidos a los chinos relegados a “forasteros” en un momento en que hay un alto flujo de migración del campo a la ciudad en un país gigantesco. Si hace lustros el sistema hokou era un método de control para evitar la superpoblación cuando el Estado planificaba los movimientos poblacionales para evitar el colapso de las ciudades principales, en la actualidad, inserto en el libremercado, se convierte en un instrumento para desposeer a la fuerza de trabajo de sus derechos fundamentales, por menguados que fueran antes; es decir, convierte en extranjeros ilegales a los chinos en su patria, pero con el agravante de que no quedan a merced de la administración pública, sino de la sevicia del oportunista y ruin empresario particular. Pocos son los comentaristas o periodistas que llaman la atención sobre este hecho fundamental que desvela la corrosión de las estructuras del Estado y de la pulverización del derecho por la introducción de las relaciones sociales libremercantiles. En realidad, es como si China se hubiera escindido sólo por dentro en multitud indefinida, caótica, de entidades políticas y feudos que compiten entre sí o colaboran sólo para romper los derechos de la mano de obra del país. China deja de existir para gran parte de su población como gran Estado unificado, ninguna parte compele a la otra a cumplir con las obligaciones jurídicas o los objetivos comunes, y los habitantes se conceden en propiedad a las satrapías provinciales. En Europa el esclavismo surge también precisamente entre los contingentes de mano de obra a saldo que las mafias importan y los demás empresarios exprimen en la clandestinidad, y con la amenaza de malos tratos o denuncia, con la aquiescencia o ignorancia de gran parte de la población y el patrocinio de facto de los poderes locales; en el caso de España, los partidos gobernantes, PP y el PSOE, han aplicado políticas de importación libre de inmigración sin asegurar las condiciones de trabajo e inspección, lo que ha conducido a la proliferación de este tipo de abusos en una escala más moderada que China, debido a la vigilancia aún activa de la ciudadanía trabajadora con derechos y al mayor control público sobre el Estado y el Gobierno, pero no gracias a la voluntad de dichos partidos y de la clase poseedora de los medios productivos de impedir la sobreexplotación laboral. El testimonio de los familiares de los chavales raptados y esclavizados en las dos provincias chinas referidas y cuya tenacidad condujo a las autoridades centrales del PCCh a intervenir las fábricas de ladrillos en las que habían sido secuestrados es ilustrativo: “(…) The county public security department, after getting orders from the superior to interfere, told us that since the children were kidnapped in Henan and the kilns owners were from Henan, we should come back and report to the Henan police. “We will full-heartedly cooperate if the Henan police take the case.” Leaving without a choice, we had to take another hard journey back to Henan. However, the Henan police expressed nothing but incapability to help. They explained that since our children were only coercively detained and illegally forced to work, and since there were no children dead, the case was not strong enough to be registered. Besides, according to the law, the case took place in Shanxi, it should be taken care of by Shanxi police.” ( China Digital Times/The China Blog , 16.06.07.) La pulverización de las relaciones de cooperación entre los seres humanos es aneja al modo de producción capitalista, y el reparto de los recursos entre las oligarquías locales, es una expresión más de esta descentralización atomizadora de la sociedad china volcada en el liberalismo, viejo o neo -. El estado chino, por tanto, está privatizándose y cuarteándose con el objetivo de maximizar beneficios y reducir pérdidas para las oligarquías, y como empresa privada, participando en la explotación de la fuerza de trabajo en primera línea, esto es, no a través de los impuestos o la corrupción o la redistribución de plusvalías del trabajo a una casta dirigente, por abusiva que fuere la concusión o el acopio del valor producido por una economía bajo su total supervisión y gestión, sino a través de la expropiación del valor trabajo al resto de la población que ya no está necesariamente bajo el sistema público, sino marginada de él en el mercado laboral y con quien debe competir por el lucro particular. El pueblo chino, sus mayorías proletarias inmensas, hoy más que nunca es el enemigo del Estado. Está abandonado a su suerte o a la rapiña del capitalista, y junto con ésta última, el Estado, la mayor empresa de explotación privatizadora, colabora para tomar de semejante masa abandonada lo que puede despojar, incluso si se trata de la integridad física de las personas. Una resultante del auge arrollador del librecambismo capitalista en China, pero que también muestra las fuertes resistencias a dicho proceso es, justamente, la reacción inusitada de escándalo y malestar que la amplitud de los excesos esclavistas liberales están generando a lo largo y ancho del gigantesco país. Muchos liberales, sobre todo los ideológicamente más ramplones, no coincidirán con el aserto de que el liberalismo es compatible con el esclavismo, pero francamente, el hecho de que en el régimen capitalista el asalariado sea supuestamente “libre” para aceptar o rechazar un empleo, no es la consecuencia de los “altos ideales” que fundamentan dicho régimen de explotación, sino del incremento de beneficio que en general procede de la irresponsabilidad circunstancial del contratante hacia las necesidades básicas del empleado y el coste comparativamente más reducido de prescindir de los instrumentos de coerción para el trabajo... que por otro lado, suelen reservarse para el Estado como ejecutor del mantenimiento del orden y la protección de la propiedad privada, más que como instrumento de apresamiento de esclavos según el patrón de la Roma Antigua. El capital no hubiera podido arrancar la mano de obra que necesita si hubiera tenido que esclavizar a la servidumbre de la gleba en los momentos en que ese sistema dominaba sobre el capital; en este sentido, el feudalismo significó un progreso neto y salvó a la humanidad del retorno en masa al esclavismo de la Antigüedad, lo que también forzó al capital a mecanizarse. En la mayoría de las situaciones, el liberalismo no puede hacer frente al coste de mantener la fuerza de trabajo por debajo del mínimo necesario de retribución para su reproducción; pero cuando le es posible, acomete sin escrúpulos ese método de explotación: sólo hay que recordar el régimen de trabajo de los emigrantes chinos por obra (“indentured laborers”) o coolies en la Norteamérica ultraliberal del siglo XIX que condujeron a la clase trabajadora de EEUU a exigir su regulación y al Estado de California a prohibir en su Constitución de 1879 lo que denominaba sin ambages “esclavitud”. También el pionero Imperio Británico en la abolición de la esclavitud desarrolló ese sustitutivo, es más, lo inventó: las condiciones de los nuevos siervos asiáticos eran igualmente deplorables; estaban obligados hasta la finalización del encargo laboral contratado, aunque legalmente no se podían vender ni comprar, como en la China actual. Sólo la insurrección de estos sujetos esclavizados pudo mejorar sus condiciones y derechos, nunca el mercado o la competencia entre sus amos, loscuales, con la abolición de la esclavitud, sólo pretendían expropiar los siervos al competidor. No es extraño que en el seno de estos contenciosos políticos de manumisión de semi-esclavos surgieran líderes de la talla del mismo M. Gandhi. Los liberales británicos siempre instigaron tal especie de importación semiesclava hasta comienzos del siglo XX (véanse las elecciones de 1906) hasta que el laborismo emergió finalmente con potencia. En la China neoliberal actual hay ámbitos crecientes en los que componentes del Estado transformados en empresa privada, con recursos humanos de sobra y altos beneficios como incentivo en el mercado, encuentran más provechoso anular el salario, en situarlo por debajo del “mínimo necesario”. Como en el régimen liberal clásico, las tendencias económicas se repiten, las formas de esclavitud se multiplican y el Estado es el instrumento archiconocido al servicio de los patrones. Obviamente, no se puede conjeturar que el esclavismo chino está incentivado por una “ley”, detentada por las manos de las autoridades locales corruptas, que impone salarios excesivos en el mercado laboral chino, ni que los salarios son excesivos por la escasez de mano de obra... Más bien es la impunidad casi legal de la esclavitud y la sobreabundancia de fuerza de trabajo, así como la consiguiente certeza de recambio de los trabajadores, lo que permite sacrificar la salud y las vidas de las víctimas en esfuerzos productivos abrumadores. Si en Europa se da la esclavitud mayormente en el negocio internacional de la prostitución, es debido (además de a las políticas neoliberales explícitas) a que los agentes económicos ejercen la competición mercantil valiéndose de la coacción para fijar los recursos humanos en el desempeño de actividades que aparentemente en el mercado “libre” laboral estarían mejor remuneradas, si bien en realidad, no se trata de mercado libre, sino de un mercado intervenido primero por leyes antiesclavistas, segundo por leyes contra la sobreexplotación de los trabajadores y tercero y ante todo, por la remuneración salarial que la clase trabajadora ha conseguido en el sistema productivo en conjunto, lo que incide en los precios de la prostitución al alza y aminora la competencia de personas dispuestas a obtener rentas a través de la prostitución. Ciertamente, los proxenetas esclavizan a sus víctimas para que no abandonen el mercado libre integrándose en el mercado intervenido legal, formal, socialmente convenido y controlado: en este mercado legal la víctima se libera, pero no puede convertirse en empresario esclavista, y donde los trabajadores encuentran un poco más de libertad y se ahorran la esclavitud, el empresario está compelido y disminuido en sus libertades, que tienen cobertura en la clandestinidad o en el mercado más libre para el capital. Se da también sobreabundancia en origen (países del Este de Europa, Africa, Latinoamérica) de candidatos al comercio sexual en Europa occidental, pero debe ejercerse sobre ellos un alto grado de control, hasta desembocar en muchos casos en la esclavitud con el fin de maximizar los beneficios mercantiles, y poder competir con las condiciones del mercado sexual libre, por un lado, y general laboral por el otro, así como con el control del Estado como garante en gran medida (no totalmente ni mucho menos) de tales derechos. El Estado en las naciones occidentales protege relativamente más a sus ciudadanos de la explotación extrema imponiendo leyes restrictivas sobre el comercio y las condiciones de trabajo, leyes que todos los días son denunciadas por las organizaciones empresariales y por los partidos políticos conservadores y neoliberales, y por los propagandistas y demás canalla que denuncian el socialismo caduco y al estado de bienestar, etc., como también por los empresarios individuales en las relaciones de producción cotidianas, como obstáculos al crecimiento económico y a la liberalización del mercado laboral. Como resultado, se lleva a cabo una gran actividad clandestina en el mundo productivo, que incluye la trata de inmigrantes en muchas ocasiones esclavizados, por parte de empresas que se denominan ordinariamente “mafias”, pero que son, igualmente, empresas lucrativas que presionan por la liberalización total de sus actividades económicas. En parte, los estados europeos hacen la vista gorda sobre las condiciones de trabajo para relanzar la economía y ganar elecciones, aún a costa de rarificar los derechos de los electores y para evitar el chantaje del capital, que no invertirá si no obtiene su beneficio deseado; o para obedecer directamente los dictados de los mayores accionistas del Estado desarrollado, aún en el siglo XXI, los empresarios o burgueses, hay que reconocer este anacronismo. El Estado chino ha desistido de planificar y gestionar la microeconomía del conjunto de la población para limitarse a la administración de las grandes líneas macroeconómicas de los agentes privados, al poder político, el monopolio de la violencia y al acaparamiento del beneficio a través del fisco o el traspaso legal o de facto de propiedad de los medios de producción más lucrativos a las familias con más poder e influencia, las más corruptas en el régimen anterior y ahora exhibiéndose burguesas, clases poseedoras en los parámetros más formales del capitalismo. Estos círculos capitalistas internos se han constituido con la práctica de ir dejando al resto de la ciudadanía lo mínimo (y aún menos como se observa) para su reproducción como mano de obra asequible y para su subsistencia, según las normas de explotación del mercado libre laboral. La oligarquía china en sus diferentes regiones también se dedica a la venta de servicios parapoliciales con que encuadrar disciplinariamente la mano de obra, para empresarios que se vean tentados por invertir en la explotación extrema de la fuerza de trabajo china, por ejemplo con la imposición de sindicatos “estatales” sobre la voluntad de los trabajadores; o a la misma implicación de las fuerzas “públicas” del orden en la represión de la resistencia obrera... Nicolas Berquelin, portavoz de Human Rights Watch explicó a la agencia AFP (20.06.07) que los abusos graves por parte de empleadores y traficantes de emigrantes van en aumento desde hace 15 años (cuando se disparó el crecimiento acelerado) en asociación con las autoridades: "Chinese scholars call this the 'mafia-isation' of local officials, who are a law unto themselves. They collude with gangsters and traffickers [to maintain poor labour practices].” Tampoco en China la obstrucción del mercado “libre” por parte del Estado “comunista” es la causa de la esclavitud rampante, sino al contrario y de manera poco recalcada, la proliferación sin contrapesos del mercado libre: No sólo es el Estado chino o el Partido Comunista chino el que participa de la esclavitud. La fuerza de trabajo es mantenida a saldo para propiciar la inversión, sea extranjera por parte de las multinacionales, o sea inversión interna de emprendedores particulares no sólo surgidos del aparato del Estado, como en los casos de grandes empresas nacidas privadas o privatizadas mediante la trasferencia de monopolios o la apropiación del patrimonio público, sino de la infinita panoplia de colaboradores, supervisores, encargados, mercenarios, vigilantes, espías, delincuentes, comerciantes y agiotistas, traficantes, contrabandistas, familias y grupos que triunfan por su cohesión o por la simple oportunidad en imponerse o imponer su ventaja (inmerecida por lo común) sobre otros grupos desprovistos de organización, vulnerables, desarraigados o en condiciones de ser traicionados y explotados como la inmensa mayoría de los pobladores de China. N. Bequelin de nuevo explica: "They are targeting people who have no avenue for redress. Slightly mentally disabled people, workers who are completely unprepared and child labour." ( Ibídem .) Uno de los ejemplos más elocuentes del esclavismo en China es el de las mujeres. No es que las mujeres o sus parientes sean más imbéciles que el astuto emprendedor, cuya supuesta capacidad superior para la superviviencia le confiere míticas ventajas sobre los demás, al modo en que reza el catecismo liberal; sino que este emprendedor lo es como parásito de la sociedad, en la estricta ocupación del negocio del rapto criminal de jóvenes que alcanzan un alto precio en el mercado libre, realmente libre de punición, de esclavas para el matrimonio, en unas circunstancias en las que en China hay escasez de mujeres y muchos hombres no hallan consorte. Otro caso es el de la esclavitud infantil, todavía relativamente no tan extendido en China, del que se benefician sobre todo las multinacionales, al igual que de forma masiva ocurre en la India u otros países emergentes al capitalismo salvaje. Los menores no están menos adaptados a la competición mercantil, sino que no se les da la opción ni siquiera de desarrollar una mínima adaptación (mientras que al hijo del burgués y de la “clase media” sí). En el citado artículo, Berquelin afirma que no hay datos fiables sobre la extensión de trabajo forzado de menores pero que pueden ser “millones” trabajando en industrias peligrosas e intensivas. No sólo es la clase capitalizadora del Estado chino en su descentralización y privatización lo que está propulsando la esclavitud, sino una sociedad civil avocada al canibalismo capitalista en su conjunto. Esta es la clave de todo el problema. Por un lado los capitalistas procedentes del aparato estatal orientan sus pasos a la propiedad privada fuera de las estructuras públicas, convirtiendo el Estado en su instrumento de poder coercitivo, reduciendo así costes y apropiándose de los beneficios lejos de las arcas “públicas” y la administración funcionarial que tiene que vivir, no del capitalista, sino del contribuyente asalariado y de tarifas. Pero como complemento, los empresarios o capitalistas que han bombeado su fortuna al margen de la expropiación acometida por las oligarquías burocráticas, no pueden más que reforzar el sistema esclavista porque también les favorece inmensamente para la extracción de plusvalías de sus trabajadores, para la reducción de costes laborales cuando la sobreabundancia de fuerza de trabajo permite el reemplazo de obreros a los que se puede exprimir muy por encima del coste de su confinamiento; (es con la excusa del alojamiento que suele el patrón sustraer el salario al trabajador, porque también se convierte en casero para concentrar plusvalías). Si bien resulta oneroso el mantenimiento de un sistema disciplinario esclavista para el pequeño empresario, es un acicate el que esta función la ejecute el Estado con mayor eficacia para todos los demandantes, mediando retribución adicional a unas autoridades de provincias “remotas”, alejadas de la administración central o del control institucional y social del Estado nacional central. Además, dicho servicio de orden del Estado local contribuye aún más a la cohesión o convergencia de intereses de todos los empresarios, de todos los tamaños, frente al resto de la población. No hay dudas acerca de la implicación de empresarios de todo tipo, tanto vinculados al PCCh como independientes en el caso de esclavismo a pesar de los datos escasos. Fan Duixiang, un miembro del parlamento de Shanxi ha informado que las investigaciones a raíz del escándalo que abre este artículo señalan que de 3347 empresas inspeccionadas, 2036 estaban operando sin la necesaria licencia y empleando a 53.036 trabajadores emigrantes clandestinos. Es decir, dos tercios del tejido empresarial de la provincia están implicados en irregularidades laborales (France Presse, 26 junio). El 27 de junio se informaba por la prensa del cierre por las autoridades chinas de 180 fábricas de comida que utilizaban sustancias nocivas y que han causado innumerables víctimas mortales. Han Yi, el responsable de la administración para la Inspección de Calidad declaró de que no se trataba de casos aislados, y que la mayoría de las empresas eran pequeñas en un sector alimentario chino en el que el 75 de las empresas son pequeñas (El País, 27.06.07). No se trata exactamente de esclavismo, pero estas empresas participan de un denominador común con las empresas esclavistas: la obtención de beneficio a expensas de la vida de los demás, o sea, sin límite para la explotación de los semejantes cuya naturaleza humana queda reducida a dinero, a demanda contante y sonante. No es difícil desembocar en la fuerte sospecha de que el esclavismo está aún más extendido y es más difícil de detectar en este tipo de empresa privada pequeña e independiente de las estructuras administrativas “públicas”. Otro indicador de las prácticas esclavistas generalizadas entre las empresas grandes y pequeñas es el entorno actitudinal hacia los abusos en el trabajo: Es recurrente, en los relatos acerca de la situación laboral china, la indiferencia con que los residentes de las poblaciones afectadas consideran dichos abusos cuando se ejercen contra los inmigrantes, a los que se considera ajenos a la comunidad. Entre los muchos testimonios, el de la directora de Human Rights en China, Sophia Woodman, que explica que “el sistema hokou institucionaliza una actitud por la que si no es nuestra gente no somos responsables de ellos” ( Anti-Slavery, 13.06.01.) Esta actitud es absolutamente coherente con los principios del liberalismo, en el cual se tiende a economizar al máximo los recursos disponibles para transformarlos en beneficios privados: interferir en los negocios ajenos sin un incentivo no es provechoso, ni tan siquiera para defenderse del riesgo probable de esclavización propia a corto plazo, porque la mayoría de los agentes económicos y de los numerosos potenciales o imaginarios emprendedores castigarían semejantes interferencias. Una gran parte de la población no tiene otra salida instintiva que creer en la propaganda y la presión liberal del Estado y en el ejemplo de los pequeños empresarios que conoce, sueña con salvarse por separado y convertirse en empresario, aunque sus oportunidades sean nulas: no hay otra salida para prosperar o incluso sobrevivir, pues el nuevo régimen se ha ocupado en expropiar a los chinos de sus medios productivos. Esto significa entonces que las actitudes de gran parte de la población, particularmente de aquella compuesta por todo tipo de empresarios, grandes y pequeños, consagrados o en ciernes, y no únicamente el Estado y sus excrecencias privadas, disuade y oprime al resto para prevenir la intercesión reclamando el cumplimiento de la ley del Estado. Es una ley del silencio capitalista. No sólo en China el empresario privado y el Estado descentralizado y privatizado no están compitiendo apenas por abrir márgenes para el mercado libre a expensas de las leyes ciudadanas y el patrimonio del Estado, sino que además compiten para desmedro de la sociedad civil más modesta, contra el proletariado urbano y campesino, desprovisto del apoyo institucional que se le ha enajenado en gran medida. A pesar de la terminología de los académicos chinos que alude N. Bequelin, se podría argumentar que, lo que se entiende en Europa por mafia, en China es en gran proporción empresa privada normalizada o tolerada que se ciñe a los cánones teóricos que los neoliberales europeos pretenden esconder por su fealdad social bajo la alfombra de un comunismo imaginario, que se contradice con sus delirios tergiversadores hasta en los términos nominales. Lo que en China está sancionado por la inercia transformadora del capitalismo en auge y del librecambio impuesto por una tiranía oligárquica organizada con el nombre de Partido Comunista de la República Popular China, en Europa todavía es delito: como son las prácticas esclavistas que cierto patriarca chino sin la ayuda logística en España de ningún Partido Comunista, en las Islas Canarias, mantenía hasta su reciente detención, como pingüe negocio, con la importación de inmigrantes en cargueros que desembarcaba clandestinamente y mantenía encerrados en talleres o vendía para su lucro mientras que, en la vida pública, aparecía como un filántropo respetado para la comunidad. Otros casos desvelados por la Jefatura Superior de Policía en España anunciaron que los esclavos se vendían a 800 € por los traficantes que los desembarcaban en Canarias. En Denia, este mismo mes, se detenían a 8 esclavistas chinos que mantenían encerrados en un pequeño restaurante a 21 otros chinos. La lista es abundante en Europa, con lo que en China debe ser interminable para todos los niveles empresariales, a pesar de la dificultad para acceder a datos sobre la esclavitud, si es que los hay en ese país... Los liberales están en la gramática parda de identificar esta trata esclava de “comunismo” y, en cambio, denominan “libre mercado” a la resuelta intervención policial del Estado para castigar el delito contra los derechos humanos y de los trabajadores y para desmontar las iniciativas privadas por el beneficio al margen de la voluntad y la ley impuestas por la comunidad. Es el resultado de su epistemología caótica y psicótica, y de su interés por socavar cualquier intento de difusión de que el comunismo es el único antídoto a la depravación de todo género que provoca el capitalismo y el mercado libre. Para este fin, se aplican en la tarea de extremar la coincidencia transitoria por la que las burocracias chinas se adueñan del país, en tanto que clase capitalista manifiesta, sin ningún obstáculo ya y con la bendición del resto de los poderosos del planeta. Los liberales como Jim Walker, el economista de una agencia inversora de Hong Kong que se cita en el artículo de AFP arriba señalado, advierten de que el esclavismo en China es de una casuística “muy, muy rara”, y que, cuando los empleados sufren abusos, no vuelven a las compañías, con lo que ese “tipo de prácticas acaban por arreglarse por sí mismas con el tiempo”... Lo curioso es que, supuestamente, responde a las preguntas del periodista sobre el caso de esclavitud desvelado estos días en China, con lo que nadie informado de esa noticia, puede pretender que el esclavo pueda decidir el abandono de una compañía: pero no sería extraño quem en la ideología de un liberal, la génesis de la esclavitud se explique por la voluntad masoquista del empleado. Sin embargo, cualquier régimen productivo es mejor para el empleado que el esclavismo de agotamiento y de sub-retribución del mínimo necesario para su reproducción vital. Con lo que el esclavo chino tenderá a escapar de su amo sin importarle la incertidumbre de su destino, siempre mejor que su aniquilación en régimen de trabajo forzado. El economista utiliza esquemas cognitivos occidentales donde el trabajador tiene el derecho de rescindir su contrato y cuya persona no puede ser comercializada, donde existen topes explícitos a la extensión de la jornada laboral, y a un mercado de trabajo donde el trabajador no puede ser secuestrado, pudiendo elegir a quién vende su fuerza de trabajo, donde goza de derecho de reunión, de asociación, expresión y actividad política, y los tribunales respaldan sus derechos, así como (algunos de) sus legisladores. Su esquema cognitivo y actitudinal está fraguado en el Occidente de los derechos sociales y de la democracia social y de derecho aún vigentes con fuerza. No comprende, porque no daba réditos estudiar la historia laboral, lo que es el liberalismo radical que ha sido domado y debilitado durante incontables revoluciones, fugas migratorias y actos de resistencia de todo tipo en Europa y América, a comenzar por los países que más se autoproclaman hoy neoliberales. El razonamiento de fondo es que, en un mercado libre, las empresas que esclavizan perderán a sus esclavos porque estos acabarán huyendo a las empresas que no esclavizan y tratan comparativamente mejor a sus empleados. El argumento es válido para el socialismo: si existieran relaciones de trabajo realmente socialistas como alternativa, los trabajadores optarían por el socialismo avanzado donde son los dueños conjuntos de la producción y del total de su trabajo y donde la ganancia capitalista no se estanca en las manos de unos pocos. Pero si, en los intentos de socialismo a gran escala, el proyecto ha sucumbido bajo la obsesión por el beneficio en un sistema capitalista libremercantil, cuanto más puro y liberado de resortes moderadores, la comezón por el beneficio es aún más obsesiva y determinante: los capitalistas o empleadores sólo ceden en favor de mejoras de salario por la fuerza del trabajo organizado contra el beneficio y el estado, o por situaciones circunstanciales favorables al trabajador, como la escasez de demanda de empleo o población en un territorio. Ni siquiera la formación técnica altamente cualificada sirve de acicate para mejorar las condiciones del empleado, si dicha formación es abundante en el mercado laboral, como tiende a ocurrir al cabo de unos años por acción de las fuerzas del mercado, que para hacer bajar los salarios altos de los trabajadores cualificados, invierten en educación o importan mano de obra. En China no se dan estas condiciones de poder de la fuerza de trabajo y hay sobreabundancia de mano de obra desesperada que huye de un agro atestado, abandonado y miserable, pues atrás quedan los objetivos maoístas de modernización del ruro. En cuanto a la educación, Robin Munro del China Labour Bulletin, citado en el artículo de la AFP (ver supra), extrae de sus investigaciones que “el campesino chino ya no concibe ninguna ganancia por el hecho de que su hijo se forme en la universidad para escapar del campo, sino que es suficiente con que emigre a la ciudad a trabajar”. Esto es, no hay incentivo para el desarrollo de la productividad técnica, pues la industria China no necesita invertir en bienes de equipo para extraer enormes plusvalías de una mano de obra inagotable y barata. El capital mismo incentiva la descualificación de las masas trabajadoras, cuando ello significa ganancia, como promueve la formación que le conviene, cuando conlleva el empobrecimiento de la masa laboral. Y no sólo el capitalismo chino, sino un capitalismo internacional que hace muy poco para expandir los avances tecnológicos monopolistas en el país, sólo atentos a los bajos costes salariales. Tampoco los estados opulentos en su conjunto organizan programas de desarrollo tecnológico con China, los cuales están preocupados en mantener una inflación al mínimo, posibilitada por las importaciones de bajo precio, y que sus multinacionales ahorren costes laborales, o que la competencia tecnológica no sea parangonada por competidores. La verdad es que analistas y economistas manifiestamente neoliberales están contaminados, en lo que afirman ufanos ser sus conocimientos positivos económicos, por lo que ha sido la historia industrial y social del siglo XX, y no se basan realmente en los postulados auténticos del liberalismo decimonónico. Esto les viene muy bien para tergiversar ante la opinión pública lo que realmente acontecería si los objetivos que persiguen se materializaran con rigurosidad, y cuando a falta de ello se empeñan en perseguir robinsonadas y sueños librecambistas anacrónicos y quiméricos. Lo que ocurriría sería algo parecido a lo que está emergiendo en la China de este siglo; pero este tipo de propagandistas prefieren apuntar a Europa o Norteamérica como “ilustración” de lo que ocurre cuando se dejan a las fuerzas mercantiles y al capitalismo actuar “sin tapujos”. Pero la historia de Europa y Norteamérica en el último siglo y medio, es todo lo opuesto: una omnipresente guerra constante y sin cuartel por limitar o erradicar el librecambismo, y ese esfuerzo consciente o espontáneo de los asalariados, es lo que ha conducido a la situación de prosperidad de las vastas masas poblacionales de esas zonas desarrolladas. Economistas como el citado Walker prefieren subrayar las consecuencias de estos paliativos al capital como lo bueno del liberalismo, y al liberalismo radical de hecho, con sus lacras, lo llama “comunismo”. La fórmula comienza a ser una absurda letanía. Incluso el fordismo, que fue bienvenido por los movimientos socialistas y comunistas de la Europa de principios de siglo XX y que ha dominado el régimen social de los países desarrollados tras la II Guerra Mundial, es un capitalismo intervenido, paliado. Se basó en la producción en cadena mecanizada, en la inversión tecnológica y en la expansión de los mercados; pero lo que se suele olvidar por los neoliberales es que Henry Ford decidió fuertes subidas salariales y mejoras laborales que hicieron a sus empleados los mejor pagados del mundo, y que justo antes de eso la presión de los sindicatos y el malestar de la mano de obra era casi insoportable para la producción, y después, latente dentro y fuera de las plantas productivas. Puesto que en esa época no había una pareja globalización financiera o fluidez de capitales, la presión del trabajo organizado era mucho más eficaz en los patrones. La idea feliz de Ford consistió en compensar los costes laborales que decidió aumentar notablemente con una mayor expansión mercantil de su producción en masa, inaugurando la cultura del consumo de masas. Pero también se olvida que si su gestión innovadora fue vanguardista, en el resto de los EEUU y de Europa, los salarios experimentaban un tirón al alza por causa del movimiento obrero reivindicativo... personas como Ford se dieron cuenta de que estas subidas salariales en los países industrializados, las podría valorizar o recapitalizar, desbordando sus productos desde la demanda tradicional de las minorías acomodadas al resto de los amplios sectores sociales, en incansables escarceos por elevar sus rentas salariales. Es decir, el fordismo hubiera sido imposible sin un margen de solvencia lograda por el movimiento obrero. Verdaderamente, gran parte de la hazaña fordista es haber expropiado a los demás comerciantes, rentistas y capitalistas que exprimían a los asalariados por su alimento, habitación, vestimenta, etc. introduciendo bienes más baratos en masa al alcance de los trabajadores cuya capacidad adquisitiva había aumentado, con lo que enriquecerse él y desviar parte del beneficio a sus productores originales. Subsecuentemente, Ford no hubiera podido introducir sus innovaciones en la gestión capitalista si antes no se hubiese ido fraguando un reequilibrio algo más favorable a la fuerza de trabajo, no sólo de sus factorías, sino de todo el mundo trabajador lo suficientemente combativo y en condiciones de influencia como para procurarse la solvencia con que adquirir la producción a gran escala que enriqueció a Ford. En China, lejos de existir rigidez de capitales, se vive la inmersión en la plena globalización financiera y de todo tipo, propia de los tiempos actuales. Pero en China el capital global invierte con altos tipos de interés, busca seguridad y rápidos dividendos. Tampoco cuenta el país oriental con la ventaja de la inversión tecnológica generalizada como se ha dicho, y la mano de obra es barata, excedente y poco organizada e influyente bajo un régimen despótico que, tras la palabra “comunismo”, no consigue disimular una vulgar dictadura capitalista, con lo que se desincentiva la inversión tecnológica. El mundo laboral chino, como también se ha señalado arriba en lo que se refiere a la noción hokou, parece más bien dividido, incapaz de derivar del capital una solvencia suficiente como para animar a un Henry Ford chino a que extraiga ventaja de la inercia provisional de los incrementos salariales, para valorizar e impulsar, la mecanización y la producción a gran escala (fuera de las falsificaciones y adulteraciones vergonzosas de taller indigente). El único factor con que sí cuenta China es la cobertura del mercado mundial como gran receptáculo de su producción, pero mientras este sea más demandante que el mercado interno chino y sus vastas mayorías asalariadas, la inflación obrará negativamente para cuenta de los trabajadores nacionales. La tendencia al alza del último año del precio de la carne porcina en China es un buen indicador de que la clase trabajadora de este país no permanece inerte y que ha conquistado un margen de demanda coherente con el activismo reivindicativo laboral, con lo que la práctica de las exportaciones baratas a expensas de la fuerza laboral puede estar decayendo ( New York Times , 09.06.07) . Algunos periodistas han explicado la marea de indignación en China con motivo de la desarticulación de las “mafias” esclavistas en razón de la creciente dificultad que encuentran las autoridades para obstaculizar el flujo de información veraz a través de Internet. Para la mentalidad neoliberal esta vez encarnada en periodistas, es el libre flujo de información, las ideas combinadas con la libertad, lo que hace que la noticia del descubrimiento de cientos de esclavos maltratados sea motivo de escándalo generalizado. Sin embargo, escándalos como los miles de mujeres que están siendo esclavizadas sexualmente en Europa occidental no han provocado similar escándalo donde el flujo de información es incomparablemente más libre, entre los europeos. Si en China las más altas instancias del Estado han intervenido, en Europa se gestiona el asunto de la esclavitud como una excepción criminal que debe solucionar la administración pública. Esto ocurre por la sencilla razón de que la ciudadanía de los países europeos occidentales desarrollados no son los que están siendo esclavizados, sino las mujeres inmigrantes o de países terceros. Es una expresión europea más nacionalista del hokou. También se descubren con regularidad factorías o talleres de chinos esclavizados en la Europa “feliz”, pero no causan preocupación exagerada entre los nacionales por lo mismo, el origen de los esclavos. Muy distinto sería si los esclavos se descubrieran franceses, ingleses, alemanes o españoles: la seria preocupación comenzaría a cundir. Sobre todo, el pánico sería máximo si se tuviera la impresión de que el esclavismo prolifera y que amenaza a todos los asalariados. Esto es lo que está ocurriendo en China incluso a pesar del hokou que sirve de anestesia psicosocial autista. La razón no está en un Internet del brazo de la libertad abriéndose paso triunfal en el país asiático. Es el horror de la certidumbre de un futuro esclavo, subyugado, lo que la sociedad china está vislumbrando con el advenimiento del capitalismo. Los chinos saben bien lo que es el esclavismo, y no sólo por los casos de actualidad; un esclavismo y trabajo forzado de menores que no se conocían hace 15 años, como advierte Bequelin. Los chinos saben lo que es la opresión laboral porque, durante miles de años, la han sufrido sin piedad; y la mayoría de los comunistas chinos ni siquiera fueron obreros fabriles, sino hijos de siervos feudales. Hay que estar seguros de que el esclavismo no triunfará en China, y no gracias al neoliberalismo causante, sino gracias a que los chinos están incubando nuevamente la insurrección contra el capitalismo.____[Portada.] |
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