¡Proletarios de Europa y el mundo, uníos!
Resulta ser ya una cansina letanía la campaña de superfluo desdén de entre los medios españoles y europeos con el objeto de propalar infundios sobre el conjunto de la civilización árabe y musulmana. En esta ocasión, el tratamiento etnocentrista, estrambótico y malintencionado de la noticia no menos extravagante de un marroquí en Francia que ha mantenido en clausura a sus hijas y esposa durante 14 años en nombre del Islam según declaró el mismo perpetrador, sirve para estigmatizar y ensuciar de manera irracional y estúpida los sistemas de valores religiosos asociados a unos 1000 millones de seres humanos de todo el planeta. Porque la presentación del suceso que los medios de comunicación más progresistas y poderosos de España, el diario “El País” y la “Cadena SER”, han difundido sobre un hecho que por lo demás ha pasado casi inadvertido para los grandes medios de Francia y que sólo se ha subrayado en los medios más extremistas del racismo del país vecino, es intragable desde todas las perspectivas ideológicas y periodísticas por las que se asimile. Qué niveles de envilecimiento no habrán alcanzado los medios conservadores y racistas de la ultraderecha española si los medios del grupo “Prisa” han permitido un chovinismo vejatorio tan deleznable. Debemos sospechar que, los medios “informativos” y sobre todo propagandísticos que apoyan al Gobierno están lanzados en la carrera por hacer realidad el “patriotismo social” (social-nacionalismo, social-chovinismo, etc.) de ese “gran” teórico de la politología que es el Presidente del gobierno, y cuyo complemento de rigor, es de suponer, la “revolución racial”.
Es un concepto de periodismo el que nos presenta en esta ocasión el susodicho diario en el que el antisemitismo es crucial para comprender la atribución infame que se hace del marroquí y del islam como factores de machismo, totalitarismo, violencia arbitraria, cerrazón y embrutecimiento que apunta a un interés malsano por clasificar prejuiciosamente lo árabe y lo musulmán como alejados y contrarios a la educación, el derecho, la igualdad de oportunidades entre los sexos y la misma capacidad de civilización. El muy “civilizado” estado alemán descalificaba en sus tiempos más vergonzosos en esas mismas coordenadas a las sociedades compuestas por “subrazas”, en primer término los semitas. Hoy en día en Europa, el antisemitismo no está volcado en la etnia judía principalmente, como parece ser el deseo argumental de los yanquis cuando denuncian las críticas de las personas razonables y justas ante los abusos despóticos de los israelitas, muchos de los cuales tienen más que ver con la matriz étnica anglosajona que con la hebrea. En la Europa actual, el antisemitismo inconsciente está principalmente orientado a otros grupos étnicos igualmente pertenecientes a la civilización semita por origen o por alianza: los árabes (semitas, camitas y hamito-semitas). Así, junto con el imbecilismo ignorante en las grandes masas de población europea que se satisfacen en creer lo que sus líderes, intelectualillos ignorantes y aparatos de propagandas les comunican, pero sobre todo a causa de la intención perversa de los políticos, estrategas, burócratas e ideólogos que imponen su ley en el continente y en EEUU e Israel e incluso en algunos países árabes gobernados por sátrapas de las potencias extranjeras y por islamo-nazis, se piensa generalizadamente, con completa y vulgar necedad, que el término “semita” equivale a “judío”, y por tanto, que los únicos mártires semitas del famoso odio racial nazifascista son los hebreos. Esta promoción populista de décadas ha sido muy útil en la configuración pública de una imagen del judío como víctima inocente cuya conducta reivindicativa de justicia reparadora debía ser tolerada por el resto de los pueblos con grandes márgenes o dosis de transigencia, con mucho más que comprensión: la idea era conceder “carta blanca”. Esta carta blanca de paso era y es muy enjundiosa para los auténticos beneficiarios del imperialismo... Tan conveniente ha sido la difusión de esta concepción del judaísmo que ha servido muy eficientemente de obstáculo para que cualquier acto de exacción en manos de los judíos o sus defensores (los gobiernos de las potencias capitalistas y otros) fuese denunciado o condenado con arreglo a los valores usuales y aplicables a cualquier otro actor social. Quien osaba desvelar o indicar los errores y abusos de los israelitas y aliados fueron y son en la actualidad sobre todo por los EEUU, acusados de connivencias con los nazis, los cuales son antisemitas por antonomasia, y cuya actitud define el semitismo en negativo. El asunto es que los nazis germanos detestaban igualmente a los árabes , a los que consideraban el pueblo más antihigiénico además de degenerado, y si no se dedicaron a su exterminio fue sin duda por la reducida influencia demográfica, económica y político-simbólica en Alemania, aunque intentaron persuadir a los árabes musulmanes de la necesidad de contribuir a la supresión de los hebreos durante el marasmo de la II Gran Guerra. En estos días en los que los semitas de origen musulmán son los más numerosos e identificables, socialmente patentes y molestos, y explotables, se han convertido en el objeto preferente de los ataques del nazismo descarnado y del amalgamado en los poderes institucionales y la ideología dominante.
Cuando los israelitas han estado sojuzgando y explotando a los otros semitas , los palestinos, egipcios, jordanos o sirios, etc., árabes musulmanes, ismaelitas, drusos, cristianos o laicos en nombre del judaísmo y de la defensa contra el antisemitismo , comportándose como nazis con otros pueblos, convenía recordar que ellos correspondían en exclusiva al dechado ideal del grupo social débil, marginado, perseguido y amenazado multisecular y universalmente, una ocasión más por unos árabes en tanto que grupo mayoritario hostil en una región mítica y seminal en la que desde siempre habían existido comunidades hebreas. La aspiración ideal para el propagandista sionista y para las potencias imperialistas que respaldaban a Israel era, es, el consagrar en la opinión pública mundial la creencia de que la región del Medio Oriente ha sido el hogar natural, indisociable y multisecular de una civilización judía organizada en la que todas las demás innumerables tribus y etnias asentadas han sido anecdóticas, provisionales e impuestas. Por ello, si el semita ha estado entonando la jeremiada de víctima omnímoda, dramatizando sin tregua el sentido trascendente del sufrimiento de la injusticia racista, esta condición psicosocial adquirida con muchos esfuerzos propagandísticos no podía ser compartida por ningún otro pueblo distinto, puesto que mostraría automáticamente la relatividad situacional e histórica de la función de víctima o agresor y la posibilidad lógica de que tal rol de víctima fuese transmisible a otro grupo diferente del judío. Así por tanto, los israelitas (más que los judíos) y sus aliados han contribuido de manera racista y arbitraria a despojar a un grupo muy singular de la humanidad de su nombre y así, de parte importante de su identidad, y con ello, de su proyección en el mundo y del conocimiento de sus orígenes, legado y relaciones reales con otros grupos étnicos, de sus vínculos con formas específicas de civilización. La alineación forzosa de los demás semitas con los demás mortales ajenos al sufrimiento mártir de los judíos, e incluso situándolos entre los opresores, ha sido una operación ideológica infame. Lo cual finalmente se traduce en una disrupción desfavorable de la posición política y económica árabe en el mundo, que se opera a través de la corrupción de la imagen identitaria y a través de la propaganda sufragada por los grandes recursos políticos y económicos del capitalismo anglosajón y europeo interesado en partir la resistencia de los países con yacimientos de recursos que expropiar.
Cuando en estos días en Europa se observan enésimas aproximaciones despreciativas, muy poco respetuosas con los árabes como grupo de civilización, haciendo uso de una metonimia vergonzante como es el caso del titular del artículo, tropo por el que la parte se toma por el todo con insolencia, al marroquí por todos los árabes y por todo el islam, y se recurre al término de “cautivas”, que en el repertorio castellano sirve tanto para significar genéricamente el acto de mantener en prisión a mujeres como, más retóricamente, también el hecho de que el musulmán machista rapte a mujeres, así como que el pirata sarraceno ataque las costas de la península cristiana y tome prisioneros que luego ha de canjear por rescates, en épocas pasadas de la historia española, supone connotaciones correspondientes a un racismo cristiano-fascista tan típico de España, alusiones tan malintencionadas y torpes (la usual ignorancia brutal del fascismo) que, surgiendo en estos días estos esquemas actitudinales, es más que preciso comenzar a sospechar que Europa está dejando de ser el continente escarmentado por sus vicios monstruosos pasados, en correspondencia con la sentencia de Hegel de que lo único que la Historia nos enseña es que nadie aprende de ella. Y que hay que barruntar los prolegómenos de un nuevo antisemitismo aniquilatorio esta vez contra los árabes (primero) a los que convenientemente se les ha degradado ya absolutamente del “rango” de semitas o de cualquier conexión con la categoría de sinónima de víctimas, noción aviesamente acaparada por los israelitas, para convertirlos en culpables . (Aunque durante la eventual hecatombe los más ortodoxos racistas comenzarán sin duda, como tácitamente ya lo hacen en la actualidad, a culpabilizar a los mismos judíos como reos alternativos, puesto que el racismo inevitablemente incorpora el más absurdo estado mental paranoico.)
La actitud de quienes han deformado y manipulado los datos básicos del marroquí fanático raptor en Francia no han ahorrado oportunidades para concentrar sentido simbólico a sus complementos valorativos con los que han ribeteado la información. Al relatar el deseo de las hijas de ir al parque como primer acto tras su exclaustración por las autoridades, el locutor de la SER reafirmó por propia iniciativa y con sentida emoción ética y política el valor de la “libertad”, contrapuesto a la religión, como si se tratase de un rapto auténticamente motivado por un régimen o programa político de algún partido, gobierno, estado o tirano, cuando se trata del reflejo desquiciado de un desequilibrado mental con fijaciones delirantes en unos mandamientos religiosos inexistentes. Esta actitud propagandística hostil se puede comprender mejor si se piensa en los actos esperpénticos que ocurren en el seno de familias muy cristianas y europeas y que nadie en su sano juicio se atrevería por prudencia a vincular directa, formal y sistemáticamente a una actitud política o religiosa, y menos civilizacional o étnica por el hecho mismo de que son desviaciones extravagantes de la norma. Y sin embargo, muchas acciones aparentemente clasificadas por la actitud pública general de exageradas son acalladas en su aspecto identitario evitándose encontrar causación alguna de dimensión étnica, por motivos de etnocentrismo y de chovinismo puro, además de por razones políticas nacionalistas y racistas. Las causas sociales de gran alcance que generan comportamientos indeseados y anómalos van a ser difícilmente reconocidas como tales, o no se reconocerán (étnicamente) propias y determinantes para aquellos efectos por la mayoría, principalmente si estas causas equivalen a elementos valorados en la unidad grupal de pertenencia o referencia. Esto es, habrá dificultad para percibir sus contradicciones y contravalores asociados, y más para abordar sus secuelas si obtienen más ganancia que perjuicio de su existencia, y ese perjuicio se ceba en categorías más oprimidas. En las fórmulas (occidentales, pero también desde hace un par de décadas también orientales) de manipulación de la categorización entre grupos étnicos, factores que llevan en alguna de sus facetas a la perversión social de amplitud, como la religión, son explicados mediante la ciencia, mientras que factores que implican progreso y mejora de la situación social se explican mediante la religión (u otros sistemas éticos subjetivos). Pues las religiones, para la jerarquización intergrupal, son un modo primordialista de enajenar una cualidad étnica inexplicable e intransferible a los que se quiere presentar como irrecuperables y sometidos a la deficiencia insuperable.
Si los periodistas vulgares no se han fijado en la obviedad del comportamiento por el que las mujeres musulmanas inmigrantes están constantemente merodeando por los mercados callejeros y por los grandes complejos comerciales, solas o acompañadas, desmintiendo abrumadoramente el argumento machista del “marroquí raptor musulmán” de la noticia es porque atribuyen su presencia en el ámbito público a la benefactora influencia de Occidente en las costumbres de esas mujeres destinadas en sus países de origen a un encierro seguro, según la imaginería eurocentrista más ramplona. El antropólogo D. Hart (1999), describiendo las prácticas sociales de los marroquíes del norte de Marruecos indica que la falta de participación en la vida pública de la comunidad, descuidando la asistencia diaria al mercado, o las visitas a la familia y vecinos, es una actitud que provoca desconfianza y condena entre los naturales del país, a los que no gusta el aislamiento y separación individual de las personas. En el relato de la noticia del marroquí raptor también se explicita la tenacidad con que la madre alfabetizó a sus hijas con los pocos libros religiosos de que disponía, reseñando el tópico andrófobo respecto al hombre musulmán (e incluso occidental) embrutecido y adverso a la educación, mientras que se adscribe a la mujer al modelo de inteligente de por sí y de oprimida sexual por el Islam. Nunca se hará mención de detalles más difusos como el de la angustia del raptor en medio de su delirio que explicaba que ante la perspectiva de no poder educar a sus hijas en un medio social adecuado optó por encerrar a su familia, contra la postura lógica e inmensamente mayoritaria de los demás musulmanes en Occidente. Lo cual denota por otra parte el grave problema de la adaptación y el aislamiento de resultados patológicos entre los inmigrantes en Europa. Si la conducta delirante de un inmigrante enfermo (y su círculo, incluida probablemente la mujer y los servicios sociales) perturbado por el temor de la sociedad civil francesa incita a al rechazo de la opinión pública occidental, parece pasar desapercibido que sobre todo miembros de la clase social adinerada (incluida la musulmana residente en Occidente) impongan a sus hijos la estancia en internados educativos fuera del control cuidadoso de la sociedad civil y de las autoridades, llevándose con infinita discreción los sucesos aberrantes perpetrados sobre menores como es la pederastia y la coacción, que, por ejemplo, están bien identificados entre las escuelas católicas privadas, incluyendo los EEUU. Es obvio que los elitistas padres que envían a sus hijos a semejante infierno marginador de la sociedad civil general deberían ser públicamente amonestados en sus aspiraciones y motivos de igual manera que se hace con ese pobre diablo enfermo incapaz de sufragar el coste de un lujoso colegio musulmán interno en un país islámico.
A ningún locutor de medios españoles se le ha ocurrido hasta ahora, aunque en la intimidad de los ciudadanos de España se sepa y se comente la realidad con más tolerancia y verosimilitud, vejar y proyectar sobre la sociedad gallega el hecho de que sean frecuentes en sus zonas rurales el enclaustramiento de hijos con deficiencias mentales durante 20, 30 ó más años, por prejuicios y vergüenza de la familia y el mismo vecindario. En España no es de agrado para los mass media crímenes tan monstruosos y significativos del auge renovado con que la religión en sus formas más retrógradas y sociátricas toman cuerpo, a juzgar por la dificultad con que se registran y difunden; por el contrario, es difícil apercibirse por los medios de comunicación de hechos luctuosos para toda la sociedad española por muy silenciados que sean y terminan por abrirse camino para el escándalo y el sumo interés de las gentes más cívicas del país. Es el caso de sucesos hondamente marcados por la religión, cada vez más frecuentes, como el del crimen del Albaicín, en Granada en 1995. Un líder religioso violento y fanático de una localidad humilde junto a familiares no menos fanáticos decidieron que una joven de 36 años había sufrido la posesión del maligno, siendo ella misma presa de semejante fantasía; la fe cristiana le fue aplicada como curación mediante rituales fuertemente violentos por los que esta mujer fue literalmente destripada por su vagina, reventada a palizas e intoxicada; se combatió al diablo desde la perspectiva de la mortificación de la carne, algo tan manifiestamente patente en los evangelios , y que resulta así perfectamente atribuible como la causa filosófica y psicosocial de comportamientos tan coherentes con las enseñanzas de una religión que, como en esta eventualidad, determinan tan fuertemente las conductas de esos grupos de creyentes en algunas esferas sociales pertenecientes a la civilización española. Un crimen que a pesar de los años ya transcurridos desde su acontecer sigue estando presente insistentemente en la conciencia popular (reflejándose en las polémicas sobre la magia y la curandería, o sobre los casos famosos de delincuencia como un hecho anecdótico que sin embargo no es) como arquetipo de unas creencias oscurantistas y peligrosas que cada vez están más presentes en el sistema general de valores de la sociedad española, y que acaban resurgiendo como referente de las implicaciones de un tipo de concepción de la religión que como la católica , está promoviendo oficialmente la vuelta a sus raíces más idiosincráticas, a la doctrina más conservadora y a los rituales supersticiosos, giro actitudinal que se evidencia en la posición del Vaticano y su nuevo Papa ultraconservador en lo que respecta a los exorcismos. Y no obstante ningún medio ni locutor, ni entonces ni ahora, tuvo la ocurrencia de vincular estos sucesos de gran potencia representativa con fundamentos tan extendidos y relevantes del sistema social y del entramado étnico de la nación española, y ni mucho menos de la civilización occidental. Ningún crítico apareció en el ágora para exponer, analizar y advertir sobre aquello que permanece turbio pero latente en el inconsciente español; ningún audaz comunicador describió los contenidos de significado etnológico con la soltura y el escarnio malicioso con que se tratan los más banales actos patológicos de un individuo fanático que profesa el Islam a su manera. Así hubieran escandalizado sentencias y titulares del siguiente estilo: “Orgía de superstición cristiana en un sangriento exorcismo cometido por españoles.” Muy lejos de atacar a las raíces religiosas del crimen que están bien imbricadas en las estructuras sociales de la sociedad española se prefirió explicar el caso haciendo uso del dictamen forense de los móviles psíquicos aduciendo la prensa que se trataba de un caso de sadomasoquismo extremo... Es decir, se tomó la explicación racional para velar las motivaciones y vínculos del horrendo ritual pues estos factores soslayados eran compartidos por una comunidad mucho más amplia que no desea verse correlacionada a la luz pública con conductas que sin embargo están tan étnicamente emparentadas. No se trata sólo de motivos políticos que llevan a preservar el equilibrio de la imagen de instituciones como la religión católica y cristiana, sino motivos etnocéntricos por los que el valor del propio grupo y de las coordenadas de la identidad étnica sublimada no pueden verse ensombrecidos de manera alguna, a comenzar frente a los propios miembros ellos mismos sometidos a unas relaciones de dependencia de un estado o una clase social dominante por ejemplo, interesados en la preservación de una imagen honorable y funcional del grupo que controlan. Lejos de reconocer la degradación de algunas de las dimensiones del propio grupo social, se echa mano del discurso científico como compensador de los puntos frágiles del sistema social propio, además de cómo método para espantar con la fuerza de la racionalidad cualquier duda de que los sucesos sangrientos y vehementes conectados con el cristianismo no son usuales y no pueden ser representativos de cualesquiera fibras institucionales y étnicas del país. Por supuesto, se trata de una sola rama de la ciencia, aquella que da cuenta de comportamientos psíquicos (la psiquiatría, que por cierto algo menos desprestigiada que las ciencias sociales); no se trata de ninguna ciencia social que extraiga ponderaciones apropiadas a la naturaleza del grupo étnico implicado. No hay que redundar en que de tratarse de un crimen protagonizado por un musulmán no habría ningún tipo de instrumento moderador racional que hiciera uso de explicaciones científicas; en ese caso es la exclusivamente racional y sagaz metodología del análisis periodístico occidental de la ética y la civilización altérica lo que basta para dar cuenta de la perfidia ya preconcebida del islamita.
La detención reciente del general croata Ante Govina en Islas Canarias por la policía española buscado internacionalmente por crímenes de guerra y lesa humanidad sitúa la cuestión en otra amplitud, pues ya no se trata de la preservación de la honorabilidad del grupo nacional propio por los medios de comunicación, sino de la deferencia al grupo más global de civilización occidental cristiano. En la prensa no se utilizaron titulares vejatorios y sarcásticos sobre la religión y la nacionalidad del general católico presunto autor de torturas y matanzas de otros grupos étnicos (servios) como cuando el protagonista es el mahometano. A pesar de la gravedad de las acusaciones del TPI: homicidio, saqueo, destrucción, persecución, deportación y actos inhumanos. Da la casualidad de que el presunto matarife y torturador estuvo protegido por la Iglesia católica de dos formas: dándole cobijo secreto en un convento de Croacia, y, intercediendo diplomáticamente en su favor, y movilizando a la opinión pública católica a favor del probable sádico militar. Esto evidentemente no ha sido subrayado ni enfatizado de ninguna de las maneras por los medios internacionales poderosos de Europa, y mucho menos de España. Más bien fue relativamente difícil encontrar aclaraciones sobre las connivencias del Vaticano y los católicos croatas en posiciones muy secundarias del discurso periodístico, de estar recogidas. De nuevo aparece la atribución causal basada en la desviación extraordinaria y la rareza anecdótica desvinculada de la esfera de civilización; al contrario, la ubicación étnica se evita y la contextualización y circunstancialización se racionalizan lejos de los fundamentos religiosos cristianos que definen la poderosa esfera civilizacional cristiana occidental; al mismo tiempo, e irónicamente, se achacan las razones al nacionalismo ultramontano del acusado y de los actores del conflicto en los Balcanes, con lo que además se tiende a correlacionar indirectamente los crímenes del general con motivos “laicos” o no imprescindiblemente religiosos (nacionalismo, poder, guerra). Es irónico porque este tratamiento informativo que deja fuera del inventario de los datos los motivos de la Iglesia católica y del cristianismo en la actuación bélica y represiva del general es también un acto de nacionalismo al servicio de la nación propia como partícipe destacada en la civilización que dicen tan impregnada de doctrina cristiana . No se tuvo oportunidad entonces de escuchar juicios de valor en la difusión de la noticia de la captura del verdugo croata que no estuviesen relacionados con la eficacia de la policía española y el celo del gobierno español en el cumplimiento de sus compromisos con el TPI y los derechos humanos. Este humilde observador no ha podido encontrar sarcásticos, severos o prominentes proposiciones en los medios de comunicación que dieran cuenta del apresamiento del “sádico exterminador católico” o del “torturador en nombre de la cristiandad vaticana” con supletoria aportación etnográfica. No cabe duda que de ser mahometano el general, sí se hubiese podido beneficiar el público de la revelación de los vínculos ideológicos y religiosos de un grupo étnico que se categoriza como repudiable de entrada por el racismo imperante.
Esta reflexión se puede extender a otros ámbitos distintos de la religión. Es igualmente llamativo cómo la percepción y atribución causal son extraordinariamente selectivas en casos en los que no hay un trasfondo religioso, sino ocultista: el “crimen del roll ”. O de carácter absolutamente disociado de creencias trascendentes, esto es, desviaciones ordinarias: el “crimen de la baraja”; o, proto-fascistas en el reciente asesinato por incineración de una indigente a manos de tres desalmados adolescentes en Barcelona. Ningún suceso de esta modalidad, a pesar de las connotaciones y extensiones importantísimas que tienen en la definición de los problemas de la sociedad nacional española regular , la más significativa y determinante para la configuración de los fundamentos del grupo étnico y de su proyección identitaria y axiológica, siquiera es apuntado como consecuencia última de una realidad más cotidiana y próxima a todos los miembros; mucho menos se toma esta realidad circunstante como continuamente generadora de esas y muchas otras frecuentes anomias, y contrariamente con empeño igual se intentan relegar como extrañezas ajenas a la cuasi- perfección de las relaciones “normales” de la unidad social de pertenencia. Esta negación de lo indeseable en la conciencia imaginaria de la representación del grupo de pertenencia es tanto un arma de ataque y opresión sobre terceros grupos étnicos para su explotación, como la manera de deslabazar a los sectores sociales internos que presionan para redimirse de la iniquidad y el desequilibrio del sistema que comparten y sufren.____ [Portada.]
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