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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.

UNION SOVIETICA EUROPEA

 
(U. S. E)
Actualizado: 08.09.2007· Año V

RACISMO NEOLIBERAL

Endofobia

Es la actitud discriminatoria del neoliberal multiculturalista. Con la intención de infiltrarse y entorpecer los movimientos democráticos populares contemporáneos con apego a la ética y a las doctrinas del socialismo, la ideología neoliberal encubre su antihumanismo clasista bajo los argumentos de bienestar social e igualdad para todos, solidaridad universal y antirracismo, que articulan con la filosofía caótica y cosmopolita, con la ética formal y mercantilista del liberalismo. Plantean, como razonamiento principal contra la salvaguarda de los ridículos sistemas de bienestar y constitucionales aún vigentes, que la clase asalariada de los países más industrialmente desarrollados, ha alcanzado un bienestar mayor al del resto de las poblaciones de los países subdesarrollados o emergentes, por medio de la trasferencia de la riqueza de éstos últimos a los primeros. Los neoliberales multiculturalistas denuncian como racistas y xenófobos a los asalariados de los países desarrollados que se niegan a desmantelar el estado de bienestar, por la vía de la imposición de un engañoso “reparto” de sus haberes en favor de la población inmigrante y residente en el Tercer Mundo: Ambas categorías las cuales, sin embargo y por este mismo reparto fraudulento con final en los bolsillos de los poseedores, no hacen más que empeorar su condición.

Los neoliberales multiculturalistas fomentan el odio contra las actitudes de autodefensa laboral y aquellos que se resisten a la inmigración con la que el capitalismo moderno pretende volver a las condiciones de vulnerabilidad y pauperidad de los asalariados del siglo XIX, donde el liberalismo manchesteriano fue la norma y el objetivo de la clase dominante. Una de las formas más descarnadas de fomento del odio contra la resistencia al capitalismo neoliberal, pasa por la equiparación culpabilizadora de las poblaciones trabajadoras, con medios de subsistencia cada vez menos dignos y derechos de participación sobre su producto de los países desarrollados en decadencia, al ultranacionalismo, al supremacismo racista, al imperialismo. Los neoliberales multiculturalistas reprochan con desvergüenza a los asalariados con más poder relativo internacional y, por tanto, con más capacidad democrática de participar en su producto, de haber conseguido su nivel de vida por medio de la explotación de las demás poblaciones aún más desheredadas del mundo. Así, las acusaciones que el marxismo, el socialismo proletario y los movimientos de liberación nacional de todo el mundo dirigieron contra el capitalismo, son retomadas por el capital para lanzarlas contra los explotados y los asalariados que aún resisten el embate del neoliberalismo. Las acusaciones no son sólo arteras, sino monstruosas, sólo propias de quien realmente mereció y merece semejantes diatribas: el capitalismo. Son letanía, y un instrumento de insalubridad mental dirigida contra la población trabajadora, la culpabilización incesante cada vez menos subrepticia, de cuantos anhelan progenie o se atreven a exigir equidad en las ayudas a la maternidad respecto a la masa inmigrante; es norma la acusación de etnocentrismo, ociosidad egoísta, despilfarro y exceso de todo tipo, “consumismo”, destrucción de la naturaleza, y cómo no, racismo, xenofobia, etc. Este odio hacia la clase trabajadora autóctona y occidental, en forma de implacable y masiva propaganda, pretende desmoralizar y dividir a la clase trabajadora de los países desarrollados para minar su resistencia y su inteligencia para desenmascarar los medios de explotación laboral mercantiles.

Los funcionarios, la mayoría de “oenegistas” y “cooperantes”, agitadores, propagandistas, militantes, simpatizantes, agentes del neoliberalismo multiculturalista, habitualmente arguyen, ante las quejas de los asalariados que toman conciencia con angustia cómo sus derechos sociales sólo se aplican a los millones de inmigrantes importados contra la voluntad soberana de la ciudadanía, sistemáticamente, que esa población está más necesitada que los legítimos usufructuarios y productores de los beneficios sociales. Sin embargo, no hay nada más engañoso y encubierto por el orden impuesto y el sistema de mercado libre y propiedad privada, por la confusión caótica entre público y privado que los capitalistas y sus voceros manipulan para llevarse su tajada. El proletariado europeo (8% de pobres de solemnidad en los más desarrollados, 8 millones netos en España) o norteamericano (17% de parias, 50 millones) es el menos responsable de la pobreza y la desigualdad, sea en el Tercer Mundo, o sea en sus países propios, inundados con mano de obra importada (entre cuyos miembros se hayan gran número de explotadores de sus propios países de origen) .

Pero, como se analizará a lo largo de esta reflexión, la causa más trascendente de la pobreza en el Tercer Mundo y en los países emergentes, así como la causa de las desigualdades en los países desarrollados, sólo puede atribuirse a los que precisamente obligan al reparto entre los pobres , a los que privan de sus derechos y prosperidad a las clases asalariadas de los países con sistemas de bienestar social en “beneficio” aparente de los más necesitados –además de en el resto de países, en los que se ha impedido cualquier grado de bienestar. Obrando de esta manera, los capitalistas y burgueses, los expoliadores y sus predicadores y comisarios políticos, los mamporreros multiculturalistas y neoliberales al servicio del capital, pretenden mantener intacto su beneficio propio y exclusivo y el de sus amos, sus plusvalías sobre el conjunto de los trabajadores, sus inmensas propiedades, sacras e intactas, aunque promuevan la apertura de las fronteras y la fatalidad incontenible de la avalancha sobre los menguantes bienes del proletariado. Propiedades de los patrones, negociantes, hacendados y colaboradores, provenientes del trabajo de aquellos que pretenden remunerar mediando el fraccionamiento infinito de sus salarios.

Con el expolio del escaso estado de bienestar existente y en declive, los afortunados del sistema pretenden que los mismos asalariados sufraguen gran parte de la renta salarial total y de los beneficios sociales que a ellos incumbe liquidar, a comenzar por aquella de los trabajadores que los burgueses importan para socavar los derechos y toda brizna de ventaja de los obreros en el mercado laboral. Para, acto seguido acabar arrumbando a la más absoluta privación a los mismos inmigrantes superexplotados, una vez que los presupuestos de los asalariados más dotados van menguando. La maniobra está bien planeada. Lo que debieran pagar con toda justicia los patrones, se carga a la cuenta de la clase trabajadora: esta es la fórmula esencial. El estado y sus agentes, intensifican en estos tiempos de importación de mano de obra a saldo, su función de trasvase de la riqueza desde el trabajo al capital, con la excusa moralizante de la solidaridad y la igualdad con los trabajadores necesitados, manipulando y pervirtiendo la ideología socialista con sus soflamas compuestas de neoliberalismo y misericordia, para sus propios fines. Los fines no son otros que la liquidación del socialismo y la financiación de esta liquidación con los haberes de los mismísimos asalariados.

No hay que dejar de repetirlo. Son los neoliberales multiculturalistas los auténticos responsables, en tanto que simples ideólogos o capitalistas de facto, de la pobreza mundial. Son ellos y sus agentes los que expolian la poca retribución de los esfuerzos de los empleados y obreros, los que se embolsan los salarios que no les pertenecen: salarios conseguidos en España, por ejemplo, al coste de 5 defunciones laborales diarias. Es por esta sangría de recursos impagados por el capital que la fuerza de trabajo de todo el mundo, en todas las épocas históricas, es más bien en mayor que en menor medida, miserable y se halla en su gran mayoría, al borde de la hambruna. La “revolución neoliberal”, aquella que iba a salvar al mundo del “oprobio comunista”, no está conduciendo a otra cosa que al marasmo productivo, a la destrucción de los recursos y al aumento del hambre desde finales del último siglo. Los capitalistas son expertos en convertir en picadillo la masa humana para convertirla en valor mercantil privado. Es por esta razón que están fascinados por prodigar la tasa de natalidad entre los países subdesarrollados y limitarla como lo han hecho en los países desarrollados, ya que se niegan a sufragar, con los recursos que han arrancado a sus legítimos productores, los salarios que permitieran una reproducción mínima natural de los proletarios de los estados en los que hay más derechos laborales. Esta es la eficiencia del capitalismo genocida y el libre mercado: aumentar la masa pobre y reducir la mejor parada. Una vez que extienden la miseria, entresacan el manual maltusiano para exprimir el valor que resta de la multitud indigente y para desentenderse de sus responsabilidades. Mientras que los trabajadores organizados de Europa y Norteamérica han resistido mal que bien, presionado y hasta impuesto sus leyes democráticas y socialistas, durante siglos, los trabajadores del Tercer Mundo no han podido resistir en sus intentos por obtener un orden más soportable. Por lo que su escaso, pero esforzado producto, desasistido de la inversión en maquinaria productiva por los tacaños capitalistas, que desean explotar la mano de obra y los recursos naturales en bruto antes que invertir en productividad, ha ido a parar a las bolsas y a la avaricia sin límite del burgués, del aventurero y diplomático imperialistas y del déspota.

Pero el fallo contable de los neoliberales multiculturalistas y racistas contra la clase trabajadora antiliberal de Europa y Norteamérica es frágil, como lo esencial de su falsa ideología. Este beneficio sobre la explotación brutal de los asalariados del Tercer Mundo nunca ha servido para mantener ningún bienestar social entre la masa de trabajadores en los países industrializados a los que se les chantajeaba con la fuga de capitales a economías con fuerza laboral más sometida, a países coloniales e imperiales con una opresión bestial para mayor seguridad de los capitales, a zonas francas y paraísos fiscales o estados corrompidos como Suiza (país que llegó a custodiar el oro fundido de los dientes arrancados a los judíos europeos en el III Reich y cobijó la industria alemana mientras la clase trabajadora luchaba frenética contra el nazismo), para que sus salarios estuvieran siempre lejos de su producto total. Los imperialistas y burgueses expoliadores del Tercer Mundo jamás han repartido con el pueblo trabajador europeo su botín de ultramar, porque si hubieran tenido que afrontar esa pérdida o coste redistributivo, no hubieran invertido en la severa, cruel y cara empresa saqueadora que es el colonialismo y el imperialismo, y más bien, se hubiesen inclinado por invertir en tecnología para desarrollar la economía doméstica y la falta de mano de obra y recursos fáciles. O, simplemente, se hubieran instalado en las colonias, como en parte ha ocurrido, donde mantenían y mantienen aún, en la opresión brutal a la clase trabajadora indefensa.

¿Cómo es posible que, con tantas desigualdades en el mundo contemporáneo entre Norte y Sur, las masas obreras y modestas del Norte no hayan participado en el expolio de las del Sur? Los ingenuos neoliberales endófobos detestan las estadísticas y la contabilidad, por el motivo de que los números, en realidad, son inseparables de las realidades cualitativas. Esto explica muy bien su empeño enervante por separar cantidad de cualidad y, destruir esta última con sus invectivas sobre el “caos” y las mariposas. Si las 225 fortunas del mundo acumulan el equivalente a la renta nacional del 47% de los países menos desarrollados, o de 2500 millones de almas con escasos medios de subsistencia, habrá que admitir, sólo en una impresión elemental, que una fracción mínima de la población mundial es la que se beneficia de la inmensa mayoría en proporción leonina. Pero esto, aunque significativo, es sólo un pequeño detalle. Se podría mantener aún que, el despojo de la población planetaria más desheredada, ha sido tan colosal, que ha servido para engordar las fortunas, no sólo de esas 225 fortunas y otras clases minoritarias, sino, además de los, grosso modo , 1000 millones de habitantes de los países industrializados y desarrollados, y por tanto de la clase asalariada corriente del “Primer Mundo”. Pero esto no podría ocurrir nunca, y de hecho, no ha ocurrido ni ocurrirá bajo el orden capitalista. Y la razón es tan básica como que toda materia prima o bien producido o extraído, sea en el Tercer Mundo o en Europa, tiene un coste mínimo , que depende del trabajo que se aplica en su generación y que hay que remunerar, así como principalmente del coste del capital precisado, de la tecnología, la prospección y el transporte, la corrupción política, la seguridad e intervención militar, etc. que se invierten , básicamente por el capital financiero del mundo desarrollado. Unas partidas de capital inversor igualmente onerosas y arriesgadas que se cobran a un alto precio por el capital financiero sobre el precio final.

Los asalariados europeos o de cualquier país desarrollado, hubieran debido contribuir en primer lugar a dicho coste a través de lo que pagan por las materias primas y el consumo de bienes acabados: sin escapatoria, por mucho que sus estados, banqueros y patrones renunciaran altruistamente al beneficio (cosa harto difícil por el precio del capital). El expolio del Tercer Mundo, de sus recursos, reside en la usurpación política y el acaparamiento mercantil de la propiedad de los medios de producción y los yacimientos, en la tasa media de beneficio que procuran, en detrimento de las burguesías (y sus clientelas) de los países legítimamente poseedores; pero no en reducir el coste mínimo de producción que van a pagar en la mayor medida, directa o indirectamente (a través de plusvalías), los asalariados de los países desarrollados .

Hay que elucubrar con que el nacionalismo pueda ser tan “solidario” entre capitalistas y asalariados en los países desarrollados, que la tasa media de beneficio derivada de la explotación de los asalariados de los países subdesarrollados, obtenida con la dominación imperialista, se redistribuya entre la población total de la metrópoli; si bien, la parte de los salarios miserables que el burgués imperialista destina a sufragar la mano de obra local de los países subdesarrollados es un factor secundario en coste, continuamente mantenida en los mínimos de subsistencia y aún menos, por las fuerzas de represión, las guerras civiles, la competencia liberal salvaje de los mercados laborales y la diversificación internacional, cuando al consumidor y asalariado de los países desarrollados se le intenta hacer pagar al máximo... Pero supóngase que el valor de mercado de las materias primas y demás bienes del Tercer Mundo, una vez acaparados, se redistribuyen gratuitamente entre la clase trabajadora del Occidente desarrollado. Entonces, por una parte, las rentas de la fuerza de trabajo así beneficiada en la metrópoli, ascenderán en un primer acto, lo que inmediatamente se verá compensado por el alza de precios de los productos manufacturados y el beneficio revertirá finalmente al capitalista industrial; la competencia por el excedente de renta o demanda, conducirá a la intensificación de la producción y paliará la inflación, pero la competencia es primordialmente factible a través de inversión en mecanización o por medio de salarios más baratos , con que compensar el precio del capital o la inversión (cuyo valor se encarece a medida que la abundancia de dinero derivada de los beneficios extras se reinvierte): desempleo o merma salarial que significa una transferencia de las rentas extras a la cuenta del capitalista. Por otra parte, los salarios reales que el empleador está dispuesto a pagar disminuirán , en la misma medida en que la capacidad adquisitiva de la fuerza de trabajo se ha visto beneficiada por plusvalías de origen remoto, pues la competencia laboral obraría en tal sentido (más aún si se abre y flexibiliza el mercado laboral). En congruencia con esto, se puede observar, por ejemplo, cómo, a lo largo de la “revolución” neoliberal, se ha establecido la costumbre por la que parte del salario ha sido reemplazado por paquetes accionariales, cuyo valor depende de la timba bolsística, donde se cotizan las empresas con altos beneficios y tendientes a las bajas remuneraciones y derechos laborales, o las empresas con despidos masivos, es decir, depende de la intensidad de explotación del trabajo interno o extranjero, lo que significa un perjuicio recíproco entre la fuerza de trabajo, o una forma sibilina de arrebatarse las migas entre los cada vez más pobres (la mayoría) y menos, en proporción, “asalariados”.

En cuanto al estado, su actitud sería la de incrementar la presión fiscal sobre los asalariados bonificados con parte de los beneficios del expolio en ultramar. Un monto que no revierte, ni mucho menos, íntegro a la clase proletaria. La guerra de Iraq ilustra a la perfección la política redistributiva del Estado y del sector privado en situaciones de rapiña imperialista. Muchos ingenuos ciudadanos americanos, pero sobre todo los neocon , y también los neoliberales multiculturalistas, cada cual por sus razones, arguyeron, que con las violencias sin límite de la invasión del país petrolero, se perfilaba un buen horizonte de sobreabundancia petrolera y gasística que repercutiría en un descenso de los precios y en un estímulo a la economía mundial, en definitiva, en una mejora del nivel de vida, al menos, las sociedades de los estados partícipes en el robo con homicidio. Pero los datos son muy contrarios a las promesas y visiones mecanicistas, idealistas y simplistas de las leyes del mercado y la sociedad. El desfalco de Iraq no ha revertido en los bolsillos de los trabajadores norteamericanos, es más, aún deben pagar más, mucho más, los hidrocarburos habiendo alcanzado su máximo coste desde la Revolución iraní y a guerra Irán-Iraq, en 1980. En los últimos 10 años, el precio del petróleo ¡se ha incrementado en un 130%! Pero no sólo eso, las fluctuaciones al alza desde 1991 están en relación directa a las guerras de expolio en Oriente Medio por parte de las potencias mundiales. Una circunstancia diametralmente opuesta a lo que predican los clérigos defensores del capital imperialista, del neoliberalismo globalizador y de la “filantropía” multiculturalista que culpa del bienestar social occidental a unas víctimas que sólo ellos han despojado, hasta la última gota de sangre en muchos casos, con el fin de también arrancar lo esencial del valor mundial producido a los asalariados occidentales. Esta sobreevaluación de los precios energéticos son un maná para las compañías petroleras y los clanes tejanos, árabes, rusos y noruegos, pero una maldición para el resto de los asalariados que pagan los precios abusivos. La OPEP sugiere a las opiniones públicas de los países occidentales que comprendan que los elevados costes del petróleo no se deben a las políticas monopolísticas de los países productores, ni tan siquiera a los inmensos beneficios de las compañías extractoras, sino a los gravámenes ingentes con que se tasa el precio final de la gasolina y demás productos: más del 60% del coste total. Monto que, ni mucho menos se restituye mediante el gasto público a los contribuyentes, pues como es sabido, son los asalariados quienes más cotizan a las arcas del estado con sus impuestos directos, un estado que se ocupa de transferir renta salarial por medio de la retribución de la deuda pública en manos de los capitalistas, y, por medio de las subvenciones de todo tipo con que alimentan a la empresa privada, la liberalización y las infraestructuras a favor del patrón. Véase lo elocuente de un Banco Central Europeo que, para sostener el gran casino internacional y a sus peores estafadores, dilapida miles de millones de reservas patrimonio del común, sin preocuparse tan siquiera en cumplir sus cometidos de “guardián de la inflación”. Pero tras varios años de robo continuado en Iraq, la energía es más cara que nunca y no hay más que crisis y recesión provocadas por la usura hipotecaria de millones de americanos que, en la primera potencia mundial responsable de la aniquilación de cientos de miles de personas, no alcanzan a procurarse una simple vivienda.

La clave es la propiedad de los medios de producción; quien no posee participación en los medios de producción está abocado, tarde o temprano y si la fuerza del proletariado organizado no lo remedia, a pagar el precio que le dicta el poseedor, con la sola salvedad de aquello que precisa para reproducir su fuerza de trabajo.

Aparte de la escasez coyuntural de mano de obra y de una especialización y formación privilegiadas (y onerosas), las fuentes de bienestar o progreso que le son factibles al asalariado como tal (muchos profesionales son, en verdad, pequeñoburgueses ), son pocas: dentro del régimen capitalista, no es la explotación de unos asalariados por otros lo que eleva el nivel de vida de los estrictamente asalariados , aunque vivan lejos unos de otros en la economía internacionalizada contemporánea, sino fundamentalmente la reapropiación forzosa de sus plusvalías a expensas del capitalista o empresario. El bienestar social alcanzado en Europa y otros países desarrollados se ha alcanzado gracias a las luchas revolucionarias, legislativas y sindicales, a la presión cotidiana y al aprovechamiento de las contradicciones del capital en el mercado libre: incluso el fordismo tiene como trasfondo (poco aireado) el malestar y la resistencia a la explotación de los asalariados. Ni siquiera el aumento de la productividad por motivo del bajo coste de las materias primas o bienes semi-manufacturados despojados en las colonias e imperios, en la situación en la que la clase trabajadora puede ejercer una presión efectiva en los países ricos, puede superar el límite de las plusvalías efectivamente producidas por el empleado occidental, ya que el capitalista precisa beneficio extraíble del trabajo humano a cambio de su capital. El capital no se colocará en empresas que reportan menor beneficio o plusvalor convertible en beneficio que en otras. Y esas plusvalías no provienen en su inmensa mayoría de la masa salarial ínfima con que se retribuye a un proletariado escaso y oprimido en el Tercer Mundo que además es muy improductivo. En magnitudes brutas, es el asalariado norteamericano el más productivo del planeta, con 48.836 € de valor añadido, mientras que por hora trabajada es el noruego, con 38 €, por delante de los estadounidenses. En Africa el valor añadido medio por trabajador es 12 veces inferior a la media de todos los países industrializados. No sólo su productividad es bajísima, sino que 1300 millones de habitantes del planeta sobreviven con un solo dólar diario, mientras que casi 4000 más lo hace con un promedio de dos... Un 20% de población residente en los países industrializados consume el 85% de toda la producción mundial, y disponía de una renta 82 veces superior ya en 1995 (y hace 12 años que aumentaba sin pausa). Si un ferroviario de baja cualificación en Alemania tiene un salario medio de 2500 € mensuales, en Egipto un oficial albañil a duras penas obtiene de su duro trabajo 120, lo que se gasta un empleado ordinario español en llenar el depósito dos o tres veces con gasolina, cuyo origen primario está en los países que, como Iraq, son desvalijados sin que los beneficios tampoco reviertan en la mayoría de la inmensa población trabajadora de EEUU. Y la razón es simple: los asalariados de Occidente, de los países industrializados y de la OCDE en general, son lo suficientemente solventes como para que el sector, por ejemplo petrolero, extraiga de sus rentas, los inmensos beneficios con que se nutre el capital. Sólo las clases trabajadoras de India y China, Brasil o Indonesia, por su extenso número, son capaces de ser una fuente de beneficios capitalistas relativamente comparables con la solvencia de la clase trabajadora occidental; sin embargo, en países como China, son también las compañías autóctonas, como China Mobile y sus poseedores, los que, junto al capital occidental, exprimen a los más de mil millones de consumidores del país, es decir, básicamente, a la clase productora asalariada y campesina. Pero nadie ha escuchado la jubilosa noticia por la cual los accionistas occidentales y orientales de China Mobile hayan regalado sus dividendos a causas sociales.

La mayor parte de la humanidad, en este comienzo de siglo XXI está marginada como nunca de la riqueza mundial, como productores y como consumidores. Los pobres de todos los países, hasta de Europa, se maravillan del fastuoso nivel de vida de la llamada “clase media” asalariada norteamericana o sueca, pero esto lo hacen sin imaginar la escala desaforada del valor de su producto que ceden obligatoriamente a las grandes fortunas de sus países, los auténticos poseedores de la riqueza mundial que circula improductiva y a la búsqueda depredadora de negocios especulativos. Pero, aún peor, entre la enorme masa de asalariados del mundo, sólo es una minoría productiva la que interesa al capital, porque es precisamente esa población la que más puede ser explotada. No se puede explotar a quien no tiene apenas nada que ofrecer y permanece en una economía de subsistencia marginal.

La clase trabajadora europea, se profiere sin sentido o con mala fe por parte de los endófobos , neoliberales multiculturalistas, está “aburguesada” gracias a la explotación del Tercer Mundo. Pero los sectores sociales laborales que participan del “maná” resultante des saqueo de los países vulnerables, los profesionales cualificados y bien remunerados vinculados al comercio internacional, financiero y energético, que se reparten algunos dividendos de las migajas que dejan caer los magnates que poseen la parte del león, y que con ello engordan sus rentas salariales y se transforman en pequeñoburgueses, no podrían extraer ningún tipo de beneficio sin la explotación y concurso acaparador en las plusvalías generadas por el proletariado solvente, fundamentalmente de los países con mayor consumo de los productos y materias primas en los países occidentales. También extraen beneficio de las plusvalías de la fuerza de trabajo de India y China, etc. cómo no, pero mucho menos. Esta clase intermedia o pequeñoburguesa no podría constituirse en tal con las exiguas rentas disponibles para su estricta supervivencia de la inmensa mayoría de los habitantes del planeta. Sus granjeos sólo son posibles por una redistribución del valor añadido producido por sus, en definitiva, mal pagados conciudadanos o ciudadanos de países con industria y recursos intercambiables en suficiente cantidad. No es una casualidad que el grueso de los intercambios comerciales tengan lugar entre los países con altísimos PIB, en un círculo interno de países occidentales y Japón. Así, es la población de los EEUU, el 5% de la humanidad viviente, la que consume el 26% del total del petróleo (causa del 38% de la energía total), 8 veces más que todo Africa. El conjunto de Asia, con China a la cabeza, pero también India y Japón, consumen la tercera parte que EEUU; y la UE viene en tercer lugar, con algo menos que Asia. Y en efecto hay que conceder que, los jugosos dividendos que los capitalistas cada cual según su participación derivan de la explotación de los trabajadores, principalmente del “Primer Mundo”, no se reparten equitativamente entre toda la ciudadanía de sus respectivos países... ¿O es que los beneficios fabulosos e inauditos en las bolsas mundiales del Banco Comercial e Industrial de China, la empresa más cotizada hoy, de la Royal Dutch Shell, de Exxon, etc. se reparten entre la ciudadanía asalariada corriente que los paga con el dinero de su trabajo asalariado? No. Y es imposible que vuelva a ellos porque es de ellos de donde parte el beneficio para cebar el lucro de los accionistas y colaboradores. Y ni siquiera se podría explotar indirectamente al proletariado chino o indio por parte del proletariado europeo o norteamericano, suponiendo que un “capitalismo popular” llegase a las mayorías, por la simple razón de que los empresarios y patrones con inversión en China o India, no sólo explotan a los asalariados chinos o indios de forma inmoral, homicida y abyecta, sino que obtienen gran parte de sus beneficios por medio del “ dumping social”, es decir, utilizando los salarios ínfimos y esclavos del proletariado chino e indio, etc. para arruinar la industria, los salarios y el nivel de vida de los asalariados occidentales, con lo que cada compra de una mercancía china es un trasvase de renta del trabajo del asalariado europeo o americano al capitalista chino, y al capitalista occidental o internacional con licencia en China, que va en contra de sus intereses y futuro económico como trabajador occidental, por mucho que parezca lo contrario.

En la treta de los precios bajos, se apoya el neoliberalismo multiculturalista, en su versión economicista, para justificar los parabienes de la globalización, mientras que acusa de “racistas” o “xenófobos” a los que se resisten aceptar tal masacre laboral en Oriente, a recibir con los brazos abiertos las actividades especulativas y esclavistas de los empresarios sino-occidentales, y a lanzarse a las ruedas de Shiva para procurar más satisfacción a un degenerado accionista y a sus vástagos inscritos en un caro “colegio de negocios”.

Pero hay que imaginar, a efectos de hipótesis de trabajo, que sí, que efectivamente, con la contención de la inflación a expensas del abuso sobre la fuerza de trabajo de los países tercermundistas se logran precios más asequibles y aumenta el salario real. Pero también habrá que añadir que, tal situación se verá compensada por la destrucción de tejido industrial incapaz de competir con salarios de miseria y condiciones laborales insanas. No sólo los salarios de los empleados occidentales se hunden con la entrada de productos baratos (y de peor calidad) y el abaratamiento correspondiente de la oferta de mano de obra (lo que está remachado por la entrada de inmigración). Sino que directamente se crea desempleo. Aunque, arguyen los astutos neoliberales, este inconveniente se soluciona con una automática inversión en los sectores más productivos, la innovación y el valor añadido. Más calidad para atraer el consumo ¿de quién?, ¿de los asalariados que trabajan por salarios estacados ya adaptados a productos alternativos de bajo coste procedentes del Tercer Mundo? ¿O para asalariados cuyo poder adquisitivo digno no se ha visto afectado aún por la entrada masiva de bienes a bajo precio de países emergentes con mano de obra superexplotada? Esta calidad extraordinaria, servirá alternativamente para arruinar a la clase trabajadora de los países en los cuales se cobran unos salarios más elevados porque se pagan precios más justos. Si los asalariados experimentan una pauperización de sus rentas y condiciones de vida no podrán adquirir productos de calidad, y las empresas nuevas creadas al albur de la baja inflación se mantendrán por el consumo de las clases capitalistas solventes, una minoría, lo que obligará al cierre de muchas empresas, permaneciendo las dedicadas al lujo y alta tecnología asequible a los beneficiarios de la “liberación de los recursos”. Sin embargo esa minoría sí se estará beneficiando de la moderada inflación con la que los bajos salarios de sus empleados en Occidente pueden malvivir a cambio de su productividad enorme, agrandada por las transferencias de plusvalías de los países en desarrollo. Plusvalías de trabajadores autóctonos o extranjeros que no se pagan, claro está. Por lo que es obvio que son las clases burguesas de Occidente las que se benefician de la explotación laboral del Tercer Mundo. No es una casualidad que los almacenes de saldo e importación orientales se hayan instalado principalmente en los barrios obreros de los estados occidentales, y no en los barrios burgueses. Los asalariados peor pagados, la mayoría, e incluso los bien pagados, se perjudican recíprocamente intentando ahorrar con la compra de productos (normalmente de menor calidad) pero más baratos, sin poder evitar arruinar así la producción local o nacional o de los países con alta retribución, es decir sus propios empleos de calidad.

La reinversión en innovación y valor añadido es un fraude. La investigación científica y tecnológica crece a un ritmo mínimo en la mayoría de los países occidentales, salvo una decena de ellos, los escandinavos en Europa, precisamente donde más alto es el salario real y menos competitiva la producción importada y la dependencia de esta. Si bien, incluso en Suecia o Finlandia, la opción del capital es en gran parte invertir en servicios y en general actividades de poco valor añadido, con los correspondientes bajos salarios, políticamente estimulados para incentivar el desarrollo de semejantes sectores poco relacionados con el desarrollo de la tecnología. Parte de la presión política burguesa en Suecia ha consistido en forzar a los trabajadores desempleados a reciclarse en el capitalismo del sector servicios, que depende de los bajos salarios. El capital muestra gran preferencia por los mercados laborales misérrimos, porque su afán es obtener plusvalías fáciles, sin esfuerzo científico y sin la carga de obreros organizados, cualificados, maquinaria, ensayos, instalaciones y demás factores de producción. Las empresas optan por la deslocalización a los países con mano de obra a saldo, con el consiguiente perjuicio para la clase trabajadora occidental, lo que no es compensado por los bajos costes de los productos importados de los países sin condiciones dignas laborales. Pero los países nórdicos o Canadá o Australia, globalmente aún están lejos de la situación interna en la que la desindustrialización y la pérdida de empleos de calidad en la industria puntera es un drama.

En países como España, la preferencia por los lucrativos sectores que imitan las condiciones laborales tercermundistas, simplemente, está instalándose como fundamento de la economía doméstica, asociada a la inestimable ayuda de la importación masiva de inmigración a saldo, con que disuadir cualquier devaneo empresarial favorable a la industria innovadora de alto valor añadido. En esta situación, los trabajadores cualificados españoles desaparecen, reemplazados por trabajadores descualificados y con salarios adaptados a productos baratos y de mala calidad, importados o no . Las consecuencias ya están aflorando, por ejemplo, con el descenso en dos años de la esperanza de vida de la población, un detalle que los servicios de propaganda del partido en el poder se han encargado de diluir. Esta tendencia no se da con tanta fuerza en los países más desarrollados, porque el circuito económico aún está cohesionado por el alto rendimiento unido a la alta calidad de los productos industriales fabricados por una clase trabajadora cualificada y mucho mejor retribuida. En este circuito aún principal, la clase trabajadora se intercambia los productos y servicios de calidad entre sí (o con otros países con una base industrial y laboral afín), al menos en parte sustancial, con la solvencia y garantías laborales necesarias, y sin fomentar una industria precaria y abusiva en el Tercer Mundo a favor del accionariado capitalista internacional. El trabajador de Europa no ha alcanzado su nivel de vida como consecuencia de la explotación de la mano de obra del Tercer Mundo, sino que es la entrada en el sistema de la mano de obra barata del Tercer Mundo lo que está erosionando su estatus adquirido con décadas de lucha política y económica. Se podría argumentar que los países tecnológicamente avanzados han impuesto precios monopolistas para absorber la riqueza de los países en desarrollo, lo que ha beneficiado a la clase trabajadora por encima incluso de su productividad. Sin embargo, la excesiva apreciación monopolista de los bienes tecnológicos no es sostenible para millones de trabajadores en las metrópolis: una minoría puede extraer pingües beneficios de unos costes arbitrarios sobre una población mundial empobrecida y viviendo en economías de subsistencia, pero no puede convertir en burgueses opulentos a cientos de millones de asalariados europeos y norteamericanos. Aún más, cuanto más monopolistas son los precios, más ruinosos son los efectos para la perpetuación de una semejante fuente de lucro. De nuevo, la clave está en los equilibrios de transferencia de valor en el seno de la clase trabajadora hiperproductiva de los países desarrollados .

El que los empleados occidentales aumenten su salario real a expensas de la fuerza de trabajo de los países en desarrollo, es un espejismo que no tiene en cuenta las consecuencias que no se observan directamente en las transacciones comerciales finales y más superficiales. Cuando un asalariado europeo paga un artículo chino, indio o tailandés no sólo entrega parte del valor de su fuerza de trabajo, sino que deprecia esta fuerza de trabajo en el mercado, además de regalar la mayor parte al capitalista y no al asalariado chino, indio, etc. El asalariado europeo que opta por una mercancía elaborada a bajo coste salarial deprecia, junto con la ganancia marginal inmediata, un tipo de economía en la que su participación en el producto de su propio trabajo es más favorable, mientras que simultáneamente retribuye una economía en la que el capitalista aumenta su margen de acopio sobre el trabajo ajeno. Al hacerlo, fomenta la supresión de una economía más favorable a sus intereses, reemplazada por la inversión en una producción más propicia al capitalista, dedicado a esclavizar, convirtiéndose además de en una víctima que nada tiene que ganar , en un cómplice, forzoso o ignorante, de la explotación del Tercer Mundo. Si el proletario europeo desiste de adquirir los bienes cuyos productores están mejor retribuidos, desiste también de que esos trabajadores incentiven un salario más elevado para él. Si realmente los productos baratos de los países emergentes liberan los recursos y aumentan la capacidad adquisitiva de la clase trabajadora europea, esta no debiera consumir, prioritariamente, mas que productos de alto valor añadido, aporte tecnológico y precio asequible, es decir, todo lo contrario a la quincalla tóxica importada y generada con el sufrimiento de la fuerza de trabajo del Tercer Mundo, con que se pretende acallar y explotar también a la clase proletaria de Occidente, mientras que la clase burguesa se reserva la producción segura y de calidad.

Lejos de vivir a expensas de las plusvalías de la fuerza de trabajo del Tercer Mundo, la clase trabajadora europea está objetivamente interesada en que los asalariados de esas regiones prosperen. Es más, al asalariado europeo y norteamericano, lejos de interesarle un producto más asequible fabricado en países con la fuerza de trabajo sobreexplotada, está objetivamente mucho más interesado en que esa masa proletaria no sea explotada y goce de los mismos derechos laborales y económicos, costeando con salarios superiores precios lógicamente más elevados. Esto conlleva una merma de la participación del capitalista en el producto del empleado, de ahí la resistencia y la propensión a la destrucción de toda situación en la que su parte no le sea satisfactoria. La destrucción imperialista y bélica de la industria de los países “enemigos” o comercialmente competidores resulta en grandes beneficios para las empresas que se convierten en monopolistas. Pero, además de aniquilar físicamente y arruinar a gran parte de los trabajadores de uno y otro lado de las fronteras, deja a merced de los empresarios victoriosos el mercado laboral interno. La ganancia que se destila del empobrecimiento industrial y la incapacidad comercial de terceros competidores es el resultado tanto de la competencia en el plano internacional, como de la competencia empresarial en el plano doméstico. La demolición imperialista de la competencia significa la ruina para los capitalistas que obtienen sus ganancias del comercio con la economía hasta su devastación. La destrucción de Alemania en la Gran Guerra benefició al Reino Unido en sus industrias menos competitivas con Alemania, pero no a las que gozaban de ventaja. Si una parte de las empresas sucumbe o se debilita con la destrucción de la competencia, la producción se retrae, y con ella el empleo y los salarios. El desarrollo del Tercer Mundo es un objetivo principal para el bienestar de la clase trabajadora de Europa. Con la expansión industrial de todo el mundo los flujos migratorios tienden a limitarse, y los salarios y las condiciones laborales de toda la clase trabajadora, incluida la de los países desarrollados, se robustecen. Con el desarrollo de las regiones deprimidas del mundo, el empleo de calidad, tecnológico y experto, con que transmitir el saber hacer y el avance, se demanda y promueve más, lo cual beneficia directamente a la clase asalariada occidental. Con industrias vigorosas en los países hoy subdesarrollados sujetos a la avaricia exclusivista del capitalista, la solvencia del proletariado, mucho más fecunda que la del tacaño capitalista que ya lo tiene todo, impulsa la demanda y el comercio, la productividad y la calidad, esto es, multiplica la ocupación y la ciencia en los países desarrollados, de su proletariado. La guerra imperialista sólo suprime las relaciones humanas productivas en beneficio particular de unos cuantos.

Los partidarios del neoliberalismo multiculturalista pretenden hacer pagar a la clase trabajadora su “insolencia”, no por la patraña de su presunta participación en el imperialismo y destrucción del Tercer Mundo que los capitalistas y sus sirvientes militaristas han llevado a cabo hasta el siglo presente; sino por haberse alineado con el socialismo y la revolución, movimientos que hace décadas obligaron a los capitalistas a morder el polvo y a erigir los sistemas de bienestar social que hoy sirven de caballo de Troya del neoliberalismo y el retroceso histórico de la civilización, así como para pagar los vicios más aberrantes de la burguesía y sus lacayos. Por esta razón, los neoliberales multiculturalistas, los social-liberales izquierdistas de hoy, (incluidos los que se esconden bajo las siglas de los partidos “comunistas” más radicales, obsesionados con recabar cuota de dotaciones estatales y poder político con el hundimiento del nivel de vida de la clase trabajadora a la que reprochan “aburguesamiento” desde su perfidia neoliberal; o de los partidos comunistas institucionalizados [China, Corea]), aborrecen con toda su pasión a los que se resisten a tragar su mierda “altruista” y sus operaciones de expolio bajo cubierta solidaria y cosmopolita, incluso “internacionalista”. Si por ellos fuera, abrirían de nuevo los campos de exterminio y las cámaras de gas con sus crematorios... para erradicar a una clase trabajadora apegada a sus intereses, al socialismo real, al de los salarios y las hipotecas, al rudo del sudor, del accidente laboral y del resentimiento contra el patrón y el político, al contante y sonante (derechos efectivos), que les plantó cara y les forzó a dejar de comportarse como parásitos de la peor ralea. Obsesionados por el objetivo de poder sustituir a esta fuerza de trabajo montaraz y comparativamente más consciente que en otras partes del mundo, por la esclavitud. Esclavitud que hoy reemerge dando la medida de la modernidad de la “revolución” liberal, justo más en los lugares donde el liberalismo más desenfrenado y donde la multiculturalidad más efusiva, son la clave de un crecimiento improductivo y desindustrializador, basado en el servilismo y la ineptitud de los dueños de los recursos.

La endofobia es la cara más abyecta e hipócrita del antihumanismo y la contrarrevolución hoy. Sus prerrequisitos son la pulverización de los medios de producción en el Tercer Mundo, con que forzar a ejércitos enteros de parias y asalariados y campesinos arruinados, a emigrar sin tener que aplicar caros y complejos dispositivos de coacción militar y control políticos por parte del capital. Lo esencial es impedir aún más que se recuperen economías saludables en los países en desarrollo. ¡Sí, que vengan todos! –exclaman transidos de “dignidad” los multiculturalistas neoliberales: ¡que vengan a los países ricos los pocos licenciados, los escasos médicos, ingenieros y artesanos!, no importa que los jóvenes abandonen a los viejos y desvalidos, los campos se queden sin labrar y los recursos naturales al alcance de las multinacionales, de la superstición oriental en busca del último rinoceronte y del terror del lumpen narcotizado. Lo importante es el negocio del patrón europeo o norteamericano cansado de molestos sindicalistas y desaires de trabajadores poco vulnerables y poco sumisos. Lo importante es que los aburridos jóvenes de la burguesía jueguen con la miseria humana y se sientan héroes y aventureros de película; que el nepote, hijo filisteo y pedante del patrón o del funcionario, reciba su canonjía correspondiente, o que la maripuri beata o la lesbiana emporrada den rienda suelta a su altruismo sádico y vanidoso. Qué más da si las ONG para el “desarrollo” sólo sirven para hacer propaganda política, apaciguar las conciencias o captarlas para sectas religiosas; para reducir en las metrópolis el desempleo de amargados por la desindustrialización (90% de titulados universitarios entre los cooperantes), ahogar las insurrecciones de pobres contra sus amos en los países subdesarrollados, desgravar impuestos a los donantes de clase alta, extender el régimen libremercantil y las fantasías neoliberales, intervenir en los asuntos internos de naciones soberanas, o predicar un “comercio justo” casi imposible bajo el capitalismo, o embolsarse las donaciones, y hasta explotar comercialmente las potencialidades del Tercer Mundo, incluyendo la población que se “entrega” en adopción a los exhibicionistas multiculturalistas que se pasean orgullosos con su trofeo exótico de coleccionista, con que recrear un clan patriarcal con haratines incluidos. Y cómo no, sirven de agencia de colocación en las empresas de los papás en la forma de emigrantes. Las hay y son conocidas, pero son contadas las ONG que apoyan heroica y solidariamente a los asalariados del Tercer Mundo, o los salvan de la tortura y liquidación; menos son las que se alinean con los activistas y líderes obreros, o las que mientan las frecuentes y desconocidas huelgas laborales contra la corrupción y la superexplotación o el saqueo de las petroleras.

Una finalidad llamativa es que el movimiento ONG de cooperación internacional se constituya en un instrumento de eficacia excepcional en la supresión y encauzamiento del malestar juvenil y sus consecuencias indeseadas para el orden impuesto: su politización se impulsa contra la clase trabajadora, es decir, su despolitización respecto a los objetivos del socialismo, por medio principalmente, de su destierro voluntario a contextos que difícilmente comprenden y menos aún pueden cambiar, y en los cuales se ratifican en tanto que sujetos políticamente impotentes; todo lo contrario del papel de un activista político cuya condición “ciudadana”, o de miembro pleno social y legal o incluso en situación insurreccional, pierde el “cooperante” como tal. El cooperante está diseñado para servir de icono mediático con cierta santidad inocua al servicio de la globalización. La cara bonita de la globalización, la proyección del propio interés como moral del mundo. Qué gran campo de expansión debe ser el Tercer Mundo que hasta los payasos “sin fronteras” encuentran su función. Todos quieren su subvención. Quien abomina de esta situación es un malvado “racista y xenófobo”, un anticristo el que duda de los misioneros modernos.

Desde hace más de doscientos años la explotación no se ejecuta, primordialmente, a través del despojo directo de los débiles por los más fuertes. Es el mercado libre y no tan libre, el sistema capitalista, lo que media entre explotador y explotado en circunstancias de cotidianeidad. Por eso, según Marx, se precisa en esta nueva era de la ciencia de la economía política. Desdichadamente, los científicos sociales de hoy en día sólo enturbian más las relaciones de explotación: la burguesía se ha ocupado de comprar sus cerebros, aún más que hace más de dos siglos. El asalariado europeo hoy da muestras de psicosis paranoide. Es acusado de rapiñador del Tercer Mundo por los auténticos rapiñadores, y lo cree, porque no hay apenas nadie con cobertura mediática que ponga en duda el origen del beneficio capitalista y la sacrosanta propiedad privada de los medios de producción. El proletario atrasado, el vulgar y por tanto ignorante, apático y embrutecido, atribulado como está por sus protervos líderes, envanecido por la exaltación que el sistema de valores dominante hace de su superstición y alienación, ha llegado a los extremos de pensar que su reproducción biológica misma es una carga para el mundo. El individualismo moral le impide plantear exigencias sobre las grandes fortunas y posesiones, y se erige a sí mismo como centro responsable de la sociedad, pero también como límite mezquino de relación y acción. El proletariado está postrado por el temor a ser identificado en tanto que “comunista” o con ideas afines al comunismo, pues las represalias del sistema de control social dominante son reales, por tácitas que sean. Teme exigir a la clase burguesa que cese de expoliar al Tercer Mundo y que sufrague la inmigración y la solución a la pobreza en el Tercer Mundo, así como reclamar una mayor redistribución social, porque el capitalista replica con el “supuesto” de la abolición de la propiedad privada de los asalariados . Una amenaza que, en realidad, no es un supuesto, y aplica con la socialización efectiva de las rentas del trabajo: lo hace por la vía impositiva para financiar la importación de mano de obra a saldo y la destrucción del nivel de vida de todos los asalariados, extranjeros o autóctonos. No es una casualidad que los partidos socialistas (v. gr. PSOE o IU en España) utilicen toda la batería de argumentos “socialistas” debidamente tergiversados, para hacer recaer sobre los presupuestos públicos el coste de la cooperación internacional y la enorme e improductiva ayuda a la inmigración con que se financian los intereses de los patrones y la ruina general del proletariado, lo que contribuye lógicamente a desacreditar el modelo público y socializado de gestión de las necesidades y la prosperidad de los asalariados, de la mayoría de la sociedad. Este descrédito del sistema económico público induce a las masas ciudadanas a su abominación, junto con lo que se describe con insistencia por los mismos presuntos “socialistas” como “socialismo”. Este descrédito y retirada del apoyo de la población trabajadora al modelo de economía regida por poderes públicos ha conducido en Francia al afianzamiento de la derecha liberal en 2007, siendo el problema migratorio una de las cuestiones fundamentales del ascenso de N. Sarkozy.

Pero tampoco la derecha o el nacionalismo radical van a evitar el trasvase monumental de plusvalías que la clase dominante está verificando con la manipulación de los flujos migratorios con cargo al dinero público y con la transformación de Europa en un apéndice del Tercer Mundo. Muy al contrario, los movimientos ultranacionalistas y racistas, sólo plantean dos alternativas a la inmigración: bloqueo del flujo migratorio con mayor liberalización de las fronteras para capitales y mercancías por un lado, y, o, la renuncia sistemática de los trabajadores autóctonos a sus derechos, además de políticos, los laborales o de participación en el producto total de la economía, por otro. Respectivamente significan deslocalización y más “dumping social” externo, y más represión de las reivindicaciones y la fuerza laboral. En países como España, la extrema derecha es incapaz de convocar una opción política organizada para detener el proceso migratorio, por la simple razón de que sus intereses son exactamente los de los traficantes de inmigrantes y los empresarios improductivos y especuladores más canallescos. En Polonia, la extrema derecha anti-europea, ultracatólica y racista en el poder, tras rebajar los salarios y servicios sociales a su población proletaria al límite de promover una de las migraciones más intensas del continente, ha fomentado la inmigración de asalariados más precarios de China y la India, para abaratar aún más los ya exiguos emolumentos de la población activa asalariada. En EEUU, la política de G. Bush dirigida a contener los flujos migratorios sólo ha acabado en más represión de las reivindicaciones laborales pero no de la migración en sí.

Si los movimientos de liberación nacional dificultaron la explotación cruda del capitalismo en el Tercer Mundo, ahora el capitalismo impone la explotación del Tercer Mundo en casa , es decir, en el ergástulo de los que considera sus siervos: el proletariado de los países desarrollados; derruyendo así de pasada el remanente de bienestar de la clase trabajadora doméstica. El multiculturalista endófobo es letal en casa y allende los mares. Roba, mata y exprime sin recato y envuelto en un discurso de cínica argumentación caritativa y de pontificadora amenaza, sin mancharse apenas las manos y en serie: primero como imperialista, segundo como tratante de inmigrantes, tercero como contratista en un mercado laboral abierto, y cuarto como administrador del estado social de los países desarrollados contra los asalariados. El multiculturalista le quita la vida a unos trabajadores para no tener que pagar a otros. Pero si la infamia de estas sanguijuelas es tan abrumadora, no debieran sorprenderse, en su momento, de una acción demoledora contra ellos por parte de la clase proletaria reorganizada. Los marxistas, apegados al método histórico y dialéctico, contribuiremos a mantener la “memoria histórica” y la conciencia de las relaciones de explotación humana con minuciosa terquedad.____[Portada.]


¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!