1
 
use@useuropea.org
50
Portada · · Comunística · · Antropología · · Mohamed T.B. · · Tesauro · · Bibliografía · · Aportaciones · · Tienda · · Enlaces · · Autores
Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo.

UNION SOVIETICA EUROPEA

 
(U. S. E)
Actualizado: 15.06.2008· Año VI

REACCION NEOLIBERAL CONTRA LA DEMOCRACIA

Irlanda votó NO al liberalismo

Saludos, agradecimientos y felicitaciones al pueblo irlandés. Una nueva trinchera popular retoma la lucha y arrostra los embates de la tiranía de los mercados y la agresión antidemocrática de las oligarquías euro-americanas empeñadas en disolver la integración europea y el objetivo de la Europa social. Con su actitud demuestran su firme apego a las tradiciones y aspiraciones de los pueblos más avanzados de Europa continental. Con su NO sin paliativos, confirman estar en línea con las mayorías de Francia y Holanda que ya rechazaron el proyecto Giscard de constitución ultraliberal, y cuya voluntad democrática ha sido robada por el energúmeno de Sarkozy, que con total prepotencia bautizó este nuevo fraude sustituto del proyecto Giscard como “Tratado simplificado”, es decir, impuso la orden “simplificada” de obedecer los dictados del neoliberalismo. Pero Sarkozy está pagando su osadía con una impopularidad abrumadora entre su mismo electorado. Hay que rendir tributo a la nación que ha salvaguardado el honor de innumerables europeos anti-capitalistas. Irlanda hoy nos ha concedido voz a todos los oprimidos y marginados de Europa. Aunque su electorado represente un 1% del conjunto total del europeo, su valor representativo es inmenso, porque los demás pueblos de la “Unión” están amordazados, y los amos que detentan la decisión sobre el destino de Europa han expropiado en masa el derecho de los pueblos a determinar la constitución o las leyes supremas que regirán sus vidas.

Los propagandistas de los medios de comunicación de masas, bajo control absoluto de las oligarquías europeas, han intentado ocultar, tergiversar, estigmatizar y difamar a los opositores al “Tratado simplificado”. Aún estos días, cuando han percibido claramente la posibilidad de la victoria del NO, su nerviosismo les ha llevado a organizar una campaña de desprestigio de los detractores, particularmente haciendo uso de la negación de cualquier crítica o defecto con relación al Tratado, pero, con descaro canallesco, intentando confundir a los trabajadores y clases modestas del resto de los países para que se alejen de las razones del pueblo irlandés. No es exagerado decir que se advierte cierta xenofobia y tendencia antisistema en el neoliberalismo organizado, que difunde notable odio o resentimiento, apenas disimulados, contra los irlandeses. Con la difamación de los irlandeses aspiran a presentarlos como manipulados por obscuros intereses empresariales y grandes magnates capitalistas que buscan la ruina de los asalariados europeos, lo que les ayudaría a levantar lo que ya, descarnadamente, apuntan como castigo y que llaman “cuarentena” de Irlanda dentro de la UE, sugiriendo la idea de "enfermedad" de un país miembro. Presentar Irlanda como un apestado al que no hay que acercarse ni escuchar, y mucho menos imitar, es el objetivo de unas burocracias y patronales en bancarrota moral que observan angustiadas cómo su proyecto antidemocrático y neocón encuentra muy serias resistencias entre la sociedad europea, salvo, apenas, en los débiles y corrompidos gobiernos de la "Nueva Europa" ex-socialista, la Europa preferida por el verdugo neocón Cheney. Los oligarcas retrógrados de Europa desvelan así cuál es su modelo de integración europea: excluir a los pueblos que no aceptan la barbarie ultraliberal, e inclinarse por los que están invadidos por el neoliberalismo imperialista.

En esa línea, uno de los primeros reflejos de la odiosa propaganda organizada por el neoliberalismo europeo es definir a los irlandeses como “anti-europeístas”, cuando, en realidad, los menos europeístas son las oligarquías ultraliberales que están disolviendo la Unión a través del minado de los fundamentos de la cohesión Europea, la Europa social, planificada, pública y democrática. Son los siniestros liberales, de derecha e izquierda, los mismos que se llenan sus bocazas con la descalificación de “euroescépticos” contra todos los que no comparten su disparate libremercantil, los que llevan lustros conspirando en la tarea de aleccionar, arrobar e imponer a sus ciudadanías las reformas que no desean y van en contra de sus intereses como fuerza de trabajo. Sólo hay que acudir a las páginas institucionales de la UE y a los innumerables “think tanks” y centros de estudios europeos donde medran y parasitan los hijos de la burguesía europea, y atender las insidias de los “expertos” al servicio de estas castas ultraliberales, para comprender el grado de infamia y el latrocinio que se persigue, desde los sectores dominantes europeos, en su proyecto de pulverización de los derechos, entidades y relaciones solidarias e intereses de las clases trabajadoras de Europa. La burguesía europea más retardataria acusa a los irlandeses, como antes a los franceses y a los holandeses, precisamente de aquello que ella está llevando a cabo con esmero y sin ahorrar en esfuerzos: la destrucción de la integración europea. Esta clase anacrónica, en el mejor de los casos y si no se supiera que acaba desencadenando guerras entre sí en cuanto alcanza el poder absoluto, confunde unificación europea con el acuerdo minoritario de los capitalistas para inflar sus cuentas corrientes.

Los perros guardianes del liberalismo rampante europeo denuncian a Irlanda por haberse beneficiado de la expansión económica concomitante con su pertenencia a la UE. Estos son argumentos “antisistema” , de gentuza belicista que busca la enemistad entre las naciones, y de envidiosos que conjuran el fantasma de la guerra europea. Algún comentarista o sicario ultraliberal, disgustado con el resultado adverso contra esa inmoralidad de Tratado de Lisboa, proponía que los irlandeses abandonasen la UE y devolviesen el dinero de las ayudas institucionales. Este planteamiento demuestra el autismo de las burguesías europeas con respecto a las sociedades trabajadoras a las que están amordazando y expoliando, pero también delata el odio que rezuman contra el sistema de progreso social que tan arduamente han conseguido los europeos tras la catastrófica hecatombe capitalista de la Segunda Guerra Mundial. Opiniones de tal jaez revelan hasta qué punto el despotismo de la patulea que hace y deshace en Europa no se emplea en otra cosa que en mirarse el ombligo y marginar cualquier otra alternativa, que, por mayoritaria que sea, simple y llanamente ni consideran. Es más, es frecuente escuchar a otros propagandistas del monopolio de los mass media europeos apreciaciones convencidas sobre lo que describen como estulticia del “ciudadano corriente”, del “ciudadano de a pie”, del “simple ciudadano”, “ciudadano de la calle” (qué será toda esta miseria taxonómica), incapaz de comprender las expectativas miríficas que se le otorgan “generosamente” con tan egregio proyecto de Tratado: el votante se esboza, con insidia ilimitada, como estúpido, en contraste con el supuesto “culto profesional” de “clase media” y al “instruido y responsable” liberal, empresario y burgués, y de aquel consciente de que obedecer al amo autocrático sí es lo supuestamente “racional” y correcto. Sin embargo, claro que sí hay alguien que debiera devolver los dineros europeos en este asunto de Irlanda, ese no siendo otro que las instituciones europeas y las empresas y patrones, así como las burocracias que embarcaron a la República de Irlanda en un proyecto inicial de integración europea y desarrollo social que el Tratado de Lisboa amenaza en la médula. Estos filisteos burgueses liberales que claman contra la hipocresía de los irlandeses que tras haberse “enriquecido” (en especial algunos) desdeñan la UE, deberían indemnizar, contrariamente, a los irlandeses, puesto que son los artífices de una estafa a escala continental que únicamente han podido silenciar en otros países, despojando a sus poblaciones civiles del derecho a decidir sobre sus pestilentes decisiones.

Los liberales, en su delirio al que tan acostumbrados nos tienen, piensan, confiados, que los demás estamos por la labor de seguir el palo y la zanahoria con la que pretenden ingenuos conducirnos al infierno mercantil: primero embaucan a los nuevos países miembros con sobornos en forma de ayudas, para incluso antes de conceder las ayudas, arrasar con el sector social de la producción y la distribución. En los países del este de Europa siguieron esta táctica, una burda trampa masiva, mientras ocultaban o disimulaban que los gobiernos corrompidos y ultrarreaccionarios que mantenían en el poder en esos países estaban arruinando las economías sociales, el patrimonio de la ciudadanía, que en muchos casos fue literalmente deportada para trabajar por sueldos miserables en Europa Occidental; España es un ejemplo también, con el desmantelamiento de la industria nacionalizada por parte del traidor Felipe González. Y cuando no había que privatizar grandes sectores, como en Irlanda, el precio del soborno era mayor, con planes de inversión para la expansión económica liberal , aunque basados en la especulación inmobiliaria y los servicios, la explotación de la fuerza de trabajo a precio de ganga de la emigración salvaje, mientras se desmontaba por detrás y sigilosamente el estado de bienestar que se construía en público acompañado de fanfarria. Pero la improductividad liberal pasa factura, y ha llegado el momento de comprobar cómo la burbuja capitalista es un ensueño con fecha de caducidad que desemboca en un marasmo incapaz de reemplazar a la economía intervenida, social y planificada; la economía neoliberal es una burbuja improductiva que el Tratado de Lisboa pretende perpetuar. Hoy se descubre que la estrategia de integración en la UE ha sido un cebo para depredar a la clase asalariada y a la población proletaria europea en general. Las ayudas “generosas” que sirvieron como cebo para engrasar las voluntades e implantar una macroeconomía frágil e improductiva, espectacular pero con pies de barro, los famosos fondos estructurales y de cohesión, ya no fluyen con la misma generosidad tras ulteriores reformas traicioneras. Esos fondos ahora se destinan a sufragar el soborno de las voluntades políticas de las sociedades del este de Europa, para introducir la dependencia productiva de esos estados hacia el capital industrial de las potencias europeas contribuyentes y sus gremios multinacionales más poderosos, privatizar el patrimonio público y evitar la añoranza del socialismo anterior entre la población (cosa que no durará indefinidamente, por mucho que Soros gaste su fortuna en propaganda anticomunista como el juicio a Nagy, lo que muestra el temor que estos magnates sienten ante la percepción de tendencias filocomunistas en Hungría aún hoy). Es la misma estrategia bastarda, porque después se mostrará la cara más monstruosa e inhumana del capitalismo liberal, como ya se comienza a divisar en una España reducida a la miseria del ladrillo y la hostelería de fonda roñosa, o en una Irlanda a la deriva recesiva.

No obstante, los trabajadores de Europa como los irlandeses, también desean vincularse a la protección del Estado social al que con tanto garbo y entusiasmo los capitalistas en crisis se encomiendan, como se ha visto tras la crisis financiera iniciada en EEUU y solventada por la intervención de los Bancos Centrales y medidas de nacionalización y subvención por parte de los Gobiernos neoliberales. Ya desde Niza los irlandeses estuvieron mostrando sus reticencias sobre estas estrategias “industriales” neoliberales e imperialistas impuestas desde Bruselas y aclamadas por la carcunda del continente. Pero esta gentualla neoliberal persuadió para que se votara el Tratado de Niza en una nueva consulta, lo que nunca hacen cuando sus propuestas triunfan a la primera. Hoy se habla de una nueva repetición de la consulta, un fraude democrático en el que volcarán más leña en forma de despilfarro propagandista y sobornos suplementarios, sufragado todo ello por los demás asalariados de Europa, a los que no se les permite ejercer su derecho y deber democráticos.

Los pervertidos déspotas neoliberales, en su táctica para confundir a las clases trabajadoras europeas de la maldad de los irlandeses, hacen hincapié en las fuerzas sociales “oscuras” y “retrógradas” que han patrocinado la campaña por el NO al Tratado en Irlanda. Los autodenominados “servicios informativos” de la Cadena SER, por ejemplo, el órgano central de la insidiosa propaganda del PSOE, resaltaban hoy mismo que, entre los impulsores de la campaña por el NO se encontraba el magnate capitalista Rupert Murdoch y la institución ultraliberal Libertas... Pero no aclaraban las razones de su posición y su carácter pro-atlantista contrario a cualquier UE que haga sombra a EEUU, y sin tampoco especificar que el Tratado de Lisboa plantea precisamente los mismos objetivos ultraliberales de Murdoch pero con centro en Bruselas, también capital de la OTAN. Hay que inferir de toda esta confusión desinformativa dirigida hacia su audiencia “socialista” que la SER ha querido identificar a los votantes y los motivos opuestos al Tratado con los intereses minoritarios del gran capital, acallando sin empacho que otros muchos partidos socialistas, comunistas, anarquistas, altermundialistas, Sinn Fein, ATTAC, etc. se han opuesto también a dicho Tratado. Y no cabe otra inferencia, porque si la Cadena SER hubiera querido enfatizar la vertiente atlantista de Murdoch, estaría en el aprieto de tener que excusar a Felipe González, el todavía influyente ex-líder “socialista” muñidor de la entrada casi forzada de España en la OTAN, o a Javier Solana, atlantista convencido y ex-dirigente de esa organización militar capitalista que, recientemente, obstaculizó las investigaciones del Parlamento Europeo y el Consejo de Europa con relación a los vuelos secretos e ilegales de la CIA en el Viejo continente; o tendría que entrar en el escabroso asunto de por qué el presidente Zapatero no sugiere la salida de la OTAN y, en cambio, se esfuerza por intensificar las relaciones con EEUU y cooperar militarmente con esta nación imperialista en Afganistán y Kosovo. La Cadena SER no nos aclara tampoco por qué sus patrones, el clan Polanco, el capitalismo mediático más grande del país, los Murdoch españoles, están jaleando con inmensos recursos las campañas del PSOE, el supuesto “socialismo” español. Los grandes medios de comunicación exclusivamente en manos del neoliberalismo, izquierdista o neocón, relegan a un segundo plano, cuando lo denotan, que la campaña favorable al Tratado ha unido en una piña a las burocracias y patrones de Irlanda. Capital y sus sabuesos políticos, básicamente todos unidos apropiándose de la maquinaria del Estado, para auspiciar la confirmación de la Europa liberal:

“The Irish government, major opposition parties and business leaders all campaigned for a yes vote during a month-long campaign that emphasised Ireland's strong benefits from 35 years of EU membership.” The Guardian , hoy mismo, 13 de junio de 2008.

Los mafiosos neoliberales acusan a los irlandeses de pretender beneficiar el atlantismo “pro-yanqui” en una táctica soterrada contra la Unión Europea. Pero es ridículo acusar a los irlandeses de euroescepticismo pro-americano, a pesar de todos los fuertes lazos que justificarían semejante tendencia pro-estadounidense de existir, cuando por el contrario, es patente que Irlanda ha sido más refractaria que la mayoría de los países pretendidamente más “europeístas” a la participación en las masacres masivas de la superpotencia imperialista y ultraliberal. Tan ultraliberal como los partidos políticos que, en el poder desde 2002 y antes, es decir, desde al menos la invasión de Iraq, han estado violando la tradición y las leyes de neutralidad de Irlanda así como contrariando la opinión mayoritaria de no-beligerancia de la ciudadanía irlandesa, para colaborar de forma indirecta en las agresiones de EEUU y sus firmes aliados europeos y “europeístas” de la Unión. Dando la casualidad de que, estos partidos en el Gobierno de Irlanda (Fiana Fail, Green Party, Progressive Democrats, centristas, verdes y liberales “europeístas”) y contra la voluntad mayoritaria de sus electores, son también los que están siendo ensalzados por la propaganda neoliberal de Europa, que los quiere hacer pasar ahora, oportunistamente, por “europeístas” y “autónomos” de EEUU, a la vez que esa misma soflama neoliberal denuncia con absoluta infamia a los detractores del nuevo Tratado de Lisboa como títeres en manos del anti-europeísmo norteamericano. Pero son realmente estos últimos partidarios de la negativa al Tratado, los electores más conscientes de la necesidad de mantener la neutralidad irlandesa y apartarse de las políticas militares de EEUU y de la UE: No será necesario extenderse en describir la pendiente imperialista, belicista y pro-yanqui que, desde la vergonzosa actitud de Alemania fomentando la guerra en Yugoslavia, hasta Kosovo, pasando por Afganistán, Iraq, el cerco de Rusia, las amenazas francesas nucleares a Irán o la política filosionista en Palestina, es cada vez más pronunciada. Son la mayoría de los pequeños partidos movilizados contra el Tratado, precisamente, los que se identifican más exactamente con las aspiraciones anti-belicistas y anti-imperialistas hostiles a las políticas de EEUU y sus aliados neocón europeos (Sarkozy, Berlusconi, Brown,...). Y esto es bastante más anti-atlantista que la hipócrita actitud de ese gran “europeísta”, Zapatero, que colabora militarmente con EEUU y sus aliados (los sostenedores del tirano nuclear Musharraf) robando tierras en Kosovo a los servios, o persiguiendo a la resistencia en Afganistán.

Los estrafalarios ignorantes a sueldo de la burguesía neoliberal europea y estadounidense encargados de alienar a la población europea, “explican” satisfechos que el “euroescepticismo” de los irlandeses es el resultado de su aislamiento insular, la consecuencia de un carácter hosco y solitario, de la cerrazón hacia el mundo exterior... Reprochan a los irlandeses su intolerancia con los extranjeros y su hipocresía al haber sido ellos, por su parte, un pueblo emigrante. Los “analistas” de perra gorda del liberalismo, ese ejército de tarados intelectuales y prostituídos mentales, simplemente se empeñan en lanzar a la letrina de sus pobres fantasías la historia de la República de Eire. Es chocante, no obstante, escuchar estos excesos con relación a los irlandeses, que mantuvieron su lealtad a Roma, a pesar de la distancia geográfica, hasta en los tiempos más oscuros de la Edad Media y a lo largo de la anexión por parte del Imperio Británico anglicano. Los irlandeses contribuyeron notablemente a la formación de Norteamérica, y uno de los más insignes líderes de la superpotencia, JF Kennedy, fue católico irlandés. Muy señalados descendientes de irlandeses afincados en España, como Leopoldo O'Odonell y otros del mismo origen, estuvieron en el centro de los destinos de España en el siglo XIX. La diáspora irlandesa es de las más numerosas, poderosas y dispersas (Australia, Nueva Zelanda, Suráfrica, Argentina, Brasil,...) del planeta, y han mantenido fuertes lazos con la isla originaria, y con ello un flujo constante de intercambios con el mundo. Sin olvidar que, sus emigrantes, también hicieron de intercambiador cultural desde hace siglos con la metrópolis inglesa, la que se tuvo como centro de la civilización mundial. Por no hablar de sus literatos, unos de los más universales y vanguardistas del siglo XX. Todo esto casa mal con esa idea de lúgubre nacionalismo que ahora interesa difundir, y si la sociedad irlandesa delata rasgos conservadores, no puede afirmarse que tengan su origen en el aislamiento insular, sino quizá en la estructura social reaccionaria heredada del Imperio Británico y de las fuertes tensiones con la metrópoli protestante para recobrar la costosa independencia. Por si fuera poco lo insensato de estas elucubraciones neoliberales, Eire es uno de los países que más y mejor han admitido en su territorio a mano de obra inmigrante en los últimos años: entre los países de Europa occidental, sólo países minúsculos como Luxemburgo y Liechtenstein superan a Irlanda en proporción de población extranjera residente en el país. Mientras que Irlanda tolera una población foránea del 18%, España, el país con políticas liberales más disparatadas y caóticas de importación salvaje de inmigración, está lejos aún del primer país, con un 10%. Reino Unido, Alemania y Francia, rondan también el 10%, aunque la diferencia es que en éstos últimos países, también en España, los incidentes violentos xenófobos son mucho más frecuentes que en la república celta. Y es que a los neoliberales no les importa en absoluto que no existan recursos o que la economía de un territorio no admita más inmigración, porque al capitalista ultraliberal y a sus lacayos no les importan los seres humanos o la condición de la fuerza de trabajo, sino exprimir cuanto antes al mayor número de seres humanos amontonados en su trituradora mercantil. Estos carniceros tildan de “racista” a todo el que se niega a colaborar en el torno triturador del chantaje competitivo y tráfico masivo de seres humanos.

Tras hacer uso a discreción del poder del Estado para sus fines, además de los medios privados, estas minorías se permiten acusar de “sinsentido”, de “mentir” y “distorsionar” (en palabras del mismísimo primer ministro irlandés, Brian Cowen) la campaña de las minorías despojadas, comparativamente, de voz. Los propagandistas neoliberales, frustrados con los resultados, “explican” que los partidarios del NO han sido más “militantes”, pero no explican por qué los auténticos militantes de la casi totalidad de los partidos con representación parlamentaria (menos el Sinn Fein), i.e., los mayoritarios, no han sido capaces de organizar y llevar a sus bases a la aprobación del Tratado, si es verdad que representan a su pueblo. Aún así, osan injuriar como de ignorante a una población que habría que calificar de extremadamente inteligente por haber desarrollado una opinión propia en condiciones adversas contra sus propios partidos electos, y sobre todo contra un proyecto de Tratado que en vez de simplificarse, increíblemente, añadió más de 8000 palabras al anterior borrador de constitución giscardiana, al mismo tiempo que reducía el tamaño de fuente –para reducir páginas– y aún entorpecer más su lectura y caos estructural. Una opinión autónoma y crítica en un entorno en el que las autoridades de la UE no se han preocupado lo más mínimo en debatir públicamente el contenido del proyecto, puesto que de haber clarificado sus inconfesables fines explotadores aun hubieran encontrado más resistencia e indignación entre la ciudadanía europea. En definitiva, una opinión la irlandesa pergeñada dentro de la iniciativa de una sociedad civil que demuestra estar viva . Y, para colmo, ni siquiera esa entelequia de la sociología burguesa que dan en llamar “clase media” y de la que las oligarquías esperan la salvación obediente en cada naufragio que sucede a sus desvaríos, ha acudido a sus llamadas desesperadas. Sólo los distritos ricos y acomodados han votado a favor del Tratado.

Los detractores del NO al Tratado de Lisboa llevan embadurnando de porquería, calumnias y libelos a los que se resisten a asumir una constitución ultraliberal para Europa desde el referéndum en Francia y Holanda, e Irlanda no ha escapado a la sucia ofensiva que tan claramente ha trascendido al resto de los países europeos, esta vez con motivo del Tratado de Lisboa. Un traidor izquierdo-liberal irlandés, Prionsas de Rossas, ex-militante en Democratic Left y, cómo no, ya encuadrado en el Labour Party, argumentó (Newstalk Radio, Dublin - Brendan O'Brien program, 19.01.2008) de modo delirante y calumnioso a la manera que el neoliberalismo nos ha acostumbrado. Para este infiltrado de la burguesía, había una evidente incoherencia en el seno de la campaña contra el Tratado, por cuanto los neoliberales de la organización Libertas esgrimían motivos opuestos a los motivos “izquierdistas” del Sinn Fein... Pero, este mismo exponente de la “esclarecida” perspicacia “europeísta” y liberal, no dudó en completar su argumentación aseverando que Libertas, Sinn Fein y otros grupos detractores del Tratado tenían un denominador común en el derechismo de Le Pen y Murdoch. Esto es, en la mente hermetista de semejante “social-liberal”, esos partidos eran incoherentes y, a la vez , coherentes en sus planteamientos; y como buen liberal, no se preocupaba de explicar esa antítesis, que por cierto, fue muy explotada en Francia en 2005 por homólogos propagandistas, en lo que respecta a Jean-Marie Le Pen. Pero no es difícil comprender que con esta asociación lo que se pretende es deslegitimar gravemente al electorado anti-Tratado de Lisboa, amalgamando groseramente socialistas, comunistas y demás anticapitalistas con liberales atlantistas en una categoría bien concreta: el extremismo fascista, ultranacionalista y racista del Frente Nacional de Le Pen. Pero cada vez más, y más elocuentemente, los pueblos europeos occidentales se están vacunando contra un discurso ideológico farsante utilizado de esa manera tan artera por el neoliberalismo (de derechas y de izquierdas), que se basa en la manipulación del resentimiento y rechazo que los europeos occidentales asumieron contra el nazifascismo tras la II Guerra Mundial, y la simple atribución estigmatizadora del carácter nazifascista a los que se resisten a la contrarreforma neoliberal emprendida en las últimas décadas.

De hecho, el neoliberalismo, de izquierda y de derecha, cada cual manipulando esa falsa atribución con diversos matices más o menos anticomunistas, no han podido evitar que, a medida que su ramplona táctica de persuasión ideológica surtía un relativo efecto, se fueran encontrando con una contradicción insuperable: el debilitamiento del prestigio del socialismo revolucionario y del comunismo, su arrinconamiento y acoso, tiene como consecuencia fatal el debilitamiento aún mayor del aparato cognitivo que sustenta el descrédito del nazifascismo. Son el socialismo revolucionario y el comunismo los pilares fundamentales en los que se basa todo posible anti-nazismo sustancial y trascendente; el liberalismo, como el fascismo o el nacional socialismo, es una expresión circunstancial más del mismo régimen capitalista general... La población europea más expuesta a la manipulación ideológica neoliberal y a la identificación de comunismo o anticapitalismo con nazifascismo, si bien ha sido la más vulnerable para internalizar los valores del neoliberalismo, ha sido también y por ello, la primera en estar desprovista de los instrumentos ideológicos precisos para oponerse a dicha opción política totalitaria (claro está, sólo contra el socialismo progresivo y el comunismo) nazifascista, que por lo demás, siempre ha tenido en su agenda la defensa de la iniciativa privada y la libertad de mercado. Estos ciudadanos incautos, en muchos casos, no atienden ya, desprovistos de la estructura conceptual socialista anti-capitalista o comunista, a la lógica ponzoñosa del neoliberalismo que alerta del peligro del comunismo y del nazismo, actúan sin prevención contra el nazifascismo en sus diversas expresiones en función de sus meros intereses más descarnados; pueden votar por ello sin escrúpulos a partidos ultraderechistas, anti-liberales o comunistas por el simple motivo de la defensa neta de su ganancia, sin apenas más análisis ni criterio. Por lo que no hay que sorprenderse de que neoliberales de derecha que están en el origen del Tratado de Lisboa o “simplificado”, esto es, v. gr. el mismo presidente Sarkozy, hayan sumado numerosos votos en las urnas, entre otros motivos, por haberse apropiado de los contenidos de Le Pen y la ultraderecha europea, por haber trasvasado gran parte de su programa para presentarlo como propio, sin recato alguno.

Pero como los neoliberales no han podido permitir este ejercicio fenomenal de democracia, están lanzando, desde sus innumerables terminales de envenenamiento propagandístico, consignas contra... la democracia misma. Los mismos carniceros neocón que han justificado las matanzas desmesuradas de Oriente Medio en nombre de la democracia, ahora intentan deslegitimar la democracia. Es elocuente, también para sus partidarios, el gran titular de portada que dedica ese periódico nazí-neocón español, El Mundo (14.06.2008), para poner de relieve que apenas un millón de votantes bloquea a casi 500 millones. Los editores reaccionarios de este panfleto filonazi deben estar muy angustiados para relegar el hecho de que las demás burocracias dictatoriales de la UE no hayan consultado a sus ciudadanías acerca de un Tratado constitucional que les resta soberanía, para descalificar a los únicos que sí han podido ejercer el derecho constitucional al voto como de “saboteadores de la mayoría”. A los carcas del diario neocón, antieuropeo y atlantista El Mundo, el mismo diario que jalea incondicional y cotidianamente las masacres de las potencias anglosajonas en todo el planeta en nombre de la “democracia”, les resulta “anti-democrático” que una minoría ejerza sus derechos y deberes políticos contra la voluntad de los totalitarios que han cerrado las urnas a los otros casi 500 millones. A los propagandistas de ese diario español les parece que lo “democrático” es que ni siquiera un millón de electores pueda ejercer el derecho a opinar, pero, claro está, no consiguen caer en la cuenta de que los electores irlandeses no han robado ningún derecho a los demás ciudadanos europeos, sino que son los amos neoliberales los que han llevado a esos casi 500 millones de europeos a la condición de súbditos sin derecho a soberanía. En psicología esa treta exculpatoria, hacer víctima al verdugo, se llama “proyección de la culpa”, y no es de extrañar que lo liberales siempre estén vinculados a alguna patología psiquiátrica, particularmente la psicosis. ¿Por qué el diario El Mundo no recuerda que hay 70 millones de franceses y otros 16 de holandeses que sumar contra un Tratado bastante similar cuando se les “toleró” votar con la presunción de que obedecerían al capital? ¿Acaso con tantos millones de ciudadanos redentos que sumar a los irlandeses no les cuadran sus balanzas democráticas delirantes?

Los listillos propagandistas del diario El Mundo presentan como espectacular, extraño e inédito, quizá irracional, que menos de un millón de electores contravengan la voluntad de casi 500 millones. Pero en sus mismas páginas informan de que en Europa aún quedan por ratificar el Tratado países como Italia, Reino Unido, Grecia, Suecia, Holanda, Bélgica, etc. Los neoliberales suelen tener problemas con la racionalidad aritmética: eso significa que aún quedan por decidir si sancionan el Tratado muchos burócratas de bastantes estados miembros de la Unión que dicen representar a muchos millones de europeos, por lo que habría que restar muchos millones de votos a esos 495 que El Mundo enarbola enfáticamente en sus titulares amarillos contra los irlandeses. A no ser que los círculos políticos y de poder de Europa ya tengan amañada, antes que los parlamentos nacionales, la solución del “voto”, y hayan informado a los ínclitos periodistas de El Mundo de esta decisión anti-democrática, obviando la naturaleza criminal de tal acto. En cuyo caso, lo realmente sensacional sería que los editores del diario conservador hicieran público tamaño fraude y despropósito para 500 millones de europeos.

A los correveidiles del capital internacional, hoy empeñados en degradar a Europa en el hambre libremercantil y en el integrismo religioso o en la depravación sexual, no se les ha ocurrido denunciar la Constitución nacional irlandesa antes del resultado, sino sólo después, cuando tal resultado democrático en las urnas ha colisionado con algo mucho más importante que la democracia para esa gentuza: el beneficio capitalista representado por ese detestable Tratado. Porque la democracia, con tal de que se pueda manipular y falsear a favor del capital, es honorable y excusa propagandística, pero insoportable cuando no es un instrumento de imposición capitalista. Entonces, la democracia se convierte en un régimen político “sospechoso”, ni siquiera “el menos malo” de los habientes, siguiendo a Churchill, sino, directamente, un régimen “menos bueno” que la “libertad”, que entonces se eleva a valor supremo, por encima de la democracia, para estos déspotas. Es esta actitud ideológica desesperadamente cínica la que les lleva a contraponer en la balanza política imaginaria a su horda reclusa de casi 500 millones de siervos privados de voto, con el intento de persuadirse de que sus rehenes también cuentan frente al voto de ciudadanos con derecho y dueños de sí mismos: “¿Veis? Nuestros siervos valen mucho más que un miserable millón de ciudadanos con voluntad propia.” En coherencia con esta “lógica” de sátrapas medievales, un comentarista radiofónico de una cadena conservadora española comparaba a ese millón de ciudadanos irlandeses con un “piquete violento” de extremistas que obliga a la mayoría a secundar una huelga, no sin antes aclarar que, si se tuviera que votar “todo” por la ciudadanía, la situación sería imposible; o, en fin, que la democracia era portadora de estos “inconvenientes”... Mayorías y minorías no parecen ser conceptos definidos en la mente caótica del liberal, a pesar de que dependan de operaciones aritméticas básicas; como tampoco lo están el derecho y la participación soberana del pueblo. Los propagandistas e ideólogos liberales sufren de grandes dificultades para concebir el poder separado de su identidad, por lo que constituyen un riesgo de primera magnitud para la seguridad de las sociedades europeas.

La creciente tendencia de los agentes neoliberales no se detiene en la derecha neocón, sino que abunda entre la izquierda reformista liberal. En los medios de propaganda afines al PSOE se ha intentado desacreditar la democracia, con mayúsculas, a raíz del referéndum irlandés, aduciendo que se trata de un sistema político demasiado “complejo”, que siempre favorece a los contrarios al gobierno en ejercicio, que la ignorante ciudadanía, fácilmente manipulable y frívola, es incapaz de comprender cuestiones tan complicadas como un Tratado; que el referéndum, en realidad, es un método electivo que atrae un voto de castigo contra cualquier gobierno que, además, “sale gratis” a los electores que votan irresponsablemente enrareciendo la administración política ordenada; que la democracia tiene algo de “perverso”, y, finalmente, que la democracia posee una vertiente “demoníaca” –aunque estos mismos pánfilos izquierdo-neoliberales no se cansan de repetir como papagayos, de cotidiano, que la Constitución española del 78 está legitimada mayoritariamente por refrendo popular, o que la entrada de España en la OTAN se produjo mediante un referéndum que respaldó la propuesta del presidente González y el PSOE, a pesar de que estos últimos debieron emplearse a fondo, presionar y chantajear cuanto pudieron, para hacer cambiar de opinión a la ciudadanía adversa... Estos sandios ensalzan mucho la democracia y el refrendo cuando se trata de defender en público sus granjeos, poltronas y servilismo al partido que les llena las andorgas, al amo norteamericano, como replican sin cesar que los separatistas y terroristas vascos españoles deben encuadrarse nolens volens en el mandato de la Constitución, la cual, sin embargo, incorpora sin ambages la opción de referendo popular (Art. 91). El colmo del reaccionarismo vino de la parte de un comentarista de “Hora 25”, en la Cadena SER, al argumentar que los ciudadanos del este de Europa sí comprendían mejor que los irlandeses que debían acomodar su voluntad a quienes les habían incorporado en la UE y sufragado las subvenciones (es decir, someterse al soborno caciquil y a la clase despótica)... Esto es, entre otros muchos más disparates propios del despotismo oriental y de energúmenos cavernícolas, lo que han vomitado neocones e izquierdo-liberales sin tapujos e impunemente con ocasión de la victoria democrática del NO en Irlanda. El irracionalismo que se atribuye al pueblo, a la ciudadanía corriente y sin autoridad ni canonjía en los aparatos de dominación, y a toda iniciativa que tenga en cuenta los intereses colectivos de las sociedades civiles (que se pretende descalificar como “populismo”), se encuentra ya en los análisis de teóricos decimonónicos como Gustave Le Bon y su desprecio criminal por el “vulgo”, o también en el “radicalmente nuevo liberalismo, menos ingenuo y de más diestra beligerancia” contra las masas rebeldes, en Ortega (1947). Este presunto irracionalismo del pueblo llano es una de las bases filosóficas de las ideologías nazifascistas, y nada extraño por tanto, del neoliberalismo que propone el neoconservadurismo y toda su constelación de teóricos y agitadores abiertamente filonazis, los cuales se codean con los neoliberales de la izquierda en las grandes fundaciones y sociedades “discretas” que conspiran, ya casi sin rodeos, contra la democracia en Europa. Esta tendencia a vituperar el orden democrático y constitucional se ha acelerado en Europa, principalmente desde el año 2005, en que millones de holandeses y aún más de franceses, rechazaron el liberalismo como proyecto constitucional europeo en las urnas.

Hay soluciones preventivas a todo este turbio asunto del distanciamiento entre los derechos populares y los intereses de las oligarquías europeas. Los tribunales ordinarios de Europa debieran prevenirse y vigilar de oficio la difusión masiva de valores literalmente anticonstitucionales y de connotaciones asimilables a los fines que persigue el terrorismo. Si los tribunales de la UE y de los Estados miembros no se aplican en la persecución de esto que aparenta a todas luces una intriga a gran escala de una minoría “anti-sistema” en posesión de los medios de comunicación, no podrán evitar ni tendrán legitimidad alguna para impedir que los pueblos de Europa ejerzan ulteriormente su deber de defensa del orden constitucional, democrático, social y de derecho, legal y soberano, que está en los fundamentos de la convivencia y la paz civil. La judicatura española y todos los demás poderes públicos, tienen el deber constitucional de proteger, garantizar y tutelar las “libertades y derechos” de la ciudadanía, y estos derechos fundamentales están siendo puestos constantemente en duda y denigrados por los medios de comunicación, públicos, pero sobre todo privados, los más numerosos y omnipresentes. Ciertamente, la Constitución española vigente prevé que los medios de comunicación del Estado se orienten a la promoción de los valores constitucionales. En cuanto a los privados, se reconoce el derecho a la libre expresión con la condición de que respeten los derechos del Título I del texto constitucional. Sin embargo, la alarma no está motivada tanto por la libertad de expresión y los contenidos reaccionarios y la propaganda anti-democrática de los medios de comunicación en manos de los intrigantes neoliberales, como por el hecho de que estos medios están confederados con organizaciones políticas partidistas formales y elegibles que sí, en este caso, tienen la obligación inexcusable de afirmar su carácter democrático:

“Artículo 6. Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.”

Para qué partidos políticos trabajan estos mass media es más que diáfano, y las intenciones políticas que cabe colegir de esta relación no pueden causar más que inquietud. Las direcciones de los partidos políticos españoles mayoritarios debieran explicar y aclarar su correlación con el ideario y los planteamientos de esos medios de comunicación. Por lo que el nexo entre la propaganda dominante y los partidos políticos más importantes de este país debiera ser intervenido y someterse a control por las autoridades del Estado. Por si cupiese alguna duda del sometimiento debido a los contenidos de la Carta Magna por parte de los encargados de representar democráticamente la soberanía del pueblo, el artículo 8 de la Constitución española prevé que sean las Fuerzas Armadas las encargadas de defender el ordenamiento constitucional .

La mayoría de los votos contrarios al Tratado tienen una identidad categórica definida, según describe la gran mayoría de la prensa internacional. Quienes se han opuesto al Tratado son las clases asalariadas de la periferia de las grandes ciudades (en algún distrito popular de Dublín hasta casi el 70% ha votado contra el Tratado) y la población rural. Incluso entre la que se prometía “clase media” la propaganda gubernamental y neoliberal apenas ha hecho mella. Ni siquiera han podido pretextar que se trata de un país atrasado sin “clase media” responsable, cívica, educada y “moderna”. Ni siquiera su alabada “clase media” es ya, si es que esa extraña categoría lo fue, neoliberal. Esta relación de clases en el resultado habido es vital para erradicar cualquier duda que, en el estado actual de Irlanda, se pueda introducir para confundir a la opinión pública mayoritaria de los europeos. Por mucho que se señale el activismo de grupos anti-abortistas, ultracatólicos, nacionalistas, racistas, capitalistas, etc. en la campaña por el NO para desacreditar la necesidad de los asalariados europeos de votar contra el Tratado ultraliberal de Lisboa, la gran verdad, la verdad más relevante, es que los asalariados de Irlanda, las gentes más modestas, trabajadoras y desfavorecidas, son los artífices del NO. Esos grupos de ultraderecha que se incorporan en la propaganda para despistar, dividir y desmoralizar a la clase asalariada, no son más que elementos anecdóticos en la campaña y en la relación de fuerzas a la obra, por útiles que sus medios sean, provisionalmente, para los intereses exclusivos de la clase trabajadora. En esta lucha contra el neoliberalismo, el protagonista es el de siempre, el mismo que se ha batido desde el principio contra el capital: el proletariado. Y esto no ha hecho más que empezar.____[Portada.]


¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!