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Publicación electrónica para la integración y defensa de la Unión Europea, promoción de la antropología materialista y el comunismo en Europa y el mundo. |
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UNION SOVIETICA EUROPEA |
(U. S. E) |
Actualizado: 09.05.2008· Año VI | |
| 2 DE MAYO DE 1808 |
Contra la Libertad: "¡Vivan las caenas!" |
Los héroes del 2 mayo de 1808 habían tomado conciencia de su poder. Un Imperio decadente manejado por fracasados aristócratas, curas y militares, por un régimen feudal absolutista con derivas librecambistas, era ya incapaz de impedir las exacciones y el saqueo de sus tesoros, recursos naturales, ganadería y poca industria por una potencia extranjera que pretextaba devolver a los españoles el esplendor perdido mediante la modernización. Cuando acaece el Motín de Aranjuez, en marzo anterior, inducido por el Príncipe de Asturias para hacerse con la corona de su padre Carlos IV, el ministro déspota Godoy es odiado por el pueblo; desde finales del siglo XVIII se ha dedicado a liberalizar: comercio y precios de las manufacturas y alimentos, reducir los monopolios gremiales, dictar leyes agrarias, suprimir algunos impuestos y, por mucho que ilustrados de la talla de Jovellanos integrasen su Gobierno, dichas reformas liberales no hicieron más que lesionar a la inmensa mayoría de la población. Después, el temor a más desamortizaciones (que afectaban al clero, pero aún más desfavorablemente a los campesinos modestos), y la penuria provocada por la derrota de la flota franco-española en Trafalgar (1805), condujeron a que las muchedumbres apoyaran el Motín en el que Fernando VII, su muñidor, salía beneficiado... Cuando el 2 de mayo las clases altas están del lado del opresor y expoliador francés, convertidos en bloque al despotismo ilustrado, los españoles que deben trabajar para sobrevivir ya están de sobra persuadidos de que el pretexto de la libertad que proclaman los propagandistas del nuevo orden impuesto es el enemigo, aquello que les va a arruinar y arrimar a la esclavitud. Como ocurrió décadas antes en el Motín de Esquilache de Madrid (1766), que se extiende a otras capitales, provocado por las reformas liberalizadoras de Carlos III, o el libremercantilismo que implica directamente la especulación con los recursos alimentarios y la hambruna, el pueblo llano que se subleva nuevamente ha optado por el proteccionismo y los pocos fueros y derechos tradicionales conquistados mediante innumerables luchas y reequilibrios de poder a lo largo de siglos en el Antiguo Régimen; influencia política popular que les permite sancionar a los mismísimos reyes como protectores patriarcales de las mayorías, y paliar así el parasitismo de la nobleza y agiotistas. Estos fueros están en peligro constante desde las reformas de finales del XVIII y el lento ascenso de las clases e ideologías liberales burguesas que impregnan a los aristócratas deseosos de hacer negocios según las nuevas pautas capitalistas, a costa de sus súbditos. Si en 1808 el liberalismo opresor va de la mano de la violencia de los ejércitos imperiales franceses, en 1766 está asociado a las elites italianas sustentadas militarmente por la Guardia Valona. Mucho antes, en 1520, la próspera industria castellana también fue aplastada por una corte extranjera usurpadora, la de Carlos V, impulsada por la competencia capitalista flamenca. Si los comuneros castellanos constituyen un gran ejemplo de burguesía revolucionaria y de conciencia soberana de ciudadanos, no es menos cierto que sus aspiraciones liberales fueron más moderadas y respetuosas de los derechos de las clases asalariadas y el campesinado, y éstos últimos enormemente influyentes en lo que cabe afirmar como un auténtico movimiento democrático. Lo que no ocurre con las políticas liberales, mediando despotismo ilustrado o sufragio censitario constitucional, que se pretenden imponer a sangre y fuego entre el XVIII y el XIX por las clases dominantes y los invasores imperialistas napoleónicos. La Guerra de la Independencia es un despropósito planeado, una confusión total, comenzando por la negación de su carácter de Revolución social hasta hoy. Pero lo primero que se difumina en el relato del periodo 1808-1814 es el carácter revolucionario de la Guerra de Independencia. Si bien se reconoce sin dudar el heroísmo de las gentes humildes de España y su función en la derrota de la invasión, hay un rechazo frontal a reconocer que la gran masa de ignorantes y atrasados españoles de estrato social llano se rebeló en pos de sus intereses propios y no vicarios. El pueblo español sublevado se describe como asaz inconsciente, iletrado y excluido del tablero político del país. En coherencia con el paradigma dominante aún hoy, se describe a dicho pueblo como una fuerza al servicio de las elites. Este desprecio distorsionador tiene por finalidad centrar la atención en los aspectos que interesan, dos siglos después, a las clases dominantes actuales: los que componen la polémica entre conservadurismo y neoliberalismo, entre derechismo e izquierdismo. Pero el pueblo español que irrumpe en la política de 1808 no estuvo esencialmente supeditado ni a los entonces llamados por los liberales "serviles" absolutistas, ni a los liberales. Los absolutistas, desde antes de la invasión napoleónica, ya estaban involucrados en la imposición de reformas librecambistas en detrimento de la población trabajadora, asalariada, campesina o artesana, y son los que se unirán con devoción a Napoleón incluso para la masacre de su propio pueblo al que usufructúan. El mismo Fernando VII "el deseado" es un felón adulador de Napoleón que devuelve la corona a su padre para que éste se la traspase al José I, el hermano del emperador francés. La alta nobleza, sus militares y clero, conspira como esbirro del invasor contra el pueblo español de manera escandalosa. Por otro lado, los que hoy aparecen como héroes del progreso, los liberales, los que organizan las cortes de Cádiz y aprueban la Constitución de 1812 que sitúa en el pueblo (en “esencia” o de “raíz”) la soberanía, son también los que firmarán el Manifiesto de los persas, los que reconocen la función ejecutiva y legislativa de la monarquía, o los que jalean el confesionalismo para exaltar el nacionalismo anti-francés, también para bloquear el jacobinismo revolucionario en España y auspiciar la sumisión del “populacho” a las clases dominantes. Porque, entre los signatarios de esa Constitución liberal predominan el clero (un tercio), la aristocracia, altos oficiales y muchos menos burgueses o profesionales. Esa Constitución, que reserva la “libertad” y el Gobierno para los pudientes con el sufragio censitario, no representa a la mayoría del pueblo que aporta la sangre, el trabajo y el esfuerzo para sacudirse a sus explotadores. Sin embargo, los comentaristas y muchos “historiadores” sólo nos hablan y nos marean con las anécdotas y tribulaciones de las figuras individuales representativas de esos dos grupos aparentemente irreconciliables, elevados a protagonistas exclusivos de los seis años los cuales fueron los más democráticos del siglo XIX y en los que el poder traspasado alevosamente, pero legalmente, a la monarquía francesa por los Borbones (no hubo “vacío de poder” por tanto), se va a contestar por la formación de las Juntas de Defensa en los niveles sociales más populares y en el conjunto del territorio nacional. De la Junta Central sale la idea de las Cortes de Cádiz y el diseño constitucional de los liberales, ciertamente, pero también es cierto que, cuando Fernando VII vuelve a Madrid en calidad de máxima autoridad, el rey es aclamado popularmente como soberano y, los liberales son, en poco tiempo, marginados y, bajo la reposición del absolutismo, perseguidos sin que el mismo pueblo que se ha batido contra los poderosos franceses lo impida... ¿Cómo es posible? Durante la Guerra e Independencia y Revolución tiene lugar una lucha intestina entre la resistencia, que no es otra cosa que una tensión entre los intereses del pueblo llano y la burguesía que pretende monopolizar y convertir el movimiento en su Revolución liberal. Esta rivalidad interna en la resistencia al absolutismo imperial francés y a la aristocracia traidora es solventada con la restauración absolutista de Fernando VII. Independientemente de que el rey felón fuera un ser abominable personal y políticamente, un verdadero pérfido obscurantista que obró contra los que se desangraban en el campo de batalla en su nombre, para el pueblo que no era burgués ni aristócrata afrancesado, su institución significaba un tope a las ambiciones sin límite de estas clases explotadoras, un seguro supremo para controlar a las oligarquías, caciques y potentados, lo que se refleja bien en la obra del genio del Siglo de Oro, Lope de Vega, Fuenteovejuna. Ignacio Merino explicó elocuentemente, hace una década, la bien definida noción popular del soberano monarca que se encuentra en esa obra y otras del príncipe de las letras españolas: "Fuenteovejuna es el grito milenario de la España democrática, solidaria y justiciera, un drama coral de dramatismo creciente en el que bajo el grito de "abajo los tiranos", el pueblo se venga de su opresor. Pero si en la venganza justiciera fue uno, también lo es en la culpa y más tarde en la redención. Ahí está su grandeza y heroísmo. Lope empleó también esta estructura argumental en El mejor alcalde, el Rey y Peribañez y el Comendador de Ocaña. El conflicto del poderoso que abusa de un villano o una colectividad tiene que resolverlo el Rey, como garante del derecho común, bien aplicando la justicia de forma igualitaria o aprobando la que que el pueblo ya ha ejercido. Para Lope, el castigo del privilegiado representa la unión entre la monarquía y el pueblo; la actitud colectiva de los oprimidos, una prueba de su autenticidad." Los españoles "rasos", los villanos, los rústicos, concebían al soberano como una proyección del orden familiar patriarcal protector, pero, también, como algo análogo a lo que hoy en día significaría la figura de un presidente, jefe de estado o un tribuno de la plebe por encima de las fracciones sociales, esto es, bastante menos comprometido con el mantenimiento de los privilegios de la nobleza de lo que pareciera o se quiere hacer creer, al menos en la psicología social de los súbditos y en España. Fernando VII fue un defraudador, un traidor sin honor; pero los liberales y los comentaristas actuales nunca refieren al público en general que una de sus traiciones, cometida en relación al Tratado de Valençay, que firmó estipulando que no habría represalias contra los españoles que se plegaron al hermano de Napoleón, consistió precisamente en castigar severamente, expropiar y desterrar a esos colaboracionistas y afrancesados en general, aunque pertenecieran, básicamente, a la aristocracia y al alto clero, o al funcionariado más eficiente y necesario para la Corte, es decir, que castigó al estamento que se consideraba intocable y definitorio en el Antiguo Régimen. Sistemáticamente la historiografía y el análisis más superficiales y difundidos se resisten a tomar en consideración los intereses antiliberales y anti-aristocráticos del campesinado, artesanos y empleados manufactureros, la gran mayoría del país. Las versiones difundidas por la propaganda contemporánea, como se ha dicho, sólo reservan protagonismo a la contendencia absolutistas-liberales... Una vez que la administración francesa desaparece, los motivos de alianza de las facciones más poderosas también, y estallan las contradicciones. Estas contradicciones entre los poderosos se convierten en un manto que cubre la realidad social del país y que relega a la marginación los intereses, conductas y actitudes del verdadero protagonista de la historia, la masa productora de España. Pero son unas contradicciones más aparentes y enfatizadas por la neurosis pro-liberal del siglo XX que por la realidad. Las rivalidades en la cúpula de poder, estamentos y oligarquías, no encubren más que una guerra de sometimiento contra los estratos bajos o productivos de la sociedad, sobre la cual la monarquía populista de Fernando VII, encuentra la oportunidad para consolidar su legitimidad y poder, frente a una nobleza con veleidades librecambistas que pretende imponer las nuevas formas de despojo mediante el llamado "despotismo ilustrado", o mediante un orden abiertamente liberal. No es difícil entrever que, al fin, monarquía absoluta -que se evidencia así como populista, y no popular- y nobleza despótica afrancesada, así como liberales, básicamente (salvo, de nuevo oportunista y relativamente, el movimiento carlista) convergen en las reformas liberales opresivas contra el pueblo mayoritario. Las aspiraciones liberales no fueron populares por la sencilla razón de que tanto las desamortizaciones como la “libertad de trabajo” penalizaban, tras la verborrea grandilocuente de la teoría, a la fuerza de trabajo española, no sólo al clero, dentro del cual, por cierto, se perjudicaba al bajo clero. Los quebrantos para el “vulgo” que con tanto desprecio y altivez pretenden imponer los liberales “para su bien”, se detienen provisionalmente con la restauración fernandina y, en el sexenio absolutista. Los liberales vuelven a la carga en 1820, imponiendo las desamortizaciones de Madoz y Mendizábal, auténticas expropiaciones de los estratos humildes del país. Con ellas, los mismos aristócratas y terratenientes que se pretendía conducir a la productividad, se hacían con los lotes de tierras subastados según la filosofía más mercantil, dejando marginados a los labradores modestos; en realidad se trató de una renegociación de los contratos de arriendo en perjuicio de los pobres y según la coacción del libre mercado, apoyado en el monopolio de la violencia por parte del Estado. No es de extrañar que tanto Riego como los demás iniciadores de la interminable serie de pronunciamientos, no solieran disfrutar del apoyo popular, salvo de los fuertes sectores burgueses de ciudades como Cádiz. Mientras que el golpe de estado absolutista de Fernando VII se hacía en un ambiente que le llevó a ser denominado con el apodo de “El Deseado”, el pronunciamiento de los liberales de Riego sólo triunfó con el apoyo de otros militares de extracción burguesa y en medio de la pasividad de una población llana que, aunque desafecta al liberalismo, sufría la fuerte carga impositiva del absolutismo sin contrapesos. La nobleza, por su parte, lejos de apoyar plenamente a Fernando, y a pesar de estar exenta de impuestos, no asumía su marginación del poder por parte del autócrata y su círculo. Una vez implantado el gobierno de los liberales, tampoco acometió reformas que significasen prosperidad alguna para la base de la población, limitándose a las reformas que más beneficiaban a la clase burguesa, y es de subrayar que, significativamente, rebrotan las partidas guerrilleras absolutistas que fueron el germen del carlismo... Quizá los liberales "exaltados", particularmente los aglutinados alrededor de la “Confederación de caballeros comuneros”, más próximos a la ideología jacobina y que constituyeron un continuo padecimiento para el Gobierno, hubieran podido llevar a cabo reformas que incorporasen compensaciones más populares, embarcando subsiguientemente en el proyecto de nuevo régimen a los sectores más desfavorecidos de España, con lo que hubieran asegurado su plan de renovación o revolución a la francesa, pero indudablemente, a costa de los intereses de la burguesía en general y, en especial, de la burguesía oligárquica y confundida con la aristocracia, es decir, a costa del liberalismo, y por supuesto, de la nobleza. Intereses burgueses y, en parte de la nobleza incorporada a los negocios, los cuales permanecieron intocables por el liberalismo español dominante, un liberalismo auténtico por burgués, pero demasiado autista y cicatero como para limitar sus ganancias e invertirlas en urdir una estrategia que arrastrase a las mayorías trabajadoras, como sí ocurrió en la Revolución francesa. Este reaccionarismo ultraliberal de la burguesía española, y no la “chusma atrasada” a la que se quería sacrificar en el altar librecambista por nada, conduce al rápido fin del Trienio liberal; pues, cuando el duque de Angulema penetra en el territorio español al frente de las tropas francesas enviadas por la Santa Alianza para reestablecer el absolutismo de Fernando VII, no se vuelve a repetir de ninguna manera el levantamiento de 1808 y los liberales rinden el poder sin apenas posibilidad de resistencia. A los Cien mil hijos de San Luis, que no entraron saqueando como las tropas de Napoleón que decían traer la libertad y el progreso, hasta se les unieron combatientes españoles de extracción popular, lo diametralmente opuesto de lo que ocurrió en la década precedente. De nuevo, los liberales no habían sido capaces de recabar el apoyo de la población perjudicada por el liberalismo, sin ninguna expectativa “socializante” que justificase su adhesión. Los curas sí contaban con una obra social, sin ir más lejos. Pero el liberalismo español no sólo contribuyó a expandir a los cuatro vientos el integrismo católico y el confesionalismo exclusivo católico que perpetúa en su Constitución de 1812 con la excusa alevosa de adaptar la supuesta revolución liberal al temperamento de los pueblos latinos, y como arma ideológica nacionalista contra el invasor, sino que además pretendió que la religión cumpliera también su función de obnubilación de la inteligencia y entrenamiento para la obediencia de los oprimidos y explotados por los poderosos, que los liberales burgueses pretendían reemplazar conservando al máximo las prerrogativas. Fueron los liberales, en su inmensa avaricia o afán de lucro, los culpables del estancamiento cultural y científico en el siglo XIX, los que empujaron a las clases más populares a manos del paternalismo retrógrado absolutista; al igual que los neoliberales integristas y “neocón” se benefician del antisocialismo de la izquierda liberal burguesa contemporánea. Si los burgueses de hoy interpretan la historia de la España del XIX sobre el dilema exclusivo de absolutistas y liberales, es posible, por el contrario, mostrar que absolutistas y liberales no están tan alejados en intereses y objetivos, y que acaban convergiendo en el medio y largo plazo. No sólo se trata de que con Carlos III, Carlos IV y Godoy, la monarquía y parte de la nobleza con ansias de entrar en el lucro libremercantil emprenden políticas forzosas liberalizadoras según los patrones filosóficos del despotismo ilustrado, para perjuicio de una población exprimida. Es que también el que se tiene por mismísimo epítome del absolutismo y del Antiguo Régimen, Fernando VIII, termina por aplicar las reformas liberales en contra las cuales ha derivado legitimidad popular. No se trata sólo de que respete algunas reformas del Trienio liberal, como la abolición de la Inquisición, o que desde 1926 siga una línea moderada pro-liberal sino que, en el último tercio de la Década Ominosa, las políticas liberales ya se están aplicando como norma directora, una auténtica transición al liberalismo que culmina con la heredera al trono, Isabel II, si bien, sin las garantías constitucionales y los derechos (llamados “libertades”, por ejemplo de expresión e individuales) que, de haber existido, se hubieran vuelto contra la autoridad que imponía esas reformas liberales. Aunque ese giro al moderantismo liberal y después al liberalismo son los causantes del malestar social que conduce inequívocamente a la insurrección carlista, Fernando VII, un oportunista sin escrúpulos, prefiere abandonar paulatinamente al sector tradicionalista o absolutista y, vinculado o no a este absolutismo, a la inmensa mayoría de españoles antiliberales que le apoyaron, para aliarse a las oligarquías nobles comerciales y burguesas españolas, singularmente cuando, en 1830 se produce una revolución que derroca a Carlos X de Francia y ya no puede contar con su respaldo militar y político. Efectivamente, los liberales de hoy prefieren explayarse eufóricos en las maldades de un Fernando VII cuyas felonías perjudican a las capas más populares que se rebelan en 1808 contra la invasión napoleónica y el liberalismo impuesto porque, en esa guerra contra los invasores, los liberales son capaces de abrir un espacio político-ideológico afín a su particular causa, con su Constitución de 1812, en una ciudad eminentemente burguesa como es Cádiz, y como contrapartida a su participación en la guerra contra el orden impuesto por las armas en el resto de la nación. Aunque España diste mucho de ser esa Constitución, como se demuestra en 1814. El liberalismo actual desatiende la felonía de ese mismo monarca hacia sus súbditos cuando se pasa al liberalismo y deja una rémora lamentable de guerras carlistas hasta mediados del siglo XX. El resultado de un liberalismo que sólo se ocupó de velar por sus caudales y marginar al pueblo español del progreso de lo que hubiera debido ser una revolución industrial y democrática, centralista, igualitarista y solidaria... una burguesía mezquina que abandonó a las masas humildes a las garras de la carcunda feudal. La colusión de intereses entre absolutismo monárquico y liberalismo burgués es la mejor prueba de que los valores ideológicos del liberalismo son un fraude impuesto mediante coerción antidemocrática. La libertad absoluta y substantiva no existe. Si la libertad absoluta fuera un hecho real, podría ser auspiciada o combatida. Pero no se puede combatir una cosa inexistente. Sólo es posible refutar una idea falsa, la que erige la “libertad” como principio supremo y sagrado de la ética y la condición humana en su más alto grado de expresión. Apenas nadie osa levantar la voz ni la crítica contra esta infame y enervante falsa ideología del principio rector de la libertad absoluta que la propaganda ideológica más insistente y opresora del siglo XXI inocula e infiltra en toda reflexión acerca de la política, la economía, la moral, la ciencia, o cualquier aspecto del pensamiento o la realidad del ser humano. Sin embargo, no hay más libertad, como principio absoluto, que la muerte. El concepto de libertad es incluso anodino, puramente instrumental, si se limita al uso corriente relativo que de él se suele hacer desde tiempo inmemorial. La libertad, como concepto relativo tampoco resiste una crítica elemental, ni siquiera es un concepto elaborado y enjundioso, o con profundidad semántica, sino una simple noción figurativa que, por su abstracción abusiva permite las mayores piruetas del ingenio, los más excéntricos silogismos, que no encierran más que inanidades del pensamiento especulativo connatural a cada ser humano. Un sujeto encadenado contra su voluntad rompe sus cadenas y, se dice lógica y automáticamente, sin más reflexión, que pasa al estado “libre”. Esto sólo es válido si la expresión representa una circunstancia convencional sencilla, parcial y bien contextualizada. Pero la extravagancia proviene de que los liberales aspiran a elevar esta noción elemental al sentido absoluto, al centro de la naturaleza. Puesto que, por lo común, en la vida corriente de los seres humanos, nadie se preocupa por ahondar más en esta idea, porque es suficiente para explicar el hecho por el que una relación involuntaria ha quedado rota o no ha lugar, no es preciso analizar ni extenderse en explicar que, en realidad, el sujeto o entidad que se “libera”, inmediatamente queda sometido a otras relaciones emergentes o que ya estaban actuando para reducir al mismo sujeto al peso de otras fuerzas. En la política, la voluntad queda desligada de una relación obligatoria, y se transforma en aquéllo que se describe sin más como la “liberación” aludida, porque no interesa o no viene al caso, o pasa desapercibido, o está fuera del alcance de la estructura cognitiva de las personas, el hecho de que, quien se “libera” o rompe un vínculo, pasa inmediatamente a depender de otro extremo o condición, o ya lo venía siendo antes, como se ha repetido. La voluntad y el convencimiento son, para el liberal, lo que califica de “libre” un acto o condición grupal o individual; y la voluntad y el convencimiento no tienen más justificación o causa que el “libre albredrío”; como máximo, son el producto del azar, o incluso del caos del que nace hasta la más refinada expresión de racionalidad “libre”. Es por ello, por tal superficialidad o reducción al absurdo causal último, que el liberalismo es incapaz de reconocer que el “libre albedrío” y el consentimiento político mismo, no son “libres” en último término, y que eso que denominan pomposamente “libertad”, esto es, la voluntad, la autodeterminación de la persona, puede ser la consecuencia de una extrema subordinación. Su sofisma es una traslación del lenguaje vulgar que describe relaciones parciales, utilitarias y relativas, superfluas, para problemas simples. Los materialistas y los deterministas suponemos, por el contrario, que toda voluntad, por consentida, consciente y potestativa que sea, es la resultante de la supeditación a otras causas que, cuando son desconocidas o infinitas, se llaman azar. Los liberales, al fin y al cabo, son igual de serviles que los absolutistas del Antiguo Régimen: tanto unos como otros reniegan el discernir las fuerzas que operan en la determinación de la voluntad y la emancipación. Unos, los liberales radicales y más agnósticos, le llaman espontaneidad o libre entendimiento o resultado del caos, a eso que reducen, despreocupados, a un enigma del destino y de la misteriosa naturaleza humana; mientras que los absolutistas solventan la cuestión delegando en “dios hacedor”. Los materialistas, sin embargo, somos ateos, negamos la divinidad. El esclavo que rompe sus cadenas por voluntad, debe “someterse”, o si se prefiere, establecer o validar un nuevo o previo vínculo, pulsión o contraprestación, para sí o para otros. Por ejemplo, con el amo o “libertador” que le libera por el motivo que compele inevitablemente a esa “liberación”; o por ejemplo, cuando se impone un nuevo compromiso en forma de solidaridad de grupo, a veces mucho más exigente y grave que el simple sometimiento servil involuntario: piénsese en los esclavos que se rebelaron bajo el liderazgo de Espartaco en la Antigua Roma, y que lejos de pasar de luchar en el circo como gladiadores a una plácida existencia incruenta, sólo se vieron sometidos a una interminable y violentísima guerra civil que liquidó sus vidas. Estos insignes revolucionarios se “liberaron” de su esclavitud, en lenguaje ordinario y comprensible, pero si se reflexiona un poco más y se atiende a otras relaciones de fuerza, sólo pudieron hacerlo porque pasaron a depender de otro orden, a otro “sometimiento”, por preferible que fuera y que, en lenguaje llano y simple, se describe como situación de “libertad”. Aunque por ser preferible y deseado es aún menos prescindible y, por tanto, menos “libre”: aquel legitimado por la solidaridad y la justicia, la transformación del ser humillado en partícipe y digno. Lejos de optar por la disolución del grupo rebelde, por la dispersión individual, los revolucionarios constituyeron un nuevo compromiso inquebrantable entre sí, que además fue admitiendo a nuevos conjurados en el nuevo orden. Un compromiso del que no se liberarían más que con la muerte. Lo mismo cabe decir de los absolutistas (en su gran mayoría) encabezados por el general Palafox en los famosos sitios de Zaragoza. En su resistencia vehemente contra los sitiadores franceses quedaron unos cuantos miles de combatientes malparados, que sólo se rindieron cuando Palafox cayó enfermo y su lugarteniente comprendió que era un suicidio continuar. Sin embargo, Palafox no estuvo de acuerdo con la rendición, y muchos de los sitiados pretendieron continuar la resistencia hasta el último suspiro, incluso asaltando el pequeño arsenal que aún quedaba. Una vez rendidas las armas, los prisioneros se negaron a jurar fidelidad a José I... Los franceses no pudieron más que concluir que eran unos fanáticos irrecuperables y les enviaron a un crudo internamiento en Francia, donde murieron la mayoría. ¿Lucharon por la “libertad”? Eran anti-liberales, su lealtad estaba por el Antiguo régimen. El liberal podrá alegar que el absolutismo les hacía libres, mediando el consentimiento, “a su manera”; pero el compromiso ciego y su entrega total apuntan a que estos combatientes estaban enteramente subordinados a unos valores y expectativas de las que les era imposible escapar . Y esto no es precisamente “libertad”. Preferir la muerte, la privación y el suplicio inefable antes que cualquier alternativa a sus valores y expectativas no expresa más que la naturaleza intensamente subordinada (y sublime) de la condición humana de esos resistentes, como en otras gestas el liberal heroico se subordina a su idea histórica y situacional de “libertad”. Véase que, mientras la liberal presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, afirma que “el tiempo de las lealtades absolutas ha pasado” (en referencia al liderazgo de Rajoy en el Partido Popular), en contraste, es famosa la respuesta que le da el héroe guerrillero también liberal, Juan Martín Díez El Empecinado, al enviado de Fernando VII, cuando éste le intenta sobornar para que se una a su régimen absolutista: “ Diga usted al rey que si no quería la constitución, que no la hubiera jurado; que el Empecinado la juró y jamás cometerá la infamia de faltar a sus juramentos.” La libertad relativa indefectiblemente está ligada al sometimiento a un cálculo de preferencia, a la propia voluntad y psicología personal y social, a los determinantes del entorno y a las necesidades, y cuando se da un acto de liberación, un factor de sometimiento aún mayor está a la obra. Y cuanto mayor es el brillo de la liberación, aún más lo es la amenaza o influencia del sometimiento que azuza y obliga al acto de lo que se llama “libertad”. La libertad es la verdadera sumisión: cerca de todo fenómeno o idea descrito como libertad se yergue el horror de la servidumbre y la opresión. En una sociedad en la que no existe la necesidad de libertad, no puede haber aflicción causada por opresión o coacción. Una sociedad o condición personal de la que se ha desterrado el horror de la servidumbre y el sometimiento, no conocerán la angustia y las penalidades, las contradicciones destructoras que genera la libertad. Un mundo que no piensa más que en la libertad, es un mundo hundido en la depravación de la servidumbre más brutal y asfixiante. Este parece ser el mundo de los liberales de hoy en día, a tenor de su obsesa propaganda focalizada en la idea de “libertad”; y seguramente, como consecuencia de sus despreciables vidas de siervos. El gobierno municipal conservador del Partido Popular (los más próximos herederos del absolutismo decimonónico) del Móstoles del año 2008, ha escogido la divisa “pasión por la libertad” para la celebración del bicentenario del levantamiento del 2 de mayo de 1808. Si la libertad implica lo bueno y lo malo, el mayor mérito como las más grandes aberraciones y crímenes sin refreno, incluso la disolución de las estructuras psíquicas y sociales que más definen la condición del ser humano, ¿por qué la ideología liberal se empeña en incidir en esa noción, también en la supuesta celebración de una efeméride que se considera gloriosa? La causa de ello es parecida, una simple extensión, a la que condujo a las clases dominantes del siglo XVIII y XIX a imponer la liberalización mercantil, industrial, moral y política primero bajo el despotismo “ilustrado” (aunque el adjetivo “ilustrado” haya sido excesivo para definir la ideología de las clases dominantes españolas, principalmente de las actuales) y, desde 1808, con la fuerza de las bayonetas en los pronunciamientos, bajo el liberalismo. Los “liberomaníacos” de hoy, son la nueva versión de los que, hace más de dos siglos, situados en el poder, intentaron exprimir a las muchedumbres modestas de España con las nuevas estrategias libremercantiles de explotación; también son la versión actualizada de los liberales que, aprovechando la rebelión popular contra el liberalismo impuesto a punta de bayoneta, se arrogaron la representación suprema de ese pueblo prisionero e impusieron su visión de las cosas, su libertad y su Constitución, la cual, es preciso recordar una y otra vez, excluía de la participación política a la mayoría del pueblo que se había sublevado. Clases dominantes absolutistas y liberales no han hecho, durante dos siglos, hasta hoy, más que intentar sepultar y tergiversar que la gran mayoría del pueblo de Madrid, de Móstoles y del resto de las villas, pueblos, aldeas y regiones que se sumaron prestos a la Revolución, no lo hizo para salvar el honor nacional en sí mismo, sus símbolos y fronteras, religión y lengua, la identidad grupal ni toda esa montaña de basura con la que se pretende borrar de la realidad que hubo una lucha de clases implacable, una guerra civil abierta asistida, para beneficio de las clases altas y sus propósitos apenas disimulados de acaparamiento de las tierras de los campesinos, por los franceses en forma de invasión. Pero campesinos y artesanos gremiales que iban a ser lanzados a la calle o mercado liberal, no se dejaron someter con facilidad. Ni tampoco se insurreccionaron, menos aún, por la “pasión de libertad” ni ninguna psicosis colectiva como la diosa Libertad, salvo para conquistar su soberanía que consideraban depositada en su monarca hasta entonces, soberanía que fue robada al monarca por unos estamentos nobles rapiñadores asociados a unos invasores expoliadores. Con esa soberanía, lo único que pretendían era, en esencia y exactamente, lo opuesto de lo que se ha intentado desde el poder y las clases privilegiadas explicar: luchar contra el liberalismo. Por eso se alzaron al grito de “¡vivan las caenas!” y no al de “¡viva la libertad!”, por mucho que esto horrorice a innumerables personas, y al sentido común más vulgar y lacayo del liberalismo hoy en día, y el significado de la frase se intente deformar o atribuir piadosamente a la "xenofobia" provocada por la invasión francesa, o más bien, esconder y difamar hasta haberse convertido en un tabú que, sin embargo, esconde el secreto de la Guerra de Independencia y Revolución españolas entre 1808 y 1814. Convertir en tabú esa frase denigra a los héroes del mayo de 1808, pero aún más, denota la miseria de la filosofía liberal por extendida y asumida que esté. La insurrección de 1808 no fue una Vendée contra una supuesta revolución social, industrial y modernizadora de corte francés, por cuanto el escaso "tercer estado" español y la nobleza emprendedora no pretendían aportar ninguna prosperidad al pueblo llano; ni siquiera fueron un trasunto, en conjunto, de los girondinos franceses... Pero fue una revolución contra el expolio de las clases privilegiadas organizadas en dos facciones (liberal y despótica), dispuestas a implantar una tiranía librecambista para su exclusivo lucro: la española fue una Revolución anticapitalista avant la lettre. Sólo el genio pendenciero del pueblo español más espontáneo pero sofisticado, esto es, en el seno más refinado de su cultura popular llana -que hoy apenas sobrevive-, enterrada por la alienación de masas de los tiempos corrientes, podía componerse una divisa antiliberal tan resuelta y honesta, tan desafiante, naturalista y verdadera, tan llena de significado y dialéctica. La que nos habla del vínculo indisoluble que conlleva formar parte del mundo terrenal para cualquier ser vivo, de las "cadenas", los vínculos, que nos unen a las cosas como son y de las que formamos parte, para bien y para mal, más allá del delirio subjetivista o divino: El viejo pueblo español, lo mejor de él, se delata en actitudes tabú que contravienen su supuesta beatitud retrógrada; de los pocos, si no el único pueblo que execra manifiesta y cotidianamente y defeca a dios y a todo su santoral... El pueblo español más excelso y valioso (ese que sobresale de su propia rémora de depravación) ha deleznado, al menos más que otros, la sumisión; por eso llegó hasta a maldecir la Libertad, con mayúsculas... como luchó sin pausa contra todas las potencias de la historia moderna, mantuvo a raya a los turcos y británicos, expulsó a los franceses en su plétora, y declaró la guerra a Alemania o EEUU hacia el fin del siglo XIX, o se desangró contra sí mismo una vez tras otra en las guerras civiles sin pausa. El pueblo español, en esencia, no luchó por sus amos jamás, sino por su trascendencia propia, por tosca y extraña que fuera la percepción de la luz que le inspiraba. Si se compara la España alfabetizada pero descastada, embrutecida y “libre” de hoy, con la que constituye un monumento erigido por su cultura popular y singladura histórica, la cual desaparece tan solo hace unos lustros, será fácil percibir que el canto a la Humanidad de los últimos siglos se ha silenciado simultáneamente a como se ha ido desangrado en un esfuerzo heroico que ya no puede tener continuación. El heroísmo, el valor máximo de las personas y pueblos, lo es porque conlleva un coste, una cualidad finita, dolor, pérdida y extinción. La aceptación de esta realidad cruel y material, llena de hez y morralla, pero con visos excelsos y magníficos insuperables y esplendorosos, es la enseñanza de España. La síntesis final no pasó desapercibida para Cervantes. Para una persona consciente hay pocas cosas tan angustiosas como un ser humano aherrojado e incapacitado con grilletes. Los que sienten pánico y aversión ante las cadenas con las que se ha torturado y esclavizado sin refreno a la humanidad, suelen tener en la idea de Libertad el seguro antídoto contra ellas. Sin embargo, las cadenas son un producto de la humanidad, por lo que su uso para coartar la voluntad y las capacidades de los cautivos, es decir, para destruir la "libertad" de unos, es la estricta consecuencia de la expansión de la voluntad, la capacidad y la fuerza de otros, o lo que es igual, de la "libertad" de unos a expensas de la de otros. Lo que es una pérdida penosa de "libertad" para unos, es la apoteosis de la "libertad" para otros. Las cadenas, por tanto, son odiosas en la medida en que provienen de la expansión de la libertad de unos para oprimir a otros. La redención del cruel despotismo y sus cadenas, únicamente se puede conquistar al precio de erigir un orden justo en el que se erradique la idea y la relaciones humanas vinculadas a la idea de Libertad; porque las infamias y aberraciones que conlleva la Libertad, necesariamente precisan de cadenas para contenerlas. Donde haya Libertad habrá siempre cadenas, las cuales serán inútiles en un mundo justo, equitativo y sin abusos, o un mundo ajeno a la lacra de la Libertad. No hay que avergonzarse, ni mucho menos, de que la humanidad explotada se alce contra quien quiebra su existencia. Contra el absolutismo, para someter a los feudales, sus arbitrariedades, crueldad, atraso, supersticiones y abusos pluriseculares, nada mejor que un buen juego de fuertes cadenas y un patíbulo. Pero asimismo, para arrodillar a la bestia capitalista que viene con el liberalismo, para sojuzgar al liberalismo, para someter a la burguesía y sus esbirros, neutralizar y contener la Libertad con que se comete tanta depravación y despojo; para destruir la Libertad para explotar, robar, empobrecer, despilfarrar, corromper, defraudar, arrasar y abusar, nada mejor que cadenas, abundancia de cadenas. Cadenas para ahogar y aniquilar al liberalismo y la Libertad de los que nos someten y alienan; cadenas contra el despotismo y el fraude liberal ayer, hoy cadenas para unir en una alianza cooperativa y colectivista a la humanidad, para elevar a la clase proletaria al poder, abolir la propiedad privada, fortalecer un orden racional y el progreso de la civilización, para ensalzar, anclar y perpetuar la justicia y la sociedad sin clases privilegiadas, hoy como ayer en el amanecer de la bestia: “¡Vivan las caenas!” ____[Portada.] |
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