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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.

UNION SOVIETICA EUROPEA

 
(U. S. E)
Actualizado: 23.09.2008· Año VI

ESTAFA GLOBAL. EEUU, REINO UNIDO Y LOS BBCC EN PLENA DERIVA TOTALITARIA E IMPERIALISTA
Plan Paulson, intento de golpe de estado institucional en EEUU. El G-7 no sigue a Bush pero afirma que hará “lo que sea” para atajar el desastre. Casi un centenar de paraísos fiscales impunes en el mundo. Las bolsas, a la baja de nuevo.

El capital atraca a la Humanidad

Un nuevo Telón de acero se hunde, no sólo para el capital, también para los asalariados. El ultraliberalismo naufraga, el neoliberalismo se afianza. Socialismo capitalista, liberalismo impuesto al proletariado. Un modelo inspirado en el siglo XIX amplificado camino de una guerra globalizada. EEUU estafó al mundo exportando “subprimes”. El súbdito de la sociedad civil contemporánea: sumiso, déspota, no lee y participa gustosamente del fraude neoliberal. Mientras el Nóbel Stigiltz, por rescatar a los pequeños inversores y especuladores inmobiliarios, no aclara si a costa de la población más desfavorecida.

“Socialización de las pérdidas, privatización de las ganancias”. Esta es la omnipresente fórmula que en todo el mundo se repite para describir la política de las burocracias de las potencias mundiales y de sus amos burgueses. El escándalo es planetario, salvo para aquellos medios tan reaccionarios que han censurado las protestas y se limitan a exponer en un primer plano la orgía de satisfacción en las bolsas –confundidas, absurdamente, con la voluntad de la “totalidad” de la Humanidad– y celebrar el atraco que, compinchados con la Administración Bush están perpetrando y, en menor medida aún, otros estados poderosos, contra la clase trabajadora y los desheredados de EEUU y muchos otros pueblos del mundo. Ciertamente, el atraco tiene aires de masoquismo democrático, puesto que el pueblo estadounidense y otros han votado repetidamente gobiernos neoliberales, aunque en EEUU, por ejemplo, no se suela sobrepasar el 50% del censo de ciudadanos con derecho a voto que lo ejercen, o que, el mismo Bush, fuera inconsciente de que su sistema neoconservador o neoliberal conservador, le pudiera jugar tan malas pasadas, o que le debiera forzar a intervenir y atracar a los también estupefactos conciudadanos, en su mayoría. No obstante, la legitimidad democrática que sugiere Samuelson (El País, 21.09.08) no lo es tanto, cuando las autoridades del Gobierno norteamericano están transmitiendo a la ciudadanía y electorado que, de no aceptar el plan de rescate del sistema financiero para proteger el “sistema”, podrían pagarlo más caro, con una situación económica mucho peor.

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La fórmula que se ha hecho tan popular para describir el cataclismo, sin embargo, conlleva el riesgo de no explicar todas las consecuencias de las exacciones que el capital y los estados esbirros están cometiendo impunemente. Puesto que no sólo se trata de hacer pagar injustamente a los productores reales, trabajadores, marginados y oprimidos el fracaso, la ineptitud, la falsa ideología y supuestos valores del liberalismo, la codicia, el vicio y depravación de los capitalistas que han llevado al mundo a una situación tan lamentable, la que incluye el suplemento de 75 millones de desnutridos entre 2007 y 2008 a los casi 900 ya existentes (ver informe de la FAO, 2008) y cuyo número había disminuido tras la coordinación supraestatal para paliar los efectos perversos de las políticas de liberalización del FMI y otras agencias. Además, lo que está haciendo este sistema profundamente corrupto, no es otra cosa que detraer beneficio de unos recursos que no le pertenecen para seguir invirtiendo y extrayendo renovados dividendos con una capitalización. Esto es, además de cubrir pérdidas con un dinero que no es suyo, el capitalista vuelve a jugar con ese capital expropiado al erario público, a la mayoría de contribuyentes asalariados; vuelve a especular muy probablemente y, finalmente, cosecha nuevas ganancias capitalistas de la explotación de las plusvalías del trabajo y de nuevas estafas. Lo que le sirve para apuntalar indefinidamente su égida social, su primacía social, privilegios y deméritos.

El capital devastado por estos incompetentes capitalistas se recupera a expensas, entonces, de una acumulación primitiva de capital , es decir, de un despojo directo de recursos para reacumular capital capaz de explotar de nuevo las fuerzas del trabajo. Y destruir en los más pavorosos dramas cíclicos la riqueza de la humanidad y el planeta. Todo ello, mientras que el capital propio, las posesiones personales del burgués, quedan a buen recaudo y en la reserva, al margen de todo riesgo, como el auténtico baluarte que posibilita la explotación pasada y futura. En consecuencia, no estamos en una “sociedad del riesgo”, sino de abuso y depredación absolutos y descarados, en la que el capitalista invierte bienes ajenos, provenientes del expolio, y deja intactos y fuera del riesgo mercantil sus enormes fortunas personales que, en consecuencia, permanecen improductivos, sólo válidos como garantes de la primacía política y propietaria. El perro del hortelano no come ni deja comer las berzas, dice el adagio popular; pero en esta ocasión el perro se confunde con el hortelano capitalista que además se come las berzas de los demás hortelanos. El burgués se ha convertido (o casi siempre lo fue) en la clase ociosa del fisiócrata, en un látigo estructural con el que azotar al trabajador para que se vea obligado a producir para él. El sistema productivo capitalista es productivo sólo porque el asalariado genera capital que es destruido por la gula insaciable del capitalista y acumulado sin ningún fin, más que el político, esto es, derrochando sólo para obtener plusvalías que en gran parte debe derrochar para volver a ejercer el ciclo en el que él ocupa la posición dominante. El capitalista se ha convertido en una clase enteramente ociosa y prescindible. Pero los medios se afanan en ocultar el hecho: el presidente norteamericano mismo, fue advertido –eso dice oficialmente, y habrá que creer a un sujeto sin méritos intelectuales particularmente llamativos; no así a su entorno– de la situación “cataclísmica” por los expertos de la Reserva Federal si no aumentaba exageradamente el déficit público e intervenía regalando más dinero: ya se calcula en más de un billón de dólares el dispendio en adquirir “activos” ruinosos. Ni siquiera la mayoría de los ingenuos neoliberales aparentan saberlo, ni lo han querido saber. Quizá por eso, mientras se está llevando a cabo el atraco mundial, es sorprendente escuchar en los barrios de Madrid a la gente humilde y con dificultades para pagar su hipoteca gritar “¡gooooool!” con el partido de fútbol del domingo por la noche. Nunca se preocuparon, muchos de ellos, por discernir en qué podía terminar, o qué significaba, bombear una enorme cantidad de plusvalía inmerecida a los promotores inmobiliarios, unos seres por naturaleza disoluta. Simplemente, empujados por sus necesidades y las políticas macroeconómicas especulativas de los diferentes gobiernos y poderes financieros, cayeron gustosamente seducidos por la idea de retirar su tajada del casino, de sentirse capitalistas y explotar a los demás. Los seres humanos se comen y se dejan comer en la ignorancia más oscurantista... Y en la manipulación más escandalosa.

La intervención que propone el Gobierno de EEUU no es keynesianismo, no es intervencionismo clásico, no es un procedimiento por el cual se moviliza el capital en manos muertas, el capital que los poseedores han apartado de la circulación mercantil e inversora por temor al robo por parte de otros capitalistas tan “respetables” como él. Ni siquiera es una combinación de monetarismo y keynesianismo; no se ha vuelto a los años 30. Se trata de un expolio en toda regla, un saqueo organizado de bienes ajenos, los del contribuyente, o sea, una acumulación primitiva de capital. Un recorrido contrario a los objetivos del keynesianismo.

La estrategia operada, impuesta con el chantaje de que los empresarios dejen sin empleo, vivienda y pensiones a la ciudadanía, adicionalmente, es el traspaso de la insolvencia capitalista al sistema público . Esto significa ni más ni menos que, la estrategia neoliberal de sabotear las empresas industriales y entidades en general del sector público para después venderlo y disolverlo, está llegando a su fase culminante, sean o no conscientes las burocracias y las burguesías hegemónicas. Algunos economistas prestigiosos como K. Rogoff (The Guardian, 08.09.2008) advierten de las consecuencias de la quiebra o déficits de los Gobiernos y Bancos Centrales, de los perjuicios de políticas fiscales asociadas o, alternativamente, del “impuesto de los pobres”, la inflación con la que los gobiernos podrían verse tentados, como en otras ocasiones menos graves, de compensar sus balances; también, en un ámbito más aplicado, el PDG de Air France-KLM, Spinetta (Le Monde, 20.09.08) señala a la pérdida de confianza de los mercados si los fondos de los BBCC quiebran. Traspasar los “activos tóxicos” de modo masivo, a cambio de una disforme cantidad de dinero limpio (impregnado sólo del sudor del trabajo), al Estado, supone que éste incorpora en su seno un lastre muy serio para sus cuentas y la economía nacional (y extranjera), pero, sobre todo, que asume la “desconfianza” que anteriormente era patrimonio de los mercados y el sistema financiero privado. Esto es grave: en una nueva ronda de crisis, el Estado tendrá muchas dificultades para hacer valer su peso, puesto que los inversores saben que es insolvente e incapaz de intervenir, y realmente será incapaz, en el marco jurídico existente. Si el Estado asume la insolvencia, la población acabará acusando al sector público y a la Administración de incapacidad: esa es la estrategia de los social-liberales, de los neoliberales inteligentes como el Nóbel J. Stiglitz, en sus ratos libres asesor de Zapatero, el presidente del Gobierno español y también miembro de la Fundación para la Modernización de España, un think tank ultraliberal en el que también militan el presidente de la oposición neoconservadora y proyanqui, M. Rajoy, y la inefable E. Aguirre, también miembro activo de la repugnante Trilateral. Stiglitz evade sistemáticamente situar la responsabilidad y la culpa de la recesión que pronostica para los próximos trimestres en el libremercado, en los mercados, en la libertad mercantil y en la iniciativa privada... En cambio, achacan toda la culpa al Gobierno de los EEUU, al Estado, a Bush, a los neoconservadores, etc. En su opinión, son estos políticos los que no regulan bien, los que han tomado decisiones erróneas al hacer autónoma la FED del poder político, en vez de aportar dinero para que los hipotecados insolventes “renegocien” la deuda con los bancos, la raíz del problema. Pero Stiglitz no aclara cómo se va a renegociar la deuda con el poder financiero privado; la cuestión es ¿se va a expropiar o cargar el acuerdo renegociado sobre los contribuyentes, sobre la colectividad, o sobre el patrimonio de los mismos inversores capitalistas particulares, de los bancos y los agentes culpables de la quiebra? ¿Se van a intervenir para ello los salarios o los capitales que la libre circulación internacional de personas y capitales que no levanta críticas en Zapatero-Stiglitz amontona en el centenar de paraísos fiscales del planeta?

No responde porque ese es el auténtico problema de base. Los inversores o poseedores de capital agravarían la crisis inmediatamente retirando sus fondos y haberes bancarios si el sistema financiero fuera a ser expropiado para pagar sus deudas e insidia económica. No tolerarían un allanamiento de su propiedad privada . No responde porque se resiste a establecer la responsabilidad básica y diferencial de lo ocurrido en los ahorradores privados, en los especuladores y en el mercado libre. Su estrategia actitudinal es situar la culpa sobre los políticos y el Estado, una vez más la estrategia de acoso y derribo del sector público. (Curiosamente, algo que se asemeja a lo que propugna la ideología de la extrema derecha con su aversión –y chivo expiatorio- a la casta política y parlamentarismo.) Por eso Zapatero respondió al presidente de la CEOE, la patronal española, que solicitó un paréntesis en el mercado libre, la inaudita, o sólo lógica respuesta en un social-liberal, que seguía creyendo en el mercado libre, y que el mercado libre no era culpable del naufragio de los mercados, o que pensaba que el mejor sistema de asignación de recursos era el mercado libre... sino “el engaño de los mercados”, el juego “sucio”, la no aplicación de las normas, que diría Stiglitz. Esto es lo mismo que excusar al liberalismo y al librecambio, y volver a situar la pelota en el tejado de lo público: la Administración Bush no hubiera sabido controlar las malas prácticas “anti-liberales”, según Zapatero. Pero cualquier administración pública liberal sabe que su cometido es, precisamente, aprobar y maximizar la norma de convertir en independiente el Banco Central, y permitir que la asignación de recursos se ceda, en la medida de lo posible , al mercado. Y lo posible es lo que ha hecho Bush. Porque, de establecer obstáculos lógicos a la libre competencia y a la autorregulación de los mercados, el neoliberalismo no tendría objeto. Los gobiernos neoliberales aprueban normas que conducen a la máxima liberalización y, como Bush, con Samuelson (íbid.), con toda coherencia neoliberal han afirmado, si el sistema no llega más lejos, debe ser apoyado por el Estado para permitir su continuidad. Es una siniestra coherencia, para los antiliberales o marxistas, pero es coherencia con la doctrina neoliberal . Por otro lado, es inquietante que Zapatero-Stiglitz nos sugieran un mercado libre angelical: en su perspectiva el mercado libre es libre bajo control, es decir, no es libre, está supeditado al poder del Estado, guste o no a los agentes que se suponen “libres” y forzados a comportarse de modo tan limpio como lo imponga el estado. Es también una coherencia neoliberal también, pero utópica. Los neoliberales pues, están expuestos a graves contradicciones y dilemas: necesitan imponer un régimen de “libertad” con el respaldo del estado, de la política y la administración pública pero, en cuanto erigen los espacios de libertad y librecambio, resulta que comprueban que el “mercado libre” está poblado de fuerzas perversas y monstruosas que amenazan al mismo sistema liberal en paralelo al desarrollo de tales libertades. Y es que, como pensaría un liberal anarquista de derechas, un Molinaire, o un Spooner, o un simple utópico ultraliberal thatcheriano, el “mercado libre”, cuanto más perfecto sea, es un concepto formal , algo que no responde a las ideas sustantivas del bien y del mal; es un constructo amoral , superador de sus partes antagónicas.

Los neoliberales descubren que la “libertad”, los capitalistas, es y son respectivamente peligrosos para sus aspiraciones. Pero los social-liberales no pueden prescindir de la moral y el sustantivismo económico, por eso deforman o reconceptualizan indulgente e interesadamente lo que es el liberalismo, la “libertad”, y el mismo neoliberalismo, en sus más íntimas aspiraciones económicas y éticas, descritas por una miríada de filósofos, politólogos y, ante todo, teóricos y técnicos de la economía liberal clásica y moderna. La fórmula, sin embargo, es simple, tan simple que es patética: hasta un presidente de la talla intelectual de R. Reagan lo pudo comprender: menos Estado, menos regulación pública, más iniciativa “individual”, autorregulación, “cada uno en su bicicleta”, buscarse la vida solo como sea, y todas las dosis de darvinismo social que sean precisas, concurrencia libre, es decir, sin otros límites que un estado comprometido en cuerpo y alma a imponer, maximizar, estas condiciones. Pero convienen en confundirla ahora –nunca antes– puesto que se debe garantizar que el capitalismo y la propiedad privada permanecen bien anclados en los reflejos psicosociales de la población y en la ideología dominante. Porque su finalidad prioritaria es la constante reincorporación de los débiles al capitalismo: un poco de capitalismo, no en exceso, para que la población no se espante, aguante el peso del parásito capitalista, y no organice una alternativa. Necesitan muchas dosis de altruismo y buenas intenciones, de benevolencia con que humanizar un sistema deplorable, y que cuanto más se maquilla más detestable y letal resulta. De ahí que se ratifiquen en su neo -liberalismo: una libertad guiada que facilite la perpetuación del sistema capitalista. Esta reafirmación implica algo inevitable: la socavación permanente de lo público. Así, a Stiglitz, además de trasladar la culpa al Estado por ser excesivamente liberal, o no lo suficientemente anti-liberal como para desterrar del juego a los liberales que obran según su libre albedrío y que amenazan al sistema liberal –la mente humana es así de retorcida– lo que desearía, sería que se contribuyera, por cualquier medio, a costear la prodigalidad y necedad, el derroche, la ineficacia y la codicia de miles de inversores o compradores de vivienda que se endeudaron alegremente con una hipoteca que no podían pagar, por necesitados y engañados que pudieran estar. No se trata de culpabilizar a los más vulnerables, a pesar de que con sus actos caóticos y su pacatería –en el fondo, el mercado es vagancia además de ineficacia – se evadieron de pedir responsabilidades sociales a sus partidos políticos y al Estado y al sistema capitalista en conjunto. Se trata de ser justos con los muchos asalariados y marginados que no cayeron ni pudieron caer en la trampa de una hipoteca fraudulenta, en el juego de la pirámide, y ahora, gente como Stiglitz proponen excluir de un posible concesión de liquidez para el pago de sus deudas. Liquidez que no merecen y que, comparativamente, son un agravio, además de que contribuirían a una inflación de la que no tiene culpa el humilde ciudadano que no participó en el casino neoliberal.

Dicho sea de paso, K. Rogoff (El País Negocios, 21.09.2008) que es más coherente en su ideología liberal, plantea que hay que permitir al menos que un 15% del sector financiero desaparezca bajo su propia ineficiencia demostrada para sanear la economía, para que, tal cual, los fuertes puedan sobresalir y los más débiles desaparezcan, dejen de lastrar el sistema. Sin embargo, tampoco este ultraliberal darvinista prescinde del factor moralista, socializante, caritativo, justiciero, intervencionista, en definitiva, colectivista : alega que los efectos de una inflación con que sanear la erosión de los fondos sufrida por los BBCC no serían equitativos con los más pobres, los más expuestos a que sus ahorros pierdan valor con el alza de precios, o que no tienen por qué ayudar a sanear un sector que se ha forrado avariciosamente más que ningún otro en los pasados años, sin ser el más imprescindible... Pero, ¿por qué a un catedrático de economía ultraliberal coherente y abiertamente darvinista le preocupan los más pobres en la argumentación que incluye en el mismo artículo? Por lo mismo que a Zapatero-Stiglitz y muchos más oligarcas, académicos y burócratas: por la misma razón de que no pueden prescindir del apoyo social y de la transigencia de las masas asalariadas y de las mayorías electorales para perpetuar su proyecto más o menos liberal y, por consiguiente, deben hacer unas concesiones suficientes para involucrarles en el casino. Todos, incluso el más radical, se permite guiños socialistas... pero con el sólo fin de dotarse de un cebo con que atrapar a las mayorías en su encono por el afianzamiento del liberalismo que, en realidad y a pesar de los muchos deseos, sufrimientos infligidos y sobornos, penan por implantar. El motivo último tiene su raíz en que el desarrollo del capitalismo, en cualquiera de sus formas, ultraliberal, social-liberal, neoliberal, corporativo, cooperativo o regulado, tiene una sola desembocadura: el socialismo y el comunismo.

Stiglitz, lo que plantea, es asegurar el “capitalismo popular” que inventara en su época M. Thatcher. Un medio de implicar a la clase asalariada en la timba neoliberal y asegurar el voto a partidos liberales que, de ese modo, podrían gestionar favorablemente sus intereses espurios desde el poder. Claro está, mientras se expoliaba a otros asalariados precarios y al margen de salarios completados con títulos bolsísticos; esta última una estrategia que podía entusiasmar al ingenuo asalariado en principio (se iba a convertir en un rentista capitalista, orgulloso del sistema liberal), pero que se nutría de la explotación de otros asalariados en empresas menos boyantes y, ante todo, de la especulación que, finalmente, les pasaría factura no por separado o según empresas y sectores, sino en bloque. La originalidad que aporta el neoliberalismo de Stiglitz es que desea proteger a los especuladores de pequeño patrimonio, a esa categoría de asalariados con un pie en la pequeña-burguesía, a las clases medias y sus miserables experimentos especulativos, “dar confianza” a los seguidores del capitalismo popular que, en realidad, son los que componen el apoyo social de un sistema tan procaz e impedido como el capitalista. Es el social-liberalismo. En contraste está ese neoliberalismo, más conservador y elitista, pero igualmente turbio y maligno, que preconiza la “confianza” (el atraco de los contribuyentes asalariados, mayormente, incluida esa clase apenas pequeño-burguesa) en beneficio de los capitalistas y burgueses a tiempo completo, los burgueses. No es casualidad que el asunto de la prevención del comunismo sea uno de las inquietudes recurrentes de los análisis del progresista Stiglitz. Muy probablemente, sus motivaciones primigenias (algún trauma de la juventud) estén centradas en “cortar la hierba” bajo los pies del marxismo, esto es, la perpetuación por siempre del capitalismo al estilo liberal, a toda costa (una expresión que gusta a Zapatero, aunque también al mismísimo G-7 [Financial Post, 22.09.2007]). De aquí que, como habrán notado muchos lectores, USE publique ataques sistemáticos y recurrentes dirigidos a desenmascarar al socialismo social-demócrata y, aún más, al socialismo “liberal” y burgués, el primero siendo la antesala del segundo. Delatar a estos, supone combatir a los burgueses integrales de un solo tiro.

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Cabe la posibilidad que, de igual modo que los especuladores de la bolsa aprovechan los “dientes de sierra”, esto es, las reventas ficticias de bonos para luego readquirirlas a un precio de ganga, el neoliberalismo organizado esté tramando la “adquisición” de un Estado devaluado y arruinado por el esfuerzo invertido en sostener el capitalismo. Un Estado completa y absolutamente en manos de la financiación capitalista privada, sería un organismo exclusivo del capital más poderoso, en el que los elementos democráticos que hoy existen desaparecerían de hecho. Al igual que la política de los países del tercer Mundo está en manos de sus acreedores y del FMI por el volumen de la deuda, el proletariado estaría siendo el objeto de una estrategia de control político a través de la deuda impagable por parte de sus acreedores burgueses. En China ya se está procediendo así por las oligarquías con eje en el PCCH, a través del acaparamiento del poder financiero substancial, para una eventual liberalización del régimen político que resulte inocua para los grupos dominantes. En EEUU, por el momento, se habría operado una transición a un derivado del capitalismo cooperativo y despótico, imperialista, aunque esta vez no sustentado inicialmente en las clases medias pequeñoburguesas, sino también en el gran capital concentrado y monopolista; lo cual se parecería a un consenso orientado al modelo de neo-nazismo riguroso y genuino. No ayuda a refutar esta hipótesis las desavenencias que han saltado en el Congreso de EEUU con ocasión, precisamente, de la aprobación que esta semana se debe hacer del plan Paulson , por el cual el Ejecutivo se arrogaría plenos poderes para llevar a cabo su gestión de la crisis financiera. Esta actitud de los republicanos es la última entrega de una presión constante del Gobierno Bush por recortar los mecanismos de control político parlamentario, una tendencia al “golpe de estado” institucional, encubierto y legal. El Congreso, dominado por los demócratas, ha presentado un contra-proyecto para facilitar la supervisión de lo que los republicanos casi plantean como una dictadura o gobierno sin control, puesto que el Tesoro ha solicitado a los congresistas que sus “decisiones no puedan ser contestadas ante una autoridad administrativa o judicial” (Le Monde, 22.09.2008).

La situación que se está esbozando parece de hondo calado y va a debilitar al estado, en su vertiente social, al servicio de la ciudadanía general, y al proletariado mundial. El modelo fraguado en los últimos 30 años desde que el ultraliberalismo de Reagan afirmase (1981) que “el estado no es la solución, el estado es el problema” no ha podido con el estado, aunque su minado ha sido muy útil para los partidarios del neoliberalismo , un paradigma que conviene distinguir aparte y que no se asienta tanto en el objetivo del libre mercado y del mercado perfecto, lo cual ya saben que es irrealizable, como en el uso del estado para la perpetuación del capitalismo en su máxima expresión. Este modelo genérico no puede ser otro, como mucho, que el previo a la I Gran Guerra (el neoliberalismo se fragua, curiosamente, en la postguerra como reformulación del liberalismo y ultraliberalismo, fracasados). (En este sentido hay coincidencias, al parecer, con las opiniones del teórico liberal R. Kagan, que asimilan el sistema actual con el liberalismo del XIX y sus consecuencias destructivas.) Las guerras mundiales, en coherencia con un hipotético paradigma neoliberal que se propone en este análisis, poseerían una función sistémica, un factor más a procurar para la estabilidad del sistema. La guerra destructiva y de desgaste es distinta a la guerra nuclear de exterminio total, o a la II Guerra Mundial, inseparable de unos fines ideológicos y de transformación, o de revolución social. La Gran Guerra es más equiparable a lo puramente competitivo, a la economía formal competitiva; una guerra no sólo generada por el capitalismo, como la II, sino ejecutada entre antagonistas capitalistas o en fase de transición al capitalismo pleno. Mientras que el belicismo de desgaste es preferible, en hipótesis, porque resuelve el dilema, resaltado por Marx, de la producción por la producción , y con ello la crisis sistémica del capitalismo y la debilidad de la burguesía y, por tanto, el riesgo de su reemplazo o eliminación. Además de procurar unos más que copiosas ganancias con el sangrado absoluto de la clase trabajadora, movilizada como un ejército real de combate para crear plusvalías. En este sentido, una situación de guerra cíclica y casi permanente de desgaste constituiría una aspiración de máxima operatividad para el neoliberalismo. En esta situación sería preciso que los mercados se organizasen en antagonistas nacionales, a ser posible en el mayor número, para asegurar la inestabilidad estructural y los obstáculos que inhibiesen la formación de bloques y alianzas permanentes. Los grupos rivales, en este sentido, son más inestables y letales en su confrontación cuando se trata de unidades etno-nacionales (cf. Hobsbawm, 1992); y no sería una casualidad que, durante los años de ultraliberalismo y restauración neoconservadora, el etno-nacionalismo haya sido el protagonista de la reorganización de los estados, salvo para los EEUU, el motor de los cambios...

Los fines descritos son los que darían cuerpo al proyecto neoliberal, quizá históricamente triunfante. La estrategia de EEUU para colmatar la crisis tendrá como consecuencia la tendencia inevitable en un país de carácter imperialista como esa superpotencia, a extrapolar o proyectar las dificultades de la población para costear la ruina generada por las políticas ultraliberales al escenario internacional. Iraq y otros ejemplos sólo serían un principio – que, por cierto, Stiglitz asocia convincentemente a una espiral de decisiones políticas incentivadoras de la expansión del circulante y consecuencias especulativas, hasta el derrumbe contenido de 2007-2008 e inevitable recesión. De nuevo, como en la I Guerra Mundial, la lucha de clases interna, sería resuelta con el nacionalismo jingoísta y el imperialismo militarista, con la destrucción-reconstrucción de las industrias competitivas y la conquista forzosa de los mercados.

Un indicador aclarador para corroborar esta hipótesis sería la evolución, a partir de la presente recesión paliada, del proteccionismo de los estados en el mundo, un fenómeno que precedió a la Gran Guerra en toda su plenitud. En la actualidad es posible atestiguar la reacción proteccionista de muchos estados ante la inflación alimentaria y el cambio de actitud del FMI respecto de la libre circulación internacional, antes una condición sine qua non para conceder cualquier ayuda crediticia. Otro índice sería la parálisis relativa del proceso de integración de la UE. También son detalles significativos la actitud neo-proteccionista de países como Francia dentro de la economía de la UE, o de Rusia con respecto al abastecimiento energético. China aplica políticas abiertamente proteccionistas e imperialistas. La nota más elocuente al respecto es que el paquete de 700 mil millones de dólares destinados por el plan Bush para el salvamento del “sistema” ( sic ) no contempla más que las entidades norteamericanas o extranjeras con inversiones en EEUU . Según las palabras del Secretario del Tesoro de EEUU, Paulson: "What I'm doing is reacting to deal with the situation we see in front of us today and to do so in a way that protects the American people," (The Washington Post, 28.09.2008). Lo que inmediatamente ha suscitado el discreto descontento de los gobiernos de potencias europeas continentales como Francia y Alemania, que ya antes han señalado, explícitamente, al Reino Unido y EEUU de la crisis. De hecho, Paulson no se limitó únicamente a subrayar que las medidas iban encaminadas a favorecer a su estado o nación, sino que, además, declaró estar fuertemente presionando a otras potencias para que sufragasen los quebrantos de una estafa financiera que EEUU exportó a todo el mundo, lo que ha servido para que la crisis no fuera tan grave, como debiera haber sido de concentrar todos los productos financieros fraudulentos en el mismo país (ver Stiglitz, El País Negocios, 21.09.2008). En palabras de Paulson: "We are talking very aggressively with other countries around the world and encouraging them to do similar, and I believe a number of them will," ( íbid .) “Muy agresivamente”... El tono categórico y urgente de Paulson con respecto a esas potencias europeas tendría su origen en las resistencias de los gobiernos europeos a sufragar con el esfuerzo de sus ciudadanías, y a costa de un ya mermado estado de bienestar, los excesos del capital financiero y de la estrategia neoliberal estadounidense. Al menos, tras la reunión del G-7 se aprobó una declaración que, si bien hacía referencia a contener el problema de los activos tóxicos y la crisis por “cualquier medio”, sin embargo, no concretizaba las vías concretas y, lo más reseñable, rompía la armonía habitual del grupo dejando manifiestamente solo a EEUU en su pretensión de que las demás potencias mundiales aplicaran su propio “plan Paulson”. Incluso el fiel aliado canadiense, el neoconservador Harper, marcó bien el contraste con el sistema americano: “ We don't have that kind of situation in Canada. We don't have a similar regulatory environment. We have much stronger system in Canada. A much stronger accountability and responsibility.” Y el ministro de fiananzas de la RFA, Steinbrueck, resumió: “The situation is not comparable to Germany's” (Financial Post, 22.09.2008). En relación a la UE, el Comisario europeo de economía, J. Almunia, sugirió que le parecía bien el plan de EEUU, aunque esperaba que no tuviera que ser aplicado en Europa, ya que no consideraba justo que la ciudadanía costease los errores de los financieros. Las desavenencias, por tanto, y por amortiguadas que se trasladen a la opinión pública para no exhibir el grado de ponzoña en la que está sumido el sistema capitalista, comienzan a no poder contenerse.

Las únicas diferencias genéricas con los modelos liberales que condujeron a la Gran Guerra estarían en la llamativa debilidad de los movimientos obreros actuales (I y II internacionales en 1914), y el peso que aún poseen los estados de bienestar, en los que quizá se centraría la garantía de lealtad al sistema hasta el momento. Los neoliberales más conscientes deberán haber previsto que, con el desarrollo de su hipotético régimen mundial, o lo que es igual, con la pauperización, sobre-explotación y estragos bélicos infligidos a la población mayoritaria, el proletariado se reorganizará y el marxismo volverá a convertirse en un objetivo primario. Con este motivo, quizá, planean la exclusión preventiva definitiva de cualquier influencia democrática en los estados, y ahí residiría el interés por acaparar económica y políticamente los estados más poderosos de manera integral . Los avances tecnológicos también habrán convencido a los estrategas del neoliberalismo de que la posibilidad de controlar la subversión es casi absolutamente realizable, y que revoluciones como la Alemana o Rusa en su tiempo, concomitantes con el caos y perjuicios del liberalismo belicista de los años que inspiran la táctica, serán fácilmente domeñables. China es un acicate que confirmaría la posibilidad de explotar y controlar a extraordinarias masas de población sin democracia, a pesar del relativo modesto desarrollo tecnológico, mucho más avanzado en los países adelantados. La ausencia de una potencia como la URSS facilitará que las guerras no deriven en procesos como el de la II Guerra Mundial, en una estabilidad bipolar y en una subasta socializante (proletario), en un obstáculo a su modelo. En este paradigma, la represión efectiva de movimientos hacia el socialismo sería la norma, una partida del gasto del excedente productivo, junto con la guerra imperialista y etno-nacionalista. Este paradigma, subsiguientemente, es un símil, un sucedáneo, más parecido al nazifascismo de entreguerras que al liberalismo de principios del XX. Sin embargo, no puede escamotear un factor esencial: el debilitamiento de las clases burguesas o poseedoras de capital. La acumulación capitalista sigue su trayectoria y causa estragos entre los mismos capitalistas. La única forma de contener la división “fratricida” entre las burguesías en abyecta concurrencia pasaría por homogeneizar las tasas medias de beneficio de los capitalistas...

Los Bancos Centrales y los Estados se están esforzando en hacer igualar el beneficio medio mundial para procurar la paz intra-burguesa, pero a costa únicamente del proletariado o ciudadanía mayoritaria. Este proceder, como se ha indicado, tiene límites y comporta una deuda creciente para el estado y la población. Mientras que los salarios se recortan, y los beneficios aumentan, también lo hacen las pérdidas y la sobreproducción, y las tentaciones de proyectar internacionalmente el conflicto derivado. Es notorio que las crisis mundiales del capitalismo se repiten con una mayor cadencia desde los años de la involución ultraliberal, aparecida tras la crisis del 73. Es más, los Estados, durante las sucesivas crisis principales (1986, 1988, 1993, 1998, 2000, 2001, 2005, 2007-2008), han aplicado recetas intervencionistas parejas (nacionalización de pérdidas, inyección de circulante, control de las transacciones, cierre de las bolsas, etc.) sin eliminar la aceleración y creciente amplitud de las mismas, hasta llegar a la gran intervención anunciada para esta megacrisis. La causa es que los paliativos para un capitalismo enfermo no están realmente destinados “al corazón del problema”, como presumen Paulson y Bush, sino a la perpetuación de los fundamentos del neoliberalismo. No habrá, hasta que realmente sea preciso y sea algo tarde, políticas fiscales ni gasto público keynesiano, sino simple acto predatorio y acumulación; y, como igualmente se ha comentado, simultáneamente la base social de apoyo capitalista se degrada con la concentración de capital –una de las diferencias con el nazifascismo clásico. Es un viaje renovado al imperialismo, como fase superior del capitalismo . Así entonces, las oligarquías y clases capitalistas están abocadas a la división y agresión mutua, por tanto a su debilitamiento . Esta es la razón por la cual, el comunismo acabará haciéndose un hueco importante, en los próximos lustros a venir, incluso si esta crisis no es seguramente la definitiva.

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